El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 15 — La travesía
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Capítulo 15 — La travesía

E l mar fue el primer maestro de la guerra santa, y su primera lección fue que Dios no achica agua.

Embarcaron en un puerto del sur, tres semanas de marcha después de salir de Gante Vieja, en una flota de cascos viejos y remendados que los mercaderes habían alquilado a la Iglesia a buen precio, porque un barco que lleva cruzados cobra el pasaje por adelantado y no hay que devolver nada si el pasajero se ahoga.

Aldric reconoció el negocio de un vistazo, con el ojo del oficio: era el del gremio otra vez, el de vender caro a los desesperados lo que no vale nada, solo que aquí lo que se vendía era el mar y la muerte con envoltorio de fe.

En el muelle, frailes con la voz ronca de tanto predicar bendecían a los que embarcaban y les cobraban, de paso, por una reliquia, por una medalla, por una indulgencia de papel; y los pobres pagaban, con las últimas monedas, un trozo de plomo estampado que creían que los guardaría del naufragio.

A ninguno lo guardó. Aldric no compró nada.

Ya había pagado su indulgencia entera, en un patio, en forma de un saco de oro robado, aunque todavía no supiera que aquella, y no la de plomo, era la que contaba.

Subió a bordo de uno de aquellos cascos con su cruz de tela roja al hombro y la piedra gris del niño en el puño, y desde la borda vio Tierra firme alejarse y desaparecer, y no sintió nada, porque no dejaba atrás nada: todo lo que había tenido cabía en una fosa de un patio y en un puñado de recuerdos que llevaba consigo.

La travesía debía durar tres semanas si el viento acompañaba.

El viento no acompañó. A la segunda semana, una tormenta cayó sobre la flota de noche, sin aviso, con la brutalidad ciega de las cosas que no tienen intención de hacer daño y lo hacen igual.

Aldric la pasó agarrado a una maroma en cubierta, empapado, mientras el barco subía y bajaba montañas de agua negra.

Hubo un momento, en lo peor de la tormenta, en que un hombre resbaló a su lado por la cubierta inclinada, hacia la borda, hacia el agua, y le tendió la mano a Aldric, y gritó algo que la tormenta se llevó, y Aldric soltó una mano de la maroma y se la agarró.

La sostuvo un instante —el peso de un hombre entero colgando de sus dedos sobre el mar negro— y sintió cómo la fuerza del agua tiraba del otro hacia abajo con la misma paciencia glotona con que el agua tiraba de todo, y por un latido creyó que lo salvaba, y al siguiente el barco se escoró y la mano mojada se le escurrió de la suya, dedo a dedo, despacio, y el hombre se fue al mar sin un grito más, tragado sin una arruga.

Aldric se quedó mirando su propia mano vacía bajo la lluvia, y pensó, con un vuelco frío, en otra mano que se le había escurrido, la de Vera tocándole la cara, fría ya; pensó que las manos que no habían llegado a tiempo a salvar a su mujer tampoco llegaban a tiempo a salvar a un desconocido en un barco; que estaban malditas para eso, para soltar siempre lo que querían retener.

Y vio, a la luz de los relámpagos, más cosas que no olvidaría: un casco cercano partiéndose como una nuez, los hombres cayendo al mar como semillas de una vaina rota, las bocas abiertas gritando a un Dios que no movió el mar ni un dedo.

Rezaban. Rezaban a gritos, agarrados a maderos, prometiéndole al cielo penitencias, ayunos, peregrinaciones, si los salvaba.

El cielo se los tragó igual, a los que rezaban y a los que blasfemaban, sin distinguir, con la misma indiferencia del agua negra del muelle de Gante Vieja, que también golpeaba la piedra sin prisa, noche tras noche, segura de ganar al final.

Un tercio de la columna con la que Aldric había salido se ahogó aquella noche.

Hombres que habían tomado la cruz para salvar sus almas, que habían dejado tierras y familias y deudas para ir a redimirse con su sangre en los lugares santos, y que se ahogaron a mitad de camino sin ver jamás la tierra que iban a redimir, con la boca llena de agua salada en vez de gloria.

Aldric los vio hundirse desde la borda, agarrado a su maroma, sin poder hacer nada, y pensó, con la frialdad que ni el dolor le quitaba, una cosa que le pareció, en medio del horror, casi un consuelo: que aquellos hombres al menos habían muerto todavía creyendo.

Habían muerto con la promesa intacta, sin llegar a descubrir lo que Aldric descubriría en tierra: que la guerra santa era tan sucia y tan sin sentido como todo lo demás.

Y se preguntó, agarrado a la maroma bajo la lluvia, si no sería esa la única gracia real que repartía la cruzada: dejar morir a la gente antes de que dejara de creer en ella.

Morir con la fe entera era, quizá, lo más parecido a la salvación que aquella guerra podía dar.

Los que sobrevivían, en cambio, llegaban a tierra a perderla.

*

Desembarcaron lo que quedaba de la flota en una costa blanca y cegadora, bajo un sol que no se parecía en nada al de Gante Vieja.

Fue lo primero que golpeó a Aldric, incluso antes que el hedor de los campamentos o el zumbido de las moscas: el sol.

Un sol sin niebla. Toda su vida había vivido bajo la niebla gris de Gante Vieja, que bajaba de los tejados y lo escondía todo, que era la aliada de los hombres como él porque borraba los contornos y perdonaba las sombras.

Aquí no había niebla. Aquí el sol lo veía todo, lo aplastaba todo, caía a plomo sobre la costa blanca y sobre los hombres y sobre los muertos sin distinguir ni perdonar, un sol de juez, un sol que no dejaba ni una sombra donde esconderse.

Aldric se sintió, bajo aquel sol, más desnudo que nunca, como si le hubieran quitado la única ropa que había llevado siempre.

Un ladrón sin niebla. Un cuervo a plena luz.

Se descubrió buscando las sombras por costumbre, arrimándose a los muros, midiendo dónde caería la penumbra a cada hora, con el viejo instinto de esconderse; y no había apenas sombras, y las pocas que había eran cortas y duras, sin misericordia, nada que ver con la niebla generosa de Gante Vieja que lo borraba todo.

Aquí uno era lo que era, a la vista de todos, del sol y de Dios y de los muertos.

Le pareció, y no se equivocaba del todo, un anticipo de otro lugar sin sombras que le esperaba mucho más abajo, donde tampoco habría niebla que lo escondiera de la cuenta, donde una luz igual de implacable le mostraría, uno a uno, sin dejarle apartar la vista, los rostros de todo lo que había hecho.

La niebla, pensó, había sido su cómplice toda la vida; y a un hombre que va a que lo juzguen no le dejan llevarse a su cómplice.

Lo primero que hace el juicio, arriba o abajo, es quitarte la niebla.

Y lo segundo que descubrió, ya en tierra, fue que la guerra por el sepulcro de Dios no tenía nada que ver con lo que había imaginado.

Había imaginado —en la medida en que había imaginado algo— campos de batalla, choques limpios, ocasiones claras de morir bien y de prisa.

Encontró, en cambio, sobre todo, espera.

Meses de espera. La cruzada era, en su mayor parte, un ejército enorme sentado ante murallas que no caían, muriéndose no de espadas sino de fiebres, de aguas malas, de disentería, de un calor que hervía los sesos y pudría las heridas.

Los campamentos apestaban peor que el barrio de los tintoreros; los hombres cagaban sangre y se morían en sus propias tiendas, sin gloria, sin canción, entre nubes de moscas, y a los cadáveres había que quemarlos deprisa para que no envenenaran a los vivos.

Aldric, que había ido a buscar una muerte limpia en batalla, descubrió que la muerte más probable de un cruzado era mucho más humilde y mucho más sucia, y que el sepulcro de Dios, por el que morían, quedaba siempre unas murallas más allá, inalcanzable, como una promesa que se aleja un paso cada vez que uno da un paso.

*

Y encontró allí, multiplicado por mil, ampliado hasta el tamaño de reinos, el mundo del Chacal.

Lo vio despacio, a lo largo de aquellos meses de asedio y espera, y cuanto más lo veía, más claro lo tenía.

Los mismos hombres que quitaban a los débiles y eran quitados por gente peor.

La misma palabra —«orden», «oficio»— usada para nombrar el mismo despojo de siempre, solo que aquí la llamaban «cruzada» y «voluntad de Dios».

Los mismos señores comiendo despacio en sus tiendas de campaña, seguros de que nadie les quitaría el plato, mientras los pobres, los Ferranes y los Dunos, morían por millares ante las murallas para que ellos, si la ciudad caía, se repartieran las tierras y los títulos.

Aldric miraba a aquellos condes y a aquellos obispos guerreros de mandíbula dura, y veía Chacales, todos, Chacales con mejores ropas y mejor latín, hombres que habían entendido, como el pequeño hombre de nariz larga de Gante Vieja, la lección más antigua del poder: que la manera de que otros mueran por ti es convencerlos de que mueren por algo más grande que tú.

Descubrió que la única diferencia entre el gremio y el ejército de la fe era el tamaño y el estandarte.

Debajo del estandarte, los hombres hacían lo que hacen los hombres cuando alguien les promete que Dios los perdonará por hacerlo: lo peor que llevan dentro, sin freno, con la conciencia tranquila.

Aldric había matado toda su vida sabiéndose condenado, y esa condena, descubrió ahora, había sido a su manera un freno: un hombre que se sabe malo todavía puede pararse a preguntarse si lo que hace está bien.

Aquí, por primera vez, vio a hombres matar creyéndose santos, y comprendió que era mucho peor.

Un asesino que se sabe asesino guarda dentro una brida.

Uno que se cree salvado la ha soltado. Y un ejército entero de hombres que se creen salvados por matar es la cosa más peligrosa que había visto Aldric en su vida, más que el gremio, más que el propio Chacal, porque el Chacal al menos sabía que era malo, y esta gente no.