El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 14 — Tomar la cruz #3
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Capítulo 14 — Tomar la cruz #3

Antes de irse, pasó por la casa a despedirse de los que sobran, aunque despedirse no era una cosa que supiera hacer y le salió mal, a trompicones.

Se detuvo un momento en el patio, junto al montículo de tierra donde había enterrado a Corvo semanas atrás, y le contó, en voz baja, la entrada de un último barco imaginario en un puerto sin niebla, con la mar en calma; era el único responso que sabía dar, y se lo debía.

La vieja de los dientes ausentes le dijo que le diera recuerdos a su hijo el ahogado y a la Vera cuando los viera al otro lado, y a Corvo, que ya andaría por allí, secándose; y Aldric, que no creía en el otro lado pero iba a buscarlo igual, le dijo que sí, que se los daría a todos.

Sen, el niño de las piernas torcidas, no dijo nada; solo lo miró con unos ojos enormes y le tendió, otra vez, algo: no el cabo de vela de la boda, que ya estaba en la fosa con Vera, sino una de las dos piedras con las que jugaba, una piedra gris y redonda, pulida de tanto manosearla.

«Para que no vayas solo», dijo el niño. Y Aldric se guardó la piedra en el puño, y la llevó al puerto, y al barco, y a la guerra, y la tendría en la mano, muchos meses después, la noche en que muriera, porque un hombre que ha tenido tan poco guarda con fiereza lo poco que le dan, y aquella piedra de un niño tullido fue, junto a la cruz de tela y el nombre callado, todo lo que Aldric se llevó de su vida hacia la muerte.

Antes de salir, se detuvo en el umbral de la sala, el que había cruzado la primera vez medio muerto de fiebre, cargado por una mujer de manos rojas que no quiso soltarlo.

Lo miró todo por última vez: los jergones, el nicho de la santa desconchada, la repisa de la cocina donde ella había guardado su cuchillo sin miedo la primera noche.

Y dijo, a la sala entera, a los que sobran, con la torpeza de un hombre que no sabe hacer discursos: «Va a venir dinero.

No preguntéis de dónde. Comed. Y cuando lleguen otros, dejadles sitio, que no sobra nadie aquí, ella lo decía siempre».

Fue todo lo que se le ocurrió, y no era gran cosa, pero era, en el fondo, el resumen entero de lo que Vera le había enseñado, dicho con sus propias palabras torpes: que no sobra nadie, que hay que dejar sitio, que se come lo que hay y se reparte.

Sin saberlo, al decirlo, estaba cumpliendo ya la última voluntad de ella —«sigue repartiendo»—, la estaba dejando dicha, como una ley, en la única casa del mundo donde importaba.

Y luego salió, porque si se quedaba un momento más no iba a poder irse, y tenía que irse, porque el otro lado no estaba en aquella casa: estaba, si estaba en alguna parte, muy lejos, al final de una guerra.

Sen no lloró al despedirse, y eso fue peor que si hubiera llorado.

El niño había aprendido, en aquella casa, que las lágrimas no cambian las cosas y solo cansan a los que las miran, así que se guardó las suyas y le tendió la piedra con las dos manos, muy serio, con la solemnidad de un rey que entrega su único tesoro.

«Vuelve», le dijo, la misma palabra que le había dicho Vera en el umbral la primera vez.

Y Aldric no le prometió que volvería, porque no pensaba volver, porque iba a morirse lejos a propósito, y no quería mentirle a un niño que ya había perdido a demasiada gente que le prometió volver.

Solo le dijo: «Guárdame el otro sitio en el juego de las cáscaras.

Por si acaso». Y el niño, que era listo, entendió que aquello quería decir «seguramente no vuelvo» y a la vez «no te digo que no del todo», y se conformó con ese «por si acaso», que era lo único honrado que Aldric tenía para darle, y que resultaría, andando los siglos y los infiernos, no ser del todo una mentira.

No miró atrás al cruzar las murallas. No tenía a qué mirar atrás; todo lo que había querido estaba bajo la tierra de un patio, y todo lo que había sido lo llevaba consigo, en las manos, adonde fuera.

Solo se detuvo un momento, ya fuera de la ciudad, en lo alto de una loma desde la que se veía Gante Vieja entera, gris y torcida y humeante bajo su eterna niebla, la ciudad que lo había fabricado, la que se había tragado a Vera de niña y a él entero, la que no sabría nunca lo que había pasado en una casa de la calle de la Sal ni en un hospicio del barrio de los tintoreros, la que seguiría comprando y vendiendo y prestando y muriendo, indiferente, para siempre.

Y en algún lugar de aquella ciudad, comiendo despacio en la trastienda de una taberna, estaba el Chacal, vivo, impune, seguro de que jamás volvería a ver al Cuervo.

Aldric miró la ciudad un largo rato. Sintió subir la vieja cosa roja, la sed de volver, de bajar a los tintoreros, de darle al Chacal la única lección que el Chacal no había recibido nunca.

Sería fácil. Sería justo. Sería, incluso, un placer, el último de su vida.

Y sería —lo sabía— condenarse del todo, porque un hombre que vuelve a matar por rencor ya no es Aldric, es el Cuervo otra vez, y al Cuervo no lo esperaba nadie al otro lado.

«No lo gastes en vengarte. Eso es lo que él quiere. Sé Aldric.»

Y había, además de la promesa, un cálculo, porque Aldric no dejaba de ser Aldric ni en el dolor: si volvía a por el Chacal, aunque lo lograra, aunque lo matara y saliera vivo, llegaría al otro lado con las manos otra vez rojas, con la cuenta más larga que nunca, y la puerta se le cerraría en la cara justo cuando por fin fuera a buscarla.

La venganza y la reunión eran incompatibles.

No podía tener las dos. Tenía que elegir entre la satisfacción de una noche —ver al Chacal entender que iba a morir— y la esperanza de una eternidad —cruzar la puerta donde ella esperaba—.

Dicho así, en frío, no era ni siquiera una elección difícil, y sin embargo era la más difícil de todas, porque la sed de una noche gritaba fuerte y la esperanza de una eternidad apenas susurraba, y un hombre roto oye mejor los gritos que los susurros.

Aldric se obligó a oír el susurro. Se lo debía a la muerta.

Y quizá, pensó, con una lucidez amarga, esa era la verdadera prueba, la primera de las muchas que le esperaban: aprender a oír el susurro por encima del grito, que era, en el fondo, aprender a ser Aldric por encima del Cuervo, no una vez, en aquella loma, sino cada día, cada hora, para siempre.

Cerró los ojos. Apretó los dientes. Apretó, en el puño, la piedra del niño.

Y le dio la espalda a Gante Vieja, y al Chacal, y a la venganza, porque una mujer muerta se lo había pedido con su último aliento, y porque cumplirlo era lo único que aún podía darle, y porque —aunque esto no lo entendería hasta mucho después— dejar al Chacal con vida era, sin él saberlo, dejarse a sí mismo una deuda que ni la muerte iba a saldar, un cabo suelto atado a su alma, una cuerda que lo seguiría tirando desde Gante Vieja hasta mucho más abajo de cualquier tierra santa, hasta el fondo mismo de un lugar donde todas las cuentas, todas, las del cielo y las de la sangre y las de la venganza no cobrada, esperan pacientes a que el deudor, por fin, baje a pagarlas.

Bajó de la loma. Se unió a la columna.

Y la columna, la vio ahora de cerca, era una procesión de la desesperación con una cruz cosida.

Aldric la recorrió con el ojo del oficio y reconoció a los suyos: segundones sin herencia que iban a buscar tierras, deudores huyendo de sus deudas, penitentes de verdad con los ojos encendidos de fe, y, sobre todo, hombres como él, hombres con algo negro en la mirada que no iban a buscar el cielo por creer en él, sino por no poder seguir en la tierra; hombres que llevaban la cruz roja cosida justo encima de una herida que no se veía.

Nadie preguntaba a nadie de dónde venía; era la cortesía de aquel camino, la misma de las cuadras del tuerto, la de la gente que sale de noche y sin nombre.

Y Aldric marchó entre ellos, uno más, ni el peor ni el que más lejos venía de la paz, rumbo al mar y a los barcos y a la Tierra de Sal, decidido a hacer aquel último camino limpio: a no robar aunque supiera robar, a no matar salvo a quien la guerra le mandara matar, a gastar lo que le quedaba de vida como quien gasta la última moneda, con cuidado, en lo único que quería comprar.

Marchó hacia el mar, y hacia la guerra, y hacia la muerte que iba buscando, con una cruz de tela roja al hombro, una piedra gris en el puño, un trozo de hilo azul cosido por dentro del jubón, contra el pecho, y el nombre que le había dado su mujer latiéndole, callado, en el único sitio que ella había conseguido, en unos pocos meses de invierno, enseñarle a no tener vacío.