El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 14 — Tomar la cruz #2
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Capítulo 14 — Tomar la cruz #2

—Poco —repitió Aldric, mirando la tierra removida—.

Pero es más que nada. —Se quedó callado un momento—.

¿Sabes lo que me sorprende, Lien? Que no me importa si es verdad o mentira.

Toda mi vida he calculado si las cosas eran verdad o mentira antes de moverme; era mi oficio, no fiarme, comprobarlo todo.

Y ahora me da igual. Me ofreces una puerta que a lo mejor no existe, y yo la voy a cruzar igual, porque es la única puerta que hay, y un hombre delante de una sola puerta no se pregunta si detrás hay algo; empuja.

—Levantó la vista—. Si detrás no hay nada, habré dejado de estar, que es lo que quiero de todos modos.

Y si hay algo, estarán ellos. No puedo perder.

Es el primer trato de mi vida en el que no puedo perder. Por eso lo tomo.

—Es una manera fea de mirarlo —dijo Lien—. Y a la vez la más honrada que he oído nunca sobre la fe. —Sacudió la cabeza—. Que Dios me perdone por mandarte, pero creo que vas a ser mejor cruzado que la mayoría de los santurrones que embarcan, precisamente porque no te engañas.

Aldric miró la fosa. Miró, más allá del muro del patio, la niebla que empezaba a levantarse sobre los tejados de Gante Vieja.

Y tomó la decisión con la misma frialdad con que había tomado tantas, solo que esta vez la fría precisión del oficio la ponía al servicio, por primera y única vez, de algo que no era el Chacal ni el dinero ni la supervivencia, sino un imposible: reunirse, al otro lado, con una mujer de manos rojas y un hijo que no llegó a nacer.

—Iré —dijo—. Tomaré la cruz. Iré a esa guerra y mataré a quien haya que matar y me dejaré matar cuando haya matado bastante, y si de verdad hay una puerta, la cruzaré, y si no la hay, al menos habré dejado de estar aquí, que ya es algo.

Y al decirlo notó, con un asombro triste, que era la primera decisión de su vida que tomaba enteramente por sí mismo.

Todas las demás —el oficio, el cuchillo, hasta el nombre de Cuervo— se las había puesto el Chacal.

Incluso quedarse con Vera, aquel invierno, había sido en parte dejarse llevar por lo que ella fabricaba en él.

Pero esto no. Esto lo elegía él, entero, con la cabeza fría y el corazón muerto, sabiendo lo que hacía: elegía morir, y elegía cómo, y elegía para qué.

Y había una libertad extraña, terrible, en aquella elección; la libertad del que ya no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo, la misma que lo había hecho temible veinte años y que ahora, por fin, ponía al servicio de lo único que quería.

El Chacal le había dicho una vez que los que no tienen nada que perder viven más; se equivocaba en su caso.

Aldric no tenía ya nada que perder, y por eso mismo, por fin, sabía exactamente cuánto tiempo quería vivir: el justo para saldar la cuenta.

Ni un día más. —Se volvió hacia Lien—. Pero antes tengo que dejar arreglada una cosa.

La casa. Ellos. —Señaló con la cabeza la sala, donde los que sobran esperaban, sin entender del todo, que alguien les diera de comer aquella mañana como todas las mañanas, porque el hambre no respeta el luto, y los que sobran seguían teniendo hambre aunque la Vera ya no estuviera para saciarla—.

Vera me hizo prometer que sería el que se queda.

No puedo quedarme; me voy a morir lejos, es todo el plan que tengo.

Pero puedo, al menos, no dejar que la casa se muera con ella.

Es lo más parecido a quedarme que me sale.

Y aquella misma mañana, Aldric hizo lo único bueno y limpio que hizo con el dinero que había robado en veinte años de oficio.

Volvió, por última vez, a su cuarto del muelle, el de encima del almacén de cordelería, donde había dormido veinte años con el cuchillo bajo la mano.

Le pareció el cuarto de un desconocido. Olía a alquitrán y a soga, como siempre, y estaba igual que siempre —el jergón, la jarra, la nada—, pero era como mirar la madriguera de un animal que ya no era él.

Allí había dormido el Cuervo. Aldric solo venía a vaciarla.

Levantó la tabla suelta del rincón, la que había levantado tantas noches para meter debajo su parte de cada trabajo, y sacó el fondo de una vida de sangre: monedas de Rethel y de otros muchos, oro y plata, más de lo que un estibador ganaba en diez vidas, dinero sucio hasta la última pieza.

Lo había juntado moneda a moneda, muerte a muerte, con la vaga idea de siempre —«con esto un hombre podría dejar de ser lo que es»— y nunca lo había gastado en dejar de ser lo que era, solo en el mismo vino y la misma cama y la misma soledad.

Ahora lo miraba a la luz gris de la ventana, todo junto, el gran secreto de su vida, y le parecía lo que era: un montón de metal frío que no había comprado jamás nada que valiera la pena, que no había podido comprar ni una hora más de Vera.

Lo metió todo en un saco. Pesaba. Y por el camino de vuelta a Santa Brígida, cargándolo al hombro como había cargado, la primera noche de todo, tres bolsas de cuero robadas a Rethel, pensó que por fin, después de veinte años, aquel dinero iba a servir para algo; que iba a hacer, muerto a muerto, lo contrario de lo que se había ganado; y que quizá esa era la única manera que le quedaba de que las monedas dejaran de pesar: no gastándolas en sí mismo, sino devolviéndolas, todas, al mundo del que las había arrancado.

Se lo entregó entero a Lien, con una sola condición: que la casa de Santa Brígida siguiera abierta, que los que sobran siguieran comiendo, que cuando aquellos murieran vinieran otros y también comieran, y que nadie, nunca, supiera de dónde salía el dinero.

Que pareciera limosna. Que pareciera, incluso, milagro.

Cualquier cosa menos la verdad, que era que un asesino compraba, con el precio de sus muertos, unos años más de vida para los que el mundo había decidido que sobraban.

La otra justicia. La que reparte. La que Vera le había enseñado y que él, torpe, tarde, con las manos manchadas, aprendía por fin a hacer el día en que la enterraba.

Lien cogió el dinero. Lo pesó en las manos —era mucho, mucho más de lo que un cura pobre había tenido nunca junto—, y sus ojos descreídos se humedecieron, y no preguntó de dónde venía, igual que no había preguntado a quién casaba.

—Esto —dijo, con la voz tomada— es más limosna de la que ha visto este barrio en cien años.

Mantendrá la casa abierta mucho después de que tú y yo hayamos muerto.

—Miró a Aldric, y en su cara descreída hubo, por un momento, algo parecido a la certeza, la única certeza que se permitió en toda su vida de dudas—.

Escúchame bien, porque esto sí lo sé, aunque no sepa lo otro.

¿Sabes lo que acabas de hacer? Acabas de saldar más cuenta con esto que la que vas a saldar en toda tu guerra.

Matando no se limpia nada, hijo, me da igual lo que prediquen; la sangre no lava sangre, solo la tapa.

Pero esto —levantó el saco del dinero— esto sí.

Esto es de la otra clase. Si hay puerta, y yo quiero creer que la hay, no la vas a cruzar por matar sarracenos en Tierra de Sal.

La vas a cruzar por esto, por lo que acabas de hacer en este patio esta mañana.

Recuérdalo cuando estés allá, en el barro y la sangre, dudando de si sirve de algo lo que haces.

Lo que de verdad cuenta ya lo has hecho aquí.

Lo demás es solo el camino a la puerta. Recuérdalo.

Aldric no le creyó. Le pareció una cosa bonita de cura, de las que se dicen para consolar a un hombre que se va a la guerra.

Pero se guardó las palabras, sin saber por qué, en el mismo sitio del pecho donde guardaba la frase de Vera y el nombre de Aina, y allí, sin que él lo quisiera, aquellas palabras de Lien iban a esperar, calladas, mucho tiempo, hasta un día lejano, muy abajo, en la oscuridad, en que una voz cortés le pusiera la cuenta delante y él descubriera, con asombro, que alguien, en alguna parte, había anotado también el otro lado del libro, el lado de las cosas dadas sin cobrar, y que ese lado, tan pequeño, tan liviano, iba a pesar, en la balanza final, más de lo que ningún hombre habría imaginado.

*

Partió tres días después, con una tosca cruz de tela roja cosida al hombro por las propias manos de Lien, en una columna de hombres desharrapados que salía de Gante Vieja hacia el sur, hacia los puertos donde embarcaban los ejércitos de la fe.

Los tres días de espera los pasó cerrando cabos, con la minuciosidad de siempre: aseguró con Lien, hasta el último detalle, cómo se administraría el dinero, a quién acudir, cómo mantener la casa sin que nadie sospechara de dónde salía la limosna.

Fue, en aquellos tres días, más útil de lo que había sido en meses; se agarró a las tareas como se había agarrado en el duelo, porque las tareas eran lo único que lo mantenía de este lado.

Y cuando ya no quedaron cabos, cuando la casa estuvo tan asegurada como podía estarlo, partió, porque quedarse un día más sin nada que hacer habría sido volver al muelle y a las piedras.