Capítulo 14 — Tomar la cruz
L os enterró juntos.
No en el camposanto de la ciudad, porque en el camposanto de la ciudad no entraban ni una mujer sin apellidos ni un asesino de nadie, y aunque hubieran entrado, Aldric no habría querido dejarlos allí, entre los muertos respetables de Gante Vieja que en vida habrían cruzado la calle para no rozarse con ninguno de los dos.
Los enterró en el patio de la casa de Santa Brígida, bajo el sitio donde tendían los lienzos, donde daba el sol cuando el sol ganaba a la niebla, que no era a menudo, pero era.
Cavó él mismo la fosa, de noche y parte del día siguiente, sin dejar que Lien ni nadie lo ayudara, con las manos que sabían tantas cosas y que aquella noche aprendieron una nueva: cavar la tierra donde se acuesta lo que uno ha querido.
Cada palada le costaba, no por el esfuerzo —había cargado cosas más pesadas—, sino porque cada palada era admitir un poco más que aquello estaba pasando, que no había ningún medio paso que recuperar, que el hoyo era real y ella iba a ir dentro.
Cavó junto a la tumba de Corvo, para que ella no estuviera sola bajo la tierra, para que hubiera al menos un vecino conocido, y le pareció, en su cansancio, que enterrarla al lado del estibador al que había aprendido a contarle el mar tenía un sentido que no sabía nombrar: los tres, Corvo, Vera y el niño, bajo el mismo trozo de patio donde daba el sol cuando el sol ganaba a la niebla, todos los que la casa de los que sobran había perdido en aquel invierno, juntos, como si la casa guardara a los suyos incluso muertos.
Mientras cavaba, la tierra le devolvía, revuelta, alguna raíz, algún trozo de teja vieja, y una vez un huesecillo pequeño de pájaro, blanco y limpio, y Aldric lo sostuvo un momento en la palma sucia y pensó, sin querer, en el niño que iba a bajar también a aquella tierra sin haber tenido nunca huesos de andar por encima de ella, y tuvo que dejar la pala un rato y respirar, apoyado en el mango, hasta que pudo seguir.
Enterró a Vera con el niño dentro, porque no eran dos, habían sido siempre, para él, una sola cosa, un solo tesoro robado, y separarlos ni muertos le pareció una crueldad que pudiera añadir a las que ya cargaba.
Le puso entre las manos, sobre el vientre donde había protegido al niño hasta el último aliento, el cabo de vela de la boda que el niño de las piernas torcidas le había ofrecido la noche de la muerte y que ahora, en un gesto que Aldric no supo explicar, le pareció que debía ir con ella.
Y no puso ninguna cruz, ni ninguna piedra con letras, porque Vera no había tenido apellidos en vida y él no iba a inventarle uno en la muerte; puso, en cambio, en la tierra removida, un tiesto con un esqueje de la única planta que crecía en aquel patio sin sol, para que hubiera algo vivo encima de ella, algo que hubiera que cuidar, que era, pensó, lo más parecido a Vera que podía dejarle: una cosa a la que alguien tuviera que seguir cuidando.
Al entierro salieron todos los que podían salir, que eran pocos y a duras penas.
Lien y Aldric sacaron al patio, en brazos o a rastras de sus jergones, a los que quisieron despedirse, porque todos quisieron: la casa entera de los que sobran, en semicírculo alrededor de la fosa, bajo el cielo lechoso del amanecer, un puñado de tullidos y moribundos y locos despidiendo a la mujer que había hecho de sus últimos días algo menos que un infierno.
La anciana nueva rezaba su rosario interminable.
Sen, sentado en el suelo helado porque no podía tenerse de pie, miraba el cuerpo amortajado y, entre las manos cruzadas de Vera, su cabo de vela de la boda, el que él mismo había entregado la noche de la muerte para que ella no bajara sin él.
Lo miró irse bajo la primera palada de tierra sin una queja, con los labios apretados, y Aldric supo lo que le costaba a aquel niño que no tenía nada desprenderse para siempre de su único tesoro, y supo también que jamás en su vida recibiría un regalo más grande que aquel, el de un crío que entierra lo que más quiere para que una muerta no viaje sola.
La vieja de los dientes ausentes fue la única que no lloró; sonreía, mirando la fosa, y le decía a su hijo ahogado, señalando el cuerpo amortajado: «Mira, Tomé, mira quién baja.
La Vera. Cuídamela en el agua. Y al pequeñito.
Que no vayan solos». Y aquella locura serena, en aquel patio, sonó más consoladora que todos los latines de Lien, porque era la única que hablaba de la muerte no como de un final, sino como de un viaje con alguien esperando al otro lado.
El hermano Lien rezó sobre la fosa. Aldric no.
Aldric se quedó de pie, con la pala en la mano, mirando la tierra removida, y no rezó porque ya lo había hecho una vez, en aquel mismo patio, ofreciéndose a pagar, y sabía ahora qué clase de oído había al otro lado de los rezos.
No pensaba volver a hablarle a ese oído de rodillas.
Pensaba, en cambio, ir a buscarlo. Cara a cara.
Con la cuenta saldada. Y exigirle, no pedirle, lo único que le quedaba por querer en el mundo.
—Sé lo que estás pensando —dijo Lien, cuando terminó de rezar y los dos se quedaron solos junto a la fosa, en el frío del amanecer—.
Lo llevas escrito en la cara desde anoche.
Y no es venganza, que sería lo normal, lo que yo esperaría de un hombre con tus manos.
Es otra cosa. Peor. —Los ojos vivos y descreídos del cura lo estudiaron, y en ellos había una preocupación sincera que a Aldric le sorprendió, porque no estaba acostumbrado a que nadie se preocupara por él salvo Vera, y Vera estaba en la fosa—.
Quieres morirte. Pero no de cualquier manera.
Quieres morirte y que te dejen entrar donde crees que están ellos.
Y sabes que, con esas manos, no te van a dejar.
—Suspiró—. Llevo treinta años enterrando gente en este barrio, hijo.
Conozco esa cara. La he visto muchas veces.
Casi siempre termina en el fondo de un canal, con las manos en los bolsillos, porque un hombre que quiere morirse encuentra un canal enseguida, y en Gante Vieja hay canales de sobra.
Y eso, morirse por tu mano, es lo único que te cierra la puerta del todo.
Lo único imperdonable de verdad, según dicen los que saben de puertas.
Al que se mata a sí mismo no lo esperan al otro lado; se queda fuera, para siempre, solo.
Así que hazme caso y no busques el canal.
Sería, además de un pecado, un mal negocio: pagarías con lo único que tienes y no comprarías nada.
—¿Y qué compro entonces? —La voz de Aldric era ceniza—. Dímelo tú, que sabes de puertas. ¿Qué compra a un hombre como yo la entrada donde ella está?
Lien tardó en contestar. Miró la tierra removida. Miró a Aldric. Y cuando habló, lo hizo despacio, con cuidado, como un hombre que sabe que va a poner en manos de otro un arma cargada y duda hasta el último momento de si hace bien:
—Se predica una guerra —dijo—. Ya habrás oído campanas y sermones; toda la cristiandad habla de ello.
Más allá del mar, en Tierra de Sal, en los lugares santos donde dicen que murió y resucitó el Señor.
Se llama a los hombres a tomar la cruz. A ir a pelear.
Y la Iglesia promete —Lien hizo una mueca, mitad reverencia mitad desdén, la mueca de un hombre que ha repetido mil veces algo de lo que no está seguro— promete la indulgencia plenaria.
El perdón entero. Que a quien tome la cruz con el corazón contrito y muera en el camino o en la batalla, por la causa de Dios, se le remiten todos los pecados.
Todos, hijo. Por muchos que sean. Por muy rojos.
Se le abre la puerta de par en par, sin cuenta pendiente, y entra limpio como el día que nació.
—La miró—. Eso predican. Eso venden. Y vienen desesperados de toda la cristiandad a comprarlo con su sangre: segundones sin herencia, deudores, asesinos, ladrones, hombres que en su tierra no valían nada y que allá, muriendo bien, valen, dicen, el cielo entero.
Aldric escuchaba, muy quieto, y algo se le encendía dentro, frío y exacto, como se le encendían las ideas de un trabajo bien planeado. Por primera vez desde la muerte de Vera, tenía delante no un dolor, sino un plan. Y los planes, a él, siempre lo habían sostenido.
—¿Tú lo crees? —preguntó—. ¿Crees que es verdad? ¿Que se puede lavar una cuenta como la mía matando en una guerra?
Y Lien, que era muchas cosas malas pero no era un mentiroso, o no del todo, se pasó la mano por la barba gris y le dijo la verdad, aunque la verdad iba en contra de lo que acababa de vender:
—No lo sé, hijo. Te mentiría si te dijera que lo sé.
—Miró el cielo lechoso, como si allí estuviera la respuesta que no tenía—.
A ratos creo que sí, que Dios, si es misericordioso de verdad, tiene que tener una puerta trasera para los desesperados, alguna manera de dejar entrar al ladrón de última hora, como dejó, dicen las escrituras, al ladrón que colgaba en la cruz de al lado de la suya.
Y a ratos pienso que es la mentira más grande y más antigua del mundo: decirle a un pobre hombre que matar por nosotros lo salva, para que vaya a morir por nosotros lejos y no nos dé problemas aquí.
He visto a los que vuelven, los pocos que vuelven, y no vuelven santos, hijo.
Vuelven más rotos de lo que se fueron, con los ojos llenos de cosas que no cuentan.
Si aquello lavara de verdad, volverían limpios.
Y no vuelven limpios. —Se encogió de hombros, cansado—.
No sé cuál de las dos cosas es. Nadie lo sabe, por mucho que prediquen desde el púlpito con tanta seguridad.
Solo sé que es lo único que le puedo ofrecer a un hombre como tú que no quiere el canal.
Una guerra santa. Una puerta que quizá existe.
Y una muerte que quizá cuente. Es poco. Pero es más que el fondo de un canal.