Capítulo 13 — El duelo #3
Por el camino de vuelta lo asaltó la duda de si no estaría equivocándose; de si Vera, pidiéndole que no se vengara, no le habría pedido algo imposible, algo contra natura, porque ¿qué clase de hombre deja vivo al que le ha matado a la mujer y al hijo?
En Gante Vieja no vengar era de cobardes; se lo habían enseñado desde niño; un hombre que no cobra la sangre de los suyos no es un hombre.
Y sin embargo. Y sin embargo estaba la voz de ella, y estaba la cara en paz que le había visto Lien, y estaba la certeza, terca, que iba creciéndole por debajo de la duda: que Vera no le había pedido aquello por debilidad ni por bondad tonta, sino porque había visto, con su claridad de siempre, lo único que Aldric no veía: que la venganza no le devolvería nada, que matar al Chacal no resucitaría a nadie, que lo único que conseguiría sería volver a ser el que había sido, y perder así, además de a ella, lo poco de sí mismo que ella había logrado salvar.
No vengarse no era rendirse. Era negarle al Chacal la última victoria, la de recuperar al Cuervo.
Cuando por fin lo entendió del todo, ya casi en la puerta de la casa, la renuncia dejó de pesarle como una cobardía y empezó a pesarle como lo que era: la cosa más difícil y más suya que había hecho jamás.
Y sin saberlo, al hacerlo, puso en el plato vacío de una balanza que aún no había visto un peso pequeño y limpio, más limpio que casi todo lo que había hecho en su vida: la venganza no cobrada, la única clase de renuncia que no espera nada a cambio.
*
Cerrados los dos caminos —el del agua, que lo condenaría a no verla; el de la sangre, que la mataría del todo—, a Aldric solo le quedó, en el fondo gris del duelo, una tercera cosa, ni salida ni venganza, sino tarea: la idea que le había plantado la vieja loca la noche de la muerte, «al otro lado se secan, solo esperan que vayas tú», y que en aquellos días sin bordes había ido creciendo, organizándose, tomando la forma fría y exacta de un plan, el único que su cabeza de oficio sabía darle a un deseo imposible.
Si no podía ir con ella por el agua, porque el agua cerraba la puerta.
Si no podía quedarse a vengarla, porque vengarla la mataba del todo.
Entonces solo le quedaba encontrar la manera de morir de modo que la puerta no se cerrara; de morir limpio, o al menos perdonado; de saldar de alguna forma la cuenta larga y roja de su vida antes del final, para que, cuando el final llegara —y quería que llegara pronto—, lo dejaran pasar al otro lado donde ella se secaba y esperaba.
No sabía cómo se saldaba una cuenta así.
No sabía si se podía. Pero era, por primera vez desde la muerte de Vera, algo que hacer, una dirección, un trabajo, y Aldric era un hombre que solo sabía seguir vivo si tenía un trabajo delante.
Y había, en aquel plan, una lógica que a él, precisamente a él, le encajaba en la mano como un cuchillo bien equilibrado.
Toda su vida había cambiado cosas por otras cosas: dinero por muertes, información por favores, miedo por obediencia.
El mundo entero, tal como se lo habían enseñado, era un mercado, y cada cosa tenía su precio.
Pues bien: si de verdad había un otro lado, y si de verdad se pagaba una entrada, entonces el cielo era, también él, un mercado, con su tarifa y su ventanilla, y a Aldric los mercados se le daban bien.
Lo único que necesitaba era averiguar la moneda con que se pagaba aquella entrada concreta, la que él no tenía —porque no era oro, ni sangre, ni astucia, las tres únicas que había manejado en su vida—, y conseguirla, y pagarla, y cruzar.
Era un trabajo como otro cualquiera, se dijo, el más difícil de su carrera, el último: un robo al revés, en el que en lugar de llevarse algo tenía que entregar algo, y en lugar de entrar sin ser visto tenía que salir siendo por fin visto y perdonado.
No sabía aún cuál era la moneda. Pero por primera vez desde el medio paso, tenía un encargo, y un encargo lo mantenía vivo, y estar vivo era, de momento, el requisito ineludible para poder llegar a morir bien.
Y así, cuando a la mañana siguiente el hermano Lien —que llevaba días observándolo, que le había visto la cara del hombre que busca el canal y la cara del hombre que busca la sangre, y que temía las dos— vino por fin a hablarle, con mucho cuidado, de una guerra santa que se predicaba lejos, más allá del mar, y de una puerta que la Iglesia prometía a los desesperados que murieran tomando la cruz, encontró a Aldric no perdido, como esperaba, sino extrañamente listo, como una cerradura que lleva días esperando la única llave que encaja.
Porque Lien traía, sin saberlo, la respuesta exacta a la pregunta que Aldric llevaba días haciéndose en el fondo gris del duelo: cómo morir de manera que la puerta no se cierre.
Pero esa conversación, y el entierro que la precedió, son ya del día siguiente, y pertenecen a otra parte de esta historia.
Aquellos días de duelo, los del agua y los de la sangre, los de los dos caminos recorridos y desandados, Aldric no se los contaría nunca a nadie, ni siquiera, mucho después, a la figura pálida y cortés que le pondría delante la cuenta de su vida.
Fueron suyos. Los cargó solo, como cargaba solo todo lo que de verdad le importaba, aunque ella misma le hubiera pedido, muriéndose, que no cargara solo; pero hay cosas que ni siquiera por una promesa se aprenden de golpe, y esa —la de dejarse ayudar— iba a tardar Aldric en aprenderla más que ninguna otra, si es que llegaba a aprenderla alguna vez, allá abajo, donde la soledad tiene grados que arriba no se conocen.
Y fueron, a su manera terrible, los días en que el Cuervo terminó de morir y Aldric terminó de nacer, tarde, entre dos tumbas todavía sin cavar.
Porque eso era, en el fondo, lo que había pasado en aquel duelo, aunque él no supiera nombrarlo así: que las dos tentaciones, la del agua y la de la sangre, eran las dos últimas tentaciones del Cuervo, sus dos últimas maneras de resolver el dolor a la vieja usanza, rindiéndose o matando; y que al rechazar las dos —al no tirarse y al no vengarse— Aldric había hecho, por primera vez, lo que Vera hacía siempre: elegir el camino difícil que no da nada a cambio, el de seguir vivo cuidando en lugar de morir quitando.
No se dio cuenta de la magnitud de lo que había hecho.
Los hombres rara vez se dan cuenta, cuando dejan de ser una cosa y empiezan a ser otra; el cambio no tiene fecha ni campana; solo, mucho después, se mira uno hacia atrás y ve el sitio donde dejó de ser quien era.
Hubo, en aquellos días, un momento que Aldric no le contaría jamás a nadie, ni a sí mismo del todo.
Una madrugada se despertó y, medio dormido aún, sin acordarse todavía, alargó la mano en el catre buscando el calor de Vera, como había hecho cada noche de aquellas pocas semanas felices.
La mano encontró el hueco frío. Y en ese instante, antes de que la memoria volviera con su peso, hubo medio segundo en que Aldric no supo que ella estaba muerta, medio segundo en que el mundo aún era el bueno; y luego la memoria cayó, entera, de golpe, como cae el agua sobre un ahogado, y tuvo que morderse el puño para no despertar a los que sobran con un ruido que no era humano.
Descubrió entonces la peor crueldad del duelo: que no se pierde a los muertos una sola vez, sino cada mañana, en ese medio segundo del despertar en que aún no te acuerdas y luego te acuerdas.
Aprendería, con el tiempo, a acordarse antes de alargar la mano.
Pero tardó. Y cada una de aquellas mañanas fue una viudez nueva, entera, como si Vera se le muriera otra vez al amanecer, todos los días, en sus brazos vacíos.
El sitio de Aldric fue aquella casa, aquellos días grises, entre un muelle con dos piedras en el fondo y una calle con un cuchillo guardado.
Allí, sin testigos, sin nombre todavía para lo que le pasaba, el Cuervo se quedó muerto, y se levantó Aldric, roto, viudo, sin hijo, con un trozo de hilo azul en el bolsillo y un plan imposible en la cabeza, bajo la niebla que seguía bajando de los tejados, indiferente, sobre los vivos y sobre los muertos y sobre el hombre que ya no era del todo ninguna de las dos cosas.