El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 13 — El duelo #2
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Capítulo 13 — El duelo #2

Una noche —la tercera, o la cuarta— se levantó del rincón donde se dejaba estar, cruzó la sala entre los que sobran dormidos, salió a la niebla y caminó hasta el final del muelle viejo, el suyo, donde el agua negra golpeaba la piedra con la paciencia de siempre.

Se sentó en el borde, con los pies colgando sobre el agua, como se había sentado la noche de Aina.

Y esta vez no había venido a llorar. Había venido a terminar.

Era fácil. Era lo más fácil del mundo. Un paso adelante, o ni siquiera; solo dejarse caer, dejar de agarrarse a la piedra como llevaba agarrándose toda la vida, y el agua negra, que siempre ganaba, ganaría también esto, y deprisa, y sin dolor, y él estaría, en unos minutos, allá donde la vieja decía que se iban los que se van por el agua, secándose al otro lado con Vera y con el niño.

El agua misma parecía llamarlo, con su golpeteo paciente, «ven, ven, ven», la misma voz con que llamaba a todos los que se cansaban de agarrarse.

Pensó en cómo lo haría. El oficio, otra vez, hasta para esto: no un salto torpe, sino dejarse resbalar despacio, llenarse los bolsillos de piedra como hacían los pescadores que ya no querían volver, para no flotar, para que fuera rápido y seguro.

Empezó, de hecho, a buscar piedras a tientas en la oscuridad del muelle, con una calma que después le daría escalofríos, la misma calma rara con que hacía todo lo importante.

Encontró dos, del tamaño justo, y se las metió en el abrigo, y notó su peso, y le pareció un peso bueno, un peso que tiraría de él hacia abajo, hacia el agua, hacia el otro lado donde la vieja juraba que se secaban los que se iban por el agua.

El agua misma parecía llamarlo, con su golpeteo paciente contra la piedra, «ven, ven, ven», la misma voz con que llamaba a todos los que se cansaban de agarrarse.

Se inclinó hacia delante. Cerró los ojos.

Y lo que lo detuvo no fue el miedo —no le quedaba miedo—, ni la esperanza —no le quedaba esperanza—, sino una cosa más fría y más exacta, una duda de las suyas, de las del oficio: «¿Y si no funciona así?

». Porque, ¿y si el otro lado no era para los que se tiraban al agua?

Había oído, incluso él, incluso en las tabernas, que a los que se quitaban la vida no los dejaban entrar; que era el único pecado que cerraba la puerta del todo, porque era escupirle a Dios el regalo en la cara; que al que se mataba a sí mismo no lo esperaba nadie al otro lado, se quedaba fuera, solo, para siempre.

Y si eso era verdad —y Aldric no sabía si lo era, pero no podía arriesgarse a que lo fuera—, entonces tirarse al agua no era ir con Vera.

Era condenarse a no volver a verla nunca, a quedarse eternamente fuera de la puerta tras la que ella esperaba.

Era, de todos los caminos, el único que garantizaba la separación para siempre.

Abrió los ojos. Se echó hacia atrás. Se sacó las dos piedras del abrigo, una a una, y las miró en la palma de la mano, y las dejó caer al agua, no a él; y las oyó hundirse con dos plops pequeños y definitivos, y le pareció oír en ellos lo que le habría pasado a él, la facilidad con que el agua se traga lo que se le entrega, sin una arruga, como el montón de los soportales se tragaba a los niños.

Y se quedó tumbado en la piedra del muelle, temblando, no de frío, dándose cuenta de que ni siquiera morir era ya una salida para él; de que su deseo de terminar chocaba contra su deseo de reunirse con ella, y que los dos no cabían en el mismo acto; de que si quería el otro lado, no podía tomar el atajo del agua, tenía que encontrar otra puerta, una que no se cerrara.

Volvió a la casa arrastrándose, vencido por partida doble: ni siquiera se le permitía rendirse.

Y por el camino, en la niebla, pensó, con una amargura que casi le hizo reír, que era la primera vez en su vida que el saber demasiado —el conocer todas las reglas, hasta las del otro mundo— le impedía hacer algo en lugar de permitírselo.

*

El segundo camino era la sangre.

Vino después, cuando el primer aturdimiento gris empezó a arder por dentro y se convirtió en otra cosa, en una brasa vieja y conocida que Aldric llevaba veinte años alimentando y que ahora, con Vera muerta por orden del Chacal, se avivó hasta volverse un incendio: la venganza.

Una noche —ya no contaba las noches— se encontró de pie, sin haber decidido levantarse, con el cuchillo en la mano, sin haber decidido cogerlo, caminando hacia el barrio de los tintoreros, sin haber decidido ir.

El cuerpo lo llevaba solo, como lo llevaban solo las manos en el tiempo rojo, hacia el nido del Chacal, hacia el hombre pequeño de nariz larga que comía despacio y que le había quitado, con tres frases y una lección, todo lo que había tenido.

Y era justo. Esa era la parte terrible: que era justo.

El Chacal merecía morir más que ninguno de los cientos de hombres a los que Aldric había matado por dinero.

Matarlo no sería un crimen; sería lo más parecido a la justicia que Aldric hubiera hecho en su vida, la justicia que castiga, no la que reparte, pero justicia al fin.

Y sería fácil, además, o todo lo fácil que era matar al Chacal, que no era fácil, pero Aldric era el único hombre de Gante Vieja capaz de intentarlo con alguna posibilidad.

Fue armándolo por el camino, sin querer, con el rigor de siempre: entraría por la trastienda, no por la taberna; el Chacal cenaba solo a esas horas, con uno o dos hombres fuera, en la sala; los conocía, sabía sus turnos, sus descuidos; podía dejarlos dormidos sin ruido, como al gordo de Rethel, y llegar hasta la cortina de arpillera, y apartarla, y encontrar al hombre pequeño de nariz larga con la cuchara a medio camino de la boca.

Se imaginó su cara. Se imaginó, por primera vez en veinte años, la cara del Chacal entendiendo que iba a morir, esa cara que el Chacal había hecho poner a tantos y que nadie le había puesto nunca a él, y el solo imaginarla le dio un placer tan hondo y tan negro que se asustó de sí mismo.

Llegó hasta la boca de la calle del nido, en la niebla, con el cuchillo caliente en la mano y el corazón frío, y se detuvo en la sombra, midiendo, como medía siempre: las salidas, los tiempos, los hombres.

Vio, incluso, luz en la trastienda, la rendija amarilla bajo la que sabía que estaría el hombre, comiendo despacio, seguro de que nadie iba a quitarle el plato, seguro de que jamás volvería a ver al Cuervo.

Podía hacerlo. Esta noche. Ahora. Cruzar la calle, y saldar en una sola noche la cuenta de veinte años y la de Vera y la del niño que no nació.

Y entonces oyó la voz de Vera. No de verdad —Vera estaba muerta, en la sala, esperando la fosa—, sino la otra voz, la de dentro, la que le había dejado en el último aliento y que iba a ser, ya para siempre, la brújula y la cadena de todo lo que hiciera:

«No vuelvas a ser el Cuervo. No lo gastes en vengarte. Eso es lo que él quiere. Si lo matas, le das la razón. Si lo matas, vuelves a ser lo que te compró. Y entonces sí me habrá matado del todo. A los dos.»

Aldric se quedó en la sombra, temblando, con el cuchillo caliente y la voz fría de la muerta en la cabeza, y libró allí, en la boca de aquella calle, la batalla más dura de su vida, más dura que la del tejado, más dura que ninguna, porque esta la libraba contra sí mismo, contra lo más antiguo y lo más fuerte que tenía dentro, contra el Cuervo.

El Cuervo quería entrar. El Cuervo llevaba veinte años esperando el permiso de entrar en ese nido con un cuchillo.

El Cuervo le susurraba que Vera no lo entendía, que Vera era buena y no sabía de estas cosas, que un muerto no siente si lo vengan o no, que la promesa hecha a una muerta no obliga porque la muerta ya no puede reclamarla ni verla cumplida.

Pero Aldric —el que ella había fabricado, el del nombre nuevo— sabía que el Cuervo mentía.

Sabía que la promesa hecha a una muerta es la que más obliga, precisamente porque ella no puede reclamarla: es la única que se cumple por amor puro, sin miedo al castigo ni esperanza de premio, solo porque se lo dijiste a alguien que te importaba y que ya no está para comprobarlo.

Romper esa promesa no lo vería nadie. Y por eso mismo cumplirla era lo único que aún podía darle a Vera; lo último; lo único que le quedaba que fuera suyo y de ella.

Si mataba al Chacal, Vera tendría razón: la habría matado del todo, porque habría matado al Aldric que ella inventó y habría devuelto al Cuervo, y entonces los dos años de aquel amor no habrían servido de nada, habrían sido solo una pausa en la vida de un asesino, y no lo que fueron de verdad: el principio de otro hombre.

Guardó el cuchillo. Le costó como cuesta arrancarse algo pegado a la carne; sintió, físicamente, cómo la mano se resistía a soltar el mango, cómo el brazo quería cruzar la calle por su cuenta, y tuvo que ordenarle quedarse, como se le ordena a un perro que ha olido la sangre.

Y le dio la espalda a la calle del nido, y al Chacal, y a la venganza justa y fácil, y volvió a la casa por la niebla con las manos vacías y el pecho lleno de una renuncia que le dolía más que cualquier herida, porque renunciar a la venganza que uno merece, por amor a alguien que ya no puede saberlo, es la cosa más solitaria que puede hacer un hombre.

Nadie lo vería. Nadie lo sabría. Nadie lo aplaudiría. Solo él, y una muerta que ya no estaba.