El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 13 — El duelo
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Capítulo 13 — El duelo

E l primer día no hizo nada.

Y no hacer nada, en él, era la señal más grave de todas, porque Aldric era un hombre de hacer; toda su vida había respondido a cada golpe moviéndose, calculando, actuando, y ahora, por primera vez desde niño, se le habían apagado las manos.

Un hombre que no sabe estarse quieto, cuando por fin se está quieto, es que algo se le ha roto por dentro que no se ve.

Amaneció sobre la casa de Santa Brígida y Aldric seguía arrodillado donde lo había dejado la noche, con la cabeza de Vera en el regazo, y no se había movido, y no pensaba moverse, porque moverse era empezar el primer día del mundo sin ella, y no quería empezarlo.

Había una parte de él, la de siempre, la fría, que le decía qué había que hacer —sacar los cuerpos, avisar a Lien, atender a los enfermos, borrar rastros—, y por primera vez en su vida Aldric la oyó hablar y no le hizo caso, la dejó hablar sola en un rincón de su cabeza, como se deja hablar a un loco en una plaza, y no se movió.

Que esperara el mundo. El mundo había esperado veinte años a que el Cuervo hiciera su trabajo; podía esperar un día a que Aldric hiciera su duelo.

Alrededor, la sala era un cuadro que la luz gris de la mañana fue revelando poco a poco, como un verdugo que descorre despacio una cortina: los tres hombres del gremio muertos donde los había dejado el tiempo rojo; las dos velas de la boda consumidas hasta el charco de sebo; los que sobran despiertos en sus jergones, sin atreverse a hablar, mirando al hombre arrodillado con el miedo y la pena mezclados.

Sen lloraba bajito en un rincón. La vieja de los dientes ausentes murmuraba, más para sí que para nadie, que ya estaban los tres al otro lado, secos, esperando.

Fue Lien quien lo movió. Llegó a media mañana, avisado por un vecino que había oído el estruendo de la noche y había esperado al día para atreverse a mirar, y cuando el cura entró y vio la escena —tres asesinos muertos, una mujer embarazada muerta, un hombre arrodillado con los ojos secos—, no dijo ninguna de las cosas que dicen los curas.

No rezó todavía. No preguntó qué había pasado.

Se arrodilló al lado de Aldric, le puso una mano en el hombro, y se quedó así, callado, un rato largo, hasta que el hombre notó que había alguien a su lado que no le pedía nada, y solo entonces Lien habló, en voz muy baja:

—Hay que sacarlos de aquí, hijo. A esos tres.

Antes de que alguien pregunte. Y a ella hay que…

hay que prepararla. No puedes tenerla así.

Lo sabes. —Le apretó el hombro—. Yo te ayudo.

Pero levántate. Por ella. Lo último que vas a poder hacer por ella es hacerlo bien.

Y esto —los muertos, la sala, el horror— hay que hacerlo bien.

Y Aldric, que no se habría levantado por nada del mundo, se levantó por eso: porque le quedaba una última cosa que hacer bien por Vera.

*

Los tres hombres del gremio los sacó de noche, él solo, y los dejó lejos, en un callejón de otro barrio, dispuestos de manera que pareciera una reyerta entre ellos; el oficio de siempre, puesto por última vez al servicio de borrar.

No sintió nada al moverlos. Eran cáscaras.

El Chacal las había tirado allí y a él le tocaba barrerlas, y las barrió con la eficacia de veinte años, sin odio y sin pena, porque el odio y la pena los tenía ocupados en otra cosa.

Nadie preguntó. En Gante Vieja, tres hombres del gremio muertos en un callejón no eran una pregunta; eran, como mucho, una respuesta a una pregunta que nadie había formulado en voz alta.

A Vera la preparó con Lien, y esa sí fue la cosa más difícil que había hecho en su vida, más que cualquier muerte, más que cualquier trabajo.

Ya la había lavado él la noche de la muerte, a solas; ahora tocaba lo otro, lo definitivo, prepararla para la tierra.

La vistieron con su único vestido bueno, el que ella guardaba sin ponérselo casi nunca porque en aquella casa no había ocasiones buenas.

Aldric le peinó otra vez el pelo, despacio, aunque ya se lo había peinado, solo por seguir tocándolo mientras aún podía.

Y buscó, entre las cosas de ella, la manta con el remiendo de lana azul —el azul del mar cuando hace bueno—, y quiso enterrarla con ella, pero se detuvo, porque aquella manta cubría ahora a Sen por las noches, y Vera se habría enfadado de que un vivo pasara frío para abrigar a una muerta.

Así que cortó, en cambio, un trozo pequeño del ribete azul, solo un palmo de hilo, y se lo guardó él, y otro se lo puso a ella entre las manos cruzadas, para que se llevara al otro lado un poco del único color bonito que habían tenido, y el resto lo dejó donde estaba, calentando al niño vivo.

Le costó como le costó todo aquellos días, pero lo hizo bien, porque era lo último que podía hacer bien por ella.

Lien rezaba por lo bajo mientras trabajaban, y Aldric no rezaba, pero no le mandó callar, porque el murmullo del cura era como el murmullo de Vera consolando a Sen en la oscuridad: una cuerda tonta echada a un hombre que se ahogaba, y aunque Aldric no creyera en la cuerda, agradecía que alguien no lo dejara hundirse en silencio.

En algún momento, sin dejar de trabajar, sin levantar la vista del cuerpo, Aldric habló por primera vez desde la muerte, y le preguntó al cura, con la voz ronca de no usarla: «¿Adónde van, Lien?

Los que se van. ¿Adónde van de verdad?».

Y Lien, que era un cura descreído y honrado, no le mintió con una respuesta fácil; se quedó un rato callado y luego dijo: «No lo sé, hijo.

Llevo toda la vida diciéndolo en misa y no lo sé.

Pero he velado a muchos, y a los buenos, cuando se van, se les queda en la cara una paz que no me parece de este mundo.

Míralo tú mismo. Míralale la cara». Y Aldric se la miró.

Y era verdad que tenía una paz. Y se agarró a esa paz de la cara de su mujer muerta como se había agarrado a las piedras del muelle, solo que esta vez para no hundirse.

*

Los días siguientes no los contó. Se le mezclaron en una sola cosa gris, sin bordes.

No comió, o comió lo que le ponían delante los que sobran, que habían invertido los papeles: ahora eran los enfermos los que cuidaban del sano.

Y lo hacían con una torpeza conmovedora, imitando lo que le habían visto hacer a Vera, como niños que juegan a ser el adulto que han perdido.

La vieja de los dientes ausentes le acercaba un cuenco de caldo aguado y se lo sostenía con sus manos temblorosas hasta que Aldric bebía un sorbo, y entonces asentía, satisfecha, y le decía que su hijo el ahogado había preguntado por él, que estaba pendiente, que no se preocupara.

La anciana nueva, la que había llegado a ocupar el jergón de Corvo y que apenas conocía a nadie, le rezaba desde su cama, en voz baja, un rosario interminable, porque era lo único que sabía dar.

Y Sen, sobre todo Sen, se arrastraba cada mañana hasta el rincón donde Aldric se dejaba estar y se quedaba a su lado, horas, sin decir nada, haciéndole compañía como los perros hacen compañía, solo con la presencia.

Un día el niño le puso delante las tres cáscaras de nuez y el guisante, y movió las manos, despacio, torpe todavía, y le pidió sin palabras que jugara, que adivinara bajo cuál estaba; y Aldric, que no tenía dentro nada, ni para eso, hizo el esfuerzo más grande de aquellos días grises y señaló una cáscara, al azar, sin mirar, y se equivocó, y el niño no se rió como antes, solo asintió, muy serio, y recogió las cáscaras, y entendió, con esa sabiduría de los críos que han sufrido, que el juego ya no era un juego, que había cosas que se rompen y no vuelven, y que a veces lo único que se puede hacer por alguien que sufre es sentarse a su lado y perder a las cáscaras con él.

Aldric los dejaba hacer a todos. No tenía fuerzas para apartarlos ni para agradecerlo.

Pero por debajo del aturdimiento, sin que él lo notara, aquellos cuidados torpes de los que sobran iban haciendo su trabajo, lo mismo que había hecho el caldo amargo de Vera la primera noche: mantenerlo de este lado, un día más, un día más, aunque él no quisiera.

Estaba en un sitio muy hondo, por debajo del grito y por debajo del llanto, un sitio que conocía de otras veces pero al que nunca había bajado tanto, y desde el fondo de aquel sitio el mundo de arriba —la casa, los enfermos, la luz— le llegaba lejano, como le llegaba a Corvo el mar.

Y en aquel fondo gris se le abrieron, poco a poco, dos caminos.

Dos únicas salidas. Eran, se daría cuenta mucho después, los dos únicos caminos que el Cuervo conocía, los dos únicos que le habían enseñado: cuando el dolor era insoportable, o te lo quitabas de encima quitándote la vida, o se lo pasabas a otro quitándosela a él.

Rendirse o matar. El agua o la sangre. En veinte años de oficio no había aprendido un tercer camino, porque el gremio no enseñaba terceros caminos; el gremio vivía precisamente de que los hombres solo conocieran esos dos.

El tercero —seguir vivo sin matar, cargar el dolor sin pasárselo a nadie, hacer con la pena algo que no fuera ni una tumba propia ni una ajena— ese no se lo había enseñado el Chacal.

Se lo había empezado a enseñar Vera, con sus llagas y su grano y su justicia que reparte, y ahora ella estaba muerta y le tocaba a él, solo, terminar de aprender la lección a medias, en la peor de las escuelas, con la peor de las matrículas.

El duelo, en realidad, fueron los días que tardó en recorrer los dos caminos viejos, comprobar que los dos estaban cerrados, y empezar a tantear, a ciegas, en la oscuridad, la existencia de un tercero.

*

El primer camino era el agua.