El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 12 — La sangre sobre lo limpio #3
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Capítulo 12 — La sangre sobre lo limpio #3

Lo pensó, aquella noche, con la misma frialdad con que había planeado el trabajo de Rethel, la misma con que había estudiado a Vidal: como un problema con solución, no como una desesperación.

Era, quizá, lo más monstruoso de él, y lo más útil: que hasta el peor dolor de su vida se le organizaba, en la cabeza, como un encargo.

¿Cuál era el objetivo? Llegar al otro lado bueno, donde esperaban Vera y el niño.

¿Cuál era el obstáculo? La cuenta, la sangre, veinte años de oficio, el alma que pesaba demasiado.

¿Cuál era el precio a pagar? La vida, que ya no quería, y que además se había ofrecido a pagar y le habían devuelto.

¿Dónde estaba la ventanilla donde aceptaban ese pago?

Ahí se atascaba, porque un hombre no puede perdonarse a sí mismo por decreto, ni comprar el cielo con las monedas de Rethel.

Necesitaba a alguien con autoridad para saldar cuentas con el cielo.

Necesitaba una institución, una promesa, un sello.

Y esa pieza del plan, la única que le faltaba, iba a ponérsela en la mano, sin saberlo, a la mañana siguiente, un cura pobre y descreído que olía a vino, hablándole de una guerra lejana.

Pero antes del plan hubo la noche, y la noche fue larga, y hubo que llenarla de cosas, porque un hombre no puede quedarse solo mirando a su mujer muerta hasta el alba sin volverse loco, y Aldric, que sabía lo que había que hacer con los muertos porque los había hecho a montones, se aferró al saber como a una tabla: hizo, con las manos, lo que la cabeza no podía soportar pensar.

Primero se ocupó de los vivos. Levantó a Sen del suelo, lo llevó a su jergón, lo tapó con la manta parda del remiendo azul y le dijo, con una voz que no le temblaba porque ya no le quedaba con qué temblar, que durmiera, que él estaba allí, que ya había pasado.

El niño no soltó su cabo de vela. Se durmió agarrado a él, a fuerza de agotamiento, con los surcos de las lágrimas secas en la cara.

Aldric tranquilizó a los demás como pudo, a la anciana nueva que no paraba de rezar, a los enfermos de llagas que temblaban; los fue acostando, callando, cubriendo, con una suavidad que era casi insoportable de ver en aquellas manos y en aquella noche.

Cuidó de los que sobran. Fue lo primero que hizo con su viudez: cuidar de los que ella cuidaba.

No supo entonces que aquel gesto, hecho sin pensar, era ya la promesa cumpliéndose, era ya Vera ganándole la partida al Chacal desde el mismo umbral de la muerte.

Luego se ocupó de los muertos que no eran suyos.

Arrastró a Bramo, a Sarn y al tercero, uno a uno, fuera de la sala, al patio, lejos de los enfermos, con el desapego del oficio, sin mirarles la cara, porque aquellas caras no le importaban, no eran nadie, eran cáscaras, como habría dicho el Chacal, y por una vez Aldric estuvo de acuerdo con el Chacal.

Los dejó en el patio, junto al pozo, sobre la tierra donde había enterrado a Corvo hacía tan poco.

Ya vería qué hacer con ellos; había maneras, en Gante Vieja, de que unos cuerpos desaparecieran sin preguntas, y él las conocía todas.

Limpió la sangre del suelo de la sala, de rodillas, con un trapo y agua fría, con la misma minuciosidad con que Vera limpiaba las llagas, borrando el rastro rojo de encima de las baldosas gastadas, porque no quería que los enfermos amanecieran sobre aquello, y porque fregar el suelo era una tarea, y las tareas eran lo único que lo mantenía de este lado de la locura.

Y por último, solo por último, cuando ya no quedaba nada más que hacer, se ocupó de ella.

Calentó agua. Buscó un lienzo limpio de los que ella lavaba con tanto cuidado.

Y lavó a Vera él mismo, despacio, como ella le había enseñado a lavar a los enfermos —de fuera hacia dentro, sin asco, sin prisa, mirándole la cara—, solo que esta vez la cara ya no le devolvía la mirada.

Le lavó las manos rojas, las que lo habían sacado del barro, y se las dejó por fin blancas, descansadas, sin agua fría que las agrietara nunca más.

Le peinó el pelo con los dedos. Le puso las manos sobre el vientre, en el gesto en que ella las había muerto, protegiendo hasta el final.

Y le habló, toda la noche, en voz baja, no porque creyera que lo oía, sino porque durante unas semanas había tenido a alguien a quien hablarle por las noches y no sabía todavía cómo dejar de hacerlo.

Le contó el puerto, como se lo había contado a Corvo.

Le contó el mar en calma, sin niebla, con todos los barcos entrando a salvo.

Le contó las islas del sur donde el agua era clara.

Le fue contando, hasta el alba, la orilla a la que la vieja loca juraba que se iban los que se secaban, por si acaso era verdad, por si de algún modo, desde muy lejos, ella podía todavía oír a un hombre contarle el camino.

Se quedó así toda la noche velando los dos cuerpos que eran uno, con las velas de la boda ardiendo hasta consumirse, mientras por dentro, muy despacio, un plan imposible tomaba forma en la única cabeza de Gante Vieja capaz de planear lo imposible con la sangre fría de un trabajo.

Y a la mañana siguiente, cuando el hermano Lien vino, avisado por un vecino, y encontró a Aldric todavía arrodillado, todavía sin haber soltado la mano fría de Vera, con la sala fregada y los tres asesinos ya sacados al patio y una mujer embarazada muerta en el regazo y los ojos secos de un hombre que ha decidido algo terrible, el cura se quedó un rato callado en el umbral, porque había visto muchas muertes pero pocas de aquella clase, y supo que no había nada que decir que sirviera, y no dijo nada, que fue lo más sabio.

Luego se arrodilló al lado de Aldric, y rezó él, ya que Aldric no sabía, y solo mucho después, cuando el sol ya estaba alto y había que empezar a hacer las cosas que se hacen con los muertos, Lien le iba a hablar, sin saber lo que hacía, sin sospechar adónde llevaban de verdad sus palabras de cura pobre y descreído.

Le hablaría, para consolarlo, para darle algo a lo que agarrarse, de una guerra santa que se preparaba lejos, más allá del mar, adonde marchaban por millares los hombres que ya no tenían nada aquí; y de una promesa que la Iglesia hacía a los desesperados como él: que quien tomara la cruz y muriera peleando por el sepulcro de Dios vería lavados todos sus pecados, todos, por muchos y muy rojos que fueran, y entraría limpio, sin cuenta pendiente, en el reino donde esperan los que se han ido por el agua.

Lien se lo diría como se dice un consuelo, sin pensar que aquel hombre lo escucharía como se escucha un plan; le ofrecería una idea piadosa para que Aldric no se dejara morir de pena, y Aldric la cogería, en cambio, como el mapa exacto hacia una muerte buscada.

Así son a veces las palabras: el que las da no sabe lo que suelta, y el que las toma no toma lo que le dan.

El cura, aquella mañana, creyó estar salvando a un viudo de la desesperación.

En realidad le estaba señalando, con el dedo, el camino más corto hacia el otro lado.

Pero eso sería a la mañana siguiente.

En algún momento de aquella noche interminable, el niño de las piernas torcidas, que no dormía, se arrastró hasta él en la oscuridad y se acurrucó a su lado, sin decir nada, apoyando la cabeza contra el brazo del hombre que sostenía a la muerta, y se quedó así, haciéndole compañía como los perros hacen compañía, con la única sabiduría que tienen los niños que han sufrido mucho: la de saber que ante ciertos dolores no hay palabras, solo cuerpos que no se van.

Y Aldric, que no podía llorar, notó el peso tibio de aquel niño contra el brazo y entendió, muy despacio, que la casa seguía viva alrededor de su muerta; que había todavía, en aquella sala, gente que respiraba y que tenía hambre y que iba a necesitar, mañana, que alguien les diera de comer; que Vera, al morir, no había dejado tras de sí solo un cadáver, sino también una tarea, la suya, la de no dejar que el montón se cerrara sobre nadie.

No lo pensó como un consuelo. No había consuelo.

Pero fue, sin él saberlo, la primera brasa de todo lo que vendría después, encendida por el peso de un niño dormido contra su brazo en la peor noche de su vida.

Aquella noche, Aldric solo se quedó arrodillado, seco, roto y extrañamente sereno, sosteniendo a sus dos muertos y velando, sin darse cuenta, a un niño vivo, mientras las dos velas de la boda ardían hasta el final y se apagaban una tras otra, y la casa de los que sobran se hundía en la oscuridad más completa que había conocido, y fuera, indiferente, eterna, la niebla de Gante Vieja seguía bajando de los tejados, guardando en su blancura, como guardaba siempre, sin preguntas y sin respuestas, al hombre pequeño de nariz larga que se alejaba despacio hacia su nido, limpiándose con un pañuelo una gota de algo de la comisura de la boca, satisfecho del trabajo de la noche, seguro —tan seguro, y por una vez, solo por esta vez, tan equivocado— de que jamás volvería a ver al Cuervo.