El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 12 — La sangre sobre lo limpio #2
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Capítulo 12 — La sangre sobre lo limpio #2

Se dio cuenta, con un desgarro nuevo, de que había llegado tarde también a esto: a la promesa.

Ella se la había pedido «en voz alta, mientras puedo oírlo», y él no había conseguido decírsela a tiempo, porque el Chacal no le había dejado, porque había tenido que gastar sus últimas palabras con ella en un «perdóname» inútil en vez de en el «lo prometo» que ella quería llevarse.

Le había fallado hasta en la despedida. Ella se había ido sin oír su promesa, con la palabra «prométe...

» a medio decir en la boca, y él tendría que cargar, además de con todo lo demás, con la duda de si ella se había ido creyendo que él no le prometía nada.

Era el último ladrillo, el más pequeño y el más pesado.

Se lo dijo entonces, tarde, a los ojos que ya no lo oían, y se lo diría cada día del resto de su existencia, en voz alta, a la nada, por si en algún sitio, de algún modo, el retraso pudiera repararse: lo prometo, lo prometo, lo prometo.

Le cerró los ojos con dos dedos.

Y luego se quedó allí, arrodillado, en el silencio, con la cabeza de su mujer entre las manos y su hijo no nacido muerto dentro de ella, en la sala de los que sobran, bajo las dos velas de la boda que seguían ardiendo como si no hubiera pasado nada, y no gritó, y no lloró, porque hay un dolor que está por debajo del grito y por debajo del llanto, un dolor que no hace ruido porque el ruido es todavía una forma de pedir ayuda, y Aldric ya no le pedía ayuda a nadie, ni al cielo al que había rezado hacía unas semanas, en aquel mismo patio, ofreciéndose a pagar él el precio.

Porque eso era lo que más le pesaba, lo que le pesaría eternamente, lo que un día, muy abajo, en la oscuridad, una voz cortés le echaría en cara con una sonrisa: había rezado.

Se había ofrecido a pagar. «A mí déjame lo que quieras; a estos dos, no; cóbramelo a mí; tengo con qué.

» Había ofrecido su vida a cambio de las de ellos, con toda su alma, la oración más sincera de su existencia.

Y alguien la había escuchado. Y había hecho justo lo contrario.

Le había dejado a él la vida —«que vivas, mucho, recordándolo», la lección del Chacal era la misma que la del cielo, palabra por palabra, como si el Chacal y el cielo fueran, al final, el mismo oficio con distinto delantal— y se había cobrado a los dos que él quería salvar.

Como si el trato hubiera sido oído y aceptado al revés.

Como si allá arriba, o allá abajo, alguien tuviera un sentido del humor tan cruel como el del Chacal, y llevara las cuentas con la misma exactitud, y cobrara siempre, siempre, al que se ofrece a pagar.

Y había algo más, algo que no se atrevió a pensar del todo aquella noche pero que ya asomaba, negro, en el fondo de su cabeza: que si el trato se había cumplido al revés —si de verdad había alguien que escuchaba las ofertas de pago—, entonces la deuda no estaba saldada.

Él se había ofrecido a pagar; le habían cobrado a los otros; pero su vida, la vida que él había puesto sobre la mesa, seguía ahí, sin cobrar, entera, palpitando inútil en un cuerpo cubierto de sangre ajena.

Se había ofrecido, y no lo habían tomado.

Le habían dejado la ofrenda en las manos, como se le deja a un mendigo la moneda que no ha pedido nadie.

Y un hombre que ha ofrecido su vida y no se la han aceptado no es un hombre libre de la deuda: es un hombre que sigue debiéndola, que la lleva encima, que va a tener que buscar él mismo la ventanilla donde pagarla, porque hay deudas que no dejan vivir hasta que se saldan, y esta, lo supo aquella noche con una certeza fría, iba a ser de esas.

Le habían enseñado de niño que del gremio no se sale por la puerta, solo por el suelo.

Empezó a sospechar, velando a sus muertos, que de la vida pasaba lo mismo, y que el suelo, para él, tendría que estar en algún sitio donde por fin le aceptaran el pago que arriba, en aquella casa, le habían devuelto.

Los que sobran salieron poco a poco de su silencio disciplinado.

Alguien lloraba, bajito. El niño de las piernas torcidas se había arrastrado hasta quedar cerca de Aldric, y le tendía, sin decir nada, su cabo de vela de la boda, como si aquel pedazo de sebo pudiera servir de algo, como si fuera lo único que un niño tullido podía ofrecer contra una desgracia tan grande.

Aldric lo miró, y aquel gesto —el niño ofreciendo su tesoro inútil— estuvo a punto de romper el dique que el dolor mantenía cerrado, pero no lo rompió; Aldric ya no tenía dentro con qué llorar.

La vieja de los dientes ausentes se acercó despacio, arrastrando los pies, y le puso una mano temblorosa en el hombro.

Había visto todo, y quizá no había entendido nada, o quizá lo había entendido mejor que nadie, porque dijo, con su voz cascada, mirando el cuerpo de Vera con una ternura sin espanto:

—Ya se ha secado, la Vera. —Le acarició el hombro a Aldric—.

Mira. Ya no está mojada. Se ha ido con mi hijo, por el agua.

Se van todos por el agua. Y se ha llevado al pequeñito, para que no vaya solo, ¿ves qué buena?

Hasta para eso es buena. —Sonrió, desdentada, a la nada del fondo de la sala—.

No llores. Al otro lado se secan. ¿Los ves?

Están ahí. Los tres ahora. Mi hijo, y la Vera, y el pequeñito.

Ya no lloran. Están secos y contentos y esperando.

—Le apretó el hombro con sus dedos de pájaro—. Solo esperan que vayas tú.

—¿Y cómo se va? —preguntó Aldric, y no supo por qué lo preguntaba, a una loca, de madrugada, con su mujer muerta en el regazo; quizá porque era la única en toda la casa que hablaba como si supiera algo, y él necesitaba, aquella noche, que alguien supiera algo—. ¿Cómo se cruza a ese otro lado?

La vieja lo miró con sus ojos lechosos, muy seria, como si le hubieran hecho por fin la pregunta correcta.

—Ah, eso ya no lo sé —dijo—. Eso cada uno tiene que averiguarlo por su cuenta.

Mi Tomé cruzó por el agua, porque era del mar.

Cada uno cruza por lo suyo. Tú cruzarás por lo tuyo, sea lo que sea.

—Ladeó la cabeza, escuchando algo que solo ella oía—.

Pero hay que ir limpio, dice mi hijo. El que va sucio no cruza; se queda en la otra parte, en la de los que no se secan nunca, dando vueltas para siempre.

Ve limpio, hijo. Lávate bien antes de venir.

—Y volvió a lo suyo, a murmurarle al aire, dejando caer, sin saberlo, la última pieza en el sitio exacto donde a Aldric le faltaba, como si la locura fuera a veces una forma de saber cosas que a la cordura se le escapan.

Aldric levantó la cabeza despacio.

No creía en el hijo ahogado de la vieja.

No creía en el otro lado. No creía en el cielo ni en el agua ni en nada de lo que decía una anciana loca a la que la pena y los años le habían llenado la cabeza de fantasmas mojados.

No creía. Y sin embargo, en aquel instante, arrodillado en el peor dolor de su vida, sin nada, absolutamente nada más a lo que agarrarse, aquellas palabras de loca fueron lo único, lo único en el mundo entero, que no se le deshizo entre las manos.

«Al otro lado se secan.»

«Solo esperan que vayas tú.»

Y algo, en el fondo del hombre roto y arrodillado, muy despacio, empezó a organizarse alrededor de aquella idea imposible, como el agua negra del muelle se organizaba, noche tras noche, alrededor de la piedra, con la paciencia de las cosas que saben que van a ganar.

Si había un otro lado. Si de verdad había un sitio adonde iban los que morían, un sitio donde Vera y el niño estaban ahora secos y esperando.

Entonces solo quedaba una cosa que hacer con el resto de una vida que ya no quería.

Una sola. No la venganza —se lo había prometido a ella, con su último aliento, y aunque no creía en casi nada, esa promesa la sostendría, porque era lo último que ella le había pedido y lo único que aún podía darle—.

No la venganza. Otra cosa. Más difícil. Más loca.

Ir con ellos.

No era, entendió, un pensamiento de suicida, o no del todo.

Un suicida quiere dejar de estar; Aldric quería lo contrario, quería estar, pero estar donde estaban ellos.

La muerte, de pronto, dejó de ser el final que él había temido a medias toda su vida y se convirtió en otra cosa: en un viaje, en una puerta, en el único camino que quedaba hacia la única compañía que le importaba.

Y esa vuelta del revés —dejar de ver la muerte como el fin y empezar a verla como la reunión— fue lo que le permitió seguir respirando aquella noche, porque un hombre puede soportar cualquier cosa si le pones delante una puerta, por lejana y estrecha que sea, hacia lo que ha perdido.

La vieja loca, sin saberlo, le había puesto esa puerta delante.

Y Aldric, que no creía en ella, se agarró a ella igual, porque no tenía otra, y porque prefería agarrarse a una puerta imposible que soltarse del todo en el vacío.

Pero no de cualquier manera. Un hombre como Aldric, un asesino, un ladrón, un pecador de veinte años de oficio, no iba al sitio donde estaban Vera y el niño solo por morirse.

De eso sí que había oído hablar, incluso él, incluso en las tabernas: que a los que morían con las manos como las suyas no los dejaban entrar al otro lado bueno.

Que había una cuenta. Que la cuenta de Aldric era larga y roja y no la saldaba ninguna moneda de Rethel.

Tenía que morir limpio. Tenía que morir perdonado. Tenía que encontrar la manera de saldar la cuenta antes del final, para que, cuando el final llegara —y quería que llegara pronto—, las puertas del sitio donde ellos esperaban no se le cerraran en la cara.