Capítulo 12 — La sangre sobre lo limpio
L legó tarde.
Toda la vida iba a caber, después, en esas dos palabras.
Se las diría a sí mismo mil veces, en la guerra, en la balanza, en los descensos: llegó tarde.
No llegó a impedirlo. No llegó a proteger.
No llegó. La historia entera del Cuervo, que había vivido veinte años llegando siempre a tiempo —a tiempo de matar, a tiempo de robar, a tiempo de escurrirse—, se resolvía al fin en la única vez que llegar a tiempo importaba, y en esa se resumía en dos palabras que le quemarían para siempre.
Llegó tarde por un paso. Por medio paso.
Por el ancho de una mano. Toda la vida se había entrenado para vivir un instante por delante de la cuchillada del otro, y aquella noche, la única noche en que ese instante importaba más que todos los demás juntos, la única, llegó tarde por medio paso, porque Bramo, el grande, el lento, el que no era peligroso, se le atravesó con el garrote, y Aldric tuvo que gastar en Bramo el medio paso que le faltaba para llegar hasta Vera.
Lo mató deprisa. Lo mató sin pensarlo, con el reflejo de veinte años, un corte bajo el brazo levantado, otro en el cuello al caer, y Bramo se derrumbó sobre un jergón vacío sin llegar a entender del todo que había muerto.
Pero el medio paso ya estaba gastado. Y cuando Aldric levantó la vista de Bramo hacia el otro lado de la sala, ya era tarde.
Lo vio todo en un instante estirado hasta lo insoportable, ese tiempo lento del horror en que un latido dura un año: vio a Sarn apartándose de Vera, limpiándose la hoja en el muslo con la tranquilidad del que ha terminado un trabajo limpio; vio a Vera llevarse las dos manos —las manos rojas de lavar, las manos que lo habían sacado del barro— no a la garganta, sino al vientre, al niño, protegiéndolo todavía, protegiéndolo con la última fuerza, con el último acto de su vida, que fue, cómo no, un acto de cuidar a otro; y vio cómo se doblaba despacio hacia un lado sobre el jergón de la vieja loca, que se había puesto de pie sin que nadie se lo impidiera —a Sarn ya no le hacía falta sujetarla— y miraba sin entender, murmurando algo de su hijo, del mar, del agua.
Aldric no supo, después, a cuántos mató en los instantes siguientes ni en qué orden.
Hubo un tiempo rojo, sin palabras, sin idioma —ni el del Chacal ni el de Vera ni ninguno—, un tiempo de puro oficio desatado, veinte años de matar liberados de golpe sin freno ni cálculo ni propósito, solo furia.
Y era distinto de todo lo que había hecho antes, lo notaría después, cuando pudiera pensar: porque el Cuervo mataba frío, desde el sitio quieto de dentro, sin sentir nada, y aquella noche mató caliente, sintiéndolo todo, con un aullido saliéndole del pecho que no reconocía como suyo, y descubrió —tarde, siempre tarde— que había algo peor que matar sin sentir, y era matar sintiendo, matar disfrutándolo, matar porque el dolor necesitaba salir por algún sitio y las manos eran el único sitio que él tenía.
Sarn era peligroso, pero la furia era más peligrosa que Sarn; el Cuervo lo alcanzó antes de que llegara a la puerta y lo mató de una manera que no quiso recordar y recordó igual, despacio, con saña, con la propia hoja del hombre y luego con las manos, y en algún punto de aquello dejó de ser un ajuste y pasó a ser otra cosa, un desahogo, una sed.
Hubo un tercer hombre, uno que Aldric ni recordaba haber visto entrar, que quiso escapar por el patio y no llegó, y al que Aldric persiguió cuando ya no hacía falta perseguirlo, cuando ya estaba vencido, solo por seguir haciéndolo.
Y cuando el tiempo rojo pasó, cuando el aullido que le salía de dentro se apagó por falta de aire, Aldric estaba de pie en el centro de la sala, con el cuchillo goteando, temblando, cubierto de sangre que no era suya, y las dos velas de la boda seguían ardiendo, temblorosas, impasibles, y el Chacal no estaba.
Y en aquel temblor, con la sangre ajena enfriándosele en las manos, Aldric tuvo tiempo de sentir un asco nuevo de sí mismo, porque acababa de romper, sin querer, en los primeros minutos, la promesa que aún no había hecho: había vuelto a ser el Cuervo, entero, con saña, delante de los que sobran, delante de Sen.
Vera le había pedido que no se lo diera al Chacal, su rabia, su alma, y él, antes siquiera de prometérselo, ya se lo había empezado a dar.
La lección funcionaba. Ya estaba funcionando.
El Chacal no estaba.
Aldric giró sobre sí mismo, buscándolo, con el aullido subiéndole otra vez a la garganta, y no estaba, no estaba por ninguna parte.
Se había ido. Se había escurrido en el tiempo rojo por la puerta o por la ventana o por la niebla, como se escurría siempre, sin prisa, seguro de que nadie iba a quitarle el plato, dejando atrás a sus tres hombres muertos como quien deja las cáscaras, porque los hombres, para el Chacal, eran cáscaras, envoltorios que usaba y tiraba, y lo único que había venido a llevarse de aquella casa no eran ellos, sino la lección, dada, entera, perfecta.
Aldric comprendió, en ese giro inútil buscando a un hombre que ya no estaba, que el Chacal ni siquiera había necesitado ver el final.
Sabía cómo terminaría. Lo había escrito él.
Se había ido antes del último acto, aburrido casi, satisfecho, dejando que el Cuervo representara solo el papel que el Chacal le había asignado desde niño: el del hombre que llega medio paso tarde a lo único que ama.
Soltó el cuchillo. Cruzó la sala. Cayó de rodillas junto al jergón.
—Vera. Vera. Mírame. Estoy aquí. Ya está. Ya se han ido. Estoy aquí.
Ella lo miró. Todavía lo miraba. Los ojos oscuros, que nunca habían apartado la vista de él, que lo habían mirado sin miedo la primera mañana buscando a la persona detrás de las manos, todavía estaban ahí, todavía lo encontraban, aunque ya empezaban a mirar desde muy lejos, desde el sitio adonde se van los ojos cuando el cuerpo empieza a soltarlos.
—Aldric —dijo. Un hilo. Pero dijo el nombre.
El nombre que ella le había dado. Lo gastó, uno de sus últimos alientos, en decir el nombre que había inventado para él, como si quisiera asegurarse, antes de irse, de que se lo dejaba puesto, de que no volvía a quedarse sin él—.
Estabas… fuera. En el tejado otra vez. Sabías.
—No era reproche. Aldric supo, con un desgarro que lo acompañaría hasta el fondo del infierno, que ni siquiera entonces, ni siquiera muriéndose por su culpa, era reproche—.
No me lo dijiste. Cargaste… solo. Otra vez.
—Un temblor que quiso ser sonrisa—. Tonto.
Te dije… que no soltaras el mordisco. No que… cargaras… todo tú. Con todo. Siempre.
—Perdóname. —Aldric le sostenía la cabeza, le apartaba el pelo de la cara con dos dedos, el mismo gesto inútil y atroz de la casa de Orso, el mismo, y solo entonces, con las dos escenas superpuestas, entendió del todo el castigo: que aquella noche era la de Aina devuelta, el pelo de una muerta entre sus dedos, pero esta vez la muerta era suya, esta vez él sí sabía el nombre y el nombre era el más querido—.
Perdóname, Vera, perdóname, tenía que habértelo dicho, tenía que…
nos habríamos ido esta mañana, a plena luz, sin plan, sin nada, solo huir, y estarías…
—Calla. —Ella movió una mano, apenas, y le tocó la cara, y la mano estaba fría—.
No hay… tiempo para eso. Los «habríamos» no…
curan. Escucha. Escúchame, que no me queda…
—Tomó aire, y le costó, y el aire le sonó roto—.
El niño… ya no. Los dos… ya. Lo sé. Lo noto.
Se apaga… por dentro, antes que yo. No pasa…
nada. —Y era Vera hasta el final, consolándolo a él, al asesino, al culpable, con su último aliento, por la muerte que él le había traído—.
No estoy sola. Me lo llevo… conmigo. Nos vamos…
los dos juntos. No es… lo peor. Lo peor sería…
irme y dejarte a ti… solo. Y no te dejo solo.
Escucha. —Le clavó los ojos, desde muy lejos, con toda la terquedad que le quedaba, que era mucha, porque Vera era terca hasta para morirse—.
Prométeme… una cosa. La última. —Un estertor—.
No… no vuelvas a ser… el Cuervo. No lo… gastes en él.
En vengarte. Eso… es lo que quiere. Si lo matas…
le das la razón. Si lo matas… vuelves a ser…
lo que te compró. Y entonces sí… me habrá matado del todo.
A los dos. —Apretó, con la poca fuerza que le quedaba, la mano contra la cara de él—.
Sé… Aldric. Aunque yo no esté. Sé… el que se queda.
Aunque no… quede… nadie a quien… quedarse. Prométe…
No terminó la palabra.
Los ojos oscuros se quedaron donde estaban, sobre él, pero dejaron de mirar.
Aldric lo conocía. Conocía el instante exacto.
Lo había visto cientos de veces, era su oficio, sabía leer en un rostro el medio segundo en que se apaga, y esta vez lo leyó en el único rostro del mundo en que no habría querido leerlo nunca, y no pudo apartar la vista, igual que no había podido la primera noche con Duno, porque lo último que ve un moribundo importa, y él quería ser lo último que viera Vera, aunque fuera lo último malo, aunque fuera la cara del hombre que la había matado tan de verdad como la había matado Sarn.
—Lo prometo —dijo, tarde, a los ojos que ya no lo oían—. Lo prometo. No lo mataré. Seré Aldric. Lo prometo.
Y era una promesa hecha a una muerta, la clase de promesa más difícil de cumplir que existe, porque los muertos no pueden liberarte de ella ni verte cumplirla, y sin embargo aquella promesa, hecha en el suelo de una casa de moribundos a una mujer que ya no la oía, iba a ser la cadena y la brújula de todo lo que le quedaba a Aldric por vivir y por padecer, en este mundo y en los siete que había debajo.