Capítulo 11 — La lección #3
—Tanta lección, tanto «los otros», tanto «que aprendan» —dijo—.
¿Sabes lo que veo yo? A un hombre pequeño con tanto miedo de que alguien se le escape que ha venido en persona, de noche, a una casa de moribundos, a matar a una embarazada delante de unos tullidos.
Eso no es un maestro dando una lección. Es un cobarde con hambre.
—Se irguió cuanto pudo, redonda y lenta y sin miedo, y el contraste entre su calma y la mano armada de Sarn a un palmo la hacía, de pronto, la persona más alta de la sala—.
Yo he visto a muchos hombres poderosos de cerca, más de los que te crees, de rodillas y de pie.
Y he aprendido a distinguirlos. Los fuertes de verdad no necesitan público.
Hacen lo que tienen que hacer y se van, y no les hace falta que nadie aprenda nada, porque no gobiernan por miedo, gobiernan porque sí.
Tú necesitas público. Necesitas que esto se cuente.
Y el que necesita que se cuente su crueldad es porque, por dentro, sabe que sin el cuento no es nadie.
—Bajó la voz, y fue peor que si la hubiera subido—.
Y tus jóvenes, cuando lo cuenten, no van a contar «mira lo que le pasa al que deserta».
Van a contar «mira el miedo que nos tiene el Chacal, que tuvo que bajar él mismo, de noche, a una casa de pobres, a matar a una mujer preñada porque no se atrevía a dejarla vivir».
Esa es la lección que te vas a llevar de aquí, la quieras o no.
No la tuya. La mía. —No levantó la voz. No le hizo falta, y el Chacal, por primera vez en toda la noche, dejó de sonreír, y algo se le tensó en la cara larga, apenas, como se tensa el hielo del borde de un charco cuando alguien lo pisa—.
Pero da igual lo que yo vea. Vas a hacer lo que has venido a hacer.
Los de tu clase siempre lo hacéis. Así que no voy a gastar contigo mis últimas palabras.
Se volvió hacia Aldric, y toda la dureza se le cayó de la cara, y quedó solo ella, entera, eligiendo con los ojos secos lo que iba a decir, porque si algo iba a pasar, iba a pasar habiéndolo dicho ella y no habiéndoselo tragado.
—Aldric. Mírame. —Y él la miró, y en aquella mirada cupo toda la vida que no iban a tener—.
Escúchame, que esto es lo único importante que voy a decir en mi vida.
Pase lo que pase ahora, no lo conviertas en tu dueño.
Si me hace daño, no lo pagues volviendo a ser lo que él te hizo de niño.
Ese es el trato de verdad que te ofrece, aunque no lo diga en voz alta: tu alma a cambio de tu rabia.
No se la des. Quédate siendo Aldric. Es lo único que no nos puede quitar, ni él ni nadie, si tú no se lo entregas tú mismo.
»Y otra cosa, la última. —Le tembló la voz por primera vez, y la sostuvo, terca hasta el final—.
No te quedes solo. Sé que es lo que vas a querer hacer, encerrarte, cargarlo tú solo, como cargas siempre todo, y esa manera tuya de cargar solo es la que nos ha traído hasta esta noche, así que hazme caso ahora que ya no puedo equivocarme: no te quedes solo.
Ve con Lien. Deja abierta la casa. Cuida a Sen, a la vieja, a los que vengan.
No dejes que el montón se cierre sobre nadie, ¿me oyes?
, sobre nadie, que es lo único que sé enseñar y lo único que te dejo.
Y si de verdad me quieres, si esto que hemos tenido ha sido de verdad, entonces vive.
No para vengarme. Para seguir haciendo lo que hacíamos.
Esa es mi venganza, la única que quiero: que sigas repartiendo, tú, con esas manos, todo lo que él reparte de lo contrario.
Prométemelo. Ahora. En voz alta. Mientras puedo oírlo.
Aldric abrió la boca para prometérselo. Y en ese instante, con la boca ya abierta y el «lo prometo» subiéndole a los labios, sintió lo poco que valía y lo mucho que pesaba aquella promesa, y supo que si conseguía decirla se agarraría a ella toda la vida, y que si no conseguía decirla se pasaría la eternidad intentando decirla a un sitio donde ella ya no pudiera oírla.
Pero el Chacal había dejado de sonreír, y un hombre como el Chacal no soporta que le quiten una escena delante de su propia tropa, que le cambien la lección del desertor castigado por la del cobarde que teme a una mujer.
No dejó que Aldric hablara. No dejó que la promesa se dijera en voz alta, mientras ella podía oírla.
Hizo, apenas, un gesto pequeño con dos dedos.
El mismo gesto con que se pedía otro higo, otro plato, otra jarra.
Un gesto de nada, doméstico, casi tierno, el gesto de un hombre acostumbrado a que las cosas se hagan con solo insinuarlas.
Aldric lo vio, y su cuerpo entero lo entendió antes que su cabeza, porque había vivido veinte años obedeciendo gestos como ese, sabía lo que significaban, había sido él mismo, muchas veces, la mano que se movía cuando el Chacal levantaba dos dedos.
Solo que esta vez la mano no era la suya, y lo que el gesto ponía en marcha no era el trabajo de otro, sino el fin del suyo.
—No —dijo Aldric.
Y ya no lo dijo con la voz de cerrar tratos.
Lo dijo con la otra. La de él. La del muelle.
La que precedía a las muertes. Todo el razonar, todo el suplicar, todo el hablar el idioma del Chacal se le cayó de golpe, inútil, y debajo quedó lo que siempre había estado debajo, lo único que de verdad sabía hacer, y esta vez, por primera vez en veinte años, no lo iba a hacer por el gremio ni por dinero ni por sobrevivir, sino por lo contrario de todo eso.
La mano se le fue al cuchillo.
Y en el mismo instante en que su mano tocó el mango, Aldric vio —con esa parte fría que nunca lo abandonaba, ni siquiera en el horror, esa parte que calculaba sola— que Sarn se movía.
Sarn, el peligroso, el de las manos vacías, que ahora ya no las tenía vacías.
Y supo, con una certeza que le heló la sangre en el mismo latido en que empezaba a moverse, que Sarn no iba a por él.
Que ninguno de los dos iba a por él. Que el Chacal, que lo conocía mejor que nadie, que lo había fabricado desde niño, había ordenado la escena entera, la silla, las velas, la distancia exacta a la que había colocado a cada uno, para una sola cosa, la única que de verdad enseñaba, y que esa cosa iba a ocurrir del lado de la sala hacia el que Aldric, atrapado en el centro, con Bramo y su garrote entre medias, no llegaría a tiempo.
Nunca. Por rápido que fuera. Aunque llevara toda la vida entrenándose para ser un instante más rápido que la muerte de los demás.
En ese latido —el más largo de su vida, uno de esos instantes que el horror estira hasta volverlos casi eternos— Aldric hizo, sin querer, el cálculo de siempre, el del oficio, y el oficio le dio la respuesta que no quería.
Nueve pasos hasta Sarn. Bramo y su garrote a la mitad de camino.
El brazo de Sarn ya subiendo, corto, medido, la clase de gesto que él mismo había hecho mil veces, un gesto que no falla porque no es rabia, es trabajo.
Y Vera al final de todo, con las manos sobre el vientre, quieta, mirándolo a él y no a Sarn, porque en el último instante no miraba a su muerte, lo miraba a él.
El oficio, frío, implacable, le puso delante los números y el veredicto en el mismo golpe: no llegas.
Toda su vida contando pasos y ángulos y tiempos, toda su vida siendo el más rápido, el que vivía un instante por delante de la cuchillada ajena, y el oficio le servía por fin la única cuenta que de verdad le importaba resolver y la resolvía en su contra: no llegas, Cuervo.
Por primera vez en veinte años, ser el más rápido no bastaba, porque el Chacal había medido la sala precisamente para eso, para que el más rápido de Gante Vieja llegara medio paso tarde y lo viera, y viéndolo lo aprendiera, y aprendiéndolo lo cargara para siempre.
El Chacal no le regalaba ni la esperanza de haberlo podido evitar.
Le regalaba solo el medio paso, el eterno medio paso, para que supiera, hasta el fin de sus días y más allá, que había estado a medio paso.
Esta vez la muerte no era de los demás.
Esta vez la muerte era de lo único suyo.
Y aun sabiéndolo —aun sabiendo, con la parte fría, que no llegaba, que el Chacal lo había medido para que no llegara, que lanzarse solo serviría para que otro más muriera bajo el garrote de Bramo mientras él pasaba—, Aldric se lanzó igual, porque hay un punto en que el cálculo se acaba y empieza otra cosa, más vieja que el oficio, más vieja que el Chacal, más vieja que el niño de los soportales: la cosa que hace que un hombre corra hacia lo que ama aunque sepa que no llega, porque no correr sería morir antes y peor.
Todo el oficio, toda la vida entera contando pasos para no dar nunca uno de más, se le cayó de encima en ese salto, y por primera y última vez Aldric se movió sin calcular, hacia ella, contra todos los números, contra todos los muros, con las manos por delante como si las manos que tanto habían quitado pudieran, esta vez, sostener.
—¡VERA! —gritó, y se lanzó, y el mundo se partió en dos mitades: la de antes de aquel grito, en la que Aldric todavía tenía algo que perder, y la de después, en la que ya lo había perdido, y solo le quedaba, por delante, una eternidad para averiguar cuánto.