El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 11 — La lección #2
61%

Capítulo 11 — La lección #2

—Vale. Lo entiendo. Me equivoqué. —Habló deprisa, con la voz baja y razonable, la de cerrar tratos, buscando en el idioma del Chacal la frase, el argumento, el número que abriera aquella puerta—.

Nadie sale del gremio; era una fantasía; ya está, se acabó la fantasía.

Vuelvo. Contigo. Como antes. Los trabajos que quieras, cuando quieras, sin preguntas, sin caras de contento, el Cuervo de siempre.

Te lo juro por lo que quieras. Piénsalo con tu cabeza, Chacal, no con tu rabia: valgo más vivo y trabajando para ti que muerto de pena.

Un hombre roto trabaja mal; lo sabes; me lo enseñaste tú.

Si me quitas esto, me rompes, y un Cuervo roto no te sirve, se te vuelve descuidado, lento, se deja matar en el primer trabajo por no importarle vivir.

Pero un Cuervo al que le perdonas la vida de su mujer te debe algo que no se paga en veinte años.

Piénsalo. La gratitud ata más fuerte que el miedo, y dura más.

Déjala vivir y me tienes agradecido hasta la muerte.

—Se le quebró la voz, y siguió, porque ya no tenía orgullo que perder—.

Ella no es del gremio, no sabe nada, no vale nada para ti.

Déjala fuera de esto. Yo vuelvo, y a cambio tú te olvidas de esta casa para siempre.

Es un buen trato. Recuperas a tu mejor hombre agradecido y no te cuesta nada. Nada.

El Chacal masticó, tragó, dejó el plato en el suelo con cuidado, junto a la pata de la silla.

Se limpió la boca con el pañuelo, muy despacio, y cuando terminó, miró a Aldric con una expresión casi triste, casi paternal, la expresión de un maestro decepcionado por un alumno que, después de tantos años, sigue sin entender la lección más sencilla.

—Ay, Cuervo —dijo—. Todavía crees que esto va de ti.

De recuperarte. —Negó despacio con la cabeza, con una decepción casi cariñosa—.

Después de veinte años, sigues sin entender cómo funciona esto.

Y eso que te enseñé yo. Debí de enseñarte mal, o debiste de dejar de escuchar en algún momento; me apuesto a que fue el día que subiste el primer saco de grano a esta casa.

—Suspiró—. No te quiero de vuelta, hijo.

¿Para qué? Un hombre que ha probado la puerta de salida ya no sirve, te lo dije.

Volverías, sí, harías los trabajos, sí, pero por dentro seguirías siendo un desertor, soñando con esto —abarcó la casa con un gesto de la mano, los jergones, a Vera, la ropita de recién nacido que aún se adivinaba en un cesto junto a la pared—, y un día, dentro de un año, dentro de cinco, volverías a intentarlo.

Y yo tendría que volver a bajar aquí. Y no me gusta bajar aquí; huele mal, y hay demasiada gente triste.

No. Tú ya estás perdido para mí. Lo asumí el día que viniste a pedirme el precio de salir.

Aquel día enterré al Cuervo, con pena, porque eras el mejor.

Lo que ha venido esta noche es solo el entierro.

Falta el muerto. —Miró a Vera de reojo—.

Y ya sabes tú, mejor que nadie, que en mis entierros el muerto nunca es el que uno espera.

Aldric sintió que el idioma se le agotaba en la boca.

Llevaba toda su vida ganando con palabras a hombres como Vidal, doblegando voluntades sin sangre, y ahora, cuando por primera vez le iba la vida —la de ella— en convencer, descubría que no tenía nada que ofrecer que el Chacal quisiera, porque el Chacal no quería dinero, ni servicio, ni gratitud: quería precisamente lo que Aldric se negaba a darle, el espectáculo de su ruina.

No había trato posible porque el objeto del trato era el propio dolor de Aldric, y eso no se compra con otra cosa; solo se paga sufriéndolo.

Por primera vez desde niño, las palabras no le servían de nada.

Y debajo de las palabras agotadas, en el fondo del pecho, empezó a moverse, despacio, lo único que le quedaría cuando las palabras terminaran de caerse.

—Entonces, ¿qué quieres? —La voz de Aldric era un hilo tenso—. Si no me quieres de vuelta, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres?

—Enseñar. —El Chacal juntó las yemas de los dedos—.

Esto no va de recuperarte, Cuervo. Va de los otros.

De los que quedan. De los Dunos que me miran a mí y te miraban a ti, el gran Cuervo, veinte años el mejor, y que ahora andan preguntándose, por lo bajo, si el Cuervo, al final, encontró la puerta.

Si se puede. Necesito que la respuesta que vean sea muy clara.

Necesito que vean, con sus propios ojos, exactamente qué le pasa a un hombre que cree que ha encontrado la puerta.

»Piénsalo desde mi silla, hijo, ya que siempre te enseñé a pensar.

—Habló despacio, con el placer de un artesano que explica su obra—.

Si te dejo marchar, todos se van. Si te mato aquí, sin más, de un tajo, hago de ti un mártir, y los mártires también animan; se cuenta que el Cuervo quiso ser libre y lo mataron, y a los jóvenes les crece dentro la idea de la libertad como una flor sobre una tumba.

Si te torturo a ti, te vuelvo leyenda, el hombre duro que aguantó.

Todas esas salidas me salen mal. Le he dado muchas vueltas, ¿sabes?

, más de las que crees; llevo semanas dándoselas, desde que viniste a pedirme el precio.

Y solo hay una lección que no se puede convertir en leyenda, ni en martirio, ni en flor: la del hombre al que se le deja vivo y entero, sin una marca, y se le quita lo que amaba.

Esa no se cuenta con orgullo. Esa da miedo de verdad, porque cualquiera de ellos puede imaginarse en tu lugar: vivo, libre, sin un rasguño, y con un agujero dentro donde tenía lo suyo.

Ningún joven quiere eso. Ese es el que enseña.

—Suspiró, casi con pesar profesional—. Es más trabajo, y es más feo, y créeme que preferiría el tajo limpio.

Pero soy un buen maestro, Cuervo. Y los buenos maestros eligen la lección que se aprende, no la que es cómoda de dar.

Necesito, Cuervo, una lección. Y las lecciones, para que se aprendan de verdad, para que no se olviden nunca, tienen que doler donde de verdad duele.

Aldric sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Empezó a entender, y lo que empezaba a entender era tan monstruoso que su cabeza se resistía a formularlo del todo, como se resiste el cuerpo a mirar una herida antes de saber si es mortal.

—Yo —dijo, y dio un paso, y la voz le salió ronca, urgente, suplicante, él, que no había suplicado nunca por nada, ni siquiera de niño bajo los golpes—.

La lección en mí. Lo que sea. Córtame lo que quieras, delante de quien quieras, que lo vean todos, que aprendan en mi carne.

Un ojo. Una mano. Las dos manos. Los dedos uno a uno, como a aquel deudor que me hiciste mirar de niño; me estaré quieto, no gritaré, o gritaré si quieres que grite, gritaré todo lo que haga falta para que aprendan.

Me arrodillo. Mira. —Y se arrodilló, allí, en el centro de la sala, él, que no se había arrodillado ante nadie—.

Te doy todo lo que tengo, todo el dinero, veinte años de robar, es tuyo, te digo dónde está.

Vuelvo y hago los trabajos peores, los que nadie quiere, los de niños, los que a mí me daban asco, los haré sin cara, para siempre.

Lo que quieras. Pero a ella la sacas de aquí ahora mismo, entera, y al niño.

Es a mí. Yo fallé. Yo pedí la puerta. Ella no hizo nada, ella no sabe nada, ella solo me curó una fiebre, Chacal, solo eso, ¿vas a matar a una mujer por haberle curado una fiebre a un desgraciado? Es a mí. Cóbratelo en mí. En mí. En mí.

Se oyó suplicar y no se reconoció, y no le importó, porque habría dado de buena gana los dos brazos, la lengua, los ojos, la vida entera a pedazos, por comprar aquel «sí».

Nunca había querido comprar nada con tanta desesperación.

Nunca había tenido nada que valiera tanto para ponerlo en el otro plato.

—Lo sé —dijo el Chacal con dulzura, y esa dulzura era el filo—.

Y por eso no va a ser en ti. A ti cortarte no enseña nada: aguantas, y los otros verían a un hombre duro aguantar, y eso es una leyenda, no una lección.

Las leyendas animan a desertar. —Se levantó de la silla, despacio, un hombre pequeño de nariz larga que apenas le llegaba a Aldric al hombro y que llenaba, sin embargo, la sala entera de frío—.

La lección tiene que doler donde de verdad duele.

Que un hombre de este oficio no puede tener nada; que en el minuto en que tiene algo, ese algo ya está muerto y solo respira todavía.

—Miró a Vera, por primera vez de lleno, y sonrió, y fue la sonrisa más suave y más monstruosa de toda Gante Vieja—.

Es una pena. Se la ve buena mujer. Pero por eso mismo: cuanto más se quiere, mejor se aprende.

Y esta es la otra mitad, Cuervo, la que de verdad importa: que a ti no te mato.

Que vives. Mucho. Sin ella. Recordándolo cada día, para que ningún joven que dude vuelva a dudar al mirarte.

—Habla mucho, este hombre.

La voz de Vera cruzó la sala, tranquila, y todos se volvieron, porque nadie esperaba que la mujer hablara, y menos así, sin un temblor.

Se había levantado a medias del jergón, con las manos aún sobre el vientre, y miraba al Chacal con la misma calma con que había mirado al padre Anselmo el día que quiso cerrar la casa: la calma del que fue pobre en un pórtico y ya no le teme a nadie que solo tenga poder.