Capítulo 11 — La lección
L a sala de los enfermos estaba iluminada por las mismas dos velas de la boda, y bajo su luz temblona, entre los jergones de los que sobran, el Chacal había montado su corte.
Había algo obsceno en verlo allí. El Chacal pertenecía a las trastiendas, a los sótanos, a los barrios donde el agua bajaba de colores y el aire olía a orina fermentada; pertenecía a la niebla, a la Marea Baja, al reverso de la ciudad.
Y estaba allí, en el único sitio de Gante Vieja que Aldric había llegado a sentir limpio, sentado entre las camas de los moribundos que Vera cuidaba, con su plato en el regazo, comiendo, como si aquella casa fuera una taberna más, un decorado más para sus lecciones.
Verlo bajo el nicho de la santa desconchada, a la luz de las velas que los habían casado, fue para Aldric como ver una rata dentro de una cuna.
Toda la vida pequeña, todo lo que habían cosido de azul sobre el pardo, todo lo que habían levantado contra el orden del Chacal, él lo había venido a pisar en persona, sin prisa, comiéndose un higo, para demostrar la única cosa que quería demostrar: que no había ningún sitio limpio; que la niebla llegaba a todas partes; que lo que él marcaba, tarde o temprano, lo cobraba, aunque tuviera que bajar en persona a cobrarlo entre enfermos y velas de boda.
Estaba sentado en la única silla de la casa, la que Aldric había arreglado con sus propias manos, con un plato en el regazo —había traído su comida; comía en todas partes— y masticaba con esa lentitud suya, mirando a Aldric entrar con la misma expresión amable con que lo miraba todo.
Detrás de él, de pie, había dos hombres del gremio que Aldric conocía: uno era Bramo, grande y lento, con un garrote; el otro, más peligroso, un tal Sarn, delgado y quieto, con las manos vacías, que era como los hombres de verdad peligrosos preferían tener las manos hasta el último momento.
Y a un lado, sentada en su jergón, sujeta no por la fuerza sino por algo peor —por la mano de Sarn apoyada, casi con delicadeza, en el hombro de la vieja de los dientes ausentes que estaba a su lado—, estaba Vera.
Aldric abarcó la sala entera en un instante, con el ojo del oficio, sin poder evitarlo, contando y midiendo como contaba y medía siempre.
Los enfermos estaban despiertos, todos, quietos en sus jergones, con los ojos muy abiertos en la penumbra: Sen, el niño de las piernas torcidas, hecho un ovillo, temblando, con su cabo de vela de la boda apretado en el puño como un amuleto; los enfermos de llagas, callados; una anciana nueva que había llegado a ocupar el jergón vacío de Corvo y que no entendía nada de lo que pasaba.
Nadie lloraba. Nadie gritaba. Los que sobran habían aprendido, mucho antes de aquella noche, que el silencio es lo único que a veces salva, y callaban con la disciplina terrible de los que llevan toda la vida sin poder permitirse hacer ruido.
Aldric conocía aquel silencio; lo había provocado él, del otro lado, en decenas de casas: el silencio de la gente que ha entendido que cualquier sonido puede ser el que elija quién muere.
Solo que siempre lo había oído desde fuera, como quien oye callar a un rebaño.
Ahora lo oía desde dentro, y el rebaño era el suyo, y las gargantas que aquel silencio protegía eran las que él había aprendido a lavar, a alimentar, a curar.
Sen, sobre todo, le partió el corazón de un vistazo: el niño lo miraba a él, solo a él, con una fe absoluta y aterrada, con esa certeza de los críos de que el adulto que los quiere lo va a arreglar todo, de que Aldric, que cargaba sacos y hacía bailar guisantes y lo había subido a hombros a ver el mar, iba a hacer también ahora, de algún modo, que aquello no estuviera pasando.
Aldric le sostuvo la mirada un instante y no pudo prometerle nada ni con los ojos, y tuvo que apartarlos, porque un hombre puede aguantar muchas cosas menos la fe de un niño que va a quedar defraudada.
Que hubiera elegido las velas de la boda para alumbrar aquello no era casualidad; con el Chacal nada lo era.
Las había hecho buscar, o se las había señalado alguien, o simplemente había preguntado cuáles eran y había ordenado encender esas y no otras.
Era su firma: usar contra un hombre lo que ese hombre más quería, hasta la luz con que lo había querido.
Aldric reconoció el detalle y sintió que el frío se le hacía más hondo, porque significaba que el Chacal se había informado hasta de la boda, que llevaba semanas sabiéndolo todo, cada gozne arreglado, cada nombre nuevo, cada vela.
Y Vera. Vera no tenía marcas. Aldric lo comprobó en un instante, con el ojo del oficio: no la habían tocado.
Estaba pálida, muy quieta, con las dos manos sobre el vientre en un gesto que no era de miedo por ella, sino de escudo por lo que llevaba dentro, y tenía los ojos clavados en Aldric, y en esos ojos no había reproche —ella no sabía nada, no podía saber por qué el gremio estaba en su casa— pero sí una pregunta enorme, aterrada, que a Aldric le partió algo por dentro: «¿Tú sabías?
¿Sabías que podían venir, y no me lo dijiste? ».
Sí. Lo había sabido. Y no se lo había dicho.
Había cargado solo lo que era suyo, y su cargar solo la había traído hasta aquella silla, hasta aquella noche, hasta la mano de Sarn descansando cerca de su hombro.
Cada cosa que Aldric había callado por protegerla —el incendio, el plazo, el plan de huir— era ahora un ladrillo del muro que la tenía encerrada.
Lo entendió de golpe, con un horror retroactivo que le subió por la garganta como una náusea: que si aquella misma mañana le hubiera contado todo, si hubieran huido de día, a la vista, sin esperar a un plan perfecto que nunca llega, quizá.
Quizá. Si no hubiera callado lo de Aina, quizá ella habría entendido antes la clase de hombre que la buscaba, y habría insistido en marcharse.
Si no hubiera callado lo del incendio, ella no habría dormido tranquila mientras él velaba en el tejado, pero habrían decidido juntos, y dos cabezas que deciden juntas ven más que una que se guarda la mitad.
Si no hubiera callado el plazo de esa misma tarde...
Cada secreto suyo, cada «esto lo cargo yo», cada «es por protegerla», formaba ahora, uno sobre otro, el muro exacto que la tenía sentada en aquella silla.
Había construido su tumba ladrillo a ladrillo, con las mejores intenciones, con las manos del amor.
Y lo peor, lo que no podría perdonarse nunca, era que Vera se lo había advertido, con todas las letras, cosiendo una manta y dándole caldo: «cuando cargas las cosas solo, las cargas mal».
Se lo había dicho. Y él, que la creía en todo, en esto no la había creído, porque cargar solo era lo último que le quedaba del Cuervo, la última cárcel que no había querido soltar.
Había querido protegerla del miedo. Y la había protegido del miedo hasta el mismo umbral de la muerte.
—Suéltala —dijo Aldric. Se quedó en el centro de la sala, con las manos separadas del cuerpo, lejos del cuchillo, para que se vieran—. Está aquí. Yo estoy aquí. Ya no hace falta ella. Suéltala y hablamos.
—Nadie la está sujetando —dijo el Chacal, con suavidad, y era verdad, y esa verdad era la peor de todas: la mano de Sarn no estaba sobre Vera, estaba sobre la vieja loca, sobre una anciana inofensiva.
El mensaje era límpido, no hacía falta explicarlo: en esta casa hay muchas gargantas, Cuervo, y todas están a mi alcance, y tú no puedes tapar todas a la vez.
Suéltala, dices. Nadie la sujeta. Es libre de levantarse y salir.
Pero no lo hará, porque sabe, tan bien como tú, que en cuanto se mueva alguien, aquí, esta noche, se muere alguien.
Así que estamos todos muy quietos, y muy cómodos, y muy libres.
—Comió—. Igual que te dije el otro día. Todos somos libres. Unos con más que perder que otros.
Aldric entendió el diseño entero de un vistazo, con el asco del maestro que reconoce su propia técnica en manos de otro.
La mano de Sarn sobre la vieja y no sobre Vera; la distancia exacta; Bramo plantado justo en medio de la sala, no como guardia, sino como muro, como un obstáculo puesto ahí para robarle a Aldric los pasos que necesitaría.
Todo estaba medido para que él, el más rápido, se sintiera libre de moverse y a la vez supiera que moverse mataba a alguien.
El Chacal no lo había atado con cuerdas.
Lo había atado con su propia rapidez, con su propio cálculo, con lo que mejor sabía hacer, vuelto en su contra.
Era la jaula más cruel que Aldric había visto nunca: una jaula sin barrotes, hecha solo de la certeza de que cualquier movimiento suyo tenía un coste que pagaría otro.
Aldric respiró. Despacio. Buscó el idioma del Chacal, porque era el único que el Chacal escuchaba, y lo habló, por Vera, por el niño, tragándose todo lo demás, tragándose el instinto que le aullaba desde las manos que cruzara la sala y matara, porque sabía que cruzar la sala y matar era exactamente lo que no debía hacer, que en el tiempo que tardara en llegar a un hombre, el otro cerraría una garganta, y ya sabía cuál.