El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 10 — El último trabajo #4
58%

Capítulo 10 — El último trabajo #4

La calle de Santa Brígida, al acercarse, le dio mala espina antes de que la cabeza supiera por qué.

Fue el oficio, que notaba las cosas antes que él.

Estaba demasiado quieta. No había el gato de siempre en el alféizar de siempre; no salía luz por la rendija de la contraventana de la sala, aunque a esa hora Vera aún andaba con los enfermos y siempre había una candela encendida; no se oía nada, y una casa con doce personas dentro, aunque duerman, nunca está del todo callada.

Aldric aminoró el paso sin darse cuenta, y la mano se le fue sola al costado, al cuchillo, con la vieja obediencia.

Se dijo que eran los nervios, que llevaba toda la tarde imaginando desgracias, que se estaba volviendo como aquella noche del mendigo cojo al que arrinconó por nada.

Se lo dijo, y no se lo creyó, porque el oficio no se equivocaba con los silencios; el oficio se había pasado veinte años estudiando la diferencia entre una casa dormida y una casa a la que le acababa de pasar algo, y aquella casa, su casa, olía a lo segundo.

Y se encontró la casa en silencio.

No el silencio bueno de las noches, el de los que sobran durmiendo y la vieja murmurando con su ahogado.

Otro silencio. Un silencio con filo. La puerta de la calle estaba entornada —Vera nunca la dejaba entornada de noche—, y en el suelo, junto al umbral, había una cesta volcada y unos lienzos limpios pisoteados, con la marca de una bota grande y sucia encima de la tela blanca que Vera lavaba con tanto cuidado.

Y entre los lienzos, caído, pisado también, un gorrito de recién nacido, uno de los que ella había tendido aquella tarde con una mano en la espalda y una sonrisa a solas.

Aldric se quedó helado en el umbral, con toda la sangre bajándole a los pies.

Se agachó, muy despacio, como en un mal sueño, y recogió el gorrito pisado.

Tenía la marca de la bota estampada encima, en el barro, sobre el ribete azul que Vera había cosido «para que sea del color del mar cuando hace bueno».

Un gorrito para una cabeza que aún no existía, pisoteado por una bota de hombre en el umbral de su casa.

Aldric lo sostuvo un instante en la mano temblorosa, y en ese instante supo, antes de saber nada más, con la certeza animal que precede al pensamiento, que la vida pequeña, la que no tenía historia, la que había durado un puñado de semanas, se había terminado; que al otro lado de aquella puerta entornada no estaba ya la casa donde una mujer tendía ropa minúscula al sol, sino otra cosa, un sitio nuevo hecho por el Chacal a la medida exacta de su dolor.

Había calculado mal. Había pasado la tarde entera buscando la grieta de la trampa del Chacal, tan seguro de su propia inteligencia, tan orgulloso de su ventaja de unas horas, y no había visto lo único que importaba: que el Chacal, que era más viejo y más frío y llevaba más años que él en el oficio del daño, había contado con que Aldric buscaría la tercera salida.

Había contado con que huiría. Conocía al Cuervo mejor de lo que el Cuervo se conocía a sí mismo, porque lo había fabricado.

El recado del mediodía —«el último trabajo», «esta noche en el nido»— no era una cita.

Era una distracción. Una manera de mantener a Aldric ocupado toda la tarde, pensando, planeando, mirando la casa desde un tejado sin bajar a ella, mientras el plazo verdadero, el que no le habían dicho, corría por otro reloj que solo el Chacal miraba.

El Chacal no lo esperaba esa noche en el nido.

El Chacal había venido a la casa.

Toda la inteligencia de Aldric, sus veinte años de oficio, su ventaja de unas horas, su caballo manso esperando a medianoche, su plan cuidadoso, todo se derrumbó en un instante sobre el umbral de su propia casa, y no quedó de él más que un hombre asustado llamando a su mujer en la oscuridad.

Porque esa era la última crueldad del Chacal, la más fina de todas: no le había ganado por fuerza, ni por número; le había ganado por conocerlo.

Le había fabricado de niño, le había enseñado a pensar, y luego había usado esa misma forma de pensar —la del hombre astuto que busca la grieta, que confía en su ventaja, que se cree un paso por delante— para ponerlo justo donde quería.

Aldric había pasado la tarde sintiéndose listo. Y en sentirse listo estaba la correa.

—¿Vera? —La voz le salió rota, la vieja alarma animal aullándole en la nuca—. ¡Vera!

Cruzó el umbral, todavía con el gorrito apretado en el puño, sin darse cuenta de que lo llevaba, como se lleva sin saberlo lo último que se ha tocado del mundo de antes.

La sala de los enfermos estaba a oscuras, pero no vacía: sentía respiraciones, muchas, contenidas, el aire denso de gente que calla a la fuerza.

Y desde el fondo, entre los jergones de los que sobran, le respondió una voz que no era la de Vera.

Una voz amable, húmeda, sin ninguna prisa. Una voz que masticaba.

—Aquí, Cuervo —dijo el Chacal—. Estamos aquí. Te estábamos esperando. Ven. No corras. —Una pausa, el sonido de algo mordido, tragado, tranquilo, terrible—. Tenemos que hablar de tu último trabajo. Y date prisa despacio, hijo, que tu mujer no se encuentra muy bien.