Capítulo 10 — El último trabajo #3
Se pasó la última hora de la tarde, ya con el plan decidido, mirándola desde el tejado con una ternura que le raspaba la garganta.
La vio sacar al patio un cesto de ropa pequeña que había estado cosiendo: ropita de recién nacido, gorritos, un faldón, cosas minúsculas que tendía en la cuerda junto a los lienzos de los enfermos, y que se movían con el viento como banderas de un ejército diminuto y esperanzado.
La vio pararse, con una mano en la espalda, en ese gesto de las embarazadas, y mirar la ropita tendida, y sonreír para sí misma, sola, sin saber que la miraban, con una felicidad tan completa, tan ajena a todo lo que él sabía y ella no, que Aldric tuvo que morderse el puño para no llorar en el tejado.
Ella preparaba la llegada de una vida. Él preparaba una huida a medianoche.
Y ninguno de los dos planes, supo Aldric con un escalofrío, era el que de verdad iba a cumplirse aquella noche, porque los dos habían sido escritos por gente que aún creía saber lo que iba a pasar, y el único que sabía de verdad lo que iba a pasar era un hombre pequeño de nariz larga que no estaba, esa tarde, esperando en ningún nido.
Estuvo a punto, en aquel momento, de bajar del tejado.
De cruzar la calle, entrar, abrazarla allí mismo entre la ropita tendida, decirle que dejara todo, que subiera al carro esa misma tarde, sin esperar a la medianoche, sin recado a Lien, sin caballo manso, sin nada; solo huir, ya, corriendo, torpemente, con lo puesto.
El instinto se lo pidió a gritos. Y no lo hizo.
No lo hizo porque el oficio le dijo que huir a la luz del día, sin carro, sin plan, con una mujer de ocho meses, era una locura que los mataría en el primer camino; que lo sensato era esperar a la medianoche, al carro, a la niebla, a la ventaja de las horas.
Escuchó al oficio. Se quedó en el tejado.
Y esa —esperar unas horas más por hacer las cosas bien— fue la última de las decisiones razonables y fatales de aquella tarde, la que después, abajo, en el infierno, repasaría más veces que ninguna, preguntándose qué habría pasado si por una vez en su vida hubiera hecho caso al corazón torpe en lugar de a la cabeza fría, si hubiera bajado a por ella a plena luz, si hubieran huido a las cinco de la tarde como dos locos en vez de esperar a una medianoche que no llegó a tiempo.
No lo sabría nunca. Nadie sabe nunca lo que habría pasado por la otra puerta.
Pero la pregunta lo acompañaría, sin respuesta, mucho más allá de la muerte.
*
Al caer la tarde bajó del tejado con la decisión tomada. Y empezó a moverse, por fin, que era lo que mejor se le daba; pensar toda la tarde lo había ido enfermando, pero moverse lo devolvía a sí mismo, al oficio, a las manos.
Fue primero a las cuadras del puerto, las de un tratante tuerto que alquilaba bestias sin hacer preguntas, porque en Gante Vieja siempre había quien necesitaba salir de la ciudad de noche y sin nombre.
Aldric le puso delante las últimas monedas que llevaba encima —no eran pocas— y le pidió un caballo manso y un carro pequeño, con toldo, para aquella misma noche, entrada la madrugada.
El tuerto contó las monedas sin mirarlo a la cara, que era la cortesía de aquel oficio, y dijo solo: «Manso, para una carga delicada, ¿eh?
». Aldric no contestó. El tuerto sonrió con media boca y guardó las monedas.
«A medianoche está el carro. Del resto, ni te he visto.
» Aldric le hizo repetir la hora, comprobó el carro con la vista, tanteó las ruedas, eligió él mismo mentalmente el caballo más tranquilo de los que había en la cuadra, calculando ya el peso de una mujer de ocho meses sobre un camino malo.
Todo el rigor del oficio, puesto por una vez a preparar una fuga en vez de una muerte.
Pasó luego por casa de Lien. No lo encontró —andaría dando la extremaunción a algún pobre, o bebiendo, o las dos cosas, que a veces iban juntas—, y dejó recado con la vecina, una mujer desdentada que lo miró con recelo: que el hermano fuera a Santa Brígida de madrugada, que era importante, que se trataba de la Vera.
Estuvo a punto de dejarle también dicho dónde tenía escondido el dinero para la casa, por si acaso, y no lo hizo, porque decir «por si acaso» en voz alta le pareció, supersticioso de pronto como Vidal, una manera de invitar al acaso.
Se guardó el escondite en la cabeza. Ya se lo diría a Lien de madrugada, en persona, cuando pasara a despedirse y a encargarle a los que sobran.
Otro error pequeño, otro «ya se lo diré luego», de esos que la vida no perdona cuando no va a haber un luego.
Todo lo hizo deprisa y bien, con el oficio de siempre puesto, por una vez, al servicio de salvar en lugar de quitar.
Y cuando ya oscurecía, con el plan armado y el corazón acelerado y un discurso a medio hacer para convencer a Vera, volvió a la casa, dispuesto a cargar con ella al carro si hacía falta, a hacer, por una vez, lo correcto por la fuerza.