El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 10 — El último trabajo #2
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Capítulo 10 — El último trabajo #2

Aldric no fue al nido. Fue a la casa. Dejó los huevos en la cocina, sin decir de qué venía, besó a Vera en la frente con una ternura que a ella le hizo levantar la vista, alarmada —lo conocía ya, sabía leerle las ternuras raras—, y le dijo que tenía que salir a un recado y que volvería antes de la cena.

Y salió, y no fue a ningún recado. Subió al tejado de enfrente, su viejo puesto de centinela, y se quedó allí toda la tarde mirando la casa, la puerta, a Vera entrando y saliendo al patio, redonda y despacio y hermosa, ajena, mientras por dentro él libraba, solo, la peor batalla de su vida, que no se libraba con las manos y por eso él, que solo sabía pelear con las manos, no sabía cómo ganarla.

Porque había entendido la trampa, o creía haberla entendido, y era perfecta, y era del Chacal.

Y lo peor, lo que le raspaba por dentro mientras miraba la casa desde las tejas frías, era que él conocía aquella trampa desde el otro lado.

La había armado él mismo, con otros nombres, decenas de veces.

Sabía lo que era localizar lo que un hombre amaba y ponérselo delante como una soga; sabía la cara que ponían los hombres cuando entendían, de golpe, que ya no eran libres porque tenían algo que perder; les había visto esa cara a muchos, y no había sentido nada, porque para él eran trabajos, y el trabajo no siente.

Ahora la cara era la suya. Ahora el hombre atrapado por lo que amaba era él.

Y descubrió que desde dentro la trampa no se veía mejor por conocerla; se veía peor, porque conocía cada nudo, sabía que estaban bien hechos, sabía —él, que los había hecho— que no había manera de deshacerlos tirando.

Un profano habría tenido, al menos, el consuelo de la ignorancia, la esperanza tonta de que quizá hubiera una salida que no veía.

Aldric no tenía ni ese consuelo. Veía todas las salidas, porque las había cerrado él en otros, y las veía cerradas.

Repasó las salidas, una a una, como repasaba siempre los ángulos de un trabajo, y una a una las fue descartando, y cada una que descartaba le apretaba más la garganta.

La primera: ir al nido y hacer el trabajo, fuera cual fuese.

Descartada. Hacer el trabajo era romper su promesa a Vera —«se acaba entero o no empieza»—, era volver a ser el Cuervo, era mojar otra vez todo lo que se había secado.

Y además, lo peor: el Chacal no soltaba a los que hacían «el último trabajo».

Aldric lo sabía porque lo había visto cien veces.

El «último trabajo» era una mentira que el gremio contaba a los que querían salir, para atarlos más fuerte: un hombre que ha matado por encargo queda unido al que se lo encargó por el muerto, para siempre, porque ya no puede denunciarlo sin denunciarse.

El «último trabajo» no era una puerta de salida.

Era el último clavo del ataúd de su libertad.

La segunda: matar al Chacal. La pensó, como la había pensado tantas veces, con un placer oscuro, y la volvió a descartar por la misma razón de siempre: el Chacal no era un hombre, era una cabeza de muchos cuerpos, y cortar la cabeza solo enloquecía a los cuerpos, que buscarían culpables, y ya sabía Aldric hacia dónde mirarían.

Matar al Chacal era firmar el incendio de Santa Brígida esa misma noche.

La tercera: denunciarlo al veguer. Absurda. El veguer comía de la mano del gremio tanto como cualquiera; el veguer era, en el fondo, otro cuerpo de la misma cabeza. Denunciar al Chacal era como quejarse del lobo ante los otros lobos.

La cuarta: contárselo todo a Vera, decidir juntos, como ella le había enseñado.

La pensó más rato, mucho más, porque le dolía descartarla; había aprendido, con lo del incendio, que compartir el miedo lo hacía soportable, que un problema de dos ya no vuelve loco a nadie, que su vieja costumbre de cargar solo era, muchas veces, soberbia disfrazada de sacrificio.

Vera se lo había dicho a la cara: «Cuando cargas las cosas solo, las cargas mal».

Y tenía razón, casi siempre la tenía. Pero esta vez —se dijo, y en ese «pero esta vez» estaba su perdición— esto era distinto.

Esto no era un miedo difuso que compartir; era un plazo, esa misma noche, y contárselo a Vera embarazada de ocho meses solo serviría para aterrorizarla sin darle ninguna salida que ella pudiera tomar.

¿Qué iba a hacer Vera, redonda, lenta, contra el gremio?

Nada. Solo tener más miedo, y el miedo, en su estado, era peligroso también para el niño.

Se convenció de que callar era protegerla.

Se convenció con tanta habilidad como se había convencido, semanas atrás, de que podía hacer un «trabajo a medias» en casa de Orso, y no vio —cegado por las mismas buenas intenciones— que estaba repitiendo el error que le había costado a Aina la vida: decidir solo, en la sombra, por el bien de otro, sin dejar que ese otro decidiera por sí mismo.

Vera tenía derecho a saber qué la amenazaba.

Aldric le robó ese derecho, una vez más, creyendo que le hacía un regalo.

Y aquella noche iba a descubrir, de la peor manera posible, que las decisiones que un hombre toma solo «por el bien» de la persona que ama son, muchas veces, las que la entierran.

No. Esto lo cargaría él. Otra vez. Solo.

Siempre solo. Era lo único que de verdad no había desaprendido.

Y así, descartando y descartando, llegó a la quinta, la única que no terminaba —creía— con Vera muerta: huir. Esa misma noche. Los dos. Antes del plazo. Antes de que el Chacal supiera siquiera que Aldric no pensaba presentarse en el nido.

Porque la trampa del Chacal tenía una grieta, una sola, y Aldric creyó haberla encontrado mirando la casa toda la tarde: la trampa se basaba en que el Chacal siempre sabía dónde estaba lo que un hombre amaba.

Su poder era el no saber de Aldric y el saber del Chacal.

Pero esa noche, por unas horas, mientras el Chacal esperaba en el nido creyendo que Aldric vendría a hacer el trabajo, el Chacal no sabría que Vera y Aldric ya no estaban donde él creía.

Unas horas de ventaja. Aldric las conocía bien; había usado ventajas así, del otro lado, para acabar con hombres que se creían a salvo.

Un caballo robado en las cuadras del puerto, una noche de niebla, y para cuando el Chacal entendiera que el Cuervo no iba a venir y mandara a alguien a la casa, la casa estaría vacía y ellos, lejos, en algún camino del interior.

Sí, Vera estaba embarazada de ocho meses; sí, viajar así era peligroso para ella y para el niño; pero menos peligroso que quedarse a esperar el incendio.

Encontraría un carro, la llevaría despacio, pararía en cada aldea. Se podía. Tenía que poder.

Cuanto más lo pensaba, más se convencía, porque un hombre asustado se enamora de la única salida que le queda abierta como un náufrago de la única tabla que flota, sin preguntarse si aguantará su peso.

Aldric no se preguntó lo suficiente. No se preguntó por qué el Chacal, que todo lo preveía, le había dejado abierta precisamente esa puerta.

No se preguntó por qué el recado le daba de plazo la noche entera —«esta noche en el nido»— en lugar de exigirlo de inmediato, dándole así, justo, las horas que necesitaba para urdir una fuga.

No se preguntó por qué el Chacal, que sabía dónde vivía Vera desde hacía semanas, no había ido ya a por ella y en cambio lo citaba a él lejos de la casa.

Todas esas preguntas tenían una sola respuesta, y la respuesta era una trampa dentro de la trampa; pero Aldric, enamorado de su tabla, con la cabeza llena de caballos mansos y caminos del interior, no se las hizo.

El miedo le había estrechado la mirada hasta dejarle ver solo la salida que el propio Chacal quería que viera.

Era, otra vez, el alumno cayendo en el examen que le había puesto el maestro que lo conocía de memoria.

Le dolía dejar la casa. Le dolía dejar a los que sobran —a la vieja, a Sen, el niño de las piernas torcidas, que guardaba su cabo de vela de la boda para cuando fuera mayor, y hasta el jergón recién vacío de Corvo—; sabía que a Vera le dolería el triple, que se resistiría, que quizá tendría que convencerla a la fuerza.

Pero también sabía —lo había aprendido de ella misma— que a los tres, ahora, a Vera y al niño y a él, tenía que cuidarlos, y que quedarse era regalarle al Chacal el rehén perfecto un día más.

Dejaría dinero a Lien para la casa. Los que sobran sobrevivirían sin ellos unas semanas, o se cerraría la casa, o lo que fuera; una casa se reconstruye.

Encontraría las palabras para convencer a Vera.

Le explicaría que no era huir por miedo, sino elegir qué hacer con el tiempo que les quedaba, como ella misma le había enseñado.

Encontraría las palabras. Tenía que encontrarlas.