Capítulo 10 — El último trabajo
E l invierno se acercaba a su final, y con él, el parto.
Se notaba en mil cosas pequeñas. En que Vera se cansaba antes y lo disimulaba peor, y a veces se sentaba en mitad de una tarea con una mano en los riñones y se quedaba así, respirando, hasta que el peso se le acomodaba.
En que había hablado ya con la Brígida —no la santa, ni la muerta: había en el barrio una comadrona vieja a la que llamaban también Brígida, porque en aquel arrabal el nombre de la que recogía a la gente se heredaba como se hereda un oficio— para que viniera cuando llegara la hora.
En que la casa entera había empezado a medir el tiempo de otra manera, no ya por las muertes, que era lo habitual, sino por una llegada, y esa novedad —contar los días hacia algo bueno en vez de hacia algo malo— había cambiado el aire de Santa Brígida como cambia el aire de una casa cuando por fin sale el sol tras un mes de lluvia.
Aldric miraba todo aquello con una mezcla de gozo y de espanto.
Gozo, porque era suyo. Espanto, porque cuanto más cerca estaba el parto, más cerca estaba también el momento en que tendrían que moverse, viajar, exponerse; y porque una intuición vieja, de animal, le decía que el Chacal no dejaría que aquello llegara a buen puerto, que un hombre como el Chacal no soportaba ver prosperar lo que había marcado, y que golpearía, si golpeaba, justo antes del final, cuando más doliera.
No se equivocaba. Rara vez se equivocaba con estas cosas; era su única maldición y su único don.
El vientre de Vera se notaba ya, redondo bajo el vestido, y la casa entera parecía esperar, con una impaciencia dulce, la llegada de alguien nuevo que fuera, por una vez, un recién nacido y no un moribundo.
Fue una época extraña en Santa Brígida: seguían muriéndose los que se morían —aquel invierno se llevó a dos enfermos de llagas, y hacía poco a Corvo, el estibador, que se apagó en paz una noche con Aldric contándole el mar—, pero por debajo de las muertes latía, por primera vez, una espera de vida, y hasta los enfermos más apagados parecían aguantar un poco más, un día más, para ver a la criatura de la Vera.
El jergón vacío de Corvo, que pronto ocuparía otro que sobrara en Gante Vieja, le daba a esa espera un sabor agridulce, de vida que llega al sitio de la que se va.
La vieja de los dientes ausentes decía que su hijo el ahogado le había contado que sería niña, y que sería «guapa y terca como la madre».
Sen, el niño de las piernas torcidas, había decidido que él le enseñaría el juego de las cáscaras de nuez que le había enseñado Aldric, en cuanto la criatura tuviera manos para jugar.
Aquellas semanas, la casa se llenó de una industria pequeña y feliz.
Vera cosía por las noches, a la luz del fuego, ropa minúscula: gorritos, faldones, unas manoplas del tamaño de una nuez, con retales que iba juntando de aquí y de allá, y un ribete azul, del ovillo que aún duraba, en cada prenda, «para que sea del color del mar cuando hace bueno, aunque nazca con niebla».
Sen se había nombrado a sí mismo maestro de juegos del bebé que venía, y practicaba el trile con una seriedad de artesano, «para tenerlo fino cuando la niña tenga manos».
La vieja tejía profecías: que sería niña, que sería terca, que su Tomé el ahogado ya la había visto «del otro lado, esperando para venir», porque, según ella, los que nacen vienen de la misma orilla a la que van los que mueren, solo que en dirección contraria.
Aldric la oía decir esas cosas dándole de comer, y ya no le parecían locura; le parecían, en aquella casa, casi razonables.
Y una noche, Vera le hizo poner las manos sobre su vientre y le guió los dedos hasta un bulto pequeño y duro.
«Un pie», dijo. «O un codo. Anda ahí dentro como si tuviera prisa por salir a conocerte.
» Y Aldric se quedó con las dos manos abiertas sobre aquella vida impaciente, y pensó, con un nudo, que nunca en cuarenta años había esperado nada bueno, que su oficio entero había consistido en que la gente esperara lo peor, y que ahora, por primera vez, esperaba algo, y ese algo era un pie diminuto empujando por salir a un mundo que su padre pasaba las noches vigilando para que fuera, al menos para aquel niño, menos cruel de lo que había sido con él.
Aldric vivía aquellas semanas partido en dos, como siempre, pero de otra manera.
Por fuera, era el hombre feliz: cargaba grano, arreglaba lo que se rompía, dormía junto a su mujer, le ponía la mano en el vientre por las noches para sentir, alguna vez, un golpecito minúsculo desde dentro que lo dejaba sin respiración durante horas.
Por dentro, no bajaba nunca del todo la guardia.
Sabía que el silencio del Chacal no era paz, sino paciencia.
Sabía que la cuerda seguía atada, aunque nadie tirara de ella.
Y había tomado, en secreto, sin decírselo a Vera esta vez tampoco —otra cosa que cargaba solo—, una decisión: en cuanto naciera la criatura, en cuanto Vera pudiera viajar, se irían.
Los tres. Lejos. Abandonarían la casa —le dolía, pero una casa se reconstruye y una familia no— o se la dejarían a Lien, y desaparecerían del mapa del Chacal.
Solo había que aguantar hasta el parto. Unas semanas más.
Aldric contaba los días que faltaban para el parto como había contado los pasos hasta la puerta de Rethel: con frialdad, con precisión, sin fallar uno.
En su nido, al otro lado de la niebla, el hombre pequeño de nariz larga contaba los mismos días. Con otro propósito.
*
El recadero llegó una tarde gris, cuando Aldric compraba huevos en el mercado —huevos, él, que meses atrás no habría sabido para qué sirve un huevo que no fuera para tirarlo a una puerta—, y le soltó el recado de corrido, con los ojos en el suelo, deseando irse:
—El Chacal dice que esta noche, en el nido. Dice que tiene un trabajo para ti. Dice que es el último, que después te deja en paz para siempre, con papeles y todo si los quieres. Dice… —el chico dudó, tragó saliva— dice que le des recuerdos a tu mujer. Que espera que el niño venga sano.
Y se fue corriendo, más deprisa que nunca, como quien suelta una brasa.
Aldric se quedó en medio del mercado con la cesta de huevos en la mano.
Había ido a comprar huevos porque Vera tenía antojo de una tortilla, un antojo de embarazada, una tontería feliz, y había estado regateando con una campesina el precio de media docena, discutiendo por una moneda como discute la gente que tiene una vida normal, cuando el recadero le había caído encima con sus tres frases.
Y ahora seguía allí, plantado entre los puestos, con los huevos calientes de sol en la cesta, y el ruido del mundo —los pregones, las gallinas, las mujeres regateando, un perro, una campana— se le apagó de golpe, todo a la vez, como se apaga una vela de un soplo, y se quedó en una burbuja de silencio en mitad del bullicio, solo con las tres frases dándole vueltas.
«El último.» «Recuerdos a tu mujer.» «Que el niño venga sano.»
El Chacal no amenazaba con palabras gruesas; nunca lo había hecho; su crueldad era fina, casi cortés, y por eso cortaba más hondo.
En tres frases le había dicho todo: sé lo de tu mujer, sé lo del niño, sé dónde duermen, y por eso vas a venir esta noche y vas a hacer lo que te pida, porque los dos sabemos lo que le pasa a lo que amas si no vienes.
La mención del niño era lo peor. El Chacal sabía incluso lo del embarazo.
Sabía cuánto le quedaba a Vera. Había esperado, con esa paciencia suya, hasta el momento exacto en que Aldric tenía más que perder que nunca —una mujer y un hijo a punto de nacer— para tirar de la cuerda.
No era casualidad. El Chacal no hacía nada por casualidad.
Había elegido este momento porque este momento era el que más dolía, y el dolor, para el Chacal, era la mejor de las correas.
Aldric sintió subirle una rabia como no había sentido en años, una rabia roja que le pedía ir al nido en ese instante, cruzar la taberna de los tintoreros, apartar la cortina de arpillera y meterle el cuchillo al Chacal en la garganta hasta el mango, hasta callarle para siempre aquella boca amable que masticaba.
Se quedó agarrado a la cesta de huevos, temblando, dejando que la rabia subiera y bajara, porque sabía —el oficio se lo había enseñado— que la rabia es el peor consejero de un hombre con las manos como las suyas, que la rabia hace que un cuchillo llegue un instante antes de tiempo y por el sitio equivocado.
Respiró. Contó, como contaba siempre. Y cuando la rabia bajó lo justo para dejarle pensar, entendió que el Chacal contaba también con la rabia; que un Aldric furioso que fuera al nido a matarlo era, para el Chacal, tan útil como un Aldric asustado que fuera a hacer el trabajo, porque las dos cosas terminaban igual: con el gremio cayendo sobre Santa Brígida.
El Chacal le había cerrado todas las puertas de golpe, con tres frases dichas por boca de un niño, y encima le había dejado dentro, ardiendo, la rabia, para que se cociera en ella toda la tarde.
Era un maestro. Aldric lo había admirado de niño por esto mismo, por esta frialdad, sin entender que un día la frialdad se volvería contra él.
Ahora la entendía. La entendía en la carne.