El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 9 — La vida pequeña #3
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Capítulo 9 — La vida pequeña #3

Una tarde, la vieja tuvo uno de esos momentos raros en que la locura se le apartaba como se aparta la niebla, y le habló a Aldric con una cordura que lo dejó frío.

Le cogió la muñeca con su mano de garra y lo miró con los ojos lechosos de pronto fijos, y le dijo: «Tú te crees que estoy loca, hijo.

Y a lo mejor. Pero escúchame esto, que lo sé: los que se van no se van del todo.

Se van a esperar. Al otro lado hay una orilla, como el muelle ese tuyo, y allí esperan, mojados, a los suyos, hasta que cruzan.

Mi Tomé me espera. Corvo espera ya también, seguro, con mi Tomé, contándole el mar.

Y el día que a ti se te vaya alguien —que se te irá, a todos se nos va alguien—, no lo llores como si se hubiera acabado.

Piensa que se ha ido a la orilla a esperarte.

Y pórtate de manera que puedas cruzar tú también cuando te toque, y no quedarte en la otra parte, en la parte fea, que también la hay, y de esa no se cruza».

Y luego la niebla le volvió a los ojos, y empezó otra vez a hablarle a su Tomé, y Aldric se quedó con aquello dentro, «una orilla donde esperan los suyos», sin darle importancia, guardándolo sin querer, como se guarda una semilla que uno no sabe que ha guardado hasta que, mucho después, en la peor tierra, germina.

Aquella idea de la vieja loca iba a ser, andando el tiempo, lo único que sostuviera en pie a Aldric cuando ya no le sostuviera nada más; el hilo por el que se dejaría arrastrar hasta una guerra santa y más allá de la muerte, buscando una orilla donde alguien lo esperara mojado.

Pero eso aún no lo sabía. Aquella tarde solo le dio de comer a una loca y le siguió la corriente y volvió con Vera.

Y hubo una tarde —la que guardaría más caro de todas— en que estaba sentado con Vera en el banco del patio, al sol escaso, y ella le cogió la mano y se la puso sobre el vientre ya redondo, y esperaron juntos, en silencio, y al cabo de un rato Aldric sintió, bajo la palma, un golpecito minúsculo, un aleteo, la primera vez que su hijo se movió contra su mano.

Se quedó sin respiración. Se quedó tan quieto, tan sobrecogido, que Vera se rió de él, de su cara de asombro, de aquel asesino curtido convertido en un pasmarote por una patadita del tamaño de una idea.

—Es fuerte —dijo Aldric, cuando pudo hablar, con una voz rara—. Da fuerte.

—Como el padre —dijo Vera.

—No. —Aldric negó, con los ojos fijos en su mano sobre el vientre de ella, en aquella vida que él había hecho, no quitado, hecho por primera vez—.

Como la madre. Yo no soy fuerte. Yo solo soy duro, que es otra cosa.

Duro es lo que te hacen cuando te rompen y te vuelven a armar mal.

Fuerte es lo que eres tú, que te rompieron igual que a mí y elegiste armarte para el otro lado.

Que sea como tú. Prométeme que se parecerá a ti y no a mí.

Vera le tomó la cara entre las dos manos rojas.

—Se parecerá a los dos —dijo—. A ti también.

Porque tú, Aldric, tú también elegiste el otro lado.

Tarde, y a trompicones, y todavía a medias, pero lo elegiste.

El día que subiste aquel saco de grano ya lo habías elegido.

Nuestro hijo va a tener un padre que sabe las dos cosas: de dónde viene la oscuridad y cómo se sale de ella.

No hay mejor cosa que enseñarle a un hijo.

—Le besó la frente—. Se parecerá a los dos.

Y será mejor que los dos. Para eso se tienen los hijos: para que sean mejores que uno.

Aquella noche Aldric no durmió, pero por primera vez el desvelo no fue vigilancia, sino otra cosa, casi dulce: se quedó despierto imaginando al niño.

Lo imaginó niño y lo imaginó hombre. Le enseñaría a hacer el fuego, y a repartir el pan de manera que alcanzara, y los nombres de los barcos, y el juego de las tres cáscaras —pero solo por gusto, para hacer reír, nunca para robar—.

Le enseñaría a nadar, si conseguían llegar al mar de las islas claras.

Le enseñaría a arreglar un gozne y a sembrar y a no tenerle miedo a la noche.

Y no le enseñaría a matar. Esa sería su obra: un hombre en el mundo que llevara media sangre suya y no supiera matar, que llegara a viejo sin haber aprendido jamás lo único que su padre sabía hacer bien.

Le pareció, en la oscuridad, el proyecto más ambicioso que se había planteado nunca, más difícil que cualquier robo: criar a alguien que fuera todo lo que él no había podido ser.

Y se juró, con la mano sobre el vientre de Vera, que lo lograría, que aquel niño crecería limpio aunque a él le costara la vida entera mantenerlo así.

No sabía —el que hace esos juramentos nunca lo sabe— hasta qué punto de literalidad iba a cumplirse aquel «aunque me cueste la vida entera», ni que el niño al que juraba criar limpio no llegaría siquiera a nacer, ni que aquella misma promesa, la de mantenerlos a salvo a los dos, sería la que lo arrastrara, cuando no pudiera cumplirla, hasta el fondo mismo de todo.

*

Aquella noche, tumbado junto a Vera dormida, con la mano otra vez sobre su vientre, esperando otro de aquellos aleteos, Aldric fue, sin ninguna duda, todo lo feliz que un hombre puede ser.

Y tuvo miedo de serlo. Un miedo concreto, físico, que le venía a las horas malas de la madrugada, cuando Vera dormía y la casa callaba y él se quedaba solo con sus cuentas.

Porque un hombre que ha vivido lo que él había vivido sabe que la felicidad es lo más caro que existe, que el mundo no la regala, que todo lo que sube tiene que pagarse, y que él, precisamente él, tenía una deuda abierta y un acreedor pequeño de nariz larga que comía despacio en la trastienda de una taberna, esperando.

Se le ocurrió, en una de aquellas madrugadas, una idea que lo asustó por lo mucho que se parecía a la del Chacal: que quizá el error hubiera sido tener tanto.

Que mientras no tuvo nada fue invulnerable, y que cada cosa que había aceptado —el caldo, la casa, el nombre, la mujer, el niño que venía— era un rehén más que le había entregado, sin querer, al hombre que sabía cobrarse las deudas en lo que uno ama.

Había vivido cuarenta años sin nada que perder, y en unos meses se había cargado de tesoros como un barco que se hunde de tan lleno.

Y por un instante, en la oscuridad, el viejo Cuervo le susurró que aún estaba a tiempo de aligerar; de querer menos; de guardar una parte de sí a salvo, sin dar.

Pero entonces oía la respiración de Vera, o notaba bajo la palma la vida pequeña moviéndose, y sabía que no, que no quería aligerar, que prefería hundirse cargado de aquello a flotar vacío como había flotado siempre.

Eligió el peso. Lo eligió cada madrugada, contra el susurro del Cuervo.

Y esa elección —querer aun sabiendo el precio— era, aunque él no lo supiera, la única victoria verdadera sobre el Chacal que iba a conseguir en toda su vida: no dejar de amar por miedo a perder.

El Chacal podía quitárselo todo. Pero solo si Aldric lo tenía.

Y Aldric decidió tenerlo, con las dos manos, aunque doliera después.

Sobre todo aunque doliera después. Sabía esperar; era, después de comer, lo que mejor sabía hacer.

Miró a Vera dormir. Miró, en la oscuridad, hacia el sitio donde dormía Sen, y hacia el jergón vacío de Corvo, que pronto ocuparía otro que sobrara en Gante Vieja.

Y rezó, por segunda vez en su vida —la primera había sido en aquel mismo patio, ofreciéndose a pagar—, un rezo tan torpe como el otro, tan de ladrón como el otro, pero esta vez no pedía nada: esta vez solo daba las gracias, que es la oración más peligrosa de todas después de la de ofrecerse a pagar, porque las dos, la del que se ofrece y la del que agradece, tienen la mala costumbre de ser escuchadas.

«Gracias —pensó, sin saber a quién—. No sé cuánto va a durar.

Sé que poco. Sé que esto se paga. Pero gracias por esto.

Por las gachas quemadas y el mar de Corvo y las manos de Sen y la patadita.

Por unas semanas sin historia. Aunque me lo cobres todo mañana.

Ha valido la pena. Cóbrame lo que quieras. Pero déjame haber tenido esto.»

Se durmió con la mano sobre el vientre de Vera, y aquella noche soñó, por primera vez en años, y el sueño no fue de sangre ni de niebla ni de caras sin nombre, sino de una casa de piedra en una aldea del interior, con un huerto, y un niño de piernas rectas corriendo entre las coles, y él, Aldric, viejo y callado, sentado al sol, con las manos quietas por fin, unas manos que ya solo sabían sembrar y sostener.

Fue un sueño tan sencillo y tan imposible que al despertar, de madrugada, tardó en entender por qué le dolía tanto: le dolía porque era la vida que no iban a tener, y una parte de él, la que nunca dejaba de calcular, ya lo sabía, ya había leído en el aire de aquellas semanas demasiado buenas la tormenta que se acercaba.

Pero no despertó del todo. Volvió a hundirse en el sueño de la casa de piedra, aferrándose a él como a las piedras del muelle, y lo vivió entero, hasta el final, hasta que el niño de las coles se reía, porque prefería robarle unas horas más a aquella mentira dulce que despertar a la verdad de que solo era un hombre en un catre estrecho, en una casa de moribundos, esperando una desgracia.

Y en algún lugar, muy abajo, alguien que llevaba las cuentas anotó también aquella oración, la del hombre que daba las gracias por unas semanas sin historia y volvía a ofrecerse a pagar, y sonrió, y siguió esperando, porque las cuentas más largas son las que mejor se cobran, y esta prometía ser la más larga de todas.