Capítulo 9 — La vida pequeña #2
Fueron casi sus últimas palabras. Después ya solo pidió que le siguieran contando el puerto.
Aldric se lo siguió contando, inventándoselo ya, un puerto en calma, sin niebla, con todos los barcos entrando a salvo, porque era lo que Corvo quería oír y ya no importaba que fuera verdad.
Y en algún momento, entre una frase y otra, sin que se notara apenas, Corvo dejó de respirar, tranquilo, con los ojos cerrados y una media sonrisa, como quien se queda dormido oyendo contar el mar.
Aldric le cerró los ojos —el mismo gesto de dos dedos que había hecho sobre tantos muertos suyos, pero por primera vez sobre un muerto que no había matado él—, y se quedó mirándolo, y sintió algo que no sabía nombrar y que Vera, al verle la cara, sí supo:
—Así se muere bien —dijo ella, en voz baja—.
No hay muerte buena, pero la hay menos sola.
Esto es todo lo que podemos darles, Aldric.
No la vida; la vida no se la podemos devolver a nadie.
Solo esto: que no se vayan solos. Que alguien les cuente el mar mientras se van.
—Le apretó la mano por encima del cuerpo de Corvo—.
Tú acabas de hacer eso. ¿Te das cuenta? Le has contado el mar hasta el final.
Le has hecho la muerte menos sola. Con estas mismas manos.
Aldric se miró las manos. Las mismas de siempre, las que sabían cerrar gargantas.
Y por primera vez pensó que quizá Vera tenía razón desde el principio: que el problema no eran las manos, sino el oficio; que unas manos que sabían dar muerte podían aprender, si alguien les enseñaba, a acompañarla; y que la diferencia entre las dos cosas —entre matar a un hombre y sostenerle la mano mientras se muere de otra cosa— era toda la diferencia que había entre el hombre que había sido y el que Vera estaba fabricando.
Aquella noche enterró a Corvo en el patio, no lejos de donde, sin saberlo, enterraría pronto a su propia mujer, y sobre la tumba no rezó, pero contó, en voz baja, para nadie, la entrada de un último barco imaginario en un puerto sin niebla, y le pareció que era el mejor responso que sabía dar.
Mientras cavaba, en la madrugada helada, con Vera sosteniendo el candil, Aldric pensó en todos los cuerpos que había dejado sin enterrar a lo largo de veinte años.
Los había dejado donde caían, en callejones, en cocinas, en umbrales, y se había ido sin volver la cabeza, porque enterrar era cosa de otros y a él le pagaban por lo contrario.
Nunca había cavado una tumba. Sabía abrir la tierra de un hombre; no sabía abrirle la tierra.
Y descubrió, cavando la de Corvo, que era un trabajo honrado y cansado, un trabajo que dolía en la espalda y limpiaba por dentro, y que había una justicia sencilla en devolver un cuerpo a la tierra con cuidado, la misma justicia que repartía Vera, la que no castiga.
Pensó que ojalá alguien hubiera cavado así, con ese cuidado, las tumbas de sus muertos; que ojalá tuvieran todos, en alguna parte, un metro de tierra y una boca que les contara un barco.
No lo tenían. Los había dejado a la intemperie, y sus caras —lo sabía ya, aunque aún no sabía cuánto— lo esperaban en alguna parte, sin enterrar, con la paciencia de los que no descansan.
Corvo, al menos, descansaría. Apretó la tierra con las manos, las que sabían lo contrario, y le pareció que enterrar bien a un hombre era otra manera de aprender a vivir, y que le quedaba mucho por aprender, y que ojalá le dieran tiempo.
*
No todo fue muerte, en aquellas semanas. Hubo, sobre todo, vida, terca, pequeña, cotidiana.
El niño de las piernas torcidas —se llamaba Sen, y Aldric aprendió su nombre como aprendía ahora los nombres de todos, porque al que has visto no lo dejas— resultó tener las manos más rápidas y despiertas que Aldric había visto nunca, más incluso que las suyas de niño.
Aldric le enseñó el juego de las tres cáscaras de nuez y el guisante, el primer juego de manos que él había aprendido en los soportales para robar, y que ahora, sin sangre, sin robo, era solo un juego que hacía reír a un crío.
Sen aprendió tan deprisa que a las pocas semanas engañaba él a Aldric, y se reía con una risa que llenaba la casa entera, la risa de un niño que no podía andar pero cuyas manos, resultó, eran capaces de una destreza que ninguna pierna sana le habría dado.
«Tendrías que haber sido ladrón», le dijo Aldric una tarde, y se arrepintió al instante, pero Sen se rió y dijo: «No, tú tendrías que haber sido lo que eres ahora: el que me enseña juegos».
Y Aldric se calló, porque el niño, sin saberlo, le había dicho en una frase lo que él tardaba una vida en entender.
Una madrugada, poco después de enterrar a Corvo, Aldric hizo algo que no le contó a nadie hasta que estuvo hecho.
Se levantó antes del alba, envolvió a Sen en la manta parda con el remiendo azul, y se lo cargó a la espalda —el niño pesaba menos que un saco de grano, todo huesos ligeros y manos vivas—, y se lo llevó por la ciudad dormida hasta el muelle, hasta el espigón desde donde se veía entrar los barcos.
Sen no había visto nunca el mar. Había nacido en Gante Vieja, una ciudad-puerto, y no lo había visto nunca, porque sus piernas torcidas no lo habían sacado jamás del barrio, y nadie, en toda su vida, había tenido tiempo ni fuerzas de cargar a un tullido calle abajo solo para enseñarle el agua.
Aldric sí. Aldric tenía ahora una fuerza nueva para esa clase de cosas inútiles.
Llegaron al espigón cuando la niebla empezaba a levantarse y el sol la iba tiñendo de rosa por detrás, y Aldric sentó a Sen sobre un noray de piedra, sujetándolo con un brazo, y le enseñó el puerto.
Las cocas y las carracas fondeadas, con las velas recogidas como pájaros dormidos.
Las barcas de pesca saliendo en fila, pequeñas y negras contra el agua encendida.
Las gaviotas. El olor a alquitrán y a marea y a sal que Corvo tanto había echado de menos.
Y más allá de todo, entre dos brazos de niebla, el mar abierto, gris y enorme y vivo, respirando despacio contra las piedras.
Sen no dijo nada durante un rato largo. Se quedó con la boca abierta, los ojos como platos, las manos rápidas quietas por una vez, sobrecogido.
Y luego preguntó, en un susurro, si aquello era todo del mismo agua, toda junta, o si eran muchas aguas; y si al otro lado había más ciudades; y si los barcos podían llegar hasta las islas del sur donde el agua era clara y los peces de colores, las de Corvo.
Y Aldric le dijo que sí a todo, y esta vez no mentía, porque lo había aprendido de verdad en aquellas mañanas, y le contó el mar entero, el verdadero, el que había estudiado para un moribundo y que ahora le regalaba a un niño vivo.
—Corvo me contaba esto —dijo Sen, mirando el agua—. Pero no me lo imaginaba tan grande. No cabía en la sala. —Se quedó pensando, con esa seriedad suya—. ¿Crees que Corvo lo está viendo ahora? Desde donde esté.
—Seguro que sí —dijo Aldric, que no creía en ningún «donde esté», o que no había creído hasta hacía muy poco—. Y seguro que se alegra de que tú lo veas por él.
Volvieron a casa cuando la ciudad despertaba, Sen dormido de emoción sobre su espalda, babeándole el hombro, pesando su nada de huesos y de manos.
Y Aldric, cargando por la niebla a un niño que no andaba, con las mismas manos y la misma espalda que habían cargado tres bolsas de dinero robado la noche que empezó todo, pensó que aquella era, sin comparación posible, la mejor carga que había llevado nunca.
No sabía —no podía saberlo— que aquella mañana en el espigón sería lo único bueno que le quedaría a Sen del paso de Aldric por su vida; que dentro de muy poco, cuando la casa se llenara de sangre, el niño de las manos rápidas guardaría, entre las pocas cosas que le quedaran, dos: un cabo de vela de una boda y la mañana en que un hombre grande y callado lo cargó a hombros para enseñarle el mar.
Le hizo bien, a Aldric, no saberlo. Aquella mañana fue, sin más, feliz, y cargó al niño, y le enseñó el agua, y con eso bastó.
La vieja de los dientes ausentes seguía hablando con su hijo el ahogado, pero ahora incluía a Aldric en las conversaciones.
«Mi hijo dice que ya casi estás seco del todo», le informaba, muy seria, mientras él le daba de comer.
«Dice que te has secado más rápido que nadie que él haya visto llegar del mar.
Dice que es por la Vera. Que la Vera seca a la gente.
» Y Aldric le seguía la corriente, y le contestaba que sí, que le diera las gracias a su hijo, y a veces, dándole de comer a aquella loca dulce, se sorprendía deseando, casi, que fuera verdad lo del hijo ahogado, que hubiera de verdad un otro lado donde los que se secaban esperaban, porque la idea, que meses atrás le habría parecido un desvarío, empezaba a parecerle, en aquella casa feliz, no imposible, solo lejana, como el mar de Corvo.