Capítulo 9 — La vida pequeña
H ubo, entre la boda y la desgracia, un puñado de semanas que no tuvieron historia.
Aldric aprendería, mucho después, que esa es la definición de la felicidad: un tiempo que no tiene historia, porque las historias las hacen las desgracias, y donde no pasa nada malo no hay nada que contar.
Los cronistas no escriben sobre los reinos en paz.
Los juglares no cantan las noches en que nadie muere.
Y sin embargo, aquellas semanas sin historia fueron, de toda su vida, las únicas que mereció la pena vivir, y las contaría después una a una, en la oscuridad, como un avaro cuenta las únicas monedas de oro entre un montón de cobre.
Se levantaba con Vera al alba. Aprendió a hacer el fuego, a calentar el agua para las gachas de los enfermos, a repartir el pan de manera que alcanzara para todos aunque nunca alcanzaba del todo.
Aprendió los pequeños oficios de la casa, que eran muchos y humildes y que él, que había dominado el arte difícil de matar sin ruido, ejecutaba al principio con una torpeza que hacía reír a Vera: se le quemaban las gachas, ataba mal las vendas, echaba demasiada sal en el caldo.
«Sabes abrir una cerradura flamenca con tres alambres a oscuras», le decía ella, quitándole el cucharón de las manos, «y no sabes que las gachas hay que removerlas o se pegan».
Y él se dejaba quitar el cucharón, y aprendía, y descubría que aprender cosas nuevas —cosas de construir, no de destruir— era un placer que no había conocido, porque el oficio del Chacal se aprende una vez y luego solo se repite, mientras que los oficios de la vida no se acaban de aprender nunca.
Había una liturgia en aquellas mañanas que Aldric llegó a amar sin darse cuenta.
Vera se levantaba primero, siempre; él la oía moverse en la oscuridad, avivar el rescoldo, y se quedaba un instante fingiéndose dormido solo por el gusto de escucharla existir, de saber que aquel trajín pequeño —el agua, la leña, el roce de sus pies descalzos— era ya su vida y no la de otro.
Luego se levantaba y ayudaba. Repartían el pan juntos, y Vera le enseñó el arte injusto y necesario de repartir lo que no alcanza: quién necesitaba más, quién podía esperar, cómo dar al que se avergonzaba de recibir sin que se le notara la limosna.
«Repartir bien es más difícil que robar bien», le dijo ella una mañana, y Aldric, que había sido un maestro de lo segundo, descubrió que era verdad, que quitar es fácil porque no hay que pensar en nadie, y que dar cuesta, porque hay que ver a cada uno, medirlo, entenderlo, no herir su orgullo.
Aprendió a lavar a los enfermos sin asco y sin prisa, que eran las dos cosas que, decía Vera, más dolían a un cuerpo que ya solo tenía dolores.
Aprendió que había una manera de tocar a un moribundo que le decía «sigues siendo una persona» y otra que le decía «eres una tarea», y que la diferencia no estaba en las manos, sino en si mirabas la cara mientras lo hacías.
Él, que había aprendido a no mirar la cara para poder matar, aprendió ahora a mirarla para poder curar, y las dos lecciones, la vieja y la nueva, eran la misma al revés, como todo lo que Vera le enseñaba.
*
Se hizo amigo de Corvo, el estibador de la espalda partida.
Fue una amistad rara, de pocas palabras, la que puede haber entre dos hombres a los que la vida les ha quitado casi todo: uno las piernas, otro el alma.
Corvo llevaba dos años tumbado mirando las vigas, y lo que más echaba de menos, decía, no era andar, sino el mar; el puerto, los barcos, el olor del alquitrán y de la marea, el mundo de trabajo y de agua en el que había vivido desde los ocho años y que se le había cerrado el día que un fardo mal estibado le apagó las piernas como se apaga una vela.
Así que Aldric, que vivía al final de un muelle, empezó a llevarle el mar.
Cada mañana, al volver de comprar, le contaba a Corvo lo que había en el puerto: qué barcos habían entrado en la noche, de dónde venían, qué cargaban, cómo estaba la mar, si había niebla o si el viento del sur había limpiado el cielo.
Se inventó la mitad, al principio, porque no sabía de barcos; y una mañana Corvo lo pilló en un renuncio —le habló de una carraca aparejada de una manera que ninguna carraca se apareja— y no se enfadó, solo sonrió con tristeza y dijo: «No me cuentes un mar que no existe, hijo.
Prefiero no oír ninguno a oír uno falso.
El mar de mentira duele más que no tener mar».
Así que Aldric, avergonzado, empezó a fijarse de verdad.
Se levantaba antes del alba y bajaba al puerto nuevo, y se quedaba en el espigón viendo entrar los barcos, y preguntaba a los estibadores y a los viejos del muelle los nombres de las cosas: qué era una coca y qué una carraca y qué una galera de las que venían del sur; cómo se llamaban las velas, los cabos, los aparejos; de dónde venía cada carga y por qué olía a lo que olía.
Aprendió, en aquellas mañanas, un idioma nuevo más —el del mar, después del del Chacal y el de Vera—, y este lo aprendió por amor a un tullido, para poder llevarle cada día un puerto verdadero.
Preguntaba tanto que los del muelle empezaron a conocerlo y a tomarlo por un hombre raro al que le gustaban los barcos, y ninguno sospechó jamás que aquel hombre callado de las preguntas era el mismo cuya cara se contaba en susurros en las trastiendas del hampa.
En el puerto, por primera vez, Aldric fue solo un vecino curioso.
Le gustó serlo. Le gustó tanto que a veces se quedaba de más, viendo el agua, y tenía que obligarse a volver.
Y le llevaba a Corvo el mar verdadero, y con él, las historias que el mar verdadero le arrancaba al estibador.
Porque Corvo, oyendo nombrar bien las cosas, se soltaba, y contaba: contaba el viaje que había hecho de joven, de grumete, hasta unas islas del sur donde el agua era tan clara que se veía el fondo a diez brazas, y los peces eran de colores como no los había en Gante Vieja, azules y amarillos, y la gente pescaba con la piel desnuda al sol y no se moría de frío nunca.
Contaba tormentas, y calmas peores que las tormentas, y un compañero que se cayó al agua de noche y al que no encontraron, y cómo el mar se lo tragó sin una arruga, igual que el montón de los soportales se tragaba a los niños, pensó Aldric, igual de indiferente.
Aldric lo escuchaba, y le devolvía el puerto de la mañana, y entre los dos, el tullido que había perdido el mar y el asesino que estaba aprendiéndolo, mantenían vivo, en aquella sala que olía a vinagre, un océano entero que ya no podían pisar ninguno de los dos.
—Hoy ha entrado una coca genovesa, cargada de alumbre, con la vela mayor remendada de un lance malo —le decía, sentado junto a su jergón—. Y una barca de sardina que casi no ha traído nada, mala noche de pesca. Y hay niebla espesa; no se ve el faro nuevo desde el espigón.
Y Corvo cerraba los ojos y sonreía, y veía el puerto que ya no vería nunca, y por un rato dejaba de estar tumbado en una casa de moribundos y volvía a estar en el mundo, en su mundo, entre barcos y agua.
Aldric no había hecho nunca nada parecido por nadie.
Descubrió que llevarle el mar a un hombre que no podía ir a buscarlo era una forma de robo al revés: en vez de quitarle algo a alguien, le devolvía algo que la vida le había quitado.
Y que aquello, tan pequeño, tan gratis, lo llenaba a él de una manera que no lo había llenado nunca ningún botín.
*
Corvo se murió una noche de aquellas semanas, y su muerte fue la primera lección que Aldric recibió de una muerte que no daba él.
Llevaba días peor; la espalda rota se le había ido pudriendo por dentro, decía Vera, de esa manera lenta en que se pudren los cuerpos que ya no se mueven, y una noche empezó a apagarse de verdad, sin dolor apenas, solo con un cansancio que se lo iba llevando como se lleva la marea baja lo que hay en la orilla.
Vera se sentó a su lado. Y Aldric, que en veinte años había visto morir a muchos hombres y había mirado a la mayoría irse con la frialdad del oficio, se sentó al otro lado, y por primera vez asistió a una muerte no como quien la causa ni como quien la observa, sino como quien acompaña.
Fue distinto de todo lo que conocía. No hubo grito, ni lucha, ni el burbujeo rojo que él sabía provocar tan limpiamente.
Hubo una conversación en voz baja que duró horas, sobre el mar, sobre los barcos, sobre un viaje que Corvo había hecho de joven hasta unas islas del sur donde el agua era tan clara que se veía el fondo. Vera le sostenía la mano.
En algún momento de la noche, Corvo, que llevaba un rato callado, volvió la cara hacia Aldric y le habló, con la voz ya muy delgada, con esa lucidez rara que a veces regala el final.
—A ti te conozco, ¿sabes? —dijo—. No de qué.
Pero de algo. Tienes las manos que tienes.
—Aldric se quedó helado, pero Corvo sonrió, sin miedo—.
Da igual. Ya no me da miedo nada, a estas alturas.
Y he pensado una cosa estos días, mirándote traerme el puerto cada mañana.
He pensado que un hombre no es sus manos.
Es lo que decide hacer con ellas el último trozo del camino.
—Tosió, despacio—. Yo cargué fardos hasta que la espalda me dejó.
Tú cargarás lo que cargues. Pero estas semanas me has cargado a mí el mar hasta la cama todos los días, sin que nadie te lo pidiera, sin sacar nada.
Eso es lo que le voy a contar de ti al de allá arriba, si hay alguien.
No lo otro, que no lo sé. Eso. Que un hombre me trajo el mar cuando yo ya no podía ir a buscarlo.
—Le apretó débilmente la mano—. Cuídala.
Y cuida al que viene. Y déjate cuidar tú, que es lo que peor se te da, se te ve.