El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 8 — Un techo contra el cielo #3
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Capítulo 8 — Un techo contra el cielo #3

Aldric dejó de dormir en el tejado casi todas las noches.

Durmió dentro, con Vera, en un catre estrecho en el cuartito de atrás, y aprendió que dormir junto a alguien, con la espalda por fin sin vigilar, era una cosa que los hombres hacían y él no había hecho nunca, y que valía más que todo el oro de Rethel.

Se despertaba a veces en mitad de la noche, con el viejo sobresalto, la mano buscando el cuchillo, y encontraba en su lugar la respiración de Vera a su lado, tibia, tranquila, y volvía a dormirse con una sensación que tardó en reconocer porque no la había sentido nunca: la de estar a salvo.

No lo estaba. Pero lo sentía, y sentirlo, aunque fuera falso, aunque fuera prestado, era ya un milagro.

Aprendió los oficios de la casa. Aprendió a cambiar las llagas de los enfermos nuevos sin marearse, con esas mismas manos que sabían abrir gargantas, y descubrió que curar y matar usaban una destreza parecida —la misma precisión, la misma frialdad ante la carne— puesta al servicio de lo contrario, y que esa era, quizá, la única redención posible para unas manos como las suyas: no dejar de ser diestras, sino cambiar de oficio.

Aprendió los nombres de todos los que sobran, uno a uno, porque Vera tenía razón: al que has visto, no lo dejas.

Aprendió a que la vieja lo llamara «el yerno mojado» y a contestarle que sí, que venía del mar, que ya se estaba secando.

Se estaba secando. Era verdad. Por primera vez en la vida, Aldric se estaba secando.

Hubo una noche, en aquellas semanas, que Aldric guardaría entre las de más valor.

No pasó nada en ella; ese era su tesoro, que no pasara nada.

El hermano Lien se había dejado caer con un odre de vino peleón, «para bautizar el matrimonio, ya que no os dejasteis bautizar la boda como Dios manda», y se quedó a cenar, y la cena fue un caldo espesado con el grano robado y un poco de tocino que era una fiesta para aquella casa.

Comieron todos juntos, los que sobran y los que los cuidaban, arrimados al fuego: Vera repartiendo, Lien contando historias verdes de curas peores que él, Corvo incorporado y riéndose por primera vez desde hacía meses, la vieja hablándole a su ahogado y ofreciéndole cucharadas al aire.

Aldric hizo el juego de las cáscaras para el niño de las piernas torcidas, y esta vez, adrede, dejó que el niño le pillara el guisante tres veces seguidas, y el niño gritaba de triunfo y los demás aplaudían, y Aldric —que había aprendido aquel juego para robar, en una trastienda que olía a miedo— pensó que las mismas manos podían servir para esto, para hacer gritar de alegría a un crío, y que quizá esa fuera la única justicia que le quedaba al alcance: cambiarles el oficio a sus manos antes de morir.

Vera había terminado por fin de remendar la manta con la lana azul, y aquella noche la echó sobre las rodillas del niño, y el azul —el del mar cuando hace bueno— brillaba a la luz del fuego entre la lana parda como un trozo de cielo cosido a la tierra.

Lien, ya entrado en vino, la señaló con el jarro y dijo, con esa gravedad borracha que a veces dice más verdad que la sobria: «Fijaos.

Un poco de azul en tanto pardo. Eso es todo lo que Dios nos pide, creo yo: que cada uno cosa el poco de azul que tenga al pardo que le toca.

Y vosotros, hijos, en esta casa de puro pardo, habéis cosido más azul que la catedral entera».

Y levantó el jarro, y bebieron, y afuera la niebla bajaba de los tejados como siempre, pero por una noche no consiguió entrar.

Aldric miró aquella sala —las caras iluminadas, el niño con la manta azul, Vera riéndose de algo de Lien, el ahogado invisible al que la vieja ofrecía caldo— y grabó cada detalle sin saber por qué, con la avaricia del que presiente, muy al fondo, que está gastando algo que no se repone.

Haría bien en grabarlo. Iba a necesitar recordar aquella sala, exactamente aquella, con exactamente aquella luz, en lugares donde no habría ni luz ni sala ni nadie que le ofreciera caldo a nadie.

Y una mañana, tendiendo lienzos juntos en el patio, con el sol ganándole por fin a la niebla, Vera le cogió la mano y se la puso en el vientre, sin decir nada, y lo miró.

Aldric no entendió, al principio. Luego entendió, y el mundo entero se detuvo, los lienzos a medio tender, el sol a medio salir, todo suspendido en aquel instante en que la mano de un asesino descansaba, abierta, sobre el sitio donde empezaba una vida que él había hecho, no quitado; hecho, por primera vez, por una vez, hecho y no quitado.

—¿Estás…? —No supo terminar la pregunta.

—Sí. —Vera sonreía, y esta vez la sonrisa tenía toda la luz, sin cansancio—.

Para el final del invierno, calculo. —Le apretó la mano contra su vientre—.

¿Ves? Ya no somos dos que se andan con miedos.

Ahora somos tres. Y a los tres, Aldric, a los tres nos vas a tener que cuidar.

Así que se acabó lo de morirse despacio de pie.

Ahora hay que vivir. Deprisa, sí, como dice Lien. Pero vivir.

Aldric se arrodilló allí mismo, en el patio, entre los lienzos húmedos, y apoyó la frente contra el vientre de su mujer, y cerró los ojos, y por primera vez desde que era un niño sin nombre que robaba para comer, rezó.

No supo a quién. No supo cómo. Le salió torpe, sin palabras de iglesia, un rezo de ladrón, que era el único que tenía:

«Quienquiera que estés ahí arriba. Si estás. No te pido nada para mí. A mí déjame lo que quieras, me lo he ganado. Pero a estos dos, no. A estos dos guárdamelos. Y si hay que pagar algo por ellos, cóbramelo a mí. Tengo con qué. Vaya si tengo con qué.»

Era, sin él saberlo, la oración más peligrosa que un hombre puede rezar, porque es la única que el cielo —o lo que hubiera en su lugar— siempre, siempre, termina escuchando. Y hay quien escucha desde muy abajo cuando alguien, arriba, se ofrece a pagar.

Aquella noche, tumbado junto a Vera dormida, con la mano otra vez sobre su vientre, notando bajo la palma el calor de las dos vidas que eran ya toda la suya, Aldric hizo cuentas.

No las cuentas del miedo, por una vez; otras.

Calculó cuánto dinero tenía escondido —era bastante; veinte años de robar dejan un poso, aunque uno beba mal el vino más caro—, cuánto necesitarían para llegar lejos, a alguna de aquellas aldeas del interior de las que venía Vera, ahora medio vacías por la peste y las malas cosechas, donde un hombre sin pasado y una mujer embarazada podían llegar sin que nadie preguntara y quedarse a labrar una tierra que a nadie le sobrara.

Pero había un nudo en el plan, y Aldric lo palpó aquella noche como se palpa una muela mala con la lengua: no podían irse ya.

Vera no abandonaría la casa hasta dejar a los suyos en manos seguras, y no había manos seguras a la vista; y aunque las hubiera, moverse ahora, con el Chacal vigilando, era regalarle el momento del ataque, porque el camino, fuera de la ciudad, sin muros ni testigos, era donde el gremio cobraba mejor las deserciones.

Tendrían que esperar. Esperar a que naciera el niño, a que pasara el invierno, a encontrar a alguien que se quedara la casa.

Esperar, siempre esperar, y cada semana de espera era una semana más que el Chacal tenía para decidirse.

Aldric lo sabía, y aun así, aquella noche, dejó que ganara la fantasía, porque estaba cansado de que ganara el miedo.

Fantaseó, por primera vez en su vida, con un futuro: una casa de piedra, no de niebla; un huerto; un hijo que aprendería a andar sin que nadie le torciera las piernas, que crecería sin saber lo que era un soportal ni un montón de niños dándose calor; unas manos, las suyas, que solo supieran arreglar goznes y sembrar y sostener mantas, y que el niño cogería sin miedo, sin saber jamás lo que habían hecho.

Se juró que el niño no sabría nunca lo que había sido su padre.

Que crecería creyendo que su padre era solo un labrador callado con cicatrices viejas de las que no hablaba.

Y le pareció, esa mentira futura, la más hermosa que había concebido, porque era una mentira hecha de amor, la primera de su vida que no servía para robar nada, sino para regalar una infancia limpia a alguien que aún no existía.

Se durmió con esa fantasía, la más peligrosa de todas, porque un hombre que empieza a imaginar un futuro deja de vigilar el presente, y en el presente, agazapado en la niebla, un animal pequeño y paciente esperaba, comiendo despacio, a que el Cuervo bajara del todo la guardia.

Pero aquella noche, Aldric no lo sabía. Aquella noche solo era un hombre con nombre, con una mano sobre el vientre de su mujer, seco por fin, feliz deprisa, robándole al mundo, con las dos manos, el único tesoro que había querido robar en su vida y el único que no pensaba entregarle al gremio.

La niebla, esas semanas, tardó en enterarse.

Pero se enteró.