El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 8 — Un techo contra el cielo #2
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Capítulo 8 — Un techo contra el cielo #2

Los días que siguieron, hasta la boda, fueron los más raros de su vida, porque los vivió esperando saber cómo se llamaba.

Vera no se lo quiso decir antes. «Lo oirás cuando toque, y no antes», dijo, «que un nombre dicho a destiempo se gasta».

Así que el Cuervo pasó aquellos días de una manera nueva, tratando de imaginar qué palabra iba a ser suya, repitiéndose por dentro nombres de hombres que había oído a lo largo de la vida —nombres de víctimas, de compañeros muertos, de santos de los que se acordaba a medias— y descartándolos todos, porque ninguno le parecía posible sobre sí mismo, ninguno cabía en el hueco.

Se sorprendió, una tarde, mirándose las manos y pensando: «¿Cómo se llamará el hombre que tenga estas manos a partir del jueves?

». Y le entró un miedo absurdo, de niño: el de no estar a la altura del nombre, fuera cual fuera; el de que Vera le pusiera un nombre limpio y él lo ensuciara, como lo ensuciaba todo.

Se lo confesó a Lien, que había ido a llevar la extremaunción a un enfermo, y el cura, mientras guardaba los óleos, le contestó sin darle importancia: «Nadie está a la altura de su nombre, hijo.

El nombre no es lo que eres; es lo que te comprometes a intentar ser.

Por eso se lo ponemos a los recién nacidos, que todavía no han hecho nada: para que tengan hacia dónde crecer.

A ti te lo van a poner de mayor, que es más difícil, porque ya has crecido torcido.

Pero se ve que esa mujer cree que aún puedes crecer un poco más.

Y de las dos, ella entiende más de plantas que tú».

Y le dio una palmada en el hombro y se fue, y Aldric —que todavía no era Aldric— se quedó con aquello, «para que tengan hacia dónde crecer», guardado junto a todo lo demás que estaba aprendiendo tarde.

*

Los casó el hermano Lien.

Lien era un cura sin parroquia, o con una parroquia tan pobre que venía a ser lo mismo, un hombre enjuto de unos cincuenta años con una barba gris mal recortada y unos ojos vivos y descreídos que habían visto demasiado de Gante Vieja para creerse ya del todo lo que predicaba.

Venía a veces a Santa Brígida a dar los últimos sacramentos a los que se iban, porque era el único clérigo de la ciudad que no ponía mala cara al bajar a aquel barrio ni pedía nada a cambio de rezar por gente que no podía pagar la misa.

Tenía sus vicios —le gustaba el vino más de lo que a un cura le conviene, y lo decía él mismo sin vergüenza— y tenía sus virtudes, y la mayor de todas era que no juzgaba, porque decía que juzgar era trabajo de Dios y que Dios no le pagaba horas extra.

Vera le tenía cariño, de la manera en que se le tiene cariño a alguien de quien uno se fía sin admirarlo del todo.

Y Lien, cuando Vera le pidió que los casara en secreto, sin amonestaciones, sin registros, sin que la ciudad se enterara, la miró, luego miró al Cuervo, lo pesó con aquellos ojos descreídos —vio las cicatrices, vio lo que era, vio todo— y no preguntó nada. Solo dijo:

—Dios une a quien quiere, cuando quiere y como quiere, y el papeleo es cosa de los obispos, no suya.

—Y luego, al Cuervo, con una media sonrisa torcida—: A ti te caso yo, hijo, y con gusto, porque tienes toda la pinta de un hombre que le debe mucho al cielo y que a lo mejor, con esta mujer, empieza por fin a pagar la cuenta.

Que es más de lo que hacen la mayoría de los que vienen limpios a mi altar.

—Se rascó la barba—. Además, os casáis en una casa de moribundos, sin dote, sin fiesta, sin más testigos que unos enfermos y una vieja loca.

Ningún hombre se casa así por interés. El que se casa así, se casa por lo único por lo que vale la pena casarse.

Así que mi bendición la tenéis de sobra.

Fue de noche, en la sala de los enfermos, porque no había otro sitio y porque, en el fondo, ¿qué mejor sitio?

Los casó entre los jergones, a la luz de dos velas, con la imagen desconchada de Santa Brígida —la santa, no la mujer— mirando desde su nicho.

De testigos, los que sobran: la vieja de los dientes ausentes, muy despierta esa noche y muy contenta, que aseguraba que su hijo el ahogado también había venido a la boda y estaba de pie al fondo, mojado y sonriente; el niño de las piernas torcidas, que sostenía una vela con las dos manos y una solemnidad enorme, orgullosísimo del encargo; Corvo, el estibador, incorporado a medias sobre su jergón, con un esfuerzo que le costó la noche entera de dolor, para no perderse la boda de la Vera.

Una congregación de los que el mundo había decidido que sobraban, reunida para ver casarse a la mujer que no los dejaba sobrar del todo con el hombre que ella había sacado del barro.

Y cuando llegó el momento, Vera dijo el nombre.

Se acercó a él, le tomó las dos manos —las manos de asesino, entre las suyas rojas de lavar—, y dijo, en voz baja pero clara, para que lo oyeran las velas y los que sobran y la santa del nicho y el ahogado del fondo si de verdad estaba allí:

—Yo te tomo a ti, Aldric, por esposo.

Aldric.

El Cuervo —Aldric— sintió el nombre entrar en él como había entrado el caldo amargo la primera noche: quemando despacio, mansamente, llenándole un sitio que llevaba vacío desde antes de que tuviera memoria.

Aldric. No significaba nada. No venía de ningún santo ni de ningún linaje; Vera lo había elegido, dijo después, porque le sonaba a hombre que se queda, no a hombre que se va, y porque era un nombre que ella podría decir en voz baja por las mañanas sin que le doliera.

Aldric. Por primera vez en su vida, un hombre lo llamaba por algo que no era una amenaza ni una orden, sino una elección.

Se le llenaron los ojos, a él, que no había llorado delante de nadie jamás, y esta vez no le importó que se le llenaran, porque un hombre con nombre puede llorar; solo el Cuervo no podía.

—Yo te tomo a ti, Vera, por esposa —dijo Aldric, y la voz le salió entera, por fin, sin quebrarse, porque la decía un hombre nuevo con una boca nueva.

En la sala, entre los jergones, se hizo un silencio que no era el silencio de siempre, el de la enfermedad y la espera, sino otro, tibio, casi solemne, el silencio de la gente que sabe que está viendo algo bueno y que no quiere que se le escape ni una gota.

El niño de las piernas torcidas sostenía su vela con las dos manos, muy tieso, conteniendo el aliento para que la llama no temblara.

Corvo tenía los ojos húmedos y no le importaba que se le vieran; había pedido que lo incorporaran para ver mejor, y aguantaba el dolor de la espalda muerta con una sonrisa apretada.

La vieja de los dientes ausentes asentía sin parar, contentísima, y de vez en cuando le decía por lo bajo a su ahogado invisible «¿ves qué guapos?

, ¿ves?», como si le enseñara la boda a un hijo que hubiera traído de la mano.

Y a Aldric, que en veinte años había entrado en decenas de casas de noche para quitarles a sus dueños lo que más querían, le tocó por primera vez estar dentro de una casa, de noche, mientras alguien le daba a él lo más grande que había recibido nunca, delante de los únicos testigos que en toda Gante Vieja no tenían nada que ganar mintiendo.

Pensó, sin querer, que aquella era la primera reunión nocturna de su vida de la que nadie iba a salir robado, y que aquella clase de noche —la que da en vez de quitar— existía, había existido siempre, mientras él se la pasaba del otro lado de las paredes, quitando.

El hermano Lien murmuró lo que tenía que murmurar, los bendijo, y añadió por su cuenta, mirándolos, con aquellos ojos que ya no se creían casi nada pero que aquella noche parecían querer creerse aquello:

—Que el cielo, si es que mira hacia este barrio alguna vez, mire esta noche.

Porque no se ve a menudo, ni ahí arriba ni aquí abajo, a dos personas mereciéndose tan poco reproche y tan mucho la una a la otra.

—Cerró el libro que ni había abierto—. Ya está.

Estáis casados. Ante Dios y ante estos testigos, que son los mejores testigos que conozco, porque no tienen nada que ganar mintiendo.

Sed felices deprisa, hijos. En este barrio la felicidad hay que cogerla deprisa, antes de que la niebla se entere.

El niño de las piernas torcidas pidió, muy serio, quedarse con un cabo de vela de la boda, para guardarlo, dijo, «para cuando sea mayor y me case yo».

Nadie tuvo el corazón de recordarle que un niño que no anda difícilmente se casaría.

Vera se lo dio. Y aquel cabo de vela —una cosa de nada, un pedazo de sebo a medio quemar— iba a ser, andando el tiempo, el tesoro más querido de aquel niño; y el niño, andando más tiempo todavía, en la peor de las noches, iba a desprenderse de él y a entregarlo, porque a veces el amor de un crío consiste precisamente en dar lo único que tiene justo cuando más le duele darlo.

Pero eso pertenecía a otra noche, muy distinta de aquella, y ninguno de los que reían en la boda podía sospecharlo.

*

Fueron felices deprisa.

Hubo unas semanas —Aldric las contaría después, en el infierno, una a una, como un avaro cuenta las únicas monedas de oro entre un montón de cobre— en que la casa de Santa Brígida fue, contra toda razón, contra el Chacal, contra la niebla, contra el mundo entero, un sitio feliz.

No un sitio seguro; nunca fue seguro; el miedo seguía ahí, agazapado, y Aldric aún subía algunas noches al tejado a vigilar.

Pero habían decidido, como quería Vera, vivir el tiempo que les quedara en vez de morirlo, y descubrieron que la felicidad, cuando se sabe robada y prestada, cuando se cuenta por días, se vive con una intensidad que los que la dan por segura no conocen jamás.