Capítulo 8 — Un techo contra el cielo
E l Chacal no hizo nada, y ese fue su primer castigo.
Pasó una semana. Pasaron dos. No hubo incendio.
No hubo hombres en la niebla. No hubo recados de ningún chico con sobras por paga.
La casa de Santa Brígida siguió en pie, los que sobran siguieron sobreviviendo un día más y un día más, y el Cuervo siguió durmiendo en el tejado de enfrente con el cuchillo en la mano, esperando un ataque que no llegaba.
Y aprendió, en esas semanas, que la espera era el ataque.
Que el Chacal no necesitaba quemar la casa: le bastaba con que el Cuervo supiera que podía quemarla.
Le había dejado un rehén sin llevárselo, un rehén que seguía haciendo su vida a la vista de todos, cambiando llagas y tendiendo lienzos, mientras el hombre que la amaba se consumía vigilando una puerta que quizá nunca se abriría, o que se abriría cualquier noche, o ninguna.
El no saber era la tortura. El Chacal era un maestro del no saber.
Se alimentaba de él como se alimentaba de los higos, con lentitud, sin prisa, seguro de que nadie le iba a quitar el plato.
El Cuervo cambió. Lo notó Vera antes que él.
Se volvió áspero, callado, sobresaltadizo; se levantaba tres veces cada noche a mirar por la ventana; dejó de comer bien; le crecieron unas ojeras que le comían la cara.
Empezó a ver amenazas en todas partes: en el aguador que pasaba dos días seguidos a la misma hora, en el mendigo nuevo que se sentó una tarde en la esquina, en el crío que jugaba demasiado quieto en el portal de enfrente.
A todos los siguió, a todos los investigó.
Al mendigo nuevo lo siguió una noche entera.
Era un hombre viejo, con una pierna que arrastraba, y Aldric lo acechó por media ciudad convencido de que la cojera era fingida, de que en cualquier esquina se enderezaría y se convertiría en lo que de verdad era, un cuchillo del Chacal disfrazado.
Lo arrinconó al fin en un soportal, sin una palabra, solo poniéndose delante, tapándole la salida con el cuerpo, con la mano en el filo bajo la capa.
Y el viejo se echó a temblar y a lloriquear y a jurar por unos santos que Aldric no conocía que él no había hecho nada, que solo pedía, que si le había quitado el sitio a alguien se iba, que por favor.
Y era verdad. Se le veía en el terror animal de los ojos, un terror que ningún hombre del gremio sabría fingir tan bien, porque los del gremio, aunque finjan miedo, tienen debajo la calma del que sabe pelear, y aquel viejo no tenía debajo más que hueso y hambre.
No era nadie. Era solo un pobre. Aldric se apartó, avergonzado como no lo había estado nunca, y le puso en la mano temblorosa una moneda —más de lo que el hombre vería en un mes— y se fue deprisa, sin dejarle dar las gracias, con la cara ardiendo en la niebla.
Aquella noche entendió lo que le estaba haciendo el Chacal sin mover un dedo: lo estaba convirtiendo en un hombre que amenazaba a mendigos viejos en los soportales.
Lo estaba devolviendo, poco a poco, con la sola herramienta del miedo, a ser el que había sido.
Y esa era la victoria más limpia del Chacal: no necesitaba matar a Aldric para recuperar al Cuervo; le bastaba con dejarlo velar hasta que el Cuervo volviera solo.
Ninguno de los que siguió era del Chacal, y eso no lo tranquilizaba, porque sabía que el que de verdad viniera del Chacal no se dejaría ver, del mismo modo que él no se había dejado ver nunca.
Vivía dentro de un cerco invisible, peleando contra un enemigo que no atacaba, y descubrió que no hay guerra que canse más a un hombre que la que no llega a librarse.
—Vas a enfermar otra vez —le dijo Vera una mañana, cuando bajó del tejado con los ojos rojos de no dormir y el frío metido en los huesos—.
Y esta vez no habrá fiebre que te traiga a mi puerta; te encontraré tieso en las tejas.
—Le puso en las manos un cuenco de caldo caliente—.
Entra a dormir. Dentro. En una cama. Como una persona.
—Si entro, no vigilo.
—Si no duermes, tampoco. Un hombre sin dormir no ve venir nada; solo ve fantasmas. —Le cerró las manos alrededor del cuenco—. Escúchame. No podemos vivir así. Tú en el tejado, yo esperando el fuego. —Se le escapó, y se dio cuenta enseguida de que se le había escapado.
El Cuervo se quedó helado.
—¿Cómo sabes lo del fuego?
Vera lo miró, y su cara no tenía sorpresa, solo una tristeza serena.
—No sabía nada del fuego —dijo despacio—.
Hasta ahora. Lo he dicho por decir, porque tú vigilas como quien teme un incendio, no un cuchillo; un cuchillo lo esperarías en la puerta, no en el tejado, mirando toda la casa a la vez.
—Suspiró—. Pero por tu cara acabo de aprender que era verdad.
Que te amenazó con quemarnos. Con quemarnos a todos.
Por eso no me dejabas dormir tranquila y no me querías decir por qué.
—Le puso una mano en el brazo—. Ay, Cuervo.
¿Ves lo que pasa cuando cargas las cosas solo?
Que las cargas mal. Que te crees que me proteges no diciéndomelas, y lo único que consigues es que yo viva sin entender por qué mi marido se está muriendo de pie en un tejado.
El miedo compartido pesa la mitad. El miedo callado pesa el doble, y encima te vuelve loco a ti solo.
Y el Cuervo, que había decidido cargar solo todo lo que era suyo, sintió por primera vez la sospecha de que quizá esa decisión, tan noble en su cabeza, fuera en realidad otra forma de su vieja soledad, otra manera de no fiarse de nadie disfrazada de sacrificio.
No dijo nada. Pero aquella mañana, por primera vez, le contó a Vera —no todo; lo de Aina no; eso jamás— pero sí lo del Chacal, lo del incendio, lo de la aritmética del terror, lo de que no podía protegerla por muchas noches que velara.
Se lo contó entero, sentados en el patio, con el caldo enfriándose entre las manos, y descubrió que ella tenía razón: que dicho en voz alta, compartido, el miedo no se hacía menor, pero se hacía soportable, dejaba de ser una locura privada para convertirse en un problema de dos, y un problema de dos, aunque no tenga solución, ya no vuelve loco a nadie.
Cuando terminó, Vera se quedó un rato callada, mirando el pozo que él había arreglado.
—Entonces es así —dijo al fin—. Puede venir el fuego cualquier noche, o no venir nunca.
No lo decidimos nosotros. —Lo miró—. Escúchame bien, porque esto es importante, y no lo digo desde la ignorancia, lo digo desde haber visto morir a mucha gente.
Si ese hombre quiere hacernos daño, nos lo va a hacer vigiles tú o no vigiles, porque él tiene muchos y nosotros somos dos.
Eso ya lo has dicho tú mismo. Lo único que decidimos nosotros es qué hacemos con el tiempo que nos deje.
Y yo no pienso pasar ese tiempo, sea el que sea, viéndote convertirte en un centinela con los ojos rojos, muerto de miedo por una muerte que igual no llega hasta dentro de veinte años.
—Los ojos oscuros, firmes—. Eso es dejar que el Chacal nos mate ya, hoy, sin necesidad de fuego.
Es hacerle el trabajo gratis. Prefiero vivir.
De verdad. Contigo. Aunque sea poco. Sobre todo si es poco.
El Cuervo bebió el caldo, ya frío, y algo se le rindió por dentro, no de derrota, sino de acuerdo.
Ella tenía razón, como solía. El miedo era otra cárcel, y llevaba veinte años en cárceles, y no quería que la última se la construyera él mismo con sus propias manos por miedo a un hombre pequeño de nariz larga.
—Cásate conmigo —dijo entonces, sin haberlo pensado, o habiéndolo pensado sin saberlo, como se dicen las verdades que llevan mucho tiempo esperando la rendija por la que salir—.
Ya que va a ser poco. Que sea nuestro. Del todo.
Que si viene el fuego, venga por una mujer que tiene marido y un marido que tiene mujer, y no por dos que se andaban con miedos.
Cásate conmigo, Vera. No tengo nombre que darte.
No tengo casi nada. Pero lo poco que soy, quiero que sea tuyo con todas las palabras.
Vera se quedó mirándolo, con el cuenco vacío entre los dos, y sus ojos se llenaron de agua, y no la dejó caer, terca hasta para llorar.
—Menudo momento has elegido —dijo, con la voz tomada, medio riendo—. Con la cara de muerto y las tejas todavía marcadas en la espalda.
—No sé elegir momentos. Nunca he tenido de dónde elegir.
—Ya lo sé. —Le tocó la cara, la barba de días, la cicatriz que le cerraba sobre el ojo—. Sí. Me caso contigo. Claro que me caso contigo. Pero con nombre.
—No tengo nombre.
—Pues tendrás uno. —Lo dijo con una determinación repentina, casi feroz, como quien decide reparar una injusticia antigua—.
No pienso casarme con un pájaro. El Cuervo es lo que te pusieron ellos, los que te compraron.
Un mote de gremio, para un hombre sin viuda.
Yo no me caso con eso. —Le sostuvo la cara entre las dos manos rojas—.
El día que nos casemos, te pondré un nombre.
Uno mío. Y ese será el tuyo, el de verdad, el de la otra vida, la limpia.
Y cuando lo oigas dicho por el cura, sabrás que el Cuervo se ha quedado fuera, en la niebla, y que el que entra en la casa eres tú, el nuevo, el que no tiene precio porque a ese no lo compró nadie: a ese lo elegí yo.
El Cuervo no supo qué decir. Nadie le había ofrecido nunca un nombre.
Era, comprendió, el regalo más grande que podían hacerle, más grande que el dinero de tres bolsas de cuero, más grande que la vida que le devolvió el caldo amargo: un nombre era una vida entera que aún no había vivido, esperándolo.