Una isla que la marea cierra dos veces al día. Un archivo de trescientas once mujeres. Y un cristal que, cuando llueve, deja de devolver a quien se mira.

Cantabria, 1908. Alma Roldán cruza a pie la calzada de Santa Brida con un nombre que no es el suyo.

La han contratado para restaurar el archivo fotográfico de un antiguo sanatorio de mujeres: trescientas once placas de vidrio, cada una en su sobre, cada sobre con una ficha y un diagnóstico de dos palabras.

Nadie en la casa sabe que Alma ha venido a buscar a su hermana, que entró allí a trabajar y de la que no se sabe nada desde diciembre.

La segunda mañana, el dueño de la casa aparece ahogado dentro de una habitación seca, cerrada por dentro, dos pisos por encima del mar.

Alma sabe leer un vidrio. Sabe fechar una emulsión, reconocer un sobre falso y decir cuántas horas estuvo llena una sala por la línea de sal que el agua dejó en la pared.

Lo que no sabe es qué hacer con lo que ve cuando llueve sobre la galería y su propio reflejo empieza a hacer cosas que ella no ha hecho.

Le quedan nueve días. La marea cierra la isla dos veces al día, en la casa duermen ocho personas y un juez de instrucción, y antes de que acabe la semana habrá tres muertos y Alma tendrá que elegir entre la verdad que puede probar y la única persona que le queda.

Un misterio gótico de habitación cerrada sobre lo que se archiva, lo que se hereda y lo que una mujer está dispuesta a callar.

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