Capítulo 38 · El cotejo
El cotejo
Aquella mañana todo estaba conforme, que fue la última vez que se pudo escribir esa palabra en aquella casa.
Bedia hizo la revisión de las ocho y media y los cuatro precintos salieron enteros.
Los cuatro precintos, con lacre del juzgado, cinta sin desgarro y raya de lápiz entera y seguida, incluida la del archivo, que Cué había vuelto a sellar la noche anterior con su hierro y que Bedia había vuelto a rayar por debajo de la cinta con la misma mano y el mismo lápiz.
Los técnicos, íntegros. La sala de abajo, cerrada. El cuarto de válvulas, cerrado.
Lo firmó Bedia, lo firmó Cué debajo, y fue el último papel de aquella casa en el que todo estaba en su sitio.
Alma se pasó la mañana preparando una mesa.
La preparó en el archivo, con permiso y con el guardia joven en la puerta, y la preparó como se prepara una mesa de cotejo, que es un trabajo que parece de criada y no lo es.
Quitó de encima todo lo que había. Puso un paño de fieltro negro y encima un cristal limpio de los de repuesto, para tener una superficie que no rayara y que dejara pasar la luz.
Arrimó la mesa debajo de la claraboya, midió con el brazo la distancia al cristal y la corrigió dos veces.
Sacó la lupa de mango de hueso, la de veinte aumentos, y la limpió con gamuza y aliento.
Preparó dos pinzas de punta plana, un paño blanco, un lápiz de grafito blando y papel.
Y después no tuvo nada que hacer hasta la una.
Se sentó en la banqueta y estuvo mirando por la claraboya un trozo de cielo del tamaño de una sábana.
A las once subió Nieves con un café que no le había pedido nadie, lo dejó en el poyete lejos de la mesa, miró el fieltro negro y el cristal y las pinzas y no preguntó para qué era.
—Hoy se come a la una y media.
—Hoy a lo mejor no como.
—Hoy come usted a la una y media aunque sea de pie. —Nieves se paró en la puerta—. Señorita, ¿hoy se acaba esto?
Alma se volvió en la banqueta.
—Hoy se sabe una cosa. No sé si se acaba.
—Pues con que se sepa una.
Y se fue.
Alma bebió el café frío a las doce.
El carro entró a la una y cinco.
Lo vieron llegar desde el portón: el carretero de Ruicanto, el chaval del caballo prestado delante, y en la caja del carro un bulto atado con cuerda nueva y con una manta encima por la lluvia que no había caído.
El guardia lo anotó. Cué bajó a recibirlo con el oficio en la mano y lo cotejó allí mismo, de pie, en el ensanche del portón, con el papel del notario.
Caja de madera de pino, atada en cruz con cuerda de cáñamo, precintada en los cuatro nudos con lacre de la notaría, sello de don Aurelio Otaola Zubiría, y una relación firmada por él en la que hacía constar el estado en que la había recibido el dos de octubre, el estado en que la conservaba y el estado en que la remitía, y en la que decía con todas las letras que no la había abierto.
—¿Está conforme? —dijo Requejo.
—Está conforme.
—Pues arriba.
La abrieron en el archivo a la una y cuarto, encima de la mesa preparada, con Requejo, Cué, Alma y Gabriel, porque Requejo quiso que el depositante estuviera delante.
Bedia cortó la cuerda y levantó los cuatro lacres enteros, y Cué los guardó como guardaba todo.
Dentro había papel de estraza, y debajo del papel de estraza, nueve fajos de copias de contacto con una goma cada uno.
Gabriel se puso blanco.
—Señor juez.
—Diga.
—Antes de que empiecen. —Tenía las dos manos en el respaldo de la banqueta y se le veía apretar—.
En esa caja hay una copia de una placa cuyo sujeto soy yo.
Es de la serie ge, del año cinco, y el número es el ciento catorce.
Lo digo ahora, delante del secretario, para que no haga falta que lo encuentre nadie y para que no se diga después que me callé.
Cué lo puso sin levantar la cabeza.
—¿Sabe usted lo que lleva escrito por detrás? —dijo Requejo.
—Sí.
—¿Me lo dice?
—Se lo digo. —Gabriel tragó y lo dijo entero—. «Hombre de pie en una orilla, mujer en el agua, no auxilia.»
—¿Y eso es verdad?
—Eso es lo que se ve en la placa.
—No le he preguntado eso.
—Ya sé que no me lo ha preguntado. —Gabriel se soltó del respaldo—.
Yo estuve en esa habitación una vez, en febrero del cinco, porque mi padre me metió en ella.
Lo que aquel aparato sacó de mí lo sacó de mí, y de eso no me voy a defender aquí.
Lo que no hice fue dejar ahogarse a nadie.
No hay nadie ahogado. No hay denuncia, no hay parte, no hay expediente y no hay mujer. Hay un vidrio.
Requejo lo miró un momento largo.
—Señor Orive, siéntese usted ahí y no vuelva a hablar hasta que yo le pregunte. —Se giró hacia la mesa—. Cué, eso queda para mañana y queda entero. Hoy tenemos otra cosa.
—Señorita —dijo después—. Usted es la que va a tocar esto. Vaya diciendo.
Alma se puso los puños de la blusa hacia arriba.
—Copias de contacto. Papel de bromuro, del tamaño del negativo, con el canto del vidrio marcado alrededor: se hicieron poniendo el papel debajo de la placa y dándole luz por encima. —Alma puso la primera encima del fieltro—. Y están amarilleando por los bordes, como dije que estarían.
Contó los nueve fajos y los contó dos veces.
Ciento veintiséis.
—Ciento veintiséis —dijo Cué.
—Ciento veintiséis, y todas llevan una anotación a lápiz por detrás, y eso hay que relacionarlo pieza por pieza y va a llevar dos días.
—Hoy no tenemos dos días —dijo Requejo—. Hoy quiero una.
—Ya sé cuál.
Las fue pasando por el canto, de pie, sin volverlas, leyendo la anotación del dorso de cada una al trasluz de la claraboya, que es más rápido que darles la vuelta.
Estaban por orden. Quien las había hecho las había hecho por orden y las había guardado por orden, y en el fajo sexto, entre dos de la serie erre, apareció.
Alma la sacó y la puso boca abajo encima del fieltro.
En el dorso, a lápiz de grafito blando, con letra rápida y menuda, ponía:
R — 1904 — 268. Casa ardiendo por dentro. Hombre de espaldas mirándola arder. No hay expediente.
Cué lo copió literal.
—Dele la vuelta —dijo Requejo.
Alma le dio la vuelta.
Era la misma casa. Las mismas ventanas encendidas de una manera que no es la de una lámpara, el mismo humo quieto en el alero, la misma figura de espaldas cortada por el encuadre.
—Traiga usted la placa.
La placa la sacó Cué del sobre del juzgado donde la tenía desde el día anterior, con su número de acta escrito por fuera, y la puso al lado de la copia encima del cristal.
Y entonces Alma hizo lo que había estado preparando toda la mañana.
—Señor juez, esto no se mira de frente, porque de frente parecen iguales y eso no vale. Se mira por los defectos y se mira al revés.
—Al revés por qué.
—Porque una copia de contacto se hace pegando el papel a la emulsión del vidrio, cara contra cara.
—Alma levantó la placa y la copia y las puso una encima de otra, tocándose—.
Así. Y cuando las separo, lo que en la placa está a la izquierda, en la copia está a la derecha.
De modo que si yo las comparo mirándolas las dos de frente, me estoy engañando, y si alguien me viera hacerlo tendría derecho a decir que no sé mi oficio. Mire usted aquí.
Puso la copia boca arriba y la placa encima, apoyada en el cristal y desplazada dos dedos.
—La burbuja. En el vidrio está en el ángulo de abajo a la izquierda, dentro de la emulsión, y es una burbuja de fabricación: redonda, de medio milímetro, con un anillo más claro alrededor.
En la copia está en el ángulo de abajo a la derecha, es del mismo tamaño y tiene el anillo. Coja usted la lupa.
Requejo cogió la lupa y se agachó.
—La tengo.
—Ahora la pérdida. En el canto de arriba del vidrio falta emulsión en un trozo del tamaño de una uña, con la forma de una lágrima y con el pico hacia dentro. En la copia, ese trozo sale negro, porque donde no hay emulsión pasa toda la luz. Misma forma, mismo tamaño, mismo pico, y cambiado de lado.
—Lo veo.
—Y ahora dos cosas más, y con estas cuatro acabo.
En el borde de arriba, a un centímetro del canto, el vidrio tiene tres rayas finas paralelas, de cuando se limpió con algo que no se debía, y están en la copia.
Y en el ángulo de arriba a la izquierda hay una marca del chasis, una muesca recta de tres milímetros, y está en la copia.
Cuatro accidentes, ninguno de ellos buscado por nadie, los cuatro en la misma posición relativa y los cuatro cambiados de mano.
Se enderezó.
—Esta copia se hizo de esta placa. No de otra igual: de esta.
Requejo dejó la lupa en la mesa.
—¿Y cuándo se hizo la copia?
—La copia la hizo la ayudante de esta casa en el verano del año pasado, y eso no lo digo yo, eso lo ha declarado el señor Orive ante usted y está firmado. Yo lo que puedo decir es que el papel es de esa época y que el estado de amarilleo cuadra con catorce meses en caja cerrada.
—Entonces esta placa —dijo Requejo despacio— estaba en este archivo en el verano del año pasado, con la letra erre, el año mil novecientos cuatro y el número doscientos sesenta y ocho.
—Sí.
—Y el martes de la semana pasada usted la contó ahí dentro.
—La conté. Está en mi cuaderno y en la copia que hizo el señor secretario ayer, firmada al pie.
—Y el sábado no estaba.
—El sábado había un hueco y lo vimos los tres.
—Y anteayer por la noche alguien la metió otra vez en esta habitación dentro de un sobre que dice mil ochocientos ochenta y nueve y que lleva la letra de doña Clara.
—La letra de doña Clara no —dijo Alma—. La letra de la serie de doña Clara. Eso es otra cosa y conviene que se diga con esas palabras.
Requejo estuvo un momento callado.
—Cué.
—Diga.
—Registro. La habitación del ama de llaves, su escritorio, su ropero y el office. Con acta, con testigos y ahora mismo.
Lo hicieron entre la una y media y las dos menos cuarto.
En el cajón central del escritorio de Teresa Cobián había un juego de sellos de latón de escritorio, de los que se venden por catálogo, y uno de ellos tenía en la cara una flor de seis pétalos.
Había media barra de lacre encarnado empezada por un extremo.