El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 37 · Lo que no dijo ante Cué
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Capítulo 37 · Lo que no dijo ante Cué

Lo que no dijo ante Cué

Nieves le cambió el vendaje a las cinco, en el office, con la puerta abierta y las dos sentadas.

—Déme.

—Está bien.

—Está bien porque lo até yo. Déme.

Le quitó la tira de hilo, que se había puesto parda, y le abrió la mano encima de un paño limpio.

El corte de entre el pulgar y el índice se había cerrado por los extremos y seguía abierto por el medio, y alrededor tenía la piel levantada en cuatro sitios de pasar cubos con el asa mojada. Nieves se lo lavó con agua hervida y le echó por encima un polvo de un bote sin etiqueta.

—¿Eso qué es?

—Eso es lo que le echaba yo a los de la carbonera cuando había carbonera de verdad y no se le murió ninguno. —Le puso una gasa y empezó a atarla—. Y usted deje de meter esta mano en agua salada.

—Eso no se lo puedo prometer.

—Ya lo sé. Por eso se lo digo dos veces.

Le hizo el nudo por encima y le dio la vuelta a la mano para mirarla del otro lado.

—Señorita.

—Diga.

—¿Usted cuándo se va?

Alma se quedó con la mano encima del paño.

—Cuando el juez me deje.

—Le pregunto cuándo se quiere ir.

—No lo sé.

—Pues piénselo. —Nieves recogió el paño y el bote y se levantó—.

Yo llevo sesenta y dos años en casas y he visto entrar en ellas a mucha gente joven, y de la que entra a trabajar se va casi toda, y de la que entra a averiguar una cosa no se ha ido ninguna hasta que la ha averiguado o se la ha llevado por delante. Usted mire a ver de cuáles es.

Y se fue a poner la mesa.

Gabriel la encontró en el arranque de la escalera a las seis, con las botas todavía mojadas en la mano.

—¿Ha bajado usted otra vez ahí?

—Con permiso, con guardia y con hora de ida y de vuelta firmada.

—No le he preguntado eso.

—Ya sé lo que me ha preguntado. —Alma se sentó en el escalón para descalzarse del todo—. Sí. He bajado otra vez.

—¿Y qué buscaba?

—Papel.

Gabriel se apoyó en la barandilla.

—Papel.

—Papel de trapo gris del que se usaba aquí antes del noventa. —Alma sacó del corpiño el medio pliego doblado en cuatro y se lo enseñó sin abrirlo—. Y lo he encontrado, y esto vale mañana delante de un juez más que todo lo que yo diga con la boca.

—Ya.

—¿Ya qué?

—Que no le he preguntado qué buscaba, le he preguntado qué buscaba. —Gabriel se quedó mirándola un momento y después movió la cabeza—. Da igual. Mi madrastra dice que doña Clara no baja a cenar.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy. Le ha subido Rosario una bandeja y se la ha dejado en la puerta porque el guardia no sabía si podía entrar él o no.

—Se pasó la mano por la nuca—. En esta casa hay un hombre de uniforme sentado delante de la habitación de una mujer que lleva diecinueve años sin poder firmar un papel.

Eso lo he hecho yo esta mañana declarando lo que he declarado, o lo ha hecho usted esta mañana abriendo lo que ha abierto, o lo ha hecho el juez. Alguno de los tres.

—Lo hemos hecho los tres.

—Eso es lo que me parecía a mí.

Se quedaron un momento callados en la escalera.

—Mañana llegan las copias —dijo Gabriel.

—Si el chaval vuelve a tiempo.

—Vuelve. —Gabriel se apartó de la barandilla—. Y cuando lleguen, se acaba esto de una manera o de otra.

Cué la mandó llamar a las seis y media.

Estaba en el despacho de don Álvaro con dos velas y con el acta del archivo delante, y tenía las gafas en la frente y la tinta seca en el índice y el corazón de la mano derecha.

—Siéntese, señorita, que esto es largo.

—¿Me la va a leer entera?

—Se la voy a leer entera. Es lo que hay que hacer y casi nunca lo hace nadie.

Y se la leyó entera.

Tardó cuarenta minutos y no se saltó una línea.

Leyó la incidencia de las ocho y media, con la descripción del sello ajeno y de la raya de lápiz partida.

Leyó el levantamiento del lacre y su custodia.

Leyó la apertura. Leyó el recuento por series, entero, con todos los números, y al llegar a la erre leyó las palabras exactas que ella le había pedido que pusiera.

Leyó la descripción del sobre de manila.

Leyó lo que Alma había dicho del papel y de la filigrana.

Leyó la ficha literal, con sus dos renglones y medio.

Leyó la descripción de la placa. Leyó lo que Alma había dicho del vidrio, de la emulsión y del formato, con los dos años arriba y los dos abajo.

Y leyó el último asiento, que decía que en la serie ce del año mil ochocientos ochenta y nueve el número ocho figuraba dos veces.

Cuando terminó dejó el pliego en la mesa y se bajó las gafas.

—¿Está conforme?

—Está conforme.

—¿Quiere usted rectificar algo?

—No.

—¿Quiere usted matizar algo?

—Donde pone que la placa está en buen estado, yo pondría que está en buen estado de conservación, que no es lo mismo que en buen estado. Una placa puede estar bien conservada y ser mala.

Cué lo cambió, lo leyó otra vez y le acercó el tintero.

—Firme aquí, aquí y al pie.

Alma firmó tres veces.

Y cuando estaba echando la arenilla, Cué hizo lo que hacía siempre al cerrar un acta, que era una costumbre suya y no una obligación, y que hacía desde hacía veinte años porque una vez, de joven, no lo había hecho.

Se quitó las gafas del todo y las dejó encima del pliego.

—Le voy a explicar por qué hago esto —dijo—, porque en veinte años se lo he explicado a cuatro personas y usted es de las que lo entienden.

En el noventa y uno, en Aguilar, cerré un acta de un hombre que se había caído a un pozo.

La cerré bien. Estaba todo: la hora, los testigos, la profundidad, el estado del brocal.

Y había una mujer en aquella casa que llevaba dos horas sentada en un banco esperando a que alguien le preguntara algo, y no le preguntó nadie, y yo lacré el pliego y me fui a comer.

—¿Y qué tenía que decir?

—Que su cuñado le debía dinero al muerto. —Cué se frotó los ojos—. Tardó once meses en contarlo y para entonces ya no servía, porque cuando se cuenta tarde no se cree. Desde aquel año, antes de lacrar, pregunto. Y la gente casi siempre dice que no, y yo lacro igual, y me quedo tranquilo.

Alma no dijo nada.

—Señorita Vega —dijo Cué—. Esto ya está cerrado. Antes de que lo lacre, ¿hay algo que usted sepa y que no esté aquí dentro?

Alma tenía la arenilla en la mano.

Aquella pregunta estaba hecha por un hombre de cincuenta y tantos años, de noche, en una casa con tres muertos, delante de dos velas y de un papel que se iba a leer en un juzgado.

Estaba hecha de la manera más abierta en que se puede hacer una pregunta, sin dirección y sin trampa, para que la otra persona pudiera meter por ahí lo que quisiera.

Y del otro lado de la mesa había una mujer que sabía cuatro cosas.

Que su hermana estaba viva, a media legua de allí, en la casa del guardés.

Que su hermana había matado a dos hombres y se lo había contado con las horas.

Que su hermana se había atribuido aquella tarde el incendio del domingo.

Y que la confesión era falsa, porque en aquella habitación no ardió ninguna cama, y por lo tanto había alguien más en aquel asunto, y ese alguien había entrado en el archivo con una tercera llave, y había fabricado un sobre, y estaba durmiendo aquella noche debajo de aquel tejado.

Con lo cuarto solo, dicho allí, en aquella habitación, delante de aquel hombre y de aquel papel, la instrucción habría girado en una noche.

Con lo cuarto solo, el guardia del ala oeste se habría levantado de su silla a la mañana siguiente.

Alma acabó de echar la arenilla y sopló.

—No —dijo—. No hay nada.

Cué se puso las gafas, cogió la barra de lacre y encendió la vela corta.

—Pues entonces cerramos.

Y lacró el pliego con el hierro del juzgado, y la rebaba le salió otra vez en el cuarto inferior derecho, como le salía siempre.

Alma salió del despacho con las velas ya bajas y subió por el ala oeste, que era el camino largo.

Lo hizo a propósito.

El guardia seguía en la silla de enea, con el capote echado por encima de los hombros y el farol en el suelo. La puerta de doña Clara estaba cerrada y por debajo no salía luz. En la repisa de al lado había una bandeja con un plato tapado y un vaso, sin tocar.

—Buenas noches —dijo Alma.

—Buenas noches, señorita.

—¿Va usted a estar aquí toda la noche?

—Hasta las seis me han dicho. Y después otro.

Alma se quedó mirando la bandeja.

—¿Se la subo yo?

—Es que a mí me han dicho que no entre nadie sin decírselo al señor juez.

—Entonces déjela usted donde está.

Y siguió, y mientras andaba por el corredor iba haciendo por dentro una cuenta que le salía bien: aquello duraba un día. Un día, y al día siguiente llegaba una caja de Ruicanto y aquel hombre recogía la silla y se iba a su puesto del portón.

Un día es poco.

Esa fue la frase con la que se acostó, y era falsa, y no era falsa por mala fe: era falsa porque estaba hecha para sostener otra cosa.

Cenó en el office con Nieves y con Rosario, y las tres hablaron de lo que se habla cuando no se puede hablar de otra cosa: de un primo de Rosario que se había ido a Cuba en el noventa y ocho y había vuelto sin un dedo, y de si en Palencia hay mar, que no lo hay.

A las nueve subió a su cuarto.

Se sentó en la mesita que había debajo de la ventana, encendió la palmatoria, sacó del baúl el cuaderno de tapas de hule que no era el del trabajo, mojó la pluma y se puso a escribir.

Escribió hasta las doce y media.

Escribió los dos encuentros de la cala, el del sábado y el de aquella tarde, con el día, con la hora de salida y de vuelta que constaban en la libreta del guardia, y con lo que se había dicho en cada uno, de memoria y en primera persona, sin resumir y sin arreglar.

Escribió: Dijo que abrió la toma a las cuatro y diez y la cerró a las cinco y veinte, y que el nivel lo tenía medido de junio, y que después abrió el serpentín para que el suelo estuviera seco cuando entraran.

Escribió: Dijo que el jueves por la noche cerró la llave de la fría de la clínica en el corredor de los paneles y que eso fue todo lo que hizo con Baeza.

Escribió lo de la lista de memoria, y escribió la relación de la placa que falta con las palabras que su hermana había usado, y la fecha en que se las oyó.

Escribió, porque le pareció que tenía que constar y porque no quería que se lo preguntaran después: No le he prestado ayuda de ninguna clase. No le he llevado nada de esta casa. No le he dado noticia de lo que se hace aquí más que en dos cosas: que hay un juez y que hay precintos.

Escribió su propia hora de salida y de vuelta los dos días, copiadas de la libreta de tapas de hule del guardia, porque un dato propio que coincide con un registro ajeno vale el doble.

Y escribió al final del todo, con letra igual de pequeña y sin subrayarlo: Todo lo anterior lo escribo el mismo día y de memoria fresca, y lo firmo con mi nombre entero.

Y lo firmó con su nombre entero, que era la primera vez que lo escribía en aquella isla.

Y escribió, en la última página, con la misma letra pequeña y derecha:

Lunes, cinco de octubre. Dice que entró a las nueve por la galería, que echó petróleo en el escritorio y el resto por encima de la colcha de la cama, que prendió las dos cosas con la misma cerilla y que salió y cerró por fuera.

La cama de don Ramiro Gálvez está en la alcoba de dentro, no ardió y se halló hecha.

El segundo foco fue el diván de crin del despacho.

Estuve en esas dos piezas el miércoles por la mañana y oí describirlas otra vez el domingo por la noche desde el corredor. No la corregí.

Después estuvo un rato quieta con la pluma en la mano.

Dejó secar, sopló la arenilla, pasó el dorso del dedo por el margen para comprobarlo, y cerró el cuaderno.

Se levantó, sacó del fondo del baúl el sobre donde tenía la carta de junio, metió dentro las hojas que había arrancado el sábado, y puso encima el cuaderno de tapas de hule.

Y entonces le quedaban dos cosas que hacer y sólo podía hacer una.

Podía coger aquello, bajar los dos tramos de escalera, empujar la puerta del despacho, donde a aquella hora seguía habiendo luz porque el secretario copiaba su recuento a mano, y ponerlo encima de la mesa.

O podía cerrar el baúl.

Se quedó de rodillas delante del baúl más tiempo del que hacía falta, con las dos manos en el borde de la tapa y sin hacer fuerza en ninguna dirección.

Y lo que la decidió no fue el miedo, y por eso no se lo perdonó después.

Fue una cuenta.

Que si entregaba aquello esta noche, entregaba a su hermana por dos crímenes y por uno que no había cometido, y que un juez no se para a separar.

Y que si esperaba, y encontraba primero a la persona del sobre, entonces el incendio se le caía a Julia de encima antes de que nadie lo escribiera, y su hermana entraba en un juzgado con dos muertos y no con tres.

Que la diferencia entre dos y tres, en un papel firmado por un instructor, es la diferencia entre una condena y otra.

Que eso lo podía conseguir ella sola en un día.

Y que para conseguirlo hacía falta exactamente una cosa: que aquella noche no dijera nada.

Alma bajó la tapa del baúl y le dio la vuelta a la llave.

Se levantó con el cuaderno de tapas de hule todavía en la mano, porque no lo había metido dentro, y fue a la ventana a echar la contraventana antes de acostarse.

Había vuelto a llover a media noche, callado y seguido, y el cristal de la ventana estaba mojado por fuera de arriba abajo.

La mujer del vidrio tenía el cuaderno en la mano igual que ella.

Después lo abrió.

Alma acercó la palmatoria al cristal, que es lo que se hace para quitar un reflejo, y el reflejo no se quitó: se puso más claro, y en el cristal, detrás de la mujer, había una chimenea encendida que en aquel cuarto está apagada desde marzo.

La mujer del vidrio se arrodilló delante de la lumbre y empezó a arrancar hojas.

Las arrancó por el lomo, de dos en dos, sin leerlas y sin darse prisa, y las fue echando, y esperó cada vez a que prendieran antes de echar las siguientes, que es como se quema un cuaderno cuando uno quiere que se queme entero.

Cuando no quedó más que la tapa, la partió por la mitad con las dos manos y echó las dos partes.

Después cerró la trampilla del hogar, se limpió las palmas en la falda, se sentó en el suelo con la espalda en la pared y bajó los hombros.

Estaba descansada. Eso fue lo que Alma vio, y lo vio entero, y era lo único que no se podía inventar.

Se quedó allí con la palmatoria en alto hasta que el agua dejó de correr por el cuadro de abajo y el vidrio se secó por el pie.

Cuando bajó el brazo, la vela se había consumido de lado y le había corrido la cera por los dedos, y la tenía cuajada y tirante entre el pulgar y el índice, encima del corte del sábado.

La despegó con la uña.

Después metió el cuaderno en el baúl, echó la llave otra vez, se lavó los dientes, se soltó el pelo y se acostó, y durmió cinco horas seguidas, que era lo que llevaba seis días sin hacer.