Capítulo 36 · La cama
La cama
El tramo de escala lo montaron a las dos menos cuarto entre Elpidio y el guardia de la terraza, y lo montaron mejor que el sábado porque ya sabían dónde iban los dos tornillos de arriba y no perdieron media hora buscando el punto.
El guardia apuntó la hora de salida en una libreta de tapas de hule.
—Las dos menos cinco.
—Las dos menos cinco.
—Y a las cuatro menos cuarto esto se cae, señorita, me traigan a usted o no me la traigan.
—A las cuatro menos cuarto estoy arriba.
Bajó los doce metros de larguero sin pensar en ellos, que es la única manera de bajar doce metros de larguero, y al llegar a la repisa tardó un momento agarrada con las dos manos esperando a que se le fueran los brazos.
Después dobló la punta por el borde de arena.
La marea estaba en su sitio y el borde estaba ancho, y el paso de los dos tramos malos, donde la arena se estrecha a un palmo y hay que ir de lado con la espalda en la roca, lo hizo esta vez sin pararse.
La roca de aquella punta, hasta la altura de la cadera, está blanca.
No es color de piedra: es sal seca, capa sobre capa, de la que deja el agua cuando se va y el sol la seca antes de que vuelva.
Se raspa con la uña y cae en polvo. Se le mete a una en las costuras de las botas, en el dobladillo, en las uñas y detrás de las orejas, y no se va con una palangana, se va con un baño y en aquella casa no había baño para el servicio.
Alma llegó a la cala con las manos blancas y con sabor a sal en los labios, y llevaba así desde el sábado y ya casi no lo notaba.
Julia estaba fuera, sentada en el poyo de la puerta, cosiendo una bota.
Levantó la cabeza cuando oyó las piedras.
—Has tardado dos días.
—He tenido dos días malos.
—Ya me he enterado.
Alma se paró en seco a cuatro pasos.
—¿De qué te has enterado?
—De que se ha quemado el contable.
Se lo dijo sin dejar la bota, con la lezna todavía en la mano, y se lo dijo mirándola de frente.
Alma se sentó en la piedra de enfrente porque era lo que tenía que hacer con el cuerpo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Se ve el humo, Alma. Desde aquí se ve el tejado del ala este. Anoche a las diez había luz en esa parte de la casa y no era de lámpara, y esta mañana ha bajado un carro por la calzada en cuanto ha abierto, y de aquí a Ruicanto no baja un carro a esa hora de un lunes por gusto.
—Ya.
—Y además —dijo Julia— lo hice yo.
En la cala no se oía más que el agua metiéndose por debajo de las piedras del fondo y volviendo a salir.
—Dímelo entero —dijo Alma.
—¿Para qué?
—Para lo mismo que el sábado. Porque si algún día tengo que decir lo que sé, quiero saberlo bien.
Julia dejó la bota en el suelo y se secó las manos en la falda.
Y lo contó.
Lo contó como contaba ella las cosas, sin adornar y con las horas delante, y lo contó mirando el mar y no a su hermana.
Que había entrado por la galería a las nueve, con la marea alta, que a esa hora la galería está mojada hasta la mitad y hay que ir con las botas en la mano.
Que había subido por la escalera de servicio, que no cruje.
Que llevaba una lata de petróleo de la carbonera, de las que llena el fogonero los domingos.
Que había abierto la puerta con la llave del ama, que estaba donde ha estado siempre.
Que aquel hombre estaba bebido y sentado.
Que le había echado petróleo en el escritorio, encima de los legajos.
—¿Y después?
—Y después en la cama.
Alma no movió ni una mano.
—En la cama —dijo.
—En la cama. Le eché lo que quedaba por encima de la colcha y prendí las dos cosas con la misma cerilla, primero el escritorio y luego la cama, y salí, y cerré por fuera, y me llevé las dos llaves y las tiré al agua desde la galería. Eran las nueve y media.
Julia cogió la bota otra vez.
—Y me quedé abajo, en las piedras, hasta que vi la lumbre por las ventanas.
Y allí, sentada en una piedra con la sal secándosele en las manos, Alma supo que su hermana le estaba mintiendo, y lo supo en un segundo y con una certeza que no le dejaba sitio a nada.
En las habitaciones de don Ramiro Gálvez la cama no ardió.
Lo sabía porque el miércoles había subido ella misma a llevarle uno de los cajones de los libros y había estado dentro cuatro minutos, y aquello eran dos piezas: un despacho con la mesa de nogal, el escritorio del rincón, el brasero y el diván de crin debajo del tragaluz, y detrás de una puerta, al fondo, una alcoba sin ventana con la cama, el lavabo y el armario.
Y el domingo por la noche, desde el corredor, con Cué escribiendo en voz alta, había oído decir tres veces que la alcoba de dentro estaba entera, y la cama hecha, y la ropa del hombre doblada en una silla.
Lo que ardió en aquella habitación, además del escritorio, fue el diván de crin, con el terciopelo del cojín deshecho y el relleno abierto.
De modo que no hubo colcha, ni segunda pieza, ni petróleo encima de una cama.
Y una persona que entra en una habitación con una lata en la mano y echa lo que queda por encima de un mueble se acuerda de qué mueble era.
Había otra cosa, y Alma la pensó después de la cama y la descartó enseguida.
Desde el sábado por la noche había un guardia civil sentado en una silla con un farol delante de la portezuela del corredor técnico, que es por donde se sale de la galería a la casa. Nadie subió por ahí el domingo a las nueve, porque no se puede.
Pero eso Julia no tenía por qué saberlo. Aquel puesto se montó de noche, por orden del juez, después de que Elpidio declarara que la galería no tenía reja, y desde la cala no se ve.
De modo que aquello no valía. Una persona puede contar una entrada que no hizo sin saber que estaba vigilada.
Lo que no puede una persona es echar petróleo encima de un mueble y equivocarse de mueble.
Alma se oyó hablar con la voz de siempre.
—¿A qué hora dices que entraste?
—A las nueve.
—¿Y él estaba despierto?
—Estaba sentado con la botella delante.
—¿Y no contestó?
—Dijo mi nombre —dijo Julia—. Y yo no sabía que se lo supiera.
Aquello estaba bien puesto. Aquello estaba muy bien puesto, y a Alma le dolió que estuviera tan bien puesto, porque quería decir que su hermana llevaba desde por la mañana construyendo el relato.
—¿Y la llave del ama de dónde la sacaste?
—Del clavo del office.
—¿Y cómo sabías cuál era?
Julia levantó la vista por primera vez.
—Alma, yo he vivido nueve meses en esa casa.
—Ya.
—¿A qué viene esto?
—Viene a que anoche me preguntaron dónde estaba yo a las nueve y media y contesté con las horas, y desde entonces se me ha quedado la costumbre.
Julia la miró un rato y volvió a la bota.
Y Alma, mientras la veía meter la lezna en el cuero, tuvo durante un cuarto de hora largo una sensación que después no se pudo quitar de encima, porque fue placer.
Era la única persona del mundo que sabía aquello.
Lo sabía ella y no lo sabía nadie más: ni el juez, ni el secretario, ni el alguacil, ni Gabriel, ni la mujer que tenía delante.
Tenía en la mano una habitación con un mueble y una palabra equivocada, y con eso podía abrir todo lo demás cuando le pareciera, y mientras no lo dijera seguía siendo suyo.
Y por debajo de aquello, sosteniéndolo, había otra cosa más pequeña y más fea, y era que si su hermana no había encendido aquel fuego, entonces su hermana no había matado a tres hombres sino a dos, y dos es menos que tres, y eso, aquella tarde, en aquella cala, le pareció a Alma Roldán una buena noticia.
—¿Y las placas? —dijo Alma.
—¿Qué placas?
—Las de ese archivo. Desde que saliste de esa casa, ¿has tenido alguna en la mano?
Julia dejó la lezna.
—Ni una.
—Te lo pregunto en serio.
—Y yo te contesto en serio. Ni una, ni un sobre, ni una ficha.
—Se levantó, entró en la casa y salió con una caja de madera de las de embalar, la dejó en el suelo y le dio con el pie para volcarla—.
Mira lo que hay aquí dentro y mira el arcón y mira el altillo, y si encuentras un vidrio te lo llevas y me denuncias tú misma.
En la caja había cuerda, dos cuchillos, un candil sin mecha, una lata de galletas con clavos y un ovillo.
—No hace falta.
—Sí que hace falta. —Julia volvió a sentarse—.
Yo lo que hice lo hice con dos llaves de agua y con una lista que me sé de memoria.
No necesito llevarme nada de ahí y no me llevé nada.
Lo que hay en esa habitación tiene que quedarse en esa habitación, porque el día que se discuta, se discute con las piezas dentro y con la casa alrededor.
El día que una placa aparece en el altillo de una cala, deja de ser una prueba y se convierte en un robo.
Alma se quedó mirándola.
Aquello era verdad, y era la clase de verdad que a ella le habría costado media hora explicarle a un juez, y su hermana la había dicho en cuatro frases sentada en un poyo y cosiendo una bota.
Y era, además, exactamente lo contrario de lo que había hecho alguien la noche anterior en aquel archivo.
—¿Y el agua? —dijo Alma—. Lo del jueves. ¿Lo volverías a contar igual?
—Palabra por palabra, porque fue así. —Julia no levantó la vista de la lezna—. ¿Quieres que te diga también las vueltas del volante?
—No.
—Pues no me examines.
Alma se levantó y dio dos pasos hacia el agua.
—Te he traído una pregunta de trabajo.
—Dila.
—Papel. El papel viejo de la casa, el gris, el del principio. ¿Dónde se guardaba?
Julia se quedó pensando.
—En el armario del pasillo de la cocina vieja, el que está tapiado por delante con el aparador. Había resmas sin abrir. Era papel de trapo de una fábrica de Guarnizo y se dejó de comprar porque salía caro y porque se acabó la fábrica.
—¿Y después?
—Después manila, del que venía de Santander en el pedido general, y se cambiaron los números a la vez, porque el ama nueva no sabía la numeración romana y lo dijo delante de todo el mundo.
Alma se volvió.
—¿El ama nueva?
—La que entró a llevar el libro en el noventa y dos.
—Julia se encogió de hombros—. Eso me lo contó Nieves una noche.
Que se armó una discusión en la cocina porque el médico quería seguir con los romanos y la otra dijo que ella los números los escribía como los escribe todo el mundo, y que ganó ella.
Alma siguió con la vista en el agua y no contestó enseguida.
—¿Eso te lo contó Nieves?
—Nieves cuenta todo dos veces y la segunda mejor.
—¿Hay más papel de ese gris en esta casa?
—En el arcón de dentro hay medio pliego que usé yo para envolver algo. Llévatelo si te sirve.
Se lo dio. Era medio pliego de papel de trapo, amarilleado por los dobleces, con la barba del corte y con una campana y dos líneas debajo cuando se le ponía a contraluz.
Alma lo dobló en cuatro y se lo metió por dentro del corpiño, que era donde llevaba las cosas que no quería que se le mojaran.
—Me tengo que ir.
—¿Ya?
—Julia.
—Dime.
—¿Tú sabes lo que le hacen a una persona que confiesa un crimen que no ha cometido?
Julia se estuvo quieta con la bota en la mano.
—¿A qué viene eso?
—A nada. Es una cosa que me contaron en Madrid.
—Cuéntamela.
—Que no le creen lo demás. —Alma se puso el chal—. Que cuando alguien se atribuye una cosa y se demuestra que no fue él, todo lo que ha dicho antes deja de valer, aunque sea verdad y aunque esté probado. Los jueces no se molestan en separar. Es más cómodo tirarlo entero.
Julia se rio, corto.
—Yo no he confesado nada que no haya hecho.
—Ya lo sé.
—Entonces no me lo cuentes.
—No te lo cuento. —Alma se ató el chal—. Te lo dejo aquí.
—A las cuatro menos cuarto quitan la escala y si no estoy arriba me quedo aquí hasta mañana.
Julia se levantó del poyo.
—Alma.
—Dime.
—Lo de fechar las placas.
—Estoy en ello.
—No estás en ello. —Lo dijo sin dureza—. Llevas dos días con otra cosa y se te nota en la cara. Yo te estoy pidiendo un papel firmado que diga que ningún vidrio de ese archivo se hizo después de los hechos que muestra. Eso lo puedes escribir tú y no lo puede escribir nadie más en esta provincia.
—Eso lo puedo escribir yo de cada placa que mida, una por una, y de ninguna otra. Y eso es lo único que te voy a firmar nunca.
—Con eso me vale.
No le valía, y las dos lo sabían, y ninguna de las dos lo dijo.
Alma volvió por el borde de arena con el sol ya bajo y con el agua más cerca de la roca que a la ida, y le tocó pasar los dos tramos malos con el pie derecho mojado hasta el tobillo.
Subió los doce metros a las tres y media y estaba en la terraza a las tres y treinta y cinco.
El guardia apuntó la hora.
—Tres treinta y cinco. Firme usted aquí.
Firmó.
A las cuatro menos cuarto Elpidio y el guardia soltaron los dos tornillos de arriba, levantaron el tramo por el extremo, lo subieron entre los dos por encima del antepecho y lo bajaron por la escalera de servicio hasta la carbonera, donde lo dejaron apoyado en la pared del fondo, detrás del bidón.
Cué lo escribió en el registro: montaje a las dos menos cuarto, desmontaje a las cuatro menos cuarto, segundo y último uso autorizado.
Y con eso, aquella tarde, sin que nadie de aquella casa lo pensara ni un momento, se cerró el único camino por el que se podía bajar a la cala y subir de ella a la luz del día.