Capítulo 35 · El oficio
El oficio
Requejo dio la orden en el pasillo largo, con la puerta del archivo todavía abierta detrás.
—Bedia. El guardia del portón que se venga al ala oeste y que esté a la vista de la habitación de doña Clara mientras haya luz. Que no la encierre, que no la siga por la casa y que no le hable. Que esté a la vista.
—Sí, señor.
—Y usted, señorita, no me ponga esa cara.
—Yo no le he puesto ninguna cara.
—Me la está poniendo ahora. —Requejo se abrochó el abrigo, que seguía abrochado—. Dígalo.
—Ese sobre no prueba nada de nadie.
—Ya me ha dicho usted lo que prueba y lo que no, y lo he escrito, y lo voy a leer dos veces esta noche.
—Se apartó de la puerta—. Y ahora le voy a decir yo una cosa a usted, que lleva seis días diciéndome las mías.
En esta casa hay tres muertos en cinco días.
Anteanoche entró alguien en esa habitación con una llave que no debía existir y dejó dentro una pieza que señala a una persona con nombre y apellido.
Yo no sé si esa persona ha hecho algo. Lo que sé es que alguien ha querido que yo lo crea, y mientras no sepa quién, no me puedo permitir que doña Clara esté cuatro horas sola en un sitio donde no la vea nadie.
Alma estuvo callada un momento.
—Eso es lo que usted dice que está haciendo.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
—Y lo que va a ver esta casa es a un guardia civil sentado delante de la puerta de la única persona de aquí dentro que no ha hecho nada.
Requejo la miró.
—Sí —dijo—. Eso también.
Y se fue a declarar a Gabriel.
Gabriel declaró a las diez en el despacho de su padre, con Cué escribiendo y la puerta cerrada, y tardó una hora y diez minutos.
Alma no estuvo. Se enteró de lo que había dentro porque a las once y media Cué salió al pasillo a buscarla.
—Señorita, el señor juez quiere que vea usted una cosa y que diga si es lo que parece.
En la mesa había un impreso de notaría y una carta.
—Esto es el recibo de depósito y esto el acuse. ¿Los había visto usted antes?
—Los dos. Ayer por la mañana, en esta habitación, encima de este secante, y me los enseñó don Gabriel por su voluntad.
—¿A qué hora?
—Las nueve y poco. Y a las once escribió delante de mí la carta al notario.
—¿Qué carta? —dijo Requejo.
Gabriel estaba sentado con las manos en las rodillas.
—Una carta diciéndole que abra la caja delante de quien diga el juzgado, con acta, y que se relacione pieza por pieza. Salió ayer en el correo de las tres.
—¿Y eso se le ocurrió a usted?
—Eso me lo dictó ella —dijo Gabriel—. Casi entero.
Requejo se volvió hacia Alma sin ninguna expresión.
—¿Usted le dictó a un declarante las condiciones de apertura de un depósito?
—Yo le dije a un particular cómo se abre un lote de material fotográfico sin que se estropee y sin que se discuta después.
—Eso es lo mismo dicho de otra manera.
—Es lo mismo dicho con precisión, que es lo que yo hago.
Requejo tardó un momento mirando el impreso.
—Cué. Oficio a la notaría de Ruicanto de la Mar, a don Aurelio Otaola Zubiría.
Requerimiento de entrega del depósito constituido el dos de octubre por don Gabriel Orive Lastra, para su examen por este juzgado dentro de las diligencias que se siguen.
Que lo remita cerrado y precintado por él mismo, con su sello y con relación del estado del precinto que tiene ahora. Que no lo abra.
—¿Le pongo plazo?
—Le pongo yo el plazo y es mañana. —Requejo miró la ventana—. Que salga el mensajero en cuanto abra la calzada y que vuelva dentro de la ventana. Si no llega, que duerma en Ruicanto y que entre con el carro de mañana. Y que el recibo lo firme el guardia del portón con la hora.
Cué escribió el oficio en veinte minutos y lo leyó en voz alta dos veces, y Requejo cambió una palabra y no cambió más.
Gabriel salió al pasillo mientras lo escribían y se quedó allí, con la espalda en la pared, porque no le habían dicho que se pudiera ir.
—He dicho su nombre —dijo.
—Ya lo he oído.
—Me ha preguntado quién me había aconsejado y yo he dicho la verdad, y en cuanto la he dicho me he dado cuenta de lo que había hecho.
—Ha hecho usted lo que hay que hacer en una declaración.
—La he metido a usted dentro.
—Yo ya estaba dentro desde el jueves por la tarde, cuando fotografié un cadáver sin permiso.
—Alma se apoyó en la pared de enfrente—.
Y esto no es lo mismo. Esto es un renglón que dice que una perita le explicó a un particular cómo se abre un depósito.
Si algún día alguien quiere usarlo contra mí, lo va a usar. Y va a tener razón a medias.
—¿En qué mitad?
—En que yo no soy nadie para decirle a usted cómo se protege.
—Pues es la única persona que lo ha hecho.
—Ya. —Alma miró el suelo—. Eso también lo van a decir.
Gabriel no dijo nada en un rato.
—Alma.
—No aquí.
—Aquí no le voy a decir nada de eso. Le voy a decir otra cosa. —Bajó la voz y la bajó sin acercarse—. Anoche, cuando el juez preguntó dónde estaba cada uno a las nueve y media, usted contestó de carrerilla y con las horas. Y yo la estaba mirando.
—¿Y?
—Y contestó usted como contesta alguien que se lo tenía preparado.
Alma levantó la vista.
—Yo llevo seis días apuntando dónde estoy y a qué hora, porque entré en esta casa el primer día sabiendo que iba a tener que dar cuentas de mí tarde o temprano. Eso no es tenerlo preparado. Eso es tenerlo.
—Ya lo sé —dijo Gabriel—. Se lo digo porque otro se lo va a preguntar peor.
A las doce y cuarenta salió por el portón.
Alma bajó a verlo salir porque tenía la cabeza en otro sitio y porque bajar la cuesta era lo único que se le ocurría hacer con el cuerpo.
La calzada estaba abierta desde las doce y cinco y ya había pasado el carro con don Ramiro, que había salido en cuanto se vio la piedra, con Elpidio en el pescante, y en el ensanche de tierra del otro lado quedaban las rodadas frescas y nada más.
El mensajero era un chaval de Ruicanto con un caballo prestado. El guardia del portón le dio el oficio en un sobre lacrado con el hierro del juzgado, le hizo repetir el nombre del notario dos veces, lo anotó en el registro y le dijo la hora en alto para que se le quedara.
El chaval cruzó al trote corto y se perdió en la revuelta.
Alma miró la calzada mojada con las manos metidas en el chal.
En cuatro días había visto salir de aquella isla una caja atada con cuerda, un sobre lacrado con una campana y dos líneas, un cuerpo tapado con una manta y un oficio dentro de otro sobre, y todos ellos habían salido por la misma lengua de piedra, de uno en uno, entre dos mareas.
Subió por la cuesta y en vez de entrar por el portón dio la vuelta por el patio de servicio, y en el patio de servicio se encontró a Elpidio lavándose los brazos en el pilón, recién vuelto de la calzada.
—¿Ya está?
—Ya está. Lo he llevado hasta el ensanche y allí lo han cogido los de Ruicanto con su carro y sus mantas. Yo me he vuelto andando.
Se secó con un saco.
—Señorita.
—Diga.
—Lo de esta mañana.
—¿Qué de esta mañana?
—Lo de la caldera. —Elpidio dobló el saco y lo colgó del clavo, y lo hizo para no mirarla—. Que usted me ha visto a las siete y media y me ha preguntado que todavía con eso, y yo le he dicho que todavía, y no le he dicho lo otro.
Alma no se movió.
—Dígamelo ahora.
—Yo bajo a la caldera a las seis menos cuarto todos los días y la dejo hecha a las seis y media. Hoy, cuando he bajado, ya estaba encendida y estaba echando un humo negro que no es el de la leña, y había alguien delante.
—¿Quién?
—El ama.
—¿Y qué hacía?
—Estaba metiendo ropa. —Elpidio se quedó con las manos colgando—.
Con el atizador, a trozos, y la iba apretando para abajo.
Yo entré, ella me dijo buenos días y me dijo que era lo de ayer, que apestaba a humo y que no había manera, y se fue.
Y yo me he pasado hora y media atizando eso, porque la lana no arde, la lana se apelmaza y se queda ahí, y si se te queda ahí una cosa así te ahúma la casa entera.
Alma tardó en contestar.
—¿Usted vio qué era?
—Yo vi una manga y vi un trozo de falda, y no le voy a decir a usted que vi un vestido entero porque no lo vi.
—¿Y por qué no me lo ha dicho a las siete y media?
Elpidio se encogió de hombros.
—Porque a las siete y media era ropa quemada.
Alma se apoyó en el pilón con las dos manos.
—Elpidio.
—Diga.
—Va usted a subir conmigo y le va a contar eso al señor secretario tal como me lo ha contado a mí, con las horas, y sin poner ni quitar nada.
—¿Y si me pregunta que si eso es algo?
—Le va a preguntar lo que vio y no lo que es. Y usted conteste sólo a eso.
Lo contó a las doce y veinte, de pie, con la gorra en la mano, y lo recogió Cué entero y le hizo firmar con la cruz y la rúbrica, y no le preguntó qué le parecía, y Elpidio salió al pasillo más tranquilo de lo que había entrado, como sale la gente cuando le han quitado una cosa de encima poniéndola en un papel.
A las doce y media Alma pidió permiso.
Lo pidió en el despacho, de pie, delante de Requejo y con Cué presente, porque había aprendido a no pedir nada en un pasillo.
—Señor juez, necesito bajar otra vez a la cala esta tarde.
Requejo levantó la cabeza.
—¿A qué?
—A lo mismo del sábado. En la casa del guardés hay papel viejo de esta casa, y hay cajas, y hay un armario que no he abierto.
Si en este archivo se han metido a fabricar un sobre, yo quiero saber de dónde sale el papel que se usaba aquí y el que no, y quiero ver si en aquella casa quedó material de la época en que se cambió.
—¿Y eso no me lo puede decir desde aquí?
—Desde aquí le puedo decir lo que hay en este cuarto. Lo que no hay en este cuarto sólo se lo puedo decir si lo busco.
Requejo se quedó mirándola el tiempo justo.
—Elpidio y un guardia le montan la escala a las dos menos cuarto, y a las cuatro menos cuarto la desmontan, con usted arriba o sin usted. El guardia queda en la terraza y le anota la salida y la vuelta. Y va usted sola porque no me sobra nadie, y eso quiere decir que si se cae, se cae.
—Entendido.
—Y una cosa más, señorita. —Requejo le puso un dedo en la copia del recuento—. Esta es la segunda vez que baja usted ahí. Si de esa cala sube alguna vez algo que yo tenga que saber, me lo dice ese mismo día. No al siguiente.
—Sí, señor.
Comieron a la una y comieron de pie los que tenían prisa.
Cué se sentó después con el cuaderno de Alma abierto por el recuento del martes y se puso a copiarlo entero a mano, bloque por bloque, y estuvo en eso toda la tarde, y por la noche le hizo firmar al pie de cada hoja de la copia, y Alma firmó A. Vega siete veces con la V muy cerrada.
Y a la una y media, antes de subir a cambiarse las botas, Alma pasó por el ala oeste.
El guardia estaba sentado en una silla de enea en el corredor, a cinco metros de la puerta de doña Clara, con el tricornio en las rodillas y sin saber dónde poner los ojos.
La puerta estaba abierta.
Clara estaba sentada junto a la ventana con la labor en el regazo y no estaba haciendo nada con ella.
—Señora.
—Pase usted, señorita, que aquí se puede entrar. Lo que no se puede es cerrar.
Alma entró y siguió de pie.
—Yo he abierto ese sobre esta mañana —dijo.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho Nieves, que lo sabe todo antes que el juez.
—Y le he dicho al señor juez, con el secretario escribiendo, que ese sobre no es del ochenta y nueve, que el papel no es de esta casa, que la ficha está mal hecha y que la placa de dentro no puede ser de ese año. Todo eso está escrito y firmado y no lo puede borrar nadie.
Clara la escuchó entera sin interrumpirla.
—¿Y aun así hay un hombre sentado ahí fuera?
—Sí.
—Pues entonces no ha servido.
—Ha servido para que mañana no se pueda decir otra cosa.
—Mañana. —Clara bajó la vista a la labor y la volvió a subir—.
Señorita, yo tengo treinta y ocho años y llevo diecinueve viviendo debajo de la firma de otro.
El viernes pedí por escrito que mi placa no se enseñara y me contestaron por escrito que no me lo podían garantizar.
Hoy resulta que hay otra con mi letra delante y un guardia en mi puerta.
Usted me va a perdonar, pero yo el «mañana» de esta casa ya lo conozco.
Alma no tenía nada que contestar a eso y no contestó.
—¿Puedo hacer algo por usted?
—Sí. —Clara cogió la labor y la puso encima de la mesita, bien puesta, con las agujas metidas y alineadas—. Deje usted de contarme lo que hace.
—Señora...
—No se lo digo con rencor, se lo digo con cansancio.
—Miró por la ventana—. Usted me explicó el viernes de qué está hecha una placa y cómo se rompe y qué queda cuando se rompe, y yo se lo agradecí y me pasé la noche pensando en ello.
Y mire usted lo que ha pasado en cuatro días.
Cuanto menos sepa yo de lo que hay en esa habitación, mejor voy a dormir, y mejor va a ser para usted cuando alguien le pregunte de qué hablábamos las dos.
Alma se quedó un momento más de lo que hacía falta.
Después asintió, salió al corredor y pasó por delante del guardia, que se levantó al verla pasar y se volvió a sentar cuando pasó.