El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 34 · Trescientas once otra vez
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Capítulo 34 · Trescientas once otra vez

Trescientas once otra vez

—Levántelo entero.

—Se me va a partir.

—Pues que se le parta por donde usted sabe y no por donde quiera él.

Bedia lo levantó entero, con la punta del cortaplumas y por debajo, y lo dejó encima de un papel doblado que Cué le puso en la palma.

—Que no se le caiga.

—No se me cae.

Cué lo envolvió, lo metió en un sobre del juzgado, escribió por fuera lo que era, de dónde salía y a qué hora, y lo guardó en la cartera. Después quitó la cinta, la enrolló y la metió en otro sobre, y escribió lo mismo.

Requejo abrió con la llave oficial.

La habitación olía a lo que olía siempre, a polvo de cartón y a humedad vieja, y por debajo, aquella mañana, al humo de toda la casa.

Entraron los cuatro. El guardia joven se quedó en la boca del pasillo.

—Nadie toca nada hasta que ella diga —dijo Requejo—. Señorita, empiece usted.

Alma no empezó por el principio.

Dejó el cuaderno cerrado encima de la mesa de trabajo, cruzó la habitación entera hasta el armario del fondo, el del bloque de la ele, tiró del cajón segundo, pasó los sobres con dos dedos hasta la mitad y sacó uno.

Lo tuvo en la mano el tiempo de leerlo.

Ele, mil novecientos seis, cero veintiuno.

Lo volvió a meter en su sitio, empujó el cajón con la cadera y se volvió hacia los otros tres, que la estaban mirando.

—Ya.

—¿Ya qué? —dijo Requejo.

—Ya podemos contar.

Cué se sentó en la banqueta con la cartera abierta en las rodillas y el tintero en el poyete.

—Señorita, ¿cómo lo quiere hacer?

—Al revés que el sábado. —Alma se quitó el chal y lo dejó en el respaldo—. El sábado contamos por cajones y salió lo que salió. Hoy quiero que lea usted en voz alta mi recuento del martes, bloque por bloque, y yo voy diciendo lo que hay. Si en algún sitio lo que hay no es lo que usted lee, paramos.

—¿Y por qué al revés?

—Porque contar lo que se ve es fácil y engaña. —Alma se puso delante del primer armario—. Si yo cuento los sobres y salen trescientos once, lo que sé es que hay trescientos once sobres. No sé si son los míos.

Requejo se apoyó en el quicio de la ventana con los brazos cruzados.

—Adelante.

Empezaron por la a.

Cué leía con la voz de leer actas, que es una voz sin subidas, y Alma contestaba desde delante del cajón.

—Bloque a. Del treinta y cinco al cincuenta y tres. Diecinueve piezas.

—Diecinueve.

—Bloque be. Del cincuenta y cuatro al setenta y cinco, con un salto en el sesenta y dos. Veintidós.

—Veintidós, y el salto en el sesenta y dos.

Y así durante media hora, que fue el trabajo más aburrido y más limpio que se hizo en aquella casa en toda la semana.

A las nueve y diez Requejo cortó el orden.

—Déjese usted el alfabeto un momento y váyase a la erre.

—¿A la erre entera?

—Al doscientos sesenta y ocho.

Y en la erre pasó lo único que todos esperaban que pasara.

—Bloque erre —leyó Cué—. Del doscientos cuarenta y uno al doscientos ochenta y nueve, cuarenta y nueve piezas. Recuento del sábado: cuarenta y ocho y hueco en el doscientos sesenta y ocho.

—Cuarenta y ocho —dijo Alma, pasando cantos—. Y el hueco.

—¿Sigue?

—Sigue. Doscientos sesenta y siete, y después doscientos sesenta y nueve. Entre los dos, sitio para uno y nada dentro.

—¿Y el sobre?

—Tampoco. Aquí no falta una placa dentro de su sobre: aquí falta el sobre con la placa dentro, y eso es distinto y conviene que lo ponga usted con esas palabras.

Cué lo puso con esas palabras.

A Alma le bajó el pulso a la mitad del primer armario, como le pasaba siempre, porque un recuento es una cosa que se hace con las manos y con una parte muy pequeña de la cabeza, y porque era la primera hora en cinco días en que estaba haciendo exactamente aquello para lo que la habían contratado.

Llegaron a la ce a las nueve y veinte, y la ce es el bloque más antiguo del fondo, el que abre la numeración, el que se hizo el año en que se abrió la sala.

—Bloque ce —leyó Cué—. Del uno al treinta y cuatro. Los once primeros en sobre de trapo gris y con cifra romana; del doce en adelante, manila y cifra corriente. Treinta y cuatro piezas.

—Treinta y cuatro —dijo Alma, con los dedos en los cantos, pasándolos de uno en uno—. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once.

Y allí, en el cajón de la ce, entre el último sobre gris y el primer manila, había un sobre más.

Era manila y estaba derecho, un poco más alto que los otros porque el cartón era más nuevo y no se había vencido todavía, y llevaba escrito a pluma, con letra clara y sin adornos:

C — 1889 — 8

Cué lo leyó en voz alta porque iba leyendo todo lo que veía, y lo leyó tal cual, con el número tal cual.

—Ce, mil ochocientos ochenta y nueve, ocho.

Y siguió, porque estaba leyendo su papel y no el cajón.

—Doce. Trece. Catorce. Quince.

Alma no dijo nada.

Se había parado con la mano dentro del cajón y estaba mirando el sobre de manila sin tocarlo.

—¿Señorita?

—Hay una pieza que no está en su recuento —dijo—. Señor juez, ¿me da usted permiso para sacarla?

—Sáquela. Cué, escriba.

La sacó por los cantos, con las dos manos, y la puso encima de la mesa de trabajo debajo de la claraboya, y estuvo un momento de pie delante sin hacer nada más.

—Diga lo que ve —dijo Requejo—. Sólo lo que ve.

—Sobre de papel manila, cerrado con solapa engomada, sin lacrar.

Medidas de fábrica, de los que se compran hechos.

La solapa está pegada por primera vez: no tiene marca de haberse abierto y vuelto a cerrar.

Inscripción a pluma en tinta negra, con letra de una sola mano, en el orden que usa esta casa: letra, año, número.

—¿Y el papel?

—El papel de esta casa en el ochenta y nueve no era este.

Requejo descruzó los brazos.

—Explíquese.

—Se lo explico con los dos delante y usted lo mira.

Alma volvió al cajón, sacó uno de los grises y lo puso al lado del manila. Después levantó el gris contra la claraboya y lo inclinó hasta que le entró la luz de canto.

—La campana.

Requejo se acercó.

Estaba allí, en el grueso del papel: una campana con dos líneas debajo, la de arriba más corta.

—Los cuarenta y dos primeros de esta casa son así, y se doblaron a mano, y llevan la cifra en romano.

El de manila no tiene filigrana, ni doblez, ni barba, y lleva el ocho escrito como lo escribimos todos.

—Los dejó los dos encima del fieltro—. Esto puede ser de muchas fechas, y de mil ochocientos ochenta y nueve no es.

—¿Y la placa de dentro?

—La placa de dentro es otro asunto y no tiene por qué ser lo mismo.

Requejo miró a Cué.

—¿Lo ha puesto?

—Lo he puesto entero.

—Ábralo usted, señorita, y que lo vean los tres.

Alma cortó la solapa por el canto con la plegadera, de modo que la goma quedara entera y se pudiera ver después, y sacó lo que había dentro.

Había una ficha de cartulina y había una placa.

La ficha estaba escrita con la misma letra y la misma tinta que el sobre y tenía tres renglones, y Cué la cogió con unas pinzas de papel y la puso encima de la mesa para copiarla literal.

—Léala usted en voz alta antes de copiarla —dijo Requejo.

Cué la leyó.

—«Sala de observación. Sujeto de la casa.» Y una raya. Y debajo: «Se conserva por orden.»

—¿Y el nombre?

—No hay nombre.

Alma alargó la mano y Cué le puso la ficha delante sin dársela, sujeta con las pinzas encima de la mesa.

—Saque usted otra —dijo ella—. Cualquiera. La que tenga más cerca.

Cué sacó una del cajón de la a y las puso a la par.

La de la a era una cartulina impresa: el membrete de la casa arriba y debajo tres renglones con el rótulo ya puesto y el hueco en blanco para rellenar a mano. Nombre. Ingreso. Exposición. A la derecha, impreso y sin hueco, Sala de observación . Y al pie, a mano, Indicación: y dos palabras.

La otra era una cartulina lisa escrita entera a pluma.

—Esta casa no escribía fichas —dijo Alma—. Esta casa rellenaba impresos. Trescientos once, todos iguales, con el mismo membrete y con el mismo hueco para el nombre. Y el que hizo este no tenía un impreso en blanco.

—¿Y por qué no lo tenía?

—Porque los impresos los mandó hacer la clínica y la clínica cerró en el noventa y nueve.

Los que sobraron están donde han estado siempre, en la caja de abajo de ese armario, dentro de esta habitación.

—Alma señaló sin acercarse—. Quien entró aquí anoche trajo su ficha ya escrita de fuera.

Sabía cómo se numera, sabía qué papel se usaba en cada época y sabía en qué cajón va la ce.

Y no se le ocurrió que la casa tuviera formulario.

Requejo estuvo pensando aquello un momento.

—¿Y eso a usted qué le dice?

—Que quien lo hizo conocía esta casa entera menos por dentro de este cuarto.

—¿Y lo del nombre?

—Lo del nombre es distinto, señor juez, y es lo peor.

—Alma se apartó un paso—. En este archivo el nombre va escrito en la ficha desde marzo del ochenta y nueve, todas las veces.

El que escribió esa dejó el hueco sin poner.

O no sabía qué nombre poner, o no quiso ponerlo porque le bastaba con la letra del cajón.

Alma cogió la placa por los cantos y la levantó contra la claraboya.

Y la miró el tiempo que se mira una placa, que es más del que parece, y no abrió la boca durante ese tiempo.

Se veía una casa.

Una casa de dos pisos, de noche, tomada desde fuera y desde media distancia, con las ventanas de la planta baja encendidas de una manera que no es la de una lámpara.

El humo salía por el alero de la izquierda y estaba quieto, porque el humo en una placa siempre está quieto.

Y en el primer término, de espaldas, cortada por el encuadre de la cintura para arriba, había una figura de pie, mirando.

No se le veía la cara.

Alma bajó la placa y la puso en la mesa encima de un paño, boca arriba.

Y lo hizo bien, sin que se le cayera y sin que se le fuera la mano, y se apartó dos pasos y se secó las palmas en la falda como si las tuviera mojadas, que no las tenía.

Porque aquello se lo habían contado el sábado, de pie, en una habitación con el suelo de tierra, de memoria y sin tener delante la placa, y hasta la última palabra: alguien de espaldas mirándola arder.

Y detrás de ella había un juez de instrucción esperando a que dijera lo que veía.

—¿Qué es eso? —dijo Requejo.

—Eso es un negativo de vidrio de nueve por doce, de emulsión de gelatina, en buen estado, con una burbuja en el ángulo inferior izquierdo y una pérdida de emulsión en el canto de arriba del tamaño de una uña. —Alma hablaba despacio y se oía hablar—. Y no es del ochenta y nueve.

—Eso dígamelo con lo que lo sabe.

—Se lo digo con tres cosas. El vidrio: este está cortado a máquina y tiene el canto vivo, y los del ochenta y nueve de este archivo están cortados a mano y tienen el canto muerto, y eso se toca con el dedo, mírelo usted.

—Le acercó los dos—. El grueso: los primeros son de vidrio de dos milímetros largos, y este es de los finos que se empezaron a vender después, y eso se pesa en la mano y se comprueba con una galga.

Y la emulsión: la de los primeros años ha envejecido por los bordes y ha cogido un amarillo que se ve contra el blanco, y esta no lo tiene.

Yo le pongo a esta placa mil novecientos cuatro, y le acepto dos años arriba y dos abajo, y no le voy a dar una fecha más apretada porque no se puede.

—¿Y entonces qué tenemos?

—Tenemos un vidrio de una fecha metido en un sobre de otra.

—¿Y eso qué prueba?

—Eso prueba que alguien escribió ese sobre y metió dentro esa placa. —Alma se apartó de la mesa—. Nada más. No prueba quién y no prueba cuándo, aunque de cuándo tengamos una idea bastante buena, porque el sábado contamos trescientas diez piezas delante de usted y hoy hay una más.

Cué alzó la vista del acta.

—Trescientas once.

—Trescientas once.

Y se quedaron los tres un momento callados en aquella habitación, con la placa boca arriba encima del paño y la claraboya dando la única luz que había.

—Señorita, ¿quién puede abrir esa puerta?

—Nadie de los que estamos en esta casa. Las dos las entregó el ama de llaves el sábado por la mañana encima de esa mesa y las tiene el señor secretario en la cartera envueltas en un papel con un número. Yo lo vi y lo apunté con la hora.

—¿Y usted?

—Yo no he tenido nunca llave de esta puerta. Yo he trabajado aquí con el ama detrás o con el alguacil delante.

—Entonces hace falta otra.

—Hace falta otra, y otra no se hace en una noche.

—Alma se apartó de la mesa—. Una llave así la hace un cerrajero de tierra, con la original delante o con un molde de cera, y tarda días.

La que abrió esa puerta anoche existe desde hace años y ha estado en un cajón de esta casa todo este tiempo sin usarse.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—Por el lacre. —Alma señaló la cartera de Cué—.

Quien entró se molestó en volver a sellar.

Si esa llave se hubiera usado alguna vez para entrar y salir, nadie se habría tomado ese trabajo la primera noche que hay un juez en la casa: se habría tomado antes.

Esa llave la tenía alguien para tenerla, y anoche le hizo falta.

Cué tomó nota de aquello y lo escribió despacio.

—Ce —dijo Requejo, y lo dijo despacio—. La ce de esta casa es la de doña Clara.

—La ce de esta casa es la de doña Clara —dijo Cué.

Alma se volvió.

—Señor juez.

—Todavía no he dicho nada, señorita.

—Ya lo ha dicho usted.

Requejo se apartó del quicio de la ventana y se acercó a la mesa, y miró la placa sin agacharse.

—Cué, léame otra vez la ce del ochenta y nueve entera, como está en el cajón y no como está en el papel.

Cué se puso de rodillas delante del cajón con la cartera en el suelo y fue leyendo los cantos uno por uno, en voz alta y despacio, según los iba tocando.

—Ce, mil ochocientos ochenta y nueve, uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Y esta. Ce, mil ochocientos ochenta y nueve, ocho.

Alma estaba de espaldas, guardando la plegadera.

Se quedó con la plegadera en la mano.

Se volvió muy despacio, cruzó la habitación, se arrodilló al lado de Cué sin pedir permiso y le puso la mano encima del brazo para que no siguiera pasando sobres.

—Otra vez.

—¿El qué?

—El octavo.

Cué sacó el octavo sobre gris del cajón y se lo enseñó.

En el papel de trapo, con tinta ferrogálica que llevaba diecinueve años oscureciéndose, y con la barba del pliego doblada a mano, ponía:

C — 1889 — VIII

Alma lo puso al lado del manila, encima de la tabla del cajón abierto, y se apartó para que le diera la luz a los dos a la vez y para que los vieran los tres.

—Señor secretario —dijo—. Escriba usted esto tal cual y no me lo arregle.

—Dígalo.

—En la serie ce del año mil ochocientos ochenta y nueve, el número ocho está dos veces.