Capítulo 33 · La incidencia de las ocho y media
La incidencia de las ocho y media
El lunes amaneció sin lluvia y con el viento caído, y aquello fue lo peor, porque el humo de la noche anterior se quedó dentro de la casa y no tuvo por dónde salir.
Estaba en las cortinas, en las alfombras, en la madera de la escalera y en el pelo de todo el mundo.
Nieves abrió las ventanas del cuerpo sur a las seis y las volvió a cerrar a las siete porque entraba frío y el olor seguía igual.
Rosario lloró otra vez en la cocina, esta vez sin ruido, mientras colaba el café.
A don Ramiro lo habían dejado en el corredor de abajo, tapado, con un guardia sentado en una silla al lado, y allí seguía a las ocho, esperando a que abriera la calzada para bajarlo al carro.
Alma bajó a las siete y media por la escalera de servicio y pasó por delante de la caldera.
Elpidio estaba allí, en cuclillas, con el atizador largo, removiendo un fuego que no le hacía falta a nadie a aquella hora, porque el agua caliente de la casa se hacía a las seis y a las siete ya estaba hecha.
—Buenos días.
—Buenos días, señorita.
—¿Todavía con eso?
—Todavía con esto.
No dijo más y ella no preguntó más, y Alma siguió hacia la cocina, y aquella escena, que duró ocho segundos y que ella no apuntó en ninguna parte, se la iba a devolver aquel hombre entera y con hora el mismo día por la tarde.
En la cocina se desayunó de pie y por turnos.
Teresa repartió el desayuno como todos los días.
Bajó con el libro debajo del brazo, mandó poner el café en dos jarras porque con los guardias no daba una, dijo que hoy no se barría el ala este hasta que lo dijera el juez, mandó a Rosario a la colada y le dijo a Nieves que dejara de abrir ventanas, que el olor se iba solo y el frío no.
Llevaba el vestido gris de diario, el de siempre.
Alma la vio hacerlo desde el rincón del office, con la taza en las manos, y lo que pensó mientras la veía fue que aquella mujer había perdido en cinco días a las tres personas que la habían tenido allí dieciséis años y que seguía diciendo a qué hora se barría el pasillo, y que había gente hecha de esa manera y que a ella le parecía bien.
Eso fue lo que pensó.
Gabriel entró en el office a las ocho menos cuarto con la carta del notario y el recibo en un sobre y el pelo mojado de habérselo peinado con agua.
—A las diez declaro.
—¿Se lo ha dicho el juez?
—Se lo he dicho yo a él anoche, entre dos cubos, y me ha dicho que a las diez. —Se sirvió café y lo bebió de pie—. ¿Sabe lo que es lo más raro de todo esto?
—Dígalo.
—Que llevo desde ayer a mediodía queriendo que llegara este momento, y ahora hay un hombre muerto en el corredor de abajo y a mí lo único que me importa sigue siendo una caja que está a cuatro leguas de aquí. —Dejó la taza—. Eso le dice a usted la clase de persona que soy.
—Eso le dice a usted que lleva catorce meses con una cosa encima y que no se le va a quitar en una noche.
—¿Usted siempre le pone a la gente las cosas más fáciles de lo que son?
—Yo a usted no le he puesto nada fácil todavía.
Gabriel se rio con media boca y salió.
A las ocho y veinticinco Alma subió al pasillo largo, como los dos días anteriores, a ver pasar una revisión que no le devolvía nada.
Desde el sábado por la noche aquella puerta estaba precintada con dos tiras de cinta y un lacre, y desde el sábado por la noche ella no tenía trabajo. Subía igual. Se ponía a seis pasos, con las manos a la espalda, y miraba cómo otro hombre le decía a otro hombre que todo seguía como estaba.
Bedia llegó con el farol y de mal humor, porque llevaba dos horas de caballo encima y porque no había dormido.
Venía de abajo y venía diciéndolo en alto, para que lo oyera quien quisiera oírlo, que era su manera de no tener que repetirlo después.
La puerta de bronce de la sala, íntegra. Lacre, cinta y raya.
La portezuela del corredor técnico, íntegra.
El recinto de los husillos, íntegro.
Se agachó delante del archivo con el farol a ras de suelo y se quedó agachado más tiempo del que hacía falta.
Después se levantó y no dijo lo que había dicho tres veces.
—Señorita, no se mueva usted de ahí y no toque nada.
—No pensaba tocar nada.
—Ya lo sé. Se lo digo por poder ponerlo.
Fue a buscar a Cué al arranque de la escalera y volvió con él en dos minutos, y Alma no se movió de donde la habían dejado, que era desde donde se veía.
Cué subió con la cartera y con las gafas puestas, y Bedia le señaló el herraje con el meñique y no tocó nada.
—Mire la raya.
Cué se agachó.
La raya de lápiz de carpintero que Bedia había trazado el sábado por la noche, a caballo entre el herraje y la madera, seguía allí.
Pero era dos rayas. Había un trozo en el herraje y un trozo en la madera y entre los dos trozos, en la junta, había un hueco limpio del ancho de un dedo, y las dos mitades no estaban en la misma línea: la de la madera iba medio milímetro más alta.
—¿Eso lo ha hecho usted?
—Eso lo he hecho yo entero y de una sola vez, el sábado, detrás de usted, cuando acabó de lacrar. Y cuando yo hago una raya, la hago mal, pero la hago seguida.
Cué se puso de rodillas en el suelo del pasillo, sin importarle el pantalón, y sacó el acta.
—El lacre.
—El lacre está.
—El lacre está, sí. Míreselo usted bien.
Había un sello de lacre encarnado encima de la cinta, entero, redondo, sin grietas.
Cué lo miró de cerca, después lo miró de lado contra el farol, y después sacó del bolsillo de la cartera una de las obleas de repuesto que llevaba siempre, con su sello ya estampado, y puso las dos cosas juntas.
Las dos eran de lacre encarnado.
La suya tenía en el centro el hierro del juzgado, con las letras corridas por el borde y una rebaba en el cuarto inferior derecho que le salía siempre porque el sello estaba desportillado.
La de la puerta tenía en el centro una flor de seis pétalos, de las de sello de escritorio, bien estampada y limpia, y no tenía rebaba ninguna.
Cué no se movió un momento con las dos obleas en la palma.
—Esto no es mío.
—No.
—Esto no es mío y el acta dice que yo sellé esta puerta el sábado a las once y cuarenta y cinco y que el sello llevaba el hierro del juzgado.
—Pues ya tiene usted la incidencia.
Cué puso la incidencia allí mismo, de rodillas, apoyando el pliego en la cartera, y la escribió despacio, por partes, sin adjetivos, porque llevaba veinte años escribiendo cosas así y sabía que aquel papel lo iban a leer con lupa.
Que a las ocho y treinta y cinco del lunes, en presencia del alguacil, se había observado el precinto de la puerta del archivo.
Que la cinta estaba colocada y sin desgarro aparente.
Que el sello de lacre existente no correspondía al del juzgado, y que se describía: círculo de quince milímetros, flor de seis pétalos, sin las marcas del hierro oficial.
Que la marca de lápiz trazada por el alguacil el sábado, descrita en el acta de aquel día, aparecía dividida en dos tramos desalineados.
Que los otros tres precintos de la casa se hallaban conformes.
Firmó, y firmó Bedia debajo.
—Una cosa más —dijo Bedia.
—Diga.
—Póngame que la raya la hice yo por mi cuenta y que no me la mandó nadie. Que si esto acaba en un juicio no quiero que se diga que el juzgado tiene un método secreto. Fue una idea mía de un jueves por la noche y punto.
Cué lo puso.
—¿Y por qué se le ocurrió?
—Porque en Reinosa, hace nueve años, un tabernero me copió un lacre con un duro de plata y una vela y me tuvo tres semanas detrás de un hombre que no era. —Bedia recogió el farol—. Desde entonces hago una raya. Me han llamado tonto en dos juzgados.
Cué se levantó y se sacudió las rodillas.
—Señorita Vega.
—Diga.
—¿Cuándo entró usted ahí por última vez?
—El sábado por la noche, con usted y con el señor juez. Salimos los tres juntos y usted selló delante de mí y se guardó la llave.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces esa puerta no se ha abierto conmigo delante. Llevo dos días subiendo a esta hora a ver si hoy me dejan trabajar.
Cué la miró por encima de las gafas.
—Hoy no la va a dejar trabajar nadie —dijo—. Hoy va a entrar usted a contar.
—¿A contar qué?
—Lo que hay. —Se echó la cartera al costado—. Porque alguien ha abierto esa puerta y la ha vuelto a cerrar, y se ha tomado el trabajo de dejarla como estaba. Y lo ha hecho bien, y se ha equivocado en dos cosas.
—¿En cuáles?
—En el sello, que no es el nuestro. Y en una raya de lápiz que hizo el alguacil por su cuenta y que no le había mandado nadie.
Y bajó a buscar al juez.
Alma se quedó en el pasillo largo hasta que dejó de oírle los pasos.
Y mientras estuvo allí hizo la cuenta que sabía hacer, que es la única que sabía hacer, y la hizo de pie y sin escribirla.
Aquella puerta tenía una llave y de esa llave había dos.
Las dos las había entregado Teresa el sábado por la mañana, encima de la mesa del despacho, delante del juez, y desde el sábado por la noche estaban en la cartera de Cué envueltas en un papel con un número escrito.
Alma lo había visto hacer y lo tenía apuntado con la hora.
De modo que para abrir aquella puerta y volver a cerrarla hacía falta una tercera.
Y una tercera llave no se fabrica en una isla en una noche de lluvia. Existe desde antes. La hizo un cerrajero de tierra, por encargo de alguien de aquella casa, y ese alguien la ha tenido en un cajón todo este tiempo sin decirlo, y la ha tenido sin usarla, que es lo que más dice de una persona.
Lo segundo que pensó fue peor y vino solo.
Lo que hay dentro de esa habitación no le sirve de nada a nadie. Trescientas once placas de vidrio en sus sobres no se venden, no se comen y no se pueden enseñar sin explicar de dónde salen. Nadie fuerza un precinto y se pasa después media hora rehaciéndolo por llevarse eso.
Se entra ahí para quitar una cosa que señala.
O para dejarla.
Aquello no le dio miedo y no le dio alivio, y lo que le dio, en una casa que llevaba cinco días dándole una cosa detrás de otra, fue trabajo: alguien había entrado en una habitación que ella tenía inventariada pieza por pieza, y ella era la única persona de aquella isla que podía decir qué faltaba y qué sobraba.
Bajó a por el cuaderno.
En el despacho, Requejo estaba de pie delante de la mesa con el acta de la incidencia en la mano y con el abrigo puesto, y la leyó dos veces sin sentarse.
—¿Usted el sábado selló las cuatro?
—Las cuatro.
—¿Con el mismo hierro?
—Con el único que llevo.
—¿Y usted? —Se giró hacia Bedia—. ¿Cuántas veces mira usted esas puertas?
—Una, señor juez. A las ocho y media, que es lo que se me mandó.
—¿Ayer a las ocho y media estaban las cuatro conformes?
—Las cuatro. Con lluvia y con un paraguas que no me tapaba, pero conformes.
—¿Y en todo el día de ayer nadie volvió a mirar esa puerta?
Bedia calló.
—Nadie —dijo—. Ni yo. Ayer a la hora de la cena estaba pasando cubos y a las once y cuarenta salí a caballo a Ruicanto y volví a las dos y media con el médico. No voy a decir que subí, porque no subí.
—Póngalo usted así, que no subió —dijo Requejo—. Póngalo con esas palabras y con la razón.
—Ya está puesto —dijo Cué.
Requejo se puso a mirar la ventana un momento.
—Entonces esa puerta ha estado sin mirar veinticuatro horas justas.
—Sí.
—Y la mitad de ellas con esta casa cerrada por la marea y con todo el mundo dentro.
—Sí.
—Bien. —Se abrochó el abrigo, que ya estaba abrochado—. Señorita Vega, ¿cuánto tarda usted en decirme si en esa habitación falta o sobra algo?
—Depende de lo que haya pasado ahí dentro. Si han movido una placa de sitio, mucho. Si han sacado o metido una pieza entera, poco.
—¿Cuánto es poco?
—Media hora, si el señor secretario me lee el recuento y yo voy contando los sobres.
—¿Usted tiene un recuento?
—Yo tengo dos. —Alma puso el cuaderno encima de la mesa y lo abrió por donde tocaba—. El mío, del martes de la semana pasada, hecho pieza por pieza y por bloques. Y el del señor secretario, del sábado, que es el que hicimos los dos delante de usted y que dio trescientas diez y un hueco.
Requejo miró el cuaderno y no lo tocó.
—Cué, copie usted eso antes de que entremos. Entero. Y que lo firme ella al pie de la copia.
—Eso son dos horas de pluma, señor juez.
—Pues las hace usted esta tarde y me copia ahora los bloques que hagan falta. —Requejo cogió el farol de encima de la mesa—. No quiero entrar ahí con un cuaderno particular que después me discuta cualquiera. A las nueve arriba todo el mundo.
Y a las nueve estaban arriba todos: Requejo, Cué con la cartera y el tintero, Bedia con el farol, Alma con el cuaderno, y el guardia joven en la boca del pasillo largo con orden de no dejar pasar a nadie de la casa.
Teresa subió a las nueve menos cinco con dos velas de repuesto, las dejó en el suelo al lado de la puerta sin que nadie se las hubiera pedido, dijo que si hacía falta agua la pidieran, y se fue por donde había venido.