El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 32 · Las dos llaves
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Capítulo 32 · Las dos llaves

Las dos llaves

Lo primero que hizo Requejo, con la habitación todavía echando humo, fue mandar que nadie volviera a entrar y poner a un guardia en el corredor.

Lo segundo fue preguntar por las llaves.

—De esta puerta hay dos —dijo Nieves, y lo dijo con el llavero abierto en la palma—. La de él, que se la dejé yo el miércoles en la repisa de la entrada. Y la de la casa, que iba en este aro, entre esta y esta.

—¿Y dónde está?

—No está.

—¿Desde cuándo?

Nieves estuvo mirando el hueco del aro.

—Yo el llavero lo abro treinta veces al día y no las cuento.

—¿Cuándo lo vio usted por última vez con esa llave puesta?

—No lo sé, señor. No lo sé y no se lo voy a inventar.

Cué lo escribió así, con esas palabras.

—¿Quién ha tenido ese llavero en la mano esta semana?

—Yo.

—¿Nadie más?

—Yo lo dejo en el clavo del office cuando friego y cuando me acuesto, y el office no tiene puerta.

—¿Y por la noche?

—Por la noche está en el clavo del office hasta las seis de la mañana.

Requejo se giró hacia Teresa.

—¿Usted no lleva llaves?

—Yo llevo las mías. —Teresa las sacó del bolsillo del delantal y las puso encima de la consola, extendidas, sin que nadie se lo pidiera—. Despensa, ropero, bodega, alacena del office y las dos del armario de la ropa blanca. Cuéntelas usted.

Requejo las contó.

—Seis.

—Seis.

—Usted ha dicho cinco antes de ponerlas.

—Yo no he dicho ningún número, señor juez. —Teresa no movió la mano—. Las he nombrado.

Requejo la miró un segundo más de la cuenta, le dijo a Cué que las relacionara una por una con su destino y siguió.

La otra tampoco apareció.

La buscaron en la repisa de la entrada, donde Nieves la había dejado el miércoles, y no estaba, y Rosario declaró que a las ocho, cuando subió con la bandeja, la puerta del despacho estaba entornada y don Ramiro estaba dentro, y que no se fijó en la repisa al pasar porque nadie se fija en una repisa.

La buscaron en el bolsillo de la chaqueta que don Ramiro tenía puesta, y en el chaleco, y en los dos del pantalón, y encima de la mesa de nogal, y en los cajones, y en el plato de la manzana, y en el suelo del despacho debajo del agua sucia, palmo a palmo y con un candil a ras de tabla, y a las once y media Cué escribió que no se había hallado.

—Dos llaves —dijo Requejo, de pie en el corredor—. Una puerta con bocallave por las dos caras. Un hombre dentro. Y las dos llaves fuera de esta casa o dentro de un bolsillo que no hemos encontrado.

Nadie contestó a eso.

A las once y cuarenta abrió la calzada y Bedia salió a caballo a Ruicanto a buscar a Malla y a mandar el aviso a Torrelavega, y volvió a las dos y media de la madrugada con el médico y con dos guardias más.

Malla estuvo en el corredor con el cuerpo veinte minutos, a la luz de dos faroles, y después subió a la habitación y estuvo dentro tres cuartos de hora con un pañuelo en la cara.

Cuando bajó, dijo tres cosas y dijo que ninguna era definitiva.

Que aquel hombre no tenía quemaduras. Ni en las manos, ni en la cara, ni en la ropa, más que un chamuscado en la punta de un zapato que no significaba nada.

Que lo que tenía en la cara y en las manos era hollín, y que el hollín estaba también en la boca y en la nariz y más abajo, donde se respira, y que eso no se pone después.

Y que un hombre que muere en un incendio a cuatro metros del fuego y a un paso de la puerta, sin una sola quemadura y con hollín dentro, es un hombre que se ha ahogado de humo antes de llegar a la puerta.

—¿Y por qué no llegó? —dijo Gabriel.

—Eso no me lo pregunte a mí.

—Se lo pregunto a usted porque es el único que lo ha mirado.

—Pues le digo lo que puedo decirle y es poco.

—Malla se guardó las gafas—. Un hombre que ha bebido, en una habitación con dos focos y con el aire quieto, se cae antes de lo que usted se cree.

Y si se cae de rodillas a dos pasos de la puerta y la puerta no se abre, ya no se levanta.

Cuánto había bebido se lo diré en Torrelavega y no antes.

Requejo, Cué y Elpidio entraron a las tres de la madrugada con la habitación ya fría.

Alma no entró, porque no la dejaron, y lo que supo lo supo de oírlo en el corredor mientras lo iban diciendo en voz alta para que Cué lo escribiera.

Que había dos focos separados, uno en el escritorio del rincón y otro en el diván de debajo del tragaluz, y que entre los dos no había nada quemado: ni la alfombra, ni el zócalo, ni la pata de la mesa que quedaba justo en medio.

Que en el escritorio lo que había ardido eran legajos y dos tomos encuadernados de los antiguos, y que de los tomos quedaban los cartones y el lomo, y que del lomo se leía todavía, en la etiqueta medio quemada, una fecha que empezaba por ochenta y nueve.

Que los tres tomos que don Ramiro había bajado al salón a mediodía seguían encima de la mesa camilla del salón, intactos, y que eran de los años nuevos.

Que el quinqué de la habitación estaba en su sitio, encima de la mesa de nogal, con el tubo puesto y apagado y frío, y que el depósito estaba vacío y seco por dentro.

Cuando Cué leyó en voz alta aquello último, Alma, que estaba de pie en el corredor con la espalda en la pared, alzó la vista.

Un depósito vacío está vacío. Un depósito seco es otra cosa, porque el petróleo no se evapora en una noche y deja siempre un fondo grasiento que se toca con el dedo. Aquel se lo habían vaciado y lo habían dejado boca abajo el tiempo suficiente.

Calló, porque nadie le había preguntado y porque Requejo lo dijo tres minutos después con otras palabras.

Que la botella de anís estaba en el suelo junto a la pata de la mesa, volcada y sin romper, y con líquido dentro.

Que el tragaluz estaba cerrado, con el hierro empotrado en la fábrica, con la hoja soldada de pintura vieja, y que no se abría ni se había abierto nunca.

Y que la alcoba de dentro no tenía ventana ninguna y estaba entera, con la cama hecha y con la ropa del hombre doblada en una silla.

Cuando terminaron de decirlo, Requejo salió al corredor, se limpió las manos en un paño que le dio Nieves y se quedó un momento mirando la puerta reventada.

—¿Alguien ha oído algo esta noche?

Nadie.

—¿Nadie ha subido a este corredor desde las ocho?

Rosario había subido a las ocho con la botella. Nieves había pasado por el pasillo del cuerpo sur a las nueve y cuarenta y cinco, que es cuando olió el petróleo. Nadie más, y nadie que dijera lo contrario.

—¿Y por la escalera de servicio?

—Por la escalera de servicio se sube al ala este igual que por la principal —dijo Elpidio—. Y no cruje.

—¿Dónde estaban ustedes a las nueve y media?

Los fueron diciendo, uno por uno, y Cué lo fue escribiendo con el nombre delante.

Alma en el cuarto oscuro hasta las nueve y veinte y después subiendo a su cuarto por la escalera de servicio.

Gabriel en el salón con un libro que no estaba leyendo.

Doña Clara en su habitación desde las ocho y media.

Nieves apagando lámparas del cuerpo sur, que son once y se tarda.

Rosario en la cocina con los cuellos de los guardias y la plancha.

Elpidio en la carbonera cargando para la mañana.

Teresa dijo que estaba en su cuarto y que se había acostado temprano porque llevaba una semana sin dormir, y lo dijo en el corredor, delante de todos, con la misma voz con la que ordenaba los horarios.

—¿Y no oyó usted el grito del ama?

—Lo oí y bajé, y cuando bajé ya estaban ustedes en la puerta. Bajé con el chal encima del camisón y así estuve dos horas repartiendo cubos. Pregúnteselo a cualquiera.

Nadie la contradijo, porque nadie podía, porque en aquella casa, a las nueve y media de un domingo con lluvia, cada uno estaba donde estaba y solo.

Alma subió a su cuarto a las cuatro de la madrugada y no se acostó.

Se sentó en el canto de la cama con el chal puesto y las manos todavía negras del cubo, y estuvo así hasta que empezó a entrar luz por la rendija de la contraventana.

No pensó en Teresa.

Esa fue la parte que después no se perdonó, y no se la perdonó porque no tenía excusa técnica: tenía delante una casa cerrada por la marea desde las cuatro menos cuarto de la tarde, una puerta con bocallave por las dos caras, dos llaves desaparecidas, un depósito de quinqué vaciado y secado, dos focos en dos paredes distintas con el suelo limpio en medio, y un hombre que aquella misma tarde había anunciado en voz alta, delante de siete personas, que el martes iba a Torrelavega con los libros.

Y lo que tenía en la cabeza, desde el momento en que vio las dos llamas separadas en dos paredes distintas, era una lista dicha en voz alta, de memoria, en una habitación con el suelo de tierra.

Una casa ardiendo por dentro. Se ve la lumbre por las ventanas desde fuera y hay alguien de espaldas mirándola arder.

Eso no se lo había dicho un juez, ni un médico, ni un acta.

Se lo había dicho el sábado por la mañana, de pie, la única persona en el mundo que sabía de memoria lo que había en cada una de aquellas placas, y que había matado a dos hombres para ejecutar dos de ellas, y que se lo había contado con las horas y con los minutos y sin adornar una sola palabra.

A las seis y media bajó a la cocina a por agua caliente, porque en su palangana no le quedaba y porque tenía las manos de un color que no se iba con agua fría.

En la cocina estaba encendida la chapa y no había nadie.

En el lavadero de al lado, con la puerta abierta y una vela encima de la repisa, estaba Rosario, de pie delante de la pila grande, con las mangas subidas hasta arriba y los brazos metidos en agua jabonosa hasta el codo.

—Buenos días, señorita.

—¿Ya está usted con eso?

—Me lo ha bajado el ama a las seis.

Alma se acercó a llenar el jarro y miró la pila al pasar, sin ninguna intención, de la manera en que se mira lo que hace otro.

En el agua había una falda de lana oscura, una blusa, un delantal y un chal, y Rosario estaba frotando la falda contra la tabla con las dos manos y con un jabón de los de casa.

—¿Es de la señora?

—Es lo de ayer. —Rosario sacó la falda, la escurrió retorciéndola y la volvió a meter—. Dice que apesta a humo y que no se lo puede poner nadie así.

—¿Y lo demás de la casa?

—Lo demás se lava el jueves, que es cuando toca. Esto es aparte.

Alma se quedó con el jarro en la mano y el agua caliente calentándole por dentro los dedos.

—¿Se lo ha bajado ella o lo ha recogido usted?

—Me lo ha bajado ella. En un cesto.

—¿Y le ha dicho algo más?

—Que no lo dejara en remojo, que lo frotara ya. —Rosario levantó la cara, contenta de que alguien le hablara a las seis y media de la mañana—. Yo le he dicho que en remojo sale mejor lo del humo, que es lo que dice Nieves, y me ha dicho que ya, pero que lo frotara.

—Ya.

Alma subió a su cuarto con el jarro, se lavó las manos, se puso ropa seca y se sentó un minuto con el cuaderno encima de las rodillas.

Escribió una línea, con la fecha y la hora, y la escribió sin saber para qué la escribía:

Domingo, ropa del ama al lavadero a las seis. Falda, blusa, delantal, chal. Frotada en caliente, no en remojo.

Cerró el cuaderno y salió al rellano.

Gabriel estaba sentado en el escalón, con la ropa de la noche anterior, negro hasta los codos y con una quemadura de sábana en el antebrazo que no se había mirado todavía.

—No se ha acostado.

—Usted tampoco.

Se hizo a un lado y Alma se sentó en el mismo escalón, porque las piernas llevaban tres horas pidiéndolo.

Estuvieron un rato callados. Abajo, en la cocina, alguien encendió la lumbre y se oyó el hierro de la chapa.

—Han sido los tres —dijo Gabriel.

—¿Cómo?

—Mi padre, Baeza y él. En cinco días. —Tenía los codos en las rodillas y hablaba hacia el suelo—.

Ayer a mediodía ese hombre dijo delante de todo el mundo que el martes iba a un juzgado con quince años de cuentas de esta casa.

Y anoche a las nueve y media alguien le cerró la puerta por fuera y le encendió dos fuegos.

—Sí.

—Alma. —Se volvió—. Esto no lo ha hecho nadie de fuera. La calzada estaba cerrada desde las cuatro menos cuarto.

—Hay otra manera de entrar.

—Por una galería que lleva un hombre sentado con un farol delante desde el sábado por la noche.

—Gabriel se pasó las dos manos por la cara y se las dejó puestas un momento—.

Y aunque no lo llevara. Quien entrara por ahí tendría que subir dos pisos, cruzar la casa entera de punta a punta con una lata de petróleo y volver a salir por el mismo sitio, con nueve personas despiertas repartidas por el camino.

—Sí.

—Lo que le quiero decir es que lo ha hecho alguien que estaba durmiendo anoche debajo de este tejado. Y en esta casa anoche dormíamos ocho de los nuestros y yo soy uno de ellos.

—Lo sé.

—Y usted es otra.

—Lo sé.

Y allí, sentada en un escalón a las siete de la mañana al lado de un hombre al que había besado el día anterior, con las manos negras y sin haber dormido, Alma tuvo la frase entera en la boca.

Hay una mujer viva en la casa del guardés. Es mi hermana. Mató a los otros dos y me lo dijo ayer, y me contó de memoria que en ese archivo hay una placa que muestra una casa ardiendo por dentro.

Cuarenta palabras.

Se las dijo por dentro una vez, para oírlas, y en cuanto las oyó supo lo que pasaba después de decirlas: cuatro hombres bajando a la cala en cuanto la marea lo permitiera, un farol, una casa de dos cuerpos con el tejado partido, y su hermana esposada en un carro camino de Torrelavega antes de la noche.

Y ella se quedaría en aquella casa, con su cuaderno, sin poder volver a bajar a aquella cala, sin poder volver a preguntarle nada, sin volver a verla más que a través de una reja y con un funcionario delante apuntando.

Eso fue lo que pensó.

No pensó en Ramiro Gálvez, que llevaba cuatro horas tapado con una manta en el corredor de abajo.

—¿Usted se va a quedar? —dijo Gabriel.

—¿Cómo?

—Cuando abra la calzada esta mañana. El juez va a dejar salir a quien quiera salir, y usted vino por una obra y la obra está en una habitación precintada. Puede coger el carro de las once y estar en Torrelavega a la hora de comer y nadie le va a poner una mano encima.

Alma miró la escalera de abajo, que estaba llena de huellas negras de ida y vuelta.

—No he dormido nada —dijo—. Voy a lavarme.

Se levantó y subió el tramo de escalera, y a mitad de tramo se agarró al pasamanos con las dos manos y se estuvo quieta un momento, y siguió.