Capítulo 31 · Nueve y media
Nueve y media
Rosario subió la botella a las ocho y bajó a los cinco minutos con la bandeja vacía.
—¿Le ha dicho algo?
—Que gracias. Y que no le suban la cena, que no quiere.
Nieves levantó la cabeza de la pila.
—¿Sin cenar?
—Eso ha dicho.
—Pues llévale un poco de caldo dentro de media hora, que un hombre no aguanta un anís en ayunas.
—Dice que no abre.
—Pues lo dejas en el suelo.
Rosario no llegó a llevarlo, porque a las ocho y media Nieves la mandó a planchar los cuellos de los guardias y porque en aquella casa, aquella semana, las cosas que se mandaban a media voz en una cocina se olvidaban a la media hora.
Alma se metió en el cuarto oscuro a las ocho y cuarto y estuvo allí hasta las nueve y veinte.
Puso las catorce placas en sus sobres nuevos, uno por uno, con la anotación a lápiz en el ángulo superior derecho y la fecha del día, y las dejó de canto en la caja de transporte con los listones puestos.
Después limpió la pila, tiró el agua, colgó los paños y bajó la mecha del quinqué hasta dejar la campana roja encendida al mínimo, que era como se dejaba siempre por si había que entrar de noche.
La habitación se quedó con aquella luz, que de tan poca ya no alumbraba nada y sólo se veía a sí misma.
Subió con el chal puesto y sin lámpara, porque la escalera de servicio se la sabía.
Lo primero fue el olor y lo notó Nieves.
Estaba en el pasillo del cuerpo sur a las nueve y cuarenta y cinco, apagando lámparas, y se paró en mitad del pasillo con el candelero en la mano y no se movió y dijo, en voz alta y a nadie:
—Aquí huele a petróleo.
Alma estaba en el rellano de la escalera, de camino a su cuarto.
—¿Dónde?
—Aquí no. En alguna parte. —Nieves levantó la cara y olfateó de la manera en que huelen las mujeres que llevan cuarenta años en una casa—. A petróleo y a otra cosa.
Echó a andar hacia el este.
Alma fue detrás.
La otra cosa era humo, y el humo estaba en el corredor corto del ala este, y en el corredor corto del ala este, al fondo, pasada la vuelta, por debajo de la única puerta, salía una línea gris que subía pegada al marco y se doblaba por arriba contra el techo y se venía hacia ellas por lo alto, despacio, como se viene el humo cuando todavía tiene sitio.
Nieves gritó.
Gritó una sola palabra y la gritó hacia atrás, hacia la casa, y aquel grito se oyó en la cocina, en el salón y en el despacho, y lo que se oyó después, durante los diez minutos siguientes, fue una casa entera corriendo por una escalera.
Alma llegó a la puerta la primera.
Le puso la palma abierta encima, a la altura del pecho, y la quitó enseguida. La madera estaba caliente. Le puso el dorso de los dedos más arriba, a la altura de la cara, y allí quemaba, y el pomo quemaba más que nada y tuvo que soltarlo.
—¡Don Ramiro!
Golpeó con las dos manos.
—¡Don Ramiro!
Dentro no se oía nada. Nada de nada: ni una voz, ni un mueble, ni el ruido que hace la gente. Lo único que se oía era el fuego, que a través de una puerta cerrada no suena a llama sino a viento, a un viento continuo y sordo dentro de una habitación.
—¡Don Ramiro, conteste!
Llegó Gabriel por el pasillo en dos zancadas, sin chaqueta.
—¡Apártese!
Cogió el pomo con el faldón de la camisa y lo hizo girar, y el pomo giró entero y libre y la puerta no se movió.
—Está cerrada.
—¡Con llave!
—Con llave.
Gabriel echó el hombro dos veces y aquello ni se enteró, porque era una puerta de nogal de dos pulgadas en un marco de la misma madera y porque la cerradura tenía bocallave por las dos caras y el pestillo entero metido en el cajón.
—¡La llave! —gritó Alma hacia el pasillo—. ¡Nieves, la otra llave!
Nieves llegó con el llavero de la casa en la mano y las dos se pusieron a buscar bajo la luz de un candelero mientras Gabriel seguía dando con el hombro, y pasaron todas las llaves del manojo, una por una, empezando por las que tenían el paletón de aquel tamaño, y ninguna era.
—Estaba aquí.
—Pruebe otra vez.
—Que estaba aquí. —Nieves lo tenía abierto en la palma y le temblaba la mano y no era del miedo—. La de esta puerta estaba en este llavero. Yo la puse el miércoles cuando le dejé la suya a él en la repisa de la entrada. Estaba aquí, entre esta y esta.
Entre aquella y aquella, en el aro, había un hueco.
Alma miró el hueco un segundo y aquel segundo se lo iba a cobrar después durante mucho tiempo, porque lo que hizo con él fue seguir buscando en el manojo.
Llegó Elpidio por la escalera de servicio con una palanqueta de hierro de tres pies al hombro y con Requejo detrás, y detrás Cué, y detrás los dos guardias.
—Atrás todo el mundo.
—Está cerrada con llave y falta la del ama —dijo Alma.
—¿Está seguro de que hay alguien dentro? —dijo Requejo.
—Subió a las ocho y no ha bajado —dijo Rosario desde el fondo del pasillo, y lo dijo llorando—. Le subí yo el anís y no ha bajado.
—¿Y el tragaluz?
—El tragaluz es de hierro y no se abre —dijo Elpidio—. Está empotrado en la fábrica desde que se hizo la casa.
—¿Por fuera hay manera?
—Por fuera hay doce metros de pared y una hiedra.
—Pues la puerta.
Elpidio metió la palanqueta entre la hoja y la jamba, a la altura de la cerradura, y empezó.
Tardaron cuatro minutos.
Fueron cuatro minutos de hierro contra madera, con Gabriel empujando por arriba con las dos manos y el hombro y Elpidio haciendo palanca por el medio y apoyando el pie en el zócalo, y con el marco soltando astillas largas y blancas cada vez que cedía un poco, y con la línea gris de debajo de la puerta haciéndose más ancha y más oscura y bajando ya hasta la altura de las rodillas.
Alma los tuvo todo el rato detrás, contando sin querer.
En el minuto tercero el humo dejó de subir pegado al marco y empezó a salir a bocanadas cortas, hacia fuera y hacia dentro, hacia fuera y hacia dentro, y aquello lo vio ella y no supo lo que significaba.
Cuando el cajón de la cerradura salió de su caja, la puerta se abrió hacia dentro de golpe.
Y lo que pasó entonces fue lo que pasa, que es que el fuego, que llevaba media hora comiéndose el aire que tenía, recibió de pronto el de un pasillo entero y se lo tragó de una vez.
Salió una bocanada por encima de las cabezas y todo el mundo se echó atrás, y a Alma le dio en la cara un calor seco que le cerró los ojos solos, y se le quedó en la boca un sabor a petróleo y a lana quemada que le duró tres días.
Cuando los volvió a abrir tenía delante la habitación.
Ardían dos sitios.
Ardía el escritorio del rincón, con los legajos encima, con una llama alta y limpia que subía derecha y ya lamía la viga y le había levantado la pintura al techo en una mancha redonda.
Y ardía, a cuatro metros de allí, contra la pared de enfrente, el diván de crin de debajo del tragaluz, con el terciopelo del cojín deshecho y el relleno abierto, y aquello no daba llama sino humo, un humo denso y pardo que subía a plomo y se quedaba pegado al techo.
Entre las dos cosas, el suelo estaba limpio.
Don Ramiro Gálvez estaba en el suelo del despacho, de costado, a un paso escaso de la puerta, con un brazo estirado hacia delante y la mano abierta.
No estaba quemado.
Lo sacaron entre Gabriel y Elpidio arrastrándolo por debajo de los brazos, y lo tumbaron en el corredor, y Requejo se arrodilló y le puso los dedos en el cuello y se los tuvo puestos un buen rato, y después se los quitó.
Después se levantó.
—A apagarlo. Todo el mundo. Cubos de la cocina y del pozo, y el de la colada, y sábanas mojadas para la viga. Bedia, usted a la puerta y no entra nadie que no lleve un cubo en la mano. Y que nadie toque nada de dentro que no esté ardiendo.
Tardaron veinte minutos.
Vino todo el mundo. Nieves, que llevaba setenta y tres años y subió la escalera de servicio siete veces; Rosario, que dejó de llorar en cuanto le pusieron un cubo en la mano; los dos guardias; Cué con las mangas subidas y sin gafas; Gabriel, que entró a la habitación tres veces con una sábana mojada en la cabeza y a la tercera tuvo que salir a cuatro patas; Elpidio, que sabía dónde estaba cada grifo de la casa y organizó el agua sin decir una palabra.
Se hizo una cadena por la escalera de servicio desde la cocina, y en el descansillo, en el nudo de la cadena, donde se juntaban los que subían llenos y los que bajaban vacíos, estaba Teresa.
No subió un solo escalón.
Se quedó abajo, en el arranque, con la falda recogida, repartiendo: tú por la izquierda, tú por la derecha, ese cubo al ama, no me lo llenéis tanto que se pierde la mitad en la escalera, el de la colada por delante que es el que sirve.
Lo hizo bien y lo hizo durante veinte minutos seguidos, con la misma voz con la que repartía la ropa los domingos, y gracias a eso el agua llegó arriba de tres en tres y no de uno en uno.
Alma estuvo todo el tiempo en el corredor, en el último puesto de la cadena, pasando cubos con las dos manos hasta que dejó de sentirlas y hasta que se le abrió la piel entre el pulgar y el índice de la mano derecha con el asa de zinc.
El de los legajos se apagó en cinco minutos y dejó una masa negra encima del escritorio.
El diván costó lo suyo, porque el crin arde por dentro y no se ve, y hubo que sacarlo al corredor con dos horquillas del fuego y volcarle encima el cubo grande de la colada, y todavía siguió humeando otro cuarto de hora arrimado a la pared.
Requejo se acercó al diván sacado, se agachó y estuvo un rato oliendo el relleno abierto.
—Señorita Vega.
—Diga.
—Usted trabaja con líquidos. Venga aquí y dígame a qué huele esto y no me diga lo que se figura, dígame a qué huele.
Alma se agachó al otro lado.
—A petróleo de lámpara. —Se levantó—. Y en el escritorio, lo mismo, pero más flojo, porque allí ha ardido papel encima y el papel tapa el olor.
—¿Usted tiene petróleo abajo?
—Yo abajo tengo alcohol, benceno, barniz y un frasco de éter, y los tengo en un armario con llave y la llave la tengo yo. —Se limpió las manos en la falda—. Petróleo no gasto. El quinqué del cuarto oscuro me lo llena Nieves con el de la casa.
—¿Y el de la casa dónde está?
—En la carbonera —dijo Elpidio desde el fondo del corredor—. En un bidón de cinco arrobas con grifo, y al lado el embudo y las latas.
—¿Cerrado?
Elpidio tardó en contestar lo que tarda un hombre que sabe la respuesta y sabe que no le va a gustar a nadie.
—La carbonera no se cierra, señor juez. Nunca se ha cerrado.
A las diez y veinte, Requejo dijo que ya estaba.
Nieves le vio la mano a Alma en el corredor y la bajó al office sin preguntarle, la sentó en una banqueta, le echó agua por encima del corte con un jarro y se lo ató con una tira de hilo que sacó del cajón de los trapos.
—Apriete el puño.
—Me aprieta.
—Tiene que apretar. —Nieves le dio dos vueltas más y ató el nudo por encima—. Y mañana se lo miro yo otra vez, que el zinc deja lo suyo.
Estaba de rodillas en el suelo del office y le temblaban las manos. Le temblaban desde que había visto el hueco del aro y no le habían parado en dos horas.
—Yo esa llave la puse.
—Ya lo sé.
—El miércoles. Con estas dos manos, en ese aro, entre la del ropero viejo y la del cuarto de la plancha. —Se sentó en los talones—. Sesenta y dos años llevo yo en casas y no he perdido una llave nunca.
—No la ha perdido usted.
Nieves levantó la cara.
—Eso no lo diga usted delante de nadie, señorita.
—¿Por qué no?
—Porque en esta casa el que dice una cosa así tiene que decir después de quién la dice. —Se agarró al canto de la mesa y se levantó con trabajo—. Y yo no soy nadie para eso, y usted menos.
Y cuando ya estaba, y con la habitación llena de humo y con dos palmos de agua sucia corriéndose hacia el pasillo, Alma se quedó en el umbral con el último cubo vacío en la mano y miró lo que había.
Dos focos, separados, en dos paredes distintas.
Un tragaluz de hierro empotrado, cerrado, intacto, con el vidrio negro de hollín.
Una alcoba al fondo, sin ventana, con la cama hecha y sin deshacer.
Una puerta reventada con la palanqueta de Elpidio, con el cajón de la cerradura arrancado del marco y colgando, y el pestillo entero fuera, echado.
Y en el suelo del corredor, a dos pasos de ella, un hombre de cuarenta y seis años que aquella tarde le había dicho que el martes por la mañana se presentaba en Torrelavega con sus libros.
Le dolía la mano.
Bajó la vista para mirársela y se miró primero el cubo.
Era un cubo de zinc con un aro de refuerzo y una abolladura grande en el costado, y se lo había dado Rosario en la escalera hacía un cuarto de hora, y era el mismo cubo de la ceniza que llevaba desde el viernes arrimado al zócalo del corredor del ala oeste, apuntado en un acta, esperando a que alguien lo recogiera.