El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 30 · Lo que prueba una fotografía
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Capítulo 30 · Lo que prueba una fotografía

Lo que prueba una fotografía

La casa cerrada por la marea suena distinta, y la diferencia no está en el ruido sino en que se oye el mismo.

A las tres y media, con la calzada ya tapada y con todo el mundo dentro, en Santa Brida no se oía más que el agua: la de la lluvia en los cristales de poniente, que venía a golpes con el viento, y la otra, la de abajo, que en la marea alta entra por la boca del sur y sube por las galerías del roquedo y se para debajo de la casa, y allí hace un ruido hueco y espaciado, cada muchos segundos, que quien no está acostumbrado confunde con una puerta.

Bedia hizo la revisión de la tarde a las cuatro menos diez y la hizo con prisa, porque se le echaba encima la hora de la comida de los guardias y porque a él lo de comer le importaba.

Alma se lo encontró en el corredor del ala oeste, agachado delante del precinto, con el farol en el suelo.

—¿Están?

—Están.

Se levantó apoyándose en la rodilla.

—Mire usted esto, señorita, que usted entiende de mirar.

—Bajó otra vez el farol y le señaló con el meñique un trazo de lápiz en el bronce, a caballo del herraje y la madera, por debajo de la cinta—.

Esto lo puse yo el jueves, cuando cerré esa puerta por primera vez.

El lacre se copia. Esto no se copia, porque para copiarlo hay que saber cómo tiembla mi mano.

Alma se agachó a mirarlo.

Era una raya de lápiz de carpintero, gorda, un poco temblona, con una interrupción en el medio donde el grafito había saltado en el bronce.

—Está entera.

—Está entera desde el viernes, cuatro veces al día. —Bedia recogió el farol—. Y el que me la borre y me la vuelva a pintar, que la pinte igual de mal.

—¿Y si el que lo hace no toca el precinto?

Bedia se quedó parado con el farol a media altura.

—¿Cómo que no lo toca?

—Que entre por otro sitio.

—Señorita, aquí no hay otro sitio. —Se echó el farol al costado y empezó a andar—. Y si lo hubiera, no sería cosa mía, que yo pongo lacre en las puertas que me señalan y las puertas que me señalan son cuatro.

Alma se acordó de aquella conversación a las once y media de aquella misma noche, en un corredor lleno de humo, y se acordó de ella entera y con las palabras exactas, y no le sirvió para nada.

La nota por partidas la empezó a las cuatro y la terminó a las seis.

La hizo en el cuarto oscuro, con el quinqué de campana roja porque a aquella hora y con aquella lluvia ya no había otra luz en la casa que sirviera para escribir sin gastar petróleo de las lámparas de arriba, y la hizo con las catorce placas delante, en el escurridor, de canto y separadas por sus listones.

Las fue cogiendo una por una y las fue mirando por última vez antes de escribir el renglón de cada una.

Nueve tenían la emulsión levantada por un canto, un dedo o dos, en una curva que empezaba siempre en el mismo sitio del vidrio, que era el que había estado más cerca del suelo dentro del cajón.

Tres tenían la superficie picada, con unas manchas redondas y muy juntas, del tamaño de la cabeza de un alfiler.

Dos estaban partidas, una en dos trozos limpios y la otra en tres con una esquirla perdida.

A las partidas les puso la palabra irrecuperable y no le tembló la mano al ponerla, porque un vidrio partido con pérdida de material es un vidrio partido con pérdida de material aunque sea de mil ochocientos noventa.

De las otras doce escribió lo que se podía hacer y lo que iba a costar, y lo escribió sin adornar nada y sin prometer nada: reposición del listón, limpieza en seco, consolidación del canto levantado y sobre nuevo.

Precio de material, precio de jornal, días.

En dos de ellas puso que el resultado era dudoso y explicó por qué en una línea.

Llevaba cinco días haciendo aquello a ratos y era la primera vez que se sentaba a hacerlo entero.

Escribió los catorce renglones seguidos, sin levantar la pluma más que para mojarla, y cuando llegó al último se dio cuenta de que le había bajado el pulso y de que era la única hora del día en la que no le había pasado nada por la cabeza.

Y le salió bien, y fue lo único que aquella semana le había salido entero: catorce renglones, materiales por un lado, jornales por otro, transporte aparte, y al final una nota suelta sobre el canalón del ala oeste con la palabra conservación puesta donde tenía que estar y subrayada una sola vez.

Sopló la tinta, dobló los dos folios por la mitad y subió a llevárselos a las seis y cuarto.

El corredor del ala este estaba a oscuras y olía a humo de chimenea, porque la de las habitaciones de don Ramiro llevaba encendida desde la mañana y el viento del norte le metía el humo hacia dentro cada vez que arreciaba.

Alma dobló la vuelta del corredor y se paró.

La puerta estaba abierta y Teresa estaba saliendo.

Salió sin prisa, con las dos manos vacías, y cerró detrás de sí tirando del pomo con cuidado para que no sonara, apoyándole la otra mano en la hoja para acompañarla, y al volverse se encontró a Alma a seis pasos con dos folios en la mano.

No se sobresaltó.

—Señorita.

—Señora.

—¿Va usted ahí?

—Le traigo una nota que me ha pedido.

—Pues llévesela. —Teresa se ajustó el chal—. Está de mal humor.

—¿Le pasa algo?

—A ese hombre le pasa lo que le pasa a todo el mundo en esta casa desde el jueves, que es que duerme mal y habla de más.

Y pasó por delante de ella y se fue.

Al pasar, Alma notó una cosa, y la notó porque llevaba seis días sin notar absolutamente nada de aquella mujer: que llevaba las dos manos cerradas.

No apretadas. Cerradas. Con los pulgares por dentro, que es como se cierran las manos cuando uno se las cierra sin saberlo.

Alma llamó con los nudillos.

—¿Quién?

—Vega.

—Pase.

Ramiro estaba de pie en el despacho, junto al brasero, con las manos a la espalda y de cara a la pared del fondo, la del tragaluz. No se volvió hasta que ella entró del todo.

En la mesa de nogal había dos tomos abiertos y uno cerrado encima de otro, una palmatoria, el tintero destapado y un plato con media manzana empezada y ya parda.

Tenía mala cara. No la del mal humor que había anunciado Teresa: otra.

—Su nota.

—Déjela ahí.

Alma la dejó encima de la mesa, en el único hueco que había, y se quedó de pie.

—¿Le repaso las partidas?

—Mañana.

—Como quiera.

Y ya se iba cuando Ramiro habló.

—Señorita.

—Diga.

—Usted que es del oficio. —Se volvió por fin—. Una fotografía de hace cuatro años, ¿qué prueba?

Alma se quedó con la mano en el marco de la puerta.

—Depende de lo que se quiera probar con ella.

—Pongamos que en esa fotografía se ve una cosa. Una cosa cualquiera. Y pongamos que a mí se me dice que esa cosa la pensé yo.

—Una placa no prueba lo que pensó nadie.

—¿Y lo que hizo?

—Menos todavía.

—Eso lo dice usted muy deprisa.

—Lo digo deprisa porque lo he dicho muchas veces.

—Alma soltó el marco de la puerta y se volvió del todo—.

Se lo voy a explicar despacio y después usted me dice si le sirve.

Una placa de vidrio prueba tres cosas. Que existe un soporte, y el soporte se puede fechar por el corte del vidrio, por el grueso y por cómo ha envejecido la gelatina en los bordes, con un margen de dos o tres años.

Que ese soporte se impresionó, y eso se ve en la emulsión y no se puede fingir sin que se note.

Y que se impresionó con una lente y una cámara determinadas, que dejan su marca en las esquinas igual que un cepillo deja la suya en una pared.

Eso es todo. Lo que no está en la placa es quién había delante, ni cuándo exactamente, ni por qué.

Eso está escrito en el sobre y en la ficha, a mano, con una pluma, por una persona.

Y una persona que escribe a mano puede escribir lo que quiera.

Ramiro la miró un buen rato.

—¿Y si el sobre es antiguo?

—Si el sobre es antiguo, prueba que el sobre es antiguo.

—¿Y si el nombre que hay escrito en el sobre es el mío?

—Prueba que alguien escribió su nombre en un sobre.

—¿Y si la letra es de un muerto?

—Entonces prueba que un muerto escribió su nombre en un sobre.

Ramiro se rio.

Fue una risa corta y de una sola sílaba, y no era una risa de alegría ni de otra cosa: era la risa de un hombre que acaba de oír confirmado por alguien de fuera algo que ya había calculado por su cuenta y que le ha costado diez años calcular.

—Eso mismo le he dicho yo —dijo.

—¿A quién?

—A nadie. —Se volvió otra vez hacia la pared del fondo—. Hablaba solo.

Alma no se movió de donde estaba.

—Don Ramiro.

—Váyase usted a cenar, señorita.

—Si alguien le ha enseñado a usted esta tarde una fotografía, eso hay que decírselo al juez.

—No me ha enseñado nadie nada.

—¿Y se lo han nombrado?

Ramiro tardó en contestar, y cuando contestó lo hizo con la espalda vuelta y con la voz de las cuentas.

—Le voy a decir lo que voy a hacer yo, que es lo único que le puedo decir a usted sin meterla en un lío.

El martes por la mañana me presento en Torrelavega con mis libros y cuento lo mío.

Y si alguien quiere que no lo cuente, ese alguien tenía que haber venido hace cuatro años, cuando yo tenía algo que perder y esta casa tenía a quien firmara.

—Ahora también tiene usted algo que perder.

—Ahora tengo mucho que perder y no tengo nada que temer, que es otra cosa.

—Cogió la nota de la mesa y la dobló sin leerla—.

Hay un muerto en la sala de abajo y otro en el ala oeste y un juez de instrucción durmiendo en el cuarto de invitados.

Una fotografía de hace cuatro años, con dos cadáveres y un juzgado dentro de la casa, no vale el papel del sobre.

Y el que la tenga se ha quedado con un papel en la mano.

Se guardó la nota en el bolsillo.

—Eso se lo he dicho yo esta tarde a quien tenía que oírlo. Con esas palabras.

—Don Ramiro, dígale usted eso mismo al juez esta noche.

—Se lo digo el martes con lo demás.

—El martes es pasado mañana.

—El martes es cuando abre la calzada a una hora decente —dijo Ramiro—. Y ahora hágame el favor y váyase, que voy a cenar aquí y voy a acostarme temprano, que llevo cuatro días durmiendo mal.

—Don Ramiro.

—¿Qué?

—Cierre usted con llave.

Ramiro se volvió, y de golpe pareció un hombre de cuarenta y seis años y no un libro de cuentas.

—Señorita, yo cierro con llave desde el viernes.

Alma salió al corredor y cerró la puerta.

Se quedó un momento en el pasillo a oscuras con la mano todavía en el pomo, y oyó al otro lado el ruido de una llave dando una vuelta y después otra.

Bajó el primer tramo y se paró en el descansillo.

Abajo, por la puerta entornada del despacho de don Álvaro, salía luz de lámpara y se oía a Cué pasar hojas.

Tenía delante dos cosas, y las dos eran de las que ella sabía manejar: una mujer que había salido de aquella habitación cerrando sin ruido y con las manos cerradas, y un hombre que acababa de decirle, sin decírselo, que alguien le había puesto delante una fotografía de hace cuatro años y que él la había mandado a paseo.

Podía bajar los ocho escalones que le quedaban, empujar aquella puerta y contárselo a Requejo en dos minutos.

Bajó cuatro.

Y en el cuarto se paró, porque lo que tendría que contarle, para que sirviera de algo, era que en aquel archivo había placas de hombres y mujeres de la casa, y cómo lo sabía, y desde cuándo, y por qué no lo había dicho el viernes, cuando encontró la de Gabriel, ni el sábado, cuando supo de quién era la que faltaba.

Y de ahí a su nombre había un paso, y del paso a una cala había una hora de camino y cuatro hombres con un farol.

Cué alzó la vista al oír el escalón y miró hacia la escalera por encima de las gafas.

—¿Señorita?

—Nada. Buenas noches.

—Buenas noches.

Bajó a cenar.

Cenaron en el comedor grande porque con la casa cerrada no había otro sitio, y cenaron todos menos Ramiro, y Requejo dijo antes del primer plato, con la servilleta todavía en la mano, cómo quedaba la semana: que él se quedaba hasta el martes, que el lunes a las nueve tomaba declaración a don Gabriel Orive, que el martes por la mañana bajaba con don Ramiro a Torrelavega, y que hasta entonces los precintos seguían donde estaban y nadie tocaba nada.

Nadie protestó y nadie preguntó nada.

Doña Clara comió media sopa y dejó el resto, y en el postre, cuando ya se levantaba Nieves a retirar, dijo desde su sitio, sin mirar a nadie:

—Yo llevo cobrando de esta casa, todos los meses y sin fallar uno, una cantidad que no sé de dónde sale.

Se hizo un silencio corto.

—Señora —dijo Requejo—, eso se lo pregunto yo el martes con el libro delante y no esta noche.

—Se lo digo ahora para que después no diga nadie que me callé.

—Ya está dicho.

Clara dobló la servilleta, se levantó y se fue, y pasó por detrás de la silla de Teresa y no la rozó, y Teresa no levantó la vista del plato.

Alma cenó poco y no habló, y a las ocho, desde el office, con el plato en la mano y de camino a la pila, oyó a Teresa mandar a Rosario que le subiera a don Ramiro la botella de anís de la despensa, que el hombre estaba destemplado y que con esta lluvia no era para menos.