Capítulo 29 · Las condiciones
Las condiciones
A las once y media dejó de llover un rato y el cielo se puso de un gris parejo, sin nubes que se distinguieran unas de otras, que en aquella costa es la manera que tiene el tiempo de avisar de que va a llover más.
Alma lo miró desde la ventana del comedor, mientras recogía sus cosas de la mesa grande, y lo vio también Elpidio desde el patio, que levantó la cara, la bajó y se fue a por leña sin decir nada a nadie.
A las doce menos cuarto bajó Ramiro Gálvez por la escalera del ala este con tres tomos debajo del brazo.
Los llevaba como se lleva algo que pesa y que uno no quiere dejar en el suelo: con el brazo izquierdo por debajo, apretados contra la cadera, y la mano derecha encima del de arriba. Bajó los dos tramos despacio, se paró en el descansillo a cambiarlos de lado, y siguió.
Alma estaba en el umbral del comedor con el cuaderno y lo vio pasar.
Ramiro no la saludó, y no la saludó porque no la vio.
Lo hizo a las doce, en el salón, de pie, con la chimenea encendida detrás.
No convocó a nadie. Esperó a que estuvieran, que es distinto y es más difícil, y a las doce estaban: Requejo con el abrigo puesto porque no se lo quitaba nunca, Cué en una silla con la cartera abierta en las rodillas, Teresa de pie junto a la puerta como quien va a salir, Gabriel en el brazo de un sillón, doña Clara sentada al lado del fuego con la labor en el regazo y Alma en el umbral del comedor porque nadie le había dicho que se fuera.
—Señor juez, ¿me da usted dos minutos?
Requejo levantó la cabeza.
—Tiene usted los que quiera.
Ramiro dejó los tres tomos encima de la mesa camilla, uno al lado de otro, con los lomos hacia fuera.
—Voy a declarar.
Cué sacó el tintero de la cartera, lo puso en el brazo de la silla y empezó a escribir.
—El martes por la mañana, cuando abra la calzada, me voy a Torrelavega y me presento en el juzgado, y llevo conmigo estos tres y los que hagan falta. Se lo digo aquí y delante de todo el mundo para que no parezca después que se me ocurrió camino de la estación.
—¿Declarar sobre qué?
—Sobre el movimiento de fondos de esta casa desde el noventa y tres, que es cuando yo entré, hasta hoy.
Nadie dijo nada.
—Y sobre en concepto de qué entraba ese dinero, y de dónde, y con qué firma.
—Ramiro tenía las dos manos apoyadas en el respaldo de una silla y hablaba como si estuviera leyendo una partida—.
Y sobre las dotaciones de la clínica, que se siguieron cobrando después del noventa y nueve, y por qué se siguieron cobrando, y a nombre de quién.
Alma vio a Teresa desde donde estaba.
Teresa no se movió de la puerta y no cambió la cara, y lo único que hizo fue bajar la mano derecha del picaporte y dejarla al costado.
—Don Ramiro —dijo Requejo—. ¿Usted qué ha sido en esta casa?
—Yo he sido el que llevaba las cuentas.
—¿Y las llevaba bien?
—Las llevaba como me las mandaban llevar, que no es lo mismo, y usted lo sabe igual que yo.
—Ramiro no se alteró—. Le voy a ahorrar la pregunta siguiente.
En quince años hay partidas en estos libros que no resisten una mirada, y las escribí yo, y las cobré yo, y de algunas me llevé una parte.
Eso lo va a ver usted el martes en diez minutos y no hace falta que se lo saque nadie.
Cué levantó la pluma.
—¿Lo dice usted para que conste con esas palabras? —dijo Requejo.
—Con esas palabras y con mi nombre debajo.
—¿Y por qué me lo dice hoy?
—Por dos razones y las dos son mías. —Levantó un dedo—. La primera, que el hombre que me mandaba llevarlas así está muerto desde el jueves y que en esta casa ya no hay nadie que pueda decirme cómo se lleva nada.
—¿Y la segunda?
—La segunda es que un hombre que va y lo cuenta no está en el mismo sitio que un hombre al que se lo encuentran.
—Bajó el dedo—. Yo sé perfectamente lo que me va a costar esto.
Le estoy diciendo que prefiero pagarlo entero y de una vez, con abogado y con fecha, que tenerlo colgando otros quince años.
Requejo se quedó mirándolo un rato con las manos en los bolsillos del abrigo.
—¿Le ha dicho a usted alguien algo esta semana?
Ramiro tardó medio segundo.
—A mí me han dicho muchas cosas esta semana.
—Le pregunto si alguien le ha dicho a usted algo que le haya hecho tomar esta decisión.
—Le contesto que la decisión es mía.
—No es eso lo que le he preguntado.
—Es lo que le voy a contestar.
Cué lo escribió, pregunta y respuesta, y al escribir la respuesta subió una ceja y no despegó los ojos del papel.
—Y le pido a usted una sola cosa, señor juez, y se la pido delante de testigos para que no parezca un trato de pasillo. —Ramiro puso las dos manos encima de los tomos—. Que cuando declare conste que me presenté yo, y que conste la fecha de hoy, que es cuando lo he dicho.
—Eso ya está constando.
—Pues con eso me basta.
Se sentó.
Habló entonces Teresa desde la puerta, y habló con la voz con la que repartía la ropa.
—¿Y los libros del año en curso se quedan en la casa o se los lleva usted el martes?
—Me los llevo yo.
—Es que si se los lleva, aquí no queda con qué pagar a nadie el sábado.
—Pues se paga de memoria una semana, señora, que usted se la sabe.
Teresa no contestó a eso.
Requejo se volvió hacia ella medio cuerpo, sin sacar las manos de los bolsillos.
—¿Usted tiene interés en esos libros?
—Yo tengo interés en que se le pague a Rosario el sábado.
—Ya.
Y aquello fue todo, y duró once minutos, y a Alma le pareció mientras lo oía que estaba asistiendo a una operación de contabilidad hecha con una vida.
Doña Clara habló desde su silla, sin levantar la voz, cuando ya nadie esperaba que hablara nadie.
—¿Y lo mío está en esos libros?
Ramiro se volvió.
—Lo suyo está en todos.
—¿Cuánto?
—Todos los meses desde diciembre del ochenta y nueve, señora. Sin fallar uno. —Y añadió, y fue la única vez en cinco días que aquel hombre dijo algo sin calcularlo antes—: Es la partida más regular de esta casa.
Clara no dijo nada.
Dobló la labor, la dejó en el brazo del sillón con las agujas metidas y alineadas, se levantó y se fue, y en el salón se quedó un silencio que no arregló nadie.
Gabriel se levantó del brazo del sillón y salió detrás de ella y volvió a los dos minutos solo.
Requejo y Cué se llevaron los tres tomos al despacho y estuvieron con ellos hasta la hora de comer, y desde el pasillo se oía a Cué leer números en voz alta y a Requejo decir que no, que más despacio.
Alma iba a subir cuando Ramiro la alcanzó en el arranque de la escalera.
—Señorita.
—Diga.
—Lo del ala oeste. —Tenía la voz de siempre, ni más alta ni más baja, y a Alma le costó entender que aquel hombre acababa de hacer lo que acababa de hacer—. Necesito la nota por partidas.
—¿Hoy?
—Hoy. Antes de la cena si puede ser.
—¿Para qué la quiere hoy, si el martes se va usted con los libros?
—Precisamente por eso. —Ramiro se apoyó en la bola del pasamanos—.
Yo el martes entrego quince años de partidas malas.
Me gustaría entregar también una del mes en curso que esté bien hecha, con su concepto, con su fecha y con la firma de quien la ha hecho, para que el que las mire vea las dos cosas seguidas.
No es por mí. Es porque me parece que así se entiende mejor.
Alma siguió con la mano en el pasamanos.
—La tiene usted a las seis.
—Póngame el material por un lado y los jornales por otro.
—Se lo iba a poner de todas formas.
—Y el transporte aparte, que el transporte en esta casa se ha usado quince años para meter dentro lo que no cabía en otro sitio.
—Eso también.
Ramiro asintió una vez y se fue hacia la escalera del ala este, y a los tres escalones se paró y se volvió a medias, y dijo una cosa que Alma no supo colocar hasta el día siguiente.
—Y póngame lo del canalón con su nombre.
—¿Cómo?
—Lo del canalón del ala oeste. Póngalo con la palabra conservación, que es lo que es, y no me lo ponga dentro de reparaciones. Si eso hubiera estado escrito así hace diez años, a lo mejor no estaríamos hablando usted y yo.
Y subió.
La lluvia menuda de la mañana se hizo lluvia de verdad a la una y media.
Comieron a las dos y comieron deprisa, y en la mesa no habló nadie más que Nicanor, el guardia joven, que contó que en su pueblo había una ermita en un alto y que desde allí se veían cuatro provincias, y lo contó porque no sabía qué otra cosa decir y porque tenía diecinueve años.
A las tres menos cuarto Gabriel bajó al portón con la carta lacrada y con el correo de la casa, y Alma bajó con él porque quería ver la calzada.
El carro de Ruicanto estaba esperando en el ensanche de tierra del otro lado con el toldo puesto y el caballo de culo al viento.
Gabriel cruzó la calzada entera con el sobre metido dentro de la chaqueta, se lo dio en mano al carretero delante del guardia del portón, y el guardia lo anotó: salida de correspondencia, un pliego lacrado, destinatario notaría de Ruicanto de la Mar, portador el carretero, hora las tres y cinco.
Volvió empapado.
—Ya está.
—Ya está.
Se quedaron los dos en el portón mirando la calzada.
Había empezado a subir por los dos costados.
En una calzada así el agua no viene de frente: viene por los flancos, a la vez, y se junta en el centro, que es por donde la piedra está más hundida porque es por donde pasan los carros.
Primero se moja el centro. Después se pierde el centro.
Después lo que se ve son dos hileras de piedra sueltas, una a cada lado, como dos costuras, y después no se ve nada.
El fuco de los cantos, que con la bajamar cuelga aplastado y negro contra la piedra, se había levantado y estaba abierto y flotando, y las hojas se movían todas hacia el mismo lado.
—Ya ha girado —dijo Alma.
—¿El qué?
—La corriente. Mire el fuco.
Gabriel miró el fuco y después la miró a ella.
—Eso se lo ha enseñado Elpidio.
—Eso me lo enseñó Elpidio el martes y tardé cuatro días en entenderlo.
El guardia del portón se acercó al pretil y se puso a mirar la junta clara, la de la altura de la cadera, que es la que en aquella casa usaba todo el mundo, y cuando el agua le pasó por encima el grueso de dos dedos, sacó el reloj y apuntó.
—Tres y cuarenta y cinco.
—¿Y hasta cuándo? —dijo Gabriel.
El guardia se volvió hacia Elpidio, que había bajado a recoger un cesto.
—Hasta las once y cuarenta de la noche —dijo Elpidio.
—¿Ni antes ni después?
—Ni antes ni después. —Elpidio se echó el cesto al hombro—. Y hoy con viento del norte, menos todavía, que el norte la empuja y la deja media hora de más.
—¿Y si hubiera que salir?
—Si hubiera que salir, no se sale.
Subieron la cuesta bajo la lluvia, y Elpidio delante de ellos con el cesto al hombro y una lata de las de petróleo en la otra mano.
—¿Eso lo trae usted del carro? —dijo Alma.
—Esto lo lleno yo del bidón, que está abajo en la carbonera, y de aquí se llenan las lámparas de la casa. —La levantó un poco sin volverse—. Los domingos por la tarde lleno cuatro y las dejo en el poyo del office, y el ama las reparte el lunes.
—¿Y hoy?
—Hoy tres, que una se ha llenado esta mañana.
—¿Cuál?
—Yo qué sé cuál, señorita. Las lleno y las dejo.
Siguió subiendo. Alma se quedó un paso atrás mirando la lata, que era una lata de hojalata de un asa, abollada, con el pico tapado con un corcho, y que a la luz de aquella tarde no tenía nada de particular ni se lo tuvo tampoco a la mañana siguiente, cuando ya lo tenía todo.
A media cuesta Alma se volvió a mirar una vez y ya no se veía piedra ninguna: sólo una franja de agua un poco más clara que el resto, que era por donde iba la calzada por debajo.
Se quedó un momento parada con la mano en la capucha del chal.
Hacia el oeste, bajando por el sendero de las aliagas, a un cuarto de hora de camino, había una cala con una casa de dos cuerpos y el tejado partido, y aquella cala, con la marea arriba, se quedaba también sin paso por el borde de la peña.
Ocho horas. Hasta las once y cuarenta de la noche no había manera de bajar allí ni de subir de allí, y a las once y cuarenta de la noche de un domingo, en aquella casa, nadie podía salir de su cuarto sin que lo oyera un guardia civil sentado en una silla en el pasillo.
Aquella casa, con la familia y el servicio dentro, un juez, un secretario, un alguacil, dos guardias y una restauradora, se quedó cerrada a las cuatro menos cuarto de la tarde de un domingo, con la lluvia dándole en las ventanas de poniente.
Y nadie pensó nada de aquello, porque llevaba pasando dos veces al día desde que se construyó la casa.