El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 28 · La carta a Otaola
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Capítulo 28 · La carta a Otaola

La carta a Otaola

El domingo por la mañana aquella casa hizo lo que hace una casa a la que se le ha metido dentro un juzgado: siguió con lo suyo alrededor.

Rosario puso el cocido a las ocho porque era domingo y porque nadie le había dicho que no lo pusiera, y el olor subió por la escalera de servicio y llegó al primero y se quedó allí toda la mañana, mezclado con el del lacre, con el del betún de las botas de los guardias y con el de la humedad del ala oeste, que era un olor que ya no se iba de ninguna parte.

Alma estuvo en la habitación del archivo desde las nueve y media hasta las diez y veinte.

Trabajaba por letras y por orden, que es la única manera de no perderse en un fondo de trescientas y pico piezas, y aquella mañana le tocaba terminar las erres y empezar las eses.

Sacaba el sobre, anotaba el estado del papel, sacaba la placa por los cantos, la miraba a contraluz contra el ventanuco del norte, anotaba el estado del vidrio y de la emulsión, la volvía a meter y pasaba a la siguiente.

Once en cincuenta minutos, que para aquel trabajo es ir deprisa.

No abrió ninguna ficha que no le tocara.

Lo apuntó todo en el cuaderno con la letra pequeña y derecha, cerró la caja, recogió el lápiz y salió, y al salir echó la llave y se la guardó en el bolsillo de la falda, que es donde la llevaba desde el primer día.

A las diez y media Teresa la encontró en el rellano con el cuaderno en la mano.

—Señorita. La semana.

Llevaba el libro de jornales abierto por la mitad, apoyado en el antebrazo izquierdo, y en la mano derecha un lápiz de tinta con la punta mojada.

Lo hacía todos los domingos y lo hacía de pie, en el pasillo, sin sentarse y sin dar explicaciones, porque en aquella casa el ama de llaves pagaba andando.

—No me corresponde cobrar por semana. Yo vengo por obra.

—Usted viene por obra y come aquí siete días. —Teresa le puso el libro delante—. Lo que se come se apunta y lo que se apunta se firma. En la línea de abajo.

Alma miró la página.

Era una página cuadriculada, con la letra de Teresa, que era una letra chica y muy junta, sin adornos, de las que se hacen para que quepa todo.

Nombres en la columna de la izquierda, conceptos en el medio, cantidades a la derecha.

Rosario. Nieves. Elpidio. Un carretero. Dos jornaleros de Ruicanto por el desagüe de la cocina.

Y abajo del todo, en la última línea, con la tinta todavía brillante, un renglón que ponía Vega, restauradora, manutención, seis días .

Alma cogió el lápiz.

Y mientras se lo pasaba de la derecha a la izquierda para apoyar bien el libro, pensó en lo que había debajo de aquella página.

Debajo había cincuenta y dos semanas por año y dieciséis años de semanas, todas con la misma letra chica y muy junta, todas con la misma columna de la izquierda, y en alguna de aquellas columnas, en el verano y el otoño del año pasado, tenía que haber nueve meses de un nombre.

Firmó A. Vega con la V muy cerrada.

—Gracias, señorita.

Teresa cerró el libro con las dos manos, de golpe, como se cierra un libro que se sabe de memoria, y se lo puso otra vez debajo del brazo y se fue por el pasillo hacia el ala este.

Alma se quedó en el rellano.

Aquella mujer llevaba seis días viéndola trabajar, hablándole de las sábanas y de las comidas, y no le había preguntado ni una sola vez de dónde venía. Y la primera línea del acta de su declaración estaba a treinta pasos de allí, en una cartera de tapa dura, encima de una mesa.

A las once entró en el despacho.

Gabriel escribió la carta en la mesa de su padre, con la puerta abierta y Alma sentada enfrente porque se lo pidió él.

—Léala según la hago.

—Hágala primero entera.

—La hago mal si la hago entera. Léala según la hago.

Escribía despacio y con buena letra, como se escribe cuando uno ha aprendido a escribir bien de pequeño y no ha vuelto a practicar. A la mitad del primer párrafo se paró.

—«Autorizo a que sea abierta.»

—No.

Gabriel levantó la pluma.

—¿No?

—Ahí lo que hay que decir es quién puede abrirla, dónde y delante de quién. Si pone usted «autorizo a que sea abierta», eso lo puede abrir el notario solo, en su casa, un martes por la mañana, y después nos cuenta lo que había dentro.

—Don Aurelio es persona seria.

—Don Aurelio es persona seria y usted acaba de decirme que en esa caja hay más de ciento veinte copias y que en una está usted.

—Alma se inclinó y le dio la vuelta al papel para leerlo del derecho—.

Y si ese depósito lo abre alguien solo, aunque sea el más honrado de la provincia, lo que salga de ahí lo va a poder discutir cualquiera durante los próximos diez años.

—Dígame cómo se pone.

—Yo no soy abogado.

—Dígame cómo lo pondría usted si fuera un lote de placas y no unos papeles.

Alma se lo dijo.

Le dijo que se pusiera que la caja se abriera en presencia de la persona que designara el juzgado de instrucción, con levantamiento de acta, que se relacionara pieza por pieza lo que hubiera dentro, que se hiciera constar el estado del precinto antes de tocarlo y que ni una sola pieza saliera de aquel despacho sin quedar anotada.

Gabriel lo escribió entero.

—¿Algo más?

—Que se haga pronto y por qué.

—Eso ya se lo dije yo esta mañana a usted y no al revés.

—Pues póngalo con mis palabras, que son las que valen en un papel.

—Alma apoyó el codo en la mesa—. Que el depósito contiene material fotográfico sobre papel, de fijado dudoso, con más de un año de almacenamiento en recinto cerrado, y que su conservación se compromete con el tiempo.

Eso obliga a un notario. Un notario puede no tener prisa por un pleito y la tiene siempre por una cosa que se estropea.

Gabriel la miró un segundo y lo escribió.

Por el corredor pasó alguien.

Pasó sin detenerse y sin asomarse, con el paso corto y seguido de quien lleva veinte años andando por el mismo pasillo, y los dos lo oyeron y los dos siguieron a lo suyo, y cuando el paso se apagó en la escalera Gabriel despegó los ojos del papel y miró la puerta abierta y no abrió la boca.

—Siga —dijo Alma.

—¿Algo más?

—La fecha de hoy y la hora. Y que conste que la escribe usted por su iniciativa y sin que nadie se lo haya pedido.

—Eso último suena a que me estoy defendiendo.

—Eso último es lo único de esta carta que le sirve a usted para algo.

Gabriel se rio, una vez y corto, y lo escribió.

Llamaron con el pie, que es como llama el que trae las manos ocupadas, y entró Nieves con una bandeja y dos tazas.

—Café hay poco.

—Pues poco.

—Poco porque los de la Guardia Civil beben café como si lo dieran, y la leche se acabó ayer y la vaca de Ruicanto está al otro lado del agua igual que nosotros.

—Dejó la bandeja en el pico de la mesa, apartó el tintero dos dedos para que no lo volcaran, y se quedó allí un momento mirando el papel escrito y la mano de Gabriel encima del papel—. ¿Es para el notario?

—Es para el notario.

—Bien hecho.

Y se fue.

Gabriel se quedó mirando la puerta por donde había salido.

—Esa mujer entró en esta casa el año en que nació mi padre —dijo—. Y es la única persona de aquí dentro a la que yo le contaría hoy cualquier cosa.

—Pues cuéntesela.

—No. —Cogió la taza y no bebió—. Si se lo cuento, mañana lo sabe el juez, porque esa mujer no ha mentido nunca y no va a empezar a los setenta y tres años. Y hace bien. Pero yo lo que necesito es contarlo yo primero.

Alma bebió el café, que estaba flojo y muy caliente.

—¿Y después?

—¿Después de qué?

—Después del martes. Cuando esa caja se abra, y se relacione pieza por pieza, y alguien lea en voz alta lo que hay escrito por detrás de ciento y pico papeles. —Alma dejó la taza—. ¿Usted qué va a hacer con esta casa?

Gabriel tardó.

—Yo con esta casa no voy a hacer nada, porque esta casa no va a ser mía y a lo mejor no va a ser de nadie. —Miró la ventana—. Lo que yo tengo que decidir es una cosa más pequeña y más fea, que es si me quedo aquí a oír lo que se diga o me subo a un tren.

—¿Y qué ha decidido?

—Todavía no he decidido nada. —Volvió la cara—. Y no me lo pregunte hoy otra vez, que hoy llevo ya dos decisiones y no estoy acostumbrado.

Cuando terminó, echó arenilla, la sopló y la dejó secar, y tardó un momento mirando el papel con los brazos cruzados.

—Fírmela usted también.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque yo tomé dos fotografías de un cadáver sin permiso el jueves por la tarde y se lo conté a un juez el viernes por la mañana antes de que me lo preguntara. —Alma se apoyó en el respaldo—. Mi firma debajo de la suya no le suma a usted nada y nos resta a los dos.

Gabriel estuvo callado un momento.

—¿Sabe lo que me parece raro de usted?

—Dígalo.

—Que lleva cinco días diciéndome a mí exactamente lo que me conviene y exactamente lo que no.

—Eso es mi oficio.

—No. Su oficio es mirar vidrios. —Dejó la pluma en la escribanía—. Lo otro lo hace usted gratis.

Alma no contestó a eso.

Se levantó y fue hasta la ventana del este, que era la que daba al camino de tierra, y se quedó allí mirando fuera sin ver nada, porque llovía menudo y el cristal estaba empañado por dentro y no había nada que mirar.

Pasó el dorso de la mano por el vaho, de arriba abajo, y se lo secó en la falda.

—Señorita Vega.

—No me llame así.

Lo dijo de espaldas y lo dijo sin pensarlo, y en cuanto lo dijo supo que no iba a poder recogerlo.

Gabriel no contestó enseguida.

—¿Cómo la llamo?

—Alma.

—¿Y lo otro?

Se volvió.

—Vega es el segundo apellido. El primero lo tengo y no se lo voy a decir hoy.

Gabriel se quedó sentado, con las manos en los brazos del sillón.

—¿Por qué no?

—Porque si se lo digo, usted va a tener que decidir hoy si se lo cuenta al juez, y yo no le voy a poner eso encima. Lleva usted veinticuatro horas decidiendo cosas.

—¿Y si se lo pregunto otro día?

—Otro día a lo mejor se lo digo.

—¿Y si lo averiguo por mi cuenta?

—Lo va a averiguar. —Alma se apartó de la ventana—.

Está escrito en la primera línea del acta de mi declaración, que la tiene el secretario en la cartera y la lleva encima hasta para comer.

Y está en el libro de jornales de esta casa, que lo lleva su madrastra desde el noventa y dos y que acaba de bajar con él debajo del brazo por esa escalera.

—¿Y cuando lo hagan?

—Cuando lo hagan, va a haber que dar explicaciones, y las voy a dar yo.

—¿Y por qué no las da hoy?

—Porque hoy no me las ha pedido nadie.

—Esa es la contestación de un abogado malo.

—Esa es la contestación que tengo.

Gabriel se levantó.

No se acercó enseguida. Se quedó de pie al lado de la mesa, y lo que hizo primero fue coger la carta, comprobar que estaba seca pasándole el dorso de un dedo por el margen, y doblarla en tres.

Después sí se acercó.

—Dígame una cosa y no me la conteste con el oficio.

—Pregunte.

—¿Usted vino a esta casa buscando algo?

Alma lo miró.

—Sí.

—¿Y lo ha encontrado?

—Sí.

—¿Y es peor de lo que se figuraba?

—Es exactamente lo que me figuraba —dijo Alma—. Eso es lo peor.

Gabriel levantó la mano y le puso el dorso de los dedos en la sien, donde el pelo se le había soltado de la horquilla al bajar la escala el día anterior y no había vuelto a su sitio.

Se lo colocó detrás de la oreja.

Y lo hizo despacio y con cuidado, con la punta de los dedos y sin tocarle la cara, exactamente igual que el jueves había cogido una placa por los cantos encima de un alféizar, y eso fue lo que Alma no pudo sostener, y no la mano, ni la proximidad, ni nada de lo que se cuenta en los libros.

Fue ella la que acortó lo que quedaba.

El beso fue corto y fue el primero de los dos, y el segundo tardó ocho semanas.

Cuando se apartaron, Gabriel tenía la carta doblada en la mano izquierda y la había tenido allí todo el tiempo, y Alma se dio cuenta de eso y se rio, y él se rio también y la miró como se mira una cosa que se acaba de romper y que a uno le alegra haber roto.

—Esto no cambia nada —dijo ella.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio. Si mañana usted le enseña esa carta al juez y a mí me preguntan qué sé, yo voy a contestar lo que sé.

—Alma.

—Y si un día le pregunto a usted algo y usted me contesta con la verdad, yo no le voy a prometer que se la voy a guardar.

—Ya lo sé —dijo Gabriel—. Lo sabía antes de que se me ocurriera.

—¿Y aun así?

—Y aun así.

Se apartó y fue a la mesa, abrió el segundo cajón de la izquierda y estuvo un momento con la mano dentro sin sacar nada.

Era el cajón de su padre y era la primera vez que lo abría.

Dentro había una escribanía de repuesto, dos plumines en un papel, un cortaplumas, un bote de arenilla y una caja plana de madera con la tapa de corredera.

Sacó la caja, la abrió, y de la caja un sello de latón con mango de hueso y una barra de lacre encarnado empezada por un extremo.

Cerró la carta, encendió una cerilla, dejó caer el lacre en el doblez y apretó el sello encima.

Lo apretó demasiado tiempo y con demasiada fuerza, que es lo que hace el que no ha lacrado nunca, y al levantarlo la cera tiró un poco del latón y quedó un hilo, y Gabriel lo cortó con la uña del pulgar.

En la cera quedó la marca de la casa: una campana con dos líneas debajo.

Alma se quedó mirándola.

Se acercó medio paso sin darse cuenta de que lo daba, y se inclinó sobre la mesa, y la miró de lado, contra la luz de la ventana, que es como se mira un relieve.

Una campana. Dos líneas debajo, la de arriba más corta que la de abajo.

Era la misma filigrana que traían, en el papel, los cuarenta y dos sobres más antiguos de aquel archivo.