Capítulo 27 · La caja
La caja
—Le dije que se lo contaba hoy.
Gabriel estaba en la puerta del cuarto oscuro con el sombrero en la mano y con los zapatos mojados de haber cruzado el patio, y eran las nueve de la mañana de un domingo con lluvia menuda.
Antes de eso, a las ocho y media, Bedia había hecho la revisión de los precintos con un paraguas de la casa que no le tapaba los hombros.
Los cuatro estaban íntegros. El de la sala de abajo, el del ala oeste, el del cuarto de don Álvaro y el de la puerta de la galería, y los cuatro los miró en el mismo orden en que los había puesto y con el mismo método: primero el lacre, contra la luz del farol y de lado, buscando la línea fina que deja una cera que se ha vuelto a fundir; después la cinta; y después, agachándose, la marca de lápiz que él mismo había trazado el viernes en el bronce, por debajo de la cinta, a caballo entre el herraje y la madera.
Aquella marca era idea suya y no se la había pedido nadie.
Las cuatro rayas estaban enteras y seguidas.
Lo escribió en el pliego con la letra grande y lenta de un hombre que escribe poco, puso la hora, y Cué lo leyó, lo firmó debajo y anotó al margen que la revisión se había practicado en su presencia.
A las nueve, Gabriel fue a buscarla al cuarto oscuro.
—Le dije que se lo contaba hoy.
—Me lo dijo.
—¿Tiene usted una hora?
—Tengo cinco días.
Subieron al despacho de don Álvaro, que estaba vacío porque Requejo había bajado al ala oeste con Bedia, y Gabriel cerró la puerta y después la volvió a abrir, y la dejó abierta.
—Mejor así.
Se sentó en la silla que no era la de su padre y puso encima del secante un papel doblado y un sobre.
—Esto es el recibo.
Alma no lo tocó.
—¿De qué?
—De la caja que me vio usted darle al conductor del carro el viernes a mediodía. —Gabriel lo desdobló y le dio la vuelta para que ella lo leyera desde su lado—. Y esto es la carta del depositario acusando recibo, que llegó ayer con el correo del mediodía. Léalo.
Alma se inclinó y leyó.
Era un impreso de notaría relleno a mano, con fecha del dos de octubre, a nombre de don Aurelio Otaola Zubiría, notario de Ruicanto de la Mar, por el que este declaraba haber recibido en depósito, cerrada y precintada, una caja de madera de dimensiones tales, entregada por don Gabriel Orive Lastra, y hacía constar que quedaba en su despacho sin abrir y a disposición de quien acreditara derecho.
Lo leyó dos veces y la segunda vez despacio.
—¿Sabe usted lo que pensé el viernes cuando le vi con esa caja? —dijo.
—Lo sé.
—Dígalo usted.
—Que la estaba sacando de esta casa antes de que llegaran a mirarla. —Gabriel se echó atrás—. Y llevaba usted razón en la mitad.
—¿En qué mitad?
—La saqué para que no la mirara nadie de aquí. No la saqué para destruirla. Si hubiera querido destruirla la echo a la chimenea del salón el jueves por la noche, que estuve solo en esta casa desde las once hasta las dos y nadie me lo habría preguntado nunca.
—¿Qué hay dentro?
Gabriel puso las dos manos en el canto de la mesa.
—Copias de contacto. Ciento y pico. Todas de placas de ese archivo, hechas en el verano del año pasado, y todas con una anotación a lápiz por detrás.
Alma se quedó muy quieta.
—¿Cuántas son ciento y pico?
—No las he contado. Iban en nueve fajos con una goma cada uno.
—Entonces son más de ciento veinte. —Alma se sentó por fin, en el borde de la silla—. Un fajo de nueve por doce con goma no pasa de dieciséis, porque a partir de ahí la goma no cierra y se abre por el medio.
Gabriel la miró.
—¿Usted cuenta así siempre?
—Yo cuento así siempre. ¿Hechas con qué papel?
—Del que había en el armario del cuarto oscuro.
—¿Y usted lo compraba?
—Yo lo pedía a Santander dos veces al año y lo firmaba Ramiro. —Gabriel entendió la pregunta antes de que ella la hiciera—. Y en el año en que ella trabajó aquí lo pedí cuatro veces. Eso está en los libros de esta casa y lo va a ver el juez en cuanto los mire.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien para él. —Alma señaló con la barbilla el recibo—. Un hombre que quiere esconder una cosa no firma cuatro pedidos de papel a su nombre y después manda la cosa a un notario con acuse de recibo.
Gabriel tardó un momento callado, con la cara de quien recibe una ayuda que no esperaba y no sabe si cogerla.
—¿Hechas por quién? —dijo Alma.
—Por la ayudante. Con mi cámara, con mi material y en mi cuarto oscuro, que es el que usa usted ahora. Yo se lo di todo y yo la dejé trabajar de noche durante cuatro meses.
—¿Sabiendo qué?
—Sabiendo que aquello estaba mal y sin saber hasta dónde.
—Se pasó la mano por la cara—. Ella empezó pidiéndome un frasco de fijador.
Después me pidió papel. Después me pidió la cámara.
Y yo no le pregunté para qué en ningún momento, porque no preguntar era la única manera que tenía yo de no tener que hacer nada.
Alma no dijo nada.
—¿Y las anotaciones? —dijo al cabo.
—¿Qué anotaciones?
—Ha dicho usted que todas llevaban una anotación a lápiz por detrás. ¿Qué ponía?
Gabriel miró la ventana.
—La letra y el número de la ficha, y el año. Eso primero.
—¿Y después?
—Después una línea en cada una, de su puño, con lo que ella decía que se veía. —Tragó—. En la mía pone: hombre de pie en una orilla, mujer en el agua, no auxilia.
Alma se oyó respirar.
—¿Y usted la leyó?
—Yo la leí catorce meses después de tenerla debajo de la cama, y la leí una vez.
—¿Todas las demás también las leyó?
—Ninguna más.
—¿Por qué?
—Porque en la primera que abrí estaba yo —dijo Gabriel—, y porque si abría las otras iba a saber de quién eran, y si sabía de quién eran iba a tener que decidir qué hacía con eso. Y ya le he dicho que yo lo que hago siempre es no decidir.
Alma miró el recibo encima del secante y no lo tocó.
—Hay una cosa técnica que le tiene usted que decir al juez y que no se le va a ocurrir a nadie más —dijo—. Y se la digo ahora porque mañana se le va a olvidar.
—Dígala.
—Una copia de contacto hecha deprisa y de noche se fija mal.
—Alma habló despacio, mirándole—. Si esas copias se lavaron poco, y llevan catorce meses en una caja de madera cerrada, en una casa con humedad de mar, ahora mismo están amarilleando por los bordes y algunas se estarán quedando pardas por el centro.
Dentro de dos años no se ve lo que hay en ellas.
Eso al notario hay que decírselo por escrito: que la caja se abra pronto, que se relacione lo que hay dentro pieza por pieza y que si alguien tiene que copiar algo se copie ya.
—¿Y si se pierden?
—Si se pierden, se pierde la única cosa de este asunto que se puede enseñar en una sala sin llave y sin permiso de nadie.
—Alma cogió el sobre por el canto y lo volvió a dejar donde estaba—.
Las placas están en esa habitación y esa habitación es de esta casa.
Las copias no son de nadie. Por eso las hizo ella.
Gabriel miró el papel doblado un rato largo.
—En agosto intentó mandarlo fuera —dijo—. Un paquete, a un abogado de Santander, por el correo de Ruicanto. —Miró la puerta abierta y bajó la voz un punto, no por secreto sino por vergüenza—. Lo interceptó Ramiro Gálvez.
—¿Cómo?
—En esta casa el correo sale en el carro con las cuentas y Ramiro llevaba las cuentas. No hizo falta ninguna maniobra. Le llegó a la mano.
—¿Y qué hizo con él?
—Se lo dio a mi padre. Y mi padre se quedó con lo que iba dentro y me devolvió a mí el resto, que era lo que no había salido de aquí, y me lo devolvió sin decirme una palabra, delante del desayuno, encima de la mesa.
—¿Y usted?
—Y yo lo guardé.
Se quedó callado un momento.
—Ahí tiene usted la segunda vez que mi padre me dijo el número —dijo—. Aquella mañana. Me puso el paquete delante, y cuando ya me iba, sin subir la voz, dijo ciento catorce. Nada más. Y yo guardé aquello en una caja y la caja debajo de mi cama y ahí ha estado catorce meses.
—¿Y ella?
—Ella dejó de venir en septiembre.
—¿Dejó de venir?
—Eso es lo que me dijeron y eso es lo que yo repetí durante un año. —Gabriel apoyó los codos en la mesa—. Que se había ido sin avisar y que se le debían nueve días. Lo dije en esta casa y lo dije fuera de esta casa, y lo dije sabiendo cómo se había ido de aquí la gente otras veces.
Alma tuvo las manos quietas encima de las rodillas y eso le costó todo lo que tenía.
—Y el viernes la sacó —dijo.
—El viernes la saqué.
—¿Por qué el viernes y no el jueves, y no en junio, y no en agosto del año pasado?
Gabriel tardó.
—Se lo voy a decir entero y después usted hace lo que quiera —dijo—.
El viernes por la mañana bajaron a mi padre por esa escalera envuelto en una manta y yo me puse a pensar en dos cosas a la vez.
Una era que en aquella caja había la única prueba que existe de lo que se hizo en esta casa, y que si se quedaba aquí, con la casa llena de gente y con una mujer que lleva las llaves desde hace dieciséis años, a lo mejor un día no estaba.
—¿Y la otra?
—Que dentro de esa caja hay ciento y pico copias y en una de ellas estoy yo.
Alma alzó la vista.
—La ciento catorce.
—La ciento catorce. Ella copió el archivo entero, señorita.
No hizo selección. —Gabriel abrió las manos encima de la mesa y las dejó abiertas—.
Así que el viernes por la mañana, con mi padre ahogado en una habitación cerrada por dentro, yo cogí esa caja, la até con una cuerda y se la di a un conductor para que la sacara de aquí.
Y las dos razones eran verdad y a mí me convenía una.
Se hizo un silencio en el despacho.
—Eso no me lo tenía que haber contado —dijo Alma.
—No.
—Le puedo repetir esto delante de un juez esta misma tarde.
—Ya lo sé. Lo he pensado toda la noche. —Gabriel se levantó y no se sentó enfrente—.
Y he llegado a una conclusión que le va a parecer cobarde y es la mejor que tengo.
Ese recibo y esa carta no los tiene nadie más que yo.
Si se los enseño mañana al juez por mi cuenta, soy un hombre que colaboró.
Si se los encuentran ellos dentro de un mes, soy un hombre que escondió una caja el día que bajaron a su padre por la escalera.
—Entonces enséñeselos hoy.
—Se los voy a enseñar mañana.
—¿Por qué mañana?
—Porque hoy es domingo, porque la calzada se cierra a las cuatro menos cuarto y porque quiero que cuando se los enseñe esté delante el secretario y no lo hablemos él y yo en un pasillo.
—Gabriel recogió el recibo y lo dobló—. Y porque necesito escribir antes una carta a Otaola diciéndole que abra esa caja delante de quien el juzgado diga, y esa carta la voy a escribir esta mañana y la voy a mandar yo en el correo de las tres.
—Con eso estoy de acuerdo.
—No le he pedido que esté de acuerdo.
—Ya lo sé.
—Y una cosa más —dijo Gabriel—. Las placas.
—¿Qué placas?
—Las de esa habitación. Las que están allí todavía. —Se quedó de pie con las manos en el respaldo de la silla—. Mañana le enseño esto al juez y pasado mañana esa habitación se abre y entra alguien a mirar. ¿Qué hay que hacer con eso?
—Lo que hay que hacer con eso lo decide un juzgado y no lo decido yo.
—Le estoy preguntando qué haría usted.
Alma se lo pensó un momento, porque se lo había pensado ya muchas veces y no quería que se le notara.
—Relacionarlas todas, una por una, con dos personas delante y una de ellas de fuera de esta casa.
Anotar letra, número, año, estado del sobre y estado de la ficha, y anotarlo por separado, porque una cosa es el vidrio y otra cosa es lo que hay escrito en el papel que lo envuelve.
—Se tocó el canto de la mesa con un dedo—.
Y después sacarlas de aquí. Todas. En cajas con listones, con acta, y que las guarde alguien que no viva en esta isla.
—Mi padre decía que eso era material de la casa.
—Su padre decía muchas cosas.
Gabriel no dijo nada.
—Eso también hay que ponerlo por escrito —dijo Alma—, y lo tiene que pedir usted y no yo, porque yo aquí soy una perita que viene por una obra y usted es el que firma.
—Pues lo pido mañana.
—Pídalo mañana.
Alma se puso de pie.
—Hay una cosa que no ha dicho usted.
—Diga.
—El nombre.
Gabriel la miró.
—El de la ayudante.
—Sí. El de la ayudante. Lleva usted cinco días hablándome de una mujer que trabajó nueve meses en esta casa, que copió un archivo entero, que intentó denunciarlo y a la que encerraron por eso, y en cinco días no la ha llamado ni una vez por su nombre.
Gabriel se quedó un momento con el recibo en la mano.
—Julia Roldán.
Alma no se movió.
—Así se hacía llamar aquí —dijo Gabriel—. Si tenía otro apellido, no se lo oí nunca. En esta casa entra gente sin papeles y se le paga igual.
—Ya.
—¿Le suena?
Y Alma, con las dos manos encima del respaldo de una silla, en un despacho con la puerta abierta y el pasillo vacío, contestó que no.
Y mientras lo decía se estaba viendo a sí misma dos días antes, sentada en aquella misma silla, delante de aquel mismo secante, diciendo Alma Roldán Vega en voz alta a un juez de instrucción mientras un secretario judicial lo escribía a pluma en la primera línea de un acta.
Aquel papel estaba en una cartera de tapa dura que un hombre bajito llevaba a todas partes y no soltaba ni para comer.
Y el libro donde en esta casa se apuntaba lo que se le pagaba a la gente que entraba sin papeles lo llevaba desde mil ochocientos noventa y dos una mujer que había repetido aquel apellido en voz alta el primer día, una sola vez, con el pan en la mano.