Capítulo 26 · La ciento catorce
La ciento catorce
El cuarto oscuro tenía una sola luz y era roja.
Era la del quinqué de campana de vidrio encarnado que Nieves le había subido el primer día y que llevaba desde entonces encima de la repisa, con el tubo siempre limpio porque lo limpiaba ella.
A las cinco de la tarde, con la casa llena de gente y con la lluvia menuda dándole al ventanuco tapado, aquella era la única luz que a Alma le servía para algo.
No estaba trabajando. Estaba haciendo la parte del trabajo que se puede hacer con la cabeza en otro sitio.
Tenía en la cubeta larga las catorce placas con desperfecto de humedad que había apartado el martes, y lo que hacía era lavarlas, que es una cosa que lleva tiempo y no lleva pensamiento: cambiar el agua, contar, esperar, volver a cambiar el agua.
Las manos se le habían quedado blandas y blancas de los bordes y le olían al hipo del día anterior por más que se las frotara.
Sacó una, la escurrió por el canto y la levantó contra la campana roja, de lado, con el vidrio casi de perfil, que es como se mira un barniz para saber si ha agarrado.
Había agarrado.
La puso en el escurridor con las otras y estuvo un momento con las dos manos en el borde de la pila.
Encima de la mesa estaba el cuaderno, abierto por la página del jueves, con el lápiz encima y sin una línea nueva desde por la mañana.
En seis días no había dejado de escribir ni un día.
Llevaba anotadas las horas, las llaves, las posiciones, los pesos, el estado de los precintos, lo que decía cada uno y a qué hora lo decía, y lo llevaba con una letra pequeña y derecha que ella misma reconocía como la letra de una persona que estaba aguantando.
Aquella tarde tenía en la cabeza una cosa que no iba a escribir.
No porque no se acordara. Se acordaba de todo, en orden, con las horas y con los minutos, con la precisión con la que se le había contado. Se acordaba tan bien que la única manera de no tenerla delante era mover las manos.
Así que movió las manos hasta las siete y media, y a las siete y media ya no quedaba agua que cambiar.
Arriba la casa hacía un ruido que no había hecho en seis días.
Desde el jueves dormían en Santa Brida tres personas más de las que caben, y desde el viernes por la noche, cinco: el juez, el secretario, el alguacil y dos guardias civiles. Aquello, en una casa de dos cuerpos con nueve habitaciones útiles, se notaba en las escaleras.
Alma subió a las ocho y se encontró a Nieves y a Rosario en el descansillo del primero con un colchón de lana entre las dos y sin poder pasar la vuelta.
—Por ahí no entra.
—Si lo pones de canto.
—De canto tampoco, mujer.
—Espere.
Alma cogió el colchón por el medio, lo dobló hacia dentro con la rodilla y lo empujó de esquina, y el colchón pasó la vuelta y entró en el cuarto del fondo raspando la moldura.
Nieves se puso a mirar la moldura.
—Eso lo ha visto usted hacer.
—Eso lo he hecho yo en Madrid ocho veces al año con cajones de placas.
—Pues venga usted mañana con nosotras, que quedan dos.
Le pusieron sábanas al colchón entre las tres.
Rosario, que tenía diecinueve años y llevaba tres días llorando a ratos, se puso a contar que el guardia joven se llamaba Nicanor y que era de un pueblo de Palencia y que no había visto el mar hasta el año pasado, y lo contó con un entusiasmo tan fuera de sitio y tan agradecido que a Nieves le dio la risa, y a Nieves no le había dado la risa en toda la semana, y Alma se encontró de pronto metiendo una esquina de sábana debajo de un colchón y pensando en nada.
—Rosario, la funda.
—Ya voy.
—Y no le lleves más café al de Palencia, que os veo.
Cenaron a las nueve en dos turnos porque en la mesa del comedor no cabían, y a las nueve y media Nieves encendió la chimenea del salón.
Era la primera vez en la semana. La encendió porque había cinco hombres de fuera durmiendo en aquella casa y porque en octubre una casa de piedra en una isla se queda fría de una manera que se te mete debajo de la ropa y ya no sale.
Tardó en tirar. El tiro estaba frío y el humo salió hacia dentro los diez primeros minutos, y Rosario abrió la ventana y la volvió a cerrar, y al cuarto de hora la leña prendió de verdad y el salón se puso de otro color.
Alma bajó a las diez con el chal y se sentó en la butaca más lejana.
No había nadie más. Los guardias estaban en la cocina, Requejo y Cué en el despacho con la lámpara, Teresa arriba, Clara arriba, Ramiro en sus habitaciones con los libros.
A las diez y cuarto entró Gabriel con dos vasos.
—¿Quiere?
—¿Qué es?
—Lo que hay.
Le dio uno y se sentó en el sillón del otro lado de la chimenea, y durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada y los dos miraron la lumbre, que es lo que se hace.
—Don Gabriel.
—Gabriel.
—Don Gabriel. ¿Ha entrado usted alguna vez en la habitación del pasillo largo que tiene una pared de vidrio?
No se lo preguntó despacio ni lo preparó. Lo dijo mirando la lumbre y con el vaso en la mano.
Gabriel tardó en contestar lo que se tarda en decidir si va a mentir.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—En el cinco. En febrero.
—¿Por qué?
—Porque pregunté qué era.
Alma se giró hacia él.
Gabriel tenía el vaso en las dos manos, apoyado en las rodillas, y estaba mirando la lumbre igual que antes.
—Llevaba toda la vida viendo esa puerta cerrada —dijo—. En esta casa hay tres o cuatro habitaciones que no se abren y de crío se aprende cuáles son y no se pregunta. Y un día tenía veintitrés años y venía de estar cuatro en Madrid, y se me ocurrió preguntar en la mesa qué había ahí dentro.
—¿Y qué le dijeron?
—Mi padre no abrió la boca en la mesa. Al día siguiente por la mañana me llevó él mismo, abrió, me hizo pasar y me dijo que me pusiera de pie con la barbilla en el hierro.
—¿Y usted se puso?
—Yo me puse. —Movió el vaso y no bebió—. Tenía veintitrés años y era mi padre y me estaba enseñando por fin una cosa de la casa. Me puse contento, si quiere saberlo. Estuve contento hasta que abrió el agua.
Alma no dijo nada.
—Del cuartito de al lado salía un ruido —dijo Gabriel—. Yo no sabía lo que era. Ahora sé que era un obturador.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted ahí dentro?
—No lo sé. Lo que dura eso.
—¿Y su padre?
—Detrás. De pie, a mi espalda, con la mano aquí.
—Se tocó el hombro con dos dedos y se los quitó enseguida—.
No me dijo nada mientras duró. Ni una palabra.
Cuando se acabó, cerró el agua él mismo, con una llave que había en la pared, y me dijo que saliera y que le esperara en el pasillo.
Yo salí al pasillo y me quedé de pie, y le estuve esperando ocho o diez minutos sin saber lo que estaba haciendo ahí dentro.
—Estaba cargando la siguiente.
—Eso lo entendí después.
En la chimenea se cayó un tronco y levantó chispas, y Gabriel se inclinó, lo colocó con el atizador y volvió a sentarse.
—¿Sabe usted lo que hay en esa placa?
—No.
—Sí lo sabe.
—Sé qué letra tiene y qué número y qué año. —Alma dejó el vaso en la mesita—. Ge, mil novecientos cinco, ciento catorce. La ficha la leí ayer por la tarde buscando otra cosa. La placa la saqué, la miré y la volví a meter en su sobre.
—Entonces lo sabe.
—Sé lo que se ve.
—Dígamelo usted.
—Una orilla. En primer término, de espaldas y cortado por el encuadre, un hombre de pie y quieto con los brazos colgando. Más allá, en el agua, a media distancia, otra figura de la que sólo sale la parte de arriba. Ninguno de los dos tiene cara. El de la orilla no se mueve.
Gabriel asintió despacio.
—Cuatro años he estado sin verla y me la sé igual que usted, y a mí me la enseñaron una sola vez, revelada, ese mismo día, en el cuarto donde trabaja usted ahora.
—Se echó atrás en el sillón—. Mi padre me la puso en la mano, esperó a que la mirara, la metió en su sobre y me dijo el número.
Ciento catorce. Nunca me volvió a decir una palabra de ella en cuatro años.
Solamente el número, y no todos los días: dos veces en cuatro años.
—¿Cuándo?
—Una en el seis, cuando le dije que quería irme a Bilbao.
—¿Y qué pasó?
—Que no me fui.
Lo dijo sin dramatizarlo, como se dice una cuenta.
—Me lo dijo en el portón, con el equipaje ya en el carro y el carretero esperando. No me amenazó, no me levantó la voz y no me prohibió nada. Me dijo el número y se metió en casa. Y yo estuve veinte minutos de pie al lado de aquel carro y después mandé subir el baúl otra vez.
—¿Y la otra vez?
Gabriel calló.
—Por otra cosa —dijo—. Eso se lo cuento mañana, si quiere, y se lo cuento entero, y no se lo voy a contar esta noche porque esta noche ya le he contado bastante.
Alma no insistió, y tardó dos días en saber si aquello había sido honradez o cálculo, y acabó pensando que las dos cosas.
—Y el jueves —dijo ella— su padre apareció ahogado.
—Y el jueves mi padre apareció ahogado.
Lo dijo sin defenderse y sin adelantarse, mirando la lumbre, y lo dejó ahí, encima de la alfombra, para que hiciera lo que tuviera que hacer.
Alma se levantó y se puso delante del fuego con las manos a la espalda.
—Le voy a decir lo que sé de esa placa, que es lo único que puedo decir, y usted haga con ello lo que quiera.
—Diga.
—Esa placa es un vidrio de nueve por doce con una emulsión de gelatina y bromuro.
Está bien hecha, está bien conservada y no ha sido retocada, y eso último lo sé porque un retoque en una emulsión de estas se ve a contraluz antes de verse de frente.
Yo puedo fechar el vidrio por el corte y por el grueso, puedo fechar la emulsión por cómo ha envejecido en los bordes, y puedo decirle con un margen de dos años en qué temporada se hizo.
Eso es todo lo que puede decir un perito de un soporte, y es mucho, y no sirve para lo que usted quiere.
—¿Y para qué sirve?
—Para saber que ese vidrio existía en esta casa en el cinco.
Nada más. —Alma se volvió—. Y le voy a decir lo que no dice.
No dice quién estaba delante del cristal.
No lleva el nombre de nadie escrito en ninguna parte.
El nombre está en un sobre de papel y en una ficha de cartulina, y el sobre y la ficha los puede cambiar cualquiera que tenga la llave de esa habitación y media hora.
Y aunque el sobre fuera verdadero, y aunque el nombre fuera el suyo, y aunque usted me dijera ahora mismo que ese de la orilla es usted, esa placa no prueba que usted haya hecho nada.
—¿Y qué prueba?
—Prueba que existe.
Gabriel se quedó mirándola.
—Eso es exactamente lo que mi padre sabía —dijo.
—Sí.
—Que no hacía falta que probara nada.
—Sí.
—Que bastaba con que estuviera en un cajón, a cuarenta metros de donde yo duermo, y con que él supiera el número de memoria.
—Sí.
Estuvieron los dos un momento sin decir nada, con el fuego delante, y Alma oyó en el silencio lo que acababa de hacer.
Acababa de explicarle a un hombre, con toda la precisión de su oficio y sin que le temblara la voz, que una imagen de un deseo no prueba un acto.
Y lo había dicho bien. Lo había dicho como lo diría en una sala, delante de un tribunal, con la mano encima de un sobre.
Y lo había dicho también, aunque allí no hubiera nadie a quien decírselo, para una mujer que aquella misma mañana, en una casa con el suelo de tierra y a media legua de allí, le había pedido que fechara trescientas once placas para que nadie pudiera decir nunca que las habían hecho ellas.
Las dos cosas eran la misma frase.
Era verdad las dos veces.
Y una de las dos veces le convenía.
Alma se sentó otra vez en la butaca, cogió el vaso y se lo bebió entero, y no volvió a hablar en un cuarto de hora, y Gabriel tampoco, hasta que entró Nieves a decir que se iba a acostar y que quién apagaba.
—Yo —dijo Gabriel.
Nieves se fue y ellos se levantaron, y Gabriel cogió el badil y empezó a echar la ceniza encima de las brasas, que es como se apaga una chimenea en una casa donde hay vigas.
Lo hizo de espaldas.
—Señorita Vega.
—Diga.
—¿Por qué me lo ha preguntado esta noche?
Alma se paró con el chal a medio poner.
—Porque llevo seis días trabajando en esa habitación y hoy me ha tocado el turno de las erres —dijo—. Y al lado de las erres están las ges.
Gabriel siguió echando ceniza. Echó tres paladas más y dejó el badil apoyado en el hierro, y se enderezó y se volvió.
No dijo que aquello no fuera verdad.
Tampoco dijo que lo fuera.
—Buenas noches —dijo, y se apartó para dejarla pasar, y se quedó allí de pie al lado de la chimenea apagada hasta que ella subió el primer tramo de la escalera y ya no se la oyó.