Capítulo 25 · Lo que Clara puede decir
Lo que Clara puede decir
Fue Clara la que lo pidió.
Bajó al despacho a las cinco de la tarde, llamó con los nudillos aunque la puerta estaba abierta y dijo, desde el umbral, que quería declarar.
—Siéntese, señora.
—Prefiero de pie.
—Como quiera.
—Y quiero que esté ella.
Señaló a Alma, que estaba en el pasillo porque en aquella casa ya no tenía dónde estar.
Requejo la miró.
—¿Por qué?
—Porque lo que voy a decir es de papeles y de fotografías y yo de eso no sé. Si digo una cosa mal, quiero que haya alguien que lo diga.
—La señorita Vega no es perito nombrado por este juzgado.
—Pues nómbrela.
Requejo tardó un momento con la pluma de Cué sonando en el silencio.
—Pase, señorita. Y no hable si no le pregunto.
Alma pasó y se puso de pie contra la estantería, y allí se quedó las dos horas siguientes.
Clara declaró de pie durante hora y media.
Dijo su nombre entero y su fecha de nacimiento y la fecha en que entró en la clínica, y la dijo así: otoño de mil ochocientos ochenta y ocho, y no supo precisar el día, y lo dijo, y dijo que no lo iba a inventar.
—¿Quién ordenó su ingreso?
—Mi hermano.
—¿Con qué motivo?
—Con el motivo que se escribió o con el motivo que había.
—Los dos.
—El que se escribió era que yo estaba nerviosa y que me convenía descanso. El que había era que yo me había negado a casarme con un hombre de Comillas y que esa boda le arreglaba a mi hermano una deuda.
Cué escribió las dos.
—¿Quién firmó?
—Álvaro Orive el ingreso. Y el dictamen de diciembre lo firmó Ramón Baeza.
—¿Vio usted ese dictamen?
—No.
—¿Y cómo sabe quién lo firmó?
—Porque me lo leyeron delante en el juzgado de Torrelavega en diciembre del ochenta y nueve, con un señor sentado que no me preguntó nada, y porque al final decía dos nombres y los oí.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted ingresada?
—Catorce meses.
—¿Y después?
—Después salí de la clínica y no salí de la casa.
—No entiendo.
—Que en diciembre del ochenta y nueve me declararon incapaz y a mi hermano curador, y a partir de ahí yo ya no estaba enferma: estaba administrada.
—Clara tenía las manos delante y no se las movía—.
Desde entonces vivo donde se paga, y se paga de aquí, y todos los meses se firma un papel. Y lo firma él.
—¿Y usted ha intentado alguna vez...?
—Tres veces.
—¿Tres?
—En el noventa y cuatro, en el mil novecientos y en el cinco. Con procurador las tres. La primera me contestaron que no había lugar, la segunda se perdió y la tercera me la retiraron porque el que la firmaba era él.
Cué puso los tres años.
—¿Conserva usted copia?
—Conservo la del mil novecientos. Las otras dos no me las dieron.
—¿Dónde está?
—En Torrelavega, en casa de la señora donde vivo, dentro de una caja de sombreros.
Y aquello fue lo único que dijo Clara en toda la tarde que sonó a otra cosa, y lo dijo igual que lo demás, y siguió.
Siguió así. Fecha y nombre, fecha y nombre. Cuando no sabía una fecha, lo decía. Cuando no recordaba un nombre, lo decía. Cuando Requejo le preguntó por lo que hacían con ella en aquella ala, Clara calló un buen rato y después dijo:
—Eso no lo voy a contar aquí.
—Señora, tengo que preguntárselo.
—Y yo tengo que contestarle, y le contesto: no lo voy a contar delante de tres hombres y con la puerta abierta.
—No levantó la voz—. Si hace falta que conste, póngalo usted así.
Que la declarante manifiesta que hubo tratamientos, que puede describirlos y que pide hacerlo por escrito y a solas. Eso se lo firmo.
Requejo miró a Cué.
—Póngalo así.
A las seis Requejo le preguntó por su hermano y por su cuñada, y ahí Clara cambió de manera.
—Doña Teresa entró en esta casa en el noventa.
—¿La conoció usted entonces?
—La vi. No la conocí. —Clara estuvo un momento buscando cómo decirlo—. Yo en el noventa ya estaba en el otro lado.
—¿Qué quiere decir el otro lado?
—Quiere decir que yo era de las que estaban dentro y ella también, y que dos años después ella era de las que cerraban.
Cué levantó la pluma.
—¿Cómo dice? —dijo Requejo.
—Digo que Teresa Cobián entró en esta casa por la misma puerta por la que entré yo.
Alma, contra la estantería, no se movió y no miró a nadie y notó que el corazón le hacía una cosa rara, y lo que le vino a la cabeza no fue una sospecha: fue una ficha de cartulina impresa, dentro de un sobre de manila, en el bloque de la te, con una fecha de ingreso de abril del noventa y un nombre de pila que ella había leído aquella misma mañana y había pasado por alto porque Teresas hay muchas.
—¿Como paciente?
—Como paciente.
—¿Está usted segura?
—Estoy segura de lo que vi. —Clara tenía otra vez las dos manos delante—.
Lo demás no lo sé y no lo voy a decir. No sé por qué entró, ni quién la trajo, ni cuánto estuvo, ni de qué se habló con ella.
Sé que estaba y sé dónde dormía, y sé que en junio del noventa y dos se casó con mi hermano y que a partir de entonces llevaba las llaves.
—¿Y usted nunca ha hablado con ella de esto?
—Nunca.
—¿En dieciocho años?
—En dieciocho años. —Clara lo dijo sin ninguna amargura, que fue lo que lo hizo peor—. Comemos en la misma mesa dos veces al año.
Requejo se quedó un momento mirando el secante.
—Cué. Esto lo apunta usted entero y lo apunta hoy.
—Ya lo estoy apuntando, señor.
A las seis y media llegaron a la fotografía.
—¿Le hicieron a usted una?
—En junio del ochenta y nueve.
—¿Dónde?
—En una habitación del pasillo largo que tenía una pared de vidrio.
Alma, contra la estantería, no se movió.
—¿Qué había en esa habitación?
—Un hierro en el suelo con una horquilla para la barbilla, y el vidrio, y detrás del vidrio la pared pintada de negro. Y un cuartito a un lado con una puerta pequeña.
—¿Y qué hicieron?
—Me sentaron... —Clara se paró—. No. Me pusieron de pie. Me pusieron de pie con la barbilla en el hierro y me dijeron que mirara al vidrio y que no me moviera, y echaron agua por arriba, y el agua bajaba por delante.
—¿Y después?
—Después me llevaron a mi cuarto.
—¿Vio usted la fotografía?
—No.
—¿Vio usted el sobre?
Clara levantó la vista.
—Vi el sobre.
—¿Cuándo?
—En diciembre, en el juzgado, encima de la mesa del señor que no me preguntó nada. Estuvo ahí toda la mañana y no lo abrieron delante de mí.
—¿Cómo era?
—Gris. De papel basto, de ese que se abre por la solapa y no se rompe. Con una letra escrita a mano, un año y un número que no era un número de los de ahora.
—¿Qué quiere decir que no era de los de ahora?
—Que estaba en números de los que se usan en las lápidas.
Requejo miró a Alma, y Alma no dijo nada porque no le habían preguntado.
—Señorita.
—Papel de trapo gris con filigrana de campana. Cifra en romanos. Es la convención de los cuarenta y dos primeros sobres, todos entre marzo del ochenta y nueve y marzo del noventa.
—¿Y eso concuerda con lo que dice la señora?
—Concuerda con el papel y con la cifra. En la fecha no puedo decir nada porque la señora habla de junio del ochenta y nueve y yo no he leído esa ficha.
—¿La ha tenido usted en la mano?
—Esta mañana, en el inventario. La conté, la puse de canto en su hueco y no la abrí.
—¿Por qué no la abrió?
Alma tardó un segundo de más.
—No lo sé.
Cué lo escribió.
Fueron a buscarla a las siete, con Cué abriendo su propio precinto del archivo y volviéndolo a poner después, y la trajeron al despacho dentro de un pliego.
La pusieron encima de la mesa.
Clara se acercó y la miró sin tocarla.
—Es ese.
—¿Está usted segura?
—Estoy segura del papel y del número. De lo de dentro no sé nada, porque nunca lo he visto.
—¿Quiere verlo?
Clara estuvo mirando el sobre gris encima del secante durante un rato que a Alma se le hizo muy largo.
—No.
—¿Está segura?
—Le voy a decir tres cosas y las tres las quiere usted apuntadas —dijo Clara—.
La primera es que no quiero ver lo que hay ahí dentro, ni hoy ni mañana.
La segunda es que no quiero que se lo enseñen a nadie: ni en un juicio, ni en un informe, ni en una sala con gente sentada.
Y la tercera es que quiero una copia de mi expediente, del de verdad, del que hay en el juzgado de Torrelavega, y la quiero para mí.
—Señora, si esto llega a ser prueba de algo, yo no puedo garantizarle la segunda.
—Ya lo sé. Por eso se lo pido por escrito y no de palabra. Que quede que lo pedí y que usted dijo que no podía.
Requejo la miró un momento largo.
—Póngalo, Cué. Entero. Y lo que acabo de contestar yo también.
Clara puso la mano abierta encima del sobre, sin apretar, y la tuvo allí dos segundos, y la retiró.
—Ya está.
—Una última cosa —dijo Requejo—. ¿Sabe usted lo que hay en esa fotografía?
—Sí.
—¿Cómo lo sabe, si no la ha visto?
Clara se quedó de pie, con las dos manos delante, y contestó como había contestado todo lo demás: con una fecha.
—Porque yo estaba en esa habitación en junio del ochenta y nueve y me acuerdo de lo que estaba pensando.
Nadie dijo nada.
—¿Y qué estaba pensando? —dijo Requejo, y lo dijo más bajo de lo que había hablado en toda la tarde.
—Eso tampoco se lo voy a contar aquí.
—Una cosa más, señora —dijo Requejo—. Esto que ha hecho usted hoy no se lo ha pedido nadie. ¿Por qué lo ha hecho?
Clara siguió de pie con las dos manos delante, como había estado hora y media.
—Porque en esta casa ha habido dos muertes en tres días y hay un juez sentado en el despacho de mi hermano. —Se giró hacia la puerta—. Y porque llevo diecinueve años esperando a que entre en esta casa alguien que tenga que apuntar lo que yo diga.
Terminaron a las siete y veinte.
Cué leyó el acta entera en voz alta, que le llevó veinte minutos, y Clara la escuchó de pie y la corrigió tres veces: una fecha, un nombre y la palabra nerviosa , que ella no había dicho y que sí había dicho el papel de su hermano.
Después firmó.
En la cocina, mientras tanto, se había hecho de noche y se había hecho la cena, porque en aquella casa la cocina no había dejado de funcionar ni un día. Nieves tenía sopa y tenía pan, porque había amasado por la mañana entre dos declaraciones, y los guardias volvieron a comer de pie en el vasar.
Alma salió del despacho la última y se encontró a Clara esperándola en el pasillo.
—¿Le puedo preguntar una cosa a usted, ahora que no escribe nadie?
—Pregunte.
—Ese vidrio. —Clara tenía la vista puesta en la puerta del despacho—. Si se rompe, ¿se acaba?
—Se acaba el vidrio.
—¿Y lo que hay encima?
—Lo que hay encima está en el vidrio. Es una capa de gelatina con plata dentro, pegada a una cara. Si el vidrio se parte, la capa se parte con él, y lo que se saque después se saca roto.
—¿Y si se hace una copia antes?
—Entonces hay una copia y la copia vive por su cuenta.
Clara asintió.
—¿Y de la mía hay copia?
—De la suya no he visto ninguna, y he tenido las trescientas once en la mano. En ese archivo solo hay negativos y sus sobres. Si alguien ha sacado copias alguna vez, no están ahí.
—¿Y el papel? El sobre y la ficha.
—El sobre y la ficha son lo que dice de quién es. Sin ellos, ese vidrio es una fotografía de nadie.
Clara estuvo un rato callada en aquel pasillo.
—Gracias.
—Señora. —Alma bajó la voz sin querer y le molestó haberla bajado—. Le acabo de explicar a usted cómo se destruye una prueba en una instrucción abierta, y eso lo he hecho mal.
—No —dijo Clara—. Me ha explicado usted de qué está hecha una cosa mía. Es la primera vez en diecinueve años que alguien me explica algo de eso sin preguntarme antes para qué lo quiero saber.
Se fueron juntas hasta el recibidor y no dijeron nada más en el camino.
Allí, Clara se estaba quitando el abrigo de viaje.
Lo hizo despacio, con las dos manos, sacando primero un brazo y después el otro, y cuando lo tuvo fuera lo dobló por el forro y estuvo un momento con él en el brazo sin saber dónde ponerlo, porque en cinco días no había aprendido dónde se colgaban los abrigos en aquella casa.
Nieves se lo cogió sin decir nada y lo colgó en el perchero del recibidor, entre el capote de Bedia y el gabán del juez.
Y allí se quedó, y allí siguió al día siguiente.
Alma subió a su cuarto con una vela.
Se sentó en el canto de la cama, sacó el cuaderno del baúl y lo abrió por la última página escrita, que era la del día, y añadió tres renglones con la letra de informe y no con la de apunte, porque aquello iba a hacer falta.
Declaración de doña Clara Orive Bustillo, tres de octubre, de cinco a siete y veinte.
Presente como testigo técnico a petición de la declarante.
Identifica el sobre gris por papel y cifra sin haber visto la ficha.
Manifiesta que doña Teresa Cobián ingresó en esta casa como paciente en el año mil ochocientos noventa.
Debajo puso lo que había que poner:
Nada de esto lo he aportado yo.
Se quedó mirándolo.
Había pasado dos horas de pie contra una estantería oyendo a una mujer contar en fechas y en nombres diecinueve años de su vida delante de tres hombres, y corregir la palabra nerviosa en un acta, y pedir por escrito una cosa que le iban a negar para que constara que la había pedido.
Y ella, que llevaba desde el lunes presumiendo de apuntarlo todo con la hora y la fuente al lado, había vuelto aquella tarde de una casa con el suelo de tierra y había dicho una casa vacía, se meten pastores a un juez y a un hijo, con las mismas palabras las dos veces, para que no se le notara.
Cerró el cuaderno.
Apagó la vela y se estuvo despierta hasta muy tarde oyendo, muy abajo y muy lejos, al hombre que Bedia había puesto en el corredor moviéndose cada media hora en su silla para no dormirse.