Capítulo 24 · Lo que no dijo #2
Subió por la galería del cuerpo sur porque era el camino corto y porque llevaba cinco días cruzándola mirando al suelo.
Había empezado a llover con el viento del oeste, y el agua daba de lado contra la pared de vidrio y no bajaba por las uniones del plomo, sino a través de los cuadros, en rayas que se juntaban y se soltaban.
Alma iba por el centro del pasillo con el cuaderno debajo del brazo.
En el tercer cuadro empezando por el norte, su reflejo llegó tarde.
Fue poca cosa: ella pasó de largo y la mujer del vidrio todavía estaba dando el paso anterior. Alma se paró, retrocedió medio paso y se puso de frente, que es lo que se hace cuando una cree que ha visto mal, y cambió el ángulo para que el reflejo le viniera de la lámpara del pasillo y no del cielo.
El reflejo se puso de frente también, con retraso.
Y después se sentó.
Se sentó en una silla que en aquella galería no hay, delante de una mesa larga con tapete, y en la mesa había tres hombres de espaldas y de perfil, sentados y escribiendo, y ninguno tenía cara, y los tres escribían a la vez.
La mujer del vidrio hablaba. Se le veía la barbilla moverse y se le veían las manos, una abierta encima de un pliego y la otra señalando un punto del papel, y los tres seguían escribiendo, y cuando dejó de hablar, el que tenía más cerca le dio la vuelta al pliego, se lo puso delante y le tendió la pluma por el mango.
La mujer del vidrio la cogió y firmó.
No firmó deprisa. Firmó entero, con los dos apellidos, tomándose el tiempo que se toma el que sabe que aquello se va a leer mucho.
Alma se pasó el cuaderno al brazo de fuera, que fue lo único que hizo, y no se movió del sitio.
El viento cambió antes de que acabara de secarse el cuadro, y el agua volvió a batir, y por un momento lo que hubo en el vidrio fueron las dos cosas a la vez, la mesa y el pasillo, y después ya no hubo más que el pasillo.
Alma bajó la vista.
Estaba de pie en la mitad de una galería vacía, con el pelo mojado por el lado derecho, y tenía las dos manos cerradas encima del cuaderno con tanta fuerza que se le había marcado el canto de las tapas en la palma, y le costó abrirlas.
Se las abrió con trabajo, se apartó el pelo de la cara y siguió andando.
No apuntó nada.
Aquella noche cenó en la cocina con los demás y comió bien, y eso la desconcertó más que cualquier otra cosa del día.
A las diez subió a su cuarto, se sentó en el borde de la cama y se sacó la astilla del dedo índice con la punta de una aguja y un poco de luz, y le costó un rato porque se le había metido de lado y porque la mano derecha no le servía para operarse la derecha.
Cuando la sacó, se quedó mirando el dedo.
Después abrió el cuaderno.
Y lo que hizo aquella noche, con las botas todavía llenas de arena junto a la puerta, fue lo mismo que había hecho el viernes por la mañana de rodillas al lado de una cama: poner columnas.
Escribió la hora de bajada y la de subida, que constaban en la libreta de Cué y que cualquiera podía comprobar.
Escribió la descripción de la casa del guardés tal como se la había dado al juez, palabra por palabra, para no equivocarse si se la volvían a pedir.
Escribió lo de la ceniza y lo de la ropa tendida, que era verdad.
Y después pasó a la página siguiente y escribió, con la misma letra y en la misma clase de columnas, lo otro.
Lo que había dicho Julia, en el orden en que lo había dicho y con las palabras que había usado, no con las que a Alma le habrían parecido mejores.
Le costó hora y media y no se saltó nada.
Lo único que tuvo que escribir dos veces, porque la primera le salió torcido, fue y yo lo sabía cuando la cerré .
Escribió también lo que no había dicho, porque también se apunta lo que no aparece: que no había hablado del incendio de ninguna casa, que no había preguntado por el dinero, que no había pedido perdón y que no había dicho ni una vez la palabra justicia.
Tardó una hora larga.
Cuando terminó, arrancó las hojas.
Las dobló en cuatro, las metió en un sobre de los suyos, escribió la fecha por fuera, y lo guardó en el fondo del baúl, debajo de la ropa, junto al cuaderno y junto a una carta de junio firmada por una mujer que no existía.
No estaba escondiendo nada.
Estaba haciendo lo que hacía siempre, que era dejar por escrito lo que había visto el día que lo veía, con la hora puesta y con la fuente al lado, porque de memoria se equivoca todo el mundo.
Lo único que había cambiado era a quién se lo iba a enseñar.
Se acostó a las once y media y se levantó a la una.
Bajó descalza hasta el rellano del cuerpo sur, con las botas en la mano y sin vela, y desde el arranque del pasillo miró hacia el ala oeste.
Al fondo, delante de la portezuela de los paneles, había un farol encendido en el suelo y un hombre sentado en una silla de la cocina con el capote encima de las rodillas. No dormía. Se le veía mover la cabeza cada poco.
Alma se quedó allí de pie, en la oscuridad, cinco o seis minutos.
Si aquella noche alguien venía por la galería, se iba a encontrar con aquel hombre y con aquella silla.
Si aquella noche alguien venía por la galería, iba a ser su hermana, y aquel hombre iba a hacer su trabajo, y a la mañana siguiente todo el mundo en aquella casa sabría lo que Alma no había dicho en un pasillo a las dos y cuarto de la tarde.
Y lo que Alma sintió, de pie y descalza en aquel rellano, no fue miedo por ella.
Fue una cosa mucho peor, y le costó cinco minutos ponerle nombre, y cuando se lo puso subió a su cuarto y no volvió a bajar.
Lo que sentía era alivio.
Alivio de que hubiera un hombre con un farol delante de esa puerta. Alivio de que aquella noche, y la siguiente, y todas las que hicieran falta, su hermana no pudiera entrar en aquella casa ni salir de aquella cala sin que alguien lo viera.
Alivio de saber exactamente dónde estaba.