Capítulo 24 · Lo que no dijo
Lo que no dijo
Alma no se acordó después de haber andado el camino de tierra.
Se acordaba de haber salido de aquella casa y se acordaba de haber doblado la punta, y en medio había un cuarto de hora de aliagas y de piedra suelta del que no le quedó nada, y eso no le había pasado nunca, porque Alma se acordaba de todo lo que miraba.
Lo que sí se acordó de haber pensado, y lo pensó con estas palabras y andando deprisa, fue: está más delgada y tiene las manos bien.
Las manos bien. Sin cortes, sin uñas rotas, sin la piel de quien pasa hambre.
Nueve meses sola en una casa sin puerta y aquella mujer tenía las manos de alguien que come y duerme y se lava, y eso quería decir que alguien le llevaba de comer, o que bajaba a Ruicanto, o las dos cosas, y que llevaba haciéndolo desde diciembre sin que nadie en cinco leguas se hubiera fijado en ella.
Eso era lo único que su cabeza había sido capaz de sacar de aquella habitación mientras pasaba lo que pasó.
El agua estaba a cuatro pasos de la piedra de la mancha blanca cuando dobló la punta.
Había vuelto deprisa el último tramo, con la falda todavía atada con el imperdible y las botas llenas de arena, y las últimas veinte varas las hizo por el borde húmedo porque por el seco ya no había sitio.
Elpidio y el guardia la estaban esperando al pie de las repisas.
—Justo —dijo Elpidio.
—Justo.
—¿Ha encontrado algo?
—Papeles no.
Subió las repisas y llegó al pie de la escala y se paró para mirarla, porque subir doce metros de madera vieja cansada es otra cosa que bajarlos.
—Suba usted delante —dijo el guardia.
—Subo yo la última.
—Usted sube delante y yo detrás, que es como se hace.
Subió delante.
Los primeros peldaños fueron fáciles. A partir del cuarto empezó a notar las manos, porque los largueros de la parte vieja tenían la madera abierta en fibras y agarrarse ahí es agarrarse a una escoba sin lijar.
A la mitad se le metió una astilla en la base del dedo índice de la derecha y siguió, porque una astilla en una escala se saca arriba.
En el tramo nuevo la madera era limpia y ancha y agradecía. Alma se dio cuenta, subiendo, de que llevaba dos minutos contando peldaños y de que había empezado a contar sin querer, que era lo que le pasaba con todo.
Se paró.
Se quedó colgada de los dos brazos, con los pies en un peldaño y la frente contra el larguero, a siete metros de la arena y a cinco de la terraza, y estuvo así el tiempo que se tarda en respirar cuatro veces.
Abajo, el guardia calló, que fue lo mejor que hizo aquel hombre en toda la semana.
Después siguió subiendo.
Los últimos cinco peldaños se le hicieron más largos que los doce metros enteros, porque al llegar arriba había que pasar el antepecho, y para pasar el antepecho hay que soltar una mano y echar el cuerpo hacia delante sobre la piedra, y eso lo hizo mal y se raspó el antebrazo desde la muñeca hasta el codo.
Se quedó de rodillas en la terraza, con las manos abiertas encima de la losa, respirando.
Arriba, Cué estaba con su libreta en el antepecho.
—Trece cincuenta y cinco.
—Sí.
—Bajada a las doce y treinta y ocho. Subida a las trece cincuenta y cinco. —Cué tomó nota y le dio la vuelta a la libreta para que ella lo leyera—. ¿Es correcto?
—Es correcto.
Firmó con la mano sucia y le dejó una marca al lado de la firma.
Desmontaron el tramo entre los dos hombres con la cuerda y lo bajaron a la carbonera, y el guardia se quedó en la terraza porque era su puesto.
Lo de la galería lo contaron ellos.
Alma estaba de pie a dos metros cuando Elpidio y el guardia le explicaron a Requejo, en el rellano y con las botas llenas de arena, que la boca de la galería del desagüe estaba al pie del acantilado por encima de la línea del fuco, que el desprendimiento dejaba un paso de un metro por la izquierda, que no había puerta ni reja, y que por dentro se iba a la sala de abajo por una parte y por otra se subía al corredor de detrás de los paneles.
Requejo no se alteró, y a Alma le pareció que aquel hombre no se alteraba nunca y que eso era lo más incómodo que tenía.
—¿Y eso desde cuándo está así?
—Desde siempre.
—¿Y cuántas personas lo saben?
—En la casa, todas. Fuera, los que hayan trabajado aquí.
—¿Cuántos han trabajado aquí?
Elpidio estuvo pensando.
—Desde el ochenta y seis, señor, habrán pasado por esta casa doscientas personas.
Requejo se quedó con eso un momento.
—Bedia. Esta noche el hombre del corredor se sienta delante de la portezuela con el farol encendido y no lo apaga. Y mañana a primera hora quiero un tablón y unos clavos en esa boca.
—Sí, señor.
—Y que conste, Cué, que hasta esta tarde esta instrucción ha trabajado sobre el supuesto de que a esta isla solo se entra por la calzada, y que ese supuesto era falso.
Cué lo escribió.
A las dos comieron.
Fue la primera comida desde el miércoles en que se sentaron todos a la mesa del comedor, y se sentaron porque Teresa lo mandó y porque a Requejo le pareció bien, y a Alma le costó entender por qué hasta que vio dónde ponía Teresa a cada uno.
Se sentó ella en la cabecera. A su derecha, el juez. A su izquierda, don Ramiro. Después Gabriel, después doña Clara, y al final, en el sitio que en aquella casa se le da a quien trabaja, Alma.
Comieron pescado y hablaron del tiempo, y Ramiro llevó la conversación durante media hora a base de preguntarle a Requejo cosas de Torrelavega que Requejo contestaba en tres palabras.
En un momento dado, Ramiro se volvió hacia Alma.
—Señorita, ¿aquello del estado del fondo lo va usted a tener?
—Cuando me dejen entrar.
—¿No la dejan?
—No me dejan sola.
—Ya. —Ramiro se limpió la boca—. Yo me voy el jueves. Si no lo tengo antes del jueves, lo que haya en esa habitación no entra en el ejercicio de este año y vuelve a entrar el año que viene, si es que el año que viene hay quien lo firme.
Nadie contestó a eso.
Y Alma, mirando el mantel, pensó que aquel hombre llevaba cuatro días diciendo en voz alta, delante de todo el mundo y con toda la educación del mundo, que aquella casa se estaba quedando sin nadie que pudiera firmar un papel.
A las dos y cuarto bajaron los cuatro precintos con Bedia.
Era la revisión del día, la primera de las que iba a hacer todas las mañanas, y la hicieron por la tarde porque la mañana se les había ido. Bedia iba delante con el pliego, y detrás Requejo, y detrás Cué, y detrás Alma, que no pintaba nada allí y a la que nadie mandó marcharse.
El de la sala, íntegro. El del recinto de los husillos, íntegro. El de la portezuela, íntegro. El del archivo, íntegro.
Bedia los fue firmando uno por uno, con la hora.
En el corredor del ala oeste, delante de la puerta sellada del archivo, Requejo se paró y se volvió.
—Señorita.
—Diga.
—¿Qué ha visto usted ahí abajo?
Alma tenía el cuaderno metido por dentro del corpiño desde las doce y media, y la astilla del dedo índice le latía, y la arena de las botas le crujía en la baldosa cada vez que cambiaba el peso.
Se oyó contestar.
—Una casa vacía. Chimenea, un jergón, una mesa y un altillo. Han entrado a resguardarse. Hay ceniza en la lumbre y ropa tendida.
—¿Ropa tendida?
—Sí.
—¿De cuándo?
—No sabría decirle.
—¿Y papeles?
—En la mesa no había nada.
Cué no estaba escribiendo, porque aquello no era una declaración; era un hombre preguntándole una cosa a otra persona en un pasillo.
Y por eso fue peor.
—Pastores —dijo Bedia—. En esa casa se meten desde hace años. Yo la he encontrado con lumbre dos veces.
—Ya —dijo Requejo.
Y se quedó un momento mirando a Alma como si hubiera algo más que preguntar y no se le ocurriera qué.
—Mañana no baje usted otra vez. No tengo gente para montar esa escala todos los días.
—No pensaba bajar mañana.
—Bien.
Siguieron corredor abajo.
Alma se quedó donde estaba, delante de la puerta sellada del archivo, con las dos tiras de cinta cruzadas y el lacre de Cué encima, y se estuvo ahí de pie un rato largo después de que los pasos doblaran el ángulo.
Gabriel la encontró allí a los diez minutos.
—Me han dicho que ha bajado usted a la cala.
—He bajado.
—¿Por la escala?
—Por la escala.
—Yo no he bajado ahí desde los quince años. —Se cruzó los brazos—. ¿Sigue estando la casa del guardés?
—Sigue.
—¿En pie?
—En pie. Con el tejado partido por un lado.
Gabriel asintió y no preguntó más de la casa, y Alma esperó, porque llevaba cinco días aprendiendo que aquel hombre preguntaba las cosas dos por detrás.
—¿Ha encontrado algo de ella?
—¿De quién?
—De la que estuvo el año pasado.
Alma le sostuvo la mirada y le dijo lo mismo que le había dicho al juez, palabra por palabra, porque las mentiras que se dicen dos veces hay que decirlas iguales.
—Una casa vacía. Se meten pastores.
Gabriel miró el lacre de la puerta.
—Ya.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque si un día aparece, quiero saberlo antes que el juez. —Lo dijo sin bajar la voz y sin mirar alrededor, que fue lo que más desconcertó a Alma de todo aquel minuto—. Y ya sé que eso que acabo de decir se puede repetir en una sala. Repítalo si quiere.
Se fue por el corredor hacia el cuerpo sur.
Podía haberlo dicho.
Lo tuvo delante entero, medido, con la hora: un juez en un pasillo, a dos pasos, que acababa de preguntarle qué había visto. Una frase. Mi hermana está viva y está en esa casa y ha dicho que los mató a los dos.
No la dijo, y se dio la razón allí mismo y se la dio bien, porque Alma Roldán Vega no era una mujer que hiciera las cosas sin razón: si lo decía en aquel pasillo, en dos horas había cuatro hombres bajando a la cala con faroles a por una fugada a la que aquella casa acusaba de robo desde el año pasado, y lo que llegaría a Torrelavega sería eso y solo eso.
Una ladrona. Una loca. Una mujer que se escapó de un encierro del que no existe ni un papel.
Y todo lo que Julia sabía de aquel archivo, que era lo único que había en aquella isla que valiera la pena salvar, se iba a caer con ella.
Primero la prueba. Después el nombre.
Se lo dijo en aquel corredor, de pie, sin que le temblara nada, y le pareció una buena razón.
Le pareció una buena razón durante tres días.