El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 23 · La casa del guardés #2
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Capítulo 23 · La casa del guardés #2

—Sé lo que había. —Julia no tuvo que buscar en el papel—. Una casa ardiendo por dentro. Se ve la lumbre por las ventanas desde fuera y hay alguien de espaldas mirándola arder.

—¿De quién es?

—De Ramiro Gálvez.

Alma se quedó callada un segundo entero.

—¿Del contable?

—Del contable. —Julia se apoyó en la mesa con las dos manos—.

Del año cuatro. Pidió participación en los ingresos de la casa y Álvaro lo llevó a esa habitación y lo puso ahí de pie, y Ramiro entró por su propio pie, que eso no se te olvide.

Y Álvaro se guardó el vidrio y no lo metió en ningún expediente, porque para lo que servía no hacía falta ningún expediente: bastaba con que existiera.

Alma se quedó con aquello en la mano y se dio cuenta en ese mismo momento de para qué le servía.

Para nada.

Tenía delante el contenido y el dueño de la única placa que faltaba de aquel archivo, y no podía escribirlo, ni decirlo, ni ponerlo en un acta, ni dejarlo caer en un pasillo, porque la única manera de explicar de dónde lo había sacado era decir de quién lo había sacado, y la persona de quien lo había sacado acababa de confesarle dos muertes en una casa con el suelo de tierra.

Lo mejor que sabía de aquel caso no lo podía usar.

—Eso son dos placas de hombres en un archivo de mujeres.

Julia levantó la cabeza.

—¿Dos?

Y Alma, que llevaba todo el día decidiendo qué contaba y a quién, se oyó a sí misma contestar sin haberlo decidido:

—El hijo.

—Gabriel.

—Gabriel.

Julia se apartó de la mesa y se fue hacia la chimenea, y estuvo un rato de espaldas moviendo la ceniza con el pie, exactamente igual que había hecho Alma media hora antes.

—Eso no lo sabía —dijo—. Sabía que había una suya. No sabía que él sabía que había una suya.

—Lo sabe.

—¿Cómo lo sabes tú?

—No lo sé. Lo supongo por cómo mira una caja cerrada.

Julia se volvió y la miró de otra manera, y aquella manera Alma la conocía de cuando eran pequeñas y no le gustó reconocerla.

—Sigue.

—No.

—¿Qué?

—He dicho que no. —Alma se apartó de la mesa—. No he bajado aquí a informarte.

—Has bajado aquí a informarte tú.

—He bajado aquí porque escribiste una carta con letra de otra.

—Y has venido.

—¿Qué quieres de mí?

—Que hagas tu trabajo.

—Dilo entero.

—Quiero que fechen esas placas. —Julia señaló el montón de papel con la barbilla—.

Que alguien que sepa de vidrios y de emulsiones ponga por escrito, con su nombre y su firma, de qué año es cada una y que ninguna se ha hecho después de los hechos.

Eso lo puedes hacer tú y no lo puede hacer nadie más de aquí a Santander.

—¿Y para qué sirve eso?

—Para que cuando esto se abra no puedan decir que las hicimos nosotras.

Alma se levantó de la mesa.

—Eso no es lo que ibas a pedirme.

—Es exactamente lo que voy a pedirte.

—Julia. —Se oyó decir el nombre en voz alta, que era una cosa que llevaba catorce meses sin hacer, y le sonó raro en aquella habitación—.

Fechar un vidrio dice de qué año es el vidrio.

No dice de quién es el deseo, ni si esa mujer hizo lo que está ahí, ni si pensó en hacerlo.

Y tú vas a enseñar ese papel diciendo que dice lo segundo.

Julia la miró con una atención nueva, como se mira a alguien que acaba de decir algo más interesante de lo previsto.

—No he dicho nada de deseos.

—No.

—Tú sí.

Alma no lo recogió.

—Hay una cosa que no me has preguntado tú a mí —dijo Julia.

—Pregúntala tú.

—¿Cómo está la abuela?

Alma se quedó parada en mitad de la habitación.

—Se murió en marzo.

Julia no dijo nada durante un buen rato. Se fue hasta el vasar, cogió el tazón que estaba boca abajo sobre el paño, lo puso del derecho y lo volvió a poner boca abajo.

—¿Estabas tú?

—Estaba yo.

—¿Y padre?

—Padre estuvo en el entierro y se fue el mismo día.

—Ya.

Se quedaron las dos calladas, cada una en un extremo de aquella habitación con el suelo de tierra, y en aquel silencio, que duró lo que duran los silencios que no se llenan, Alma entendió por qué le había costado tanto volverse cuando la oyó en la puerta.

Porque llevaba catorce meses figurándose el momento en que su hermana aparecería, y en todas las versiones aparecía para ser encontrada.

En ninguna aparecía habiendo escrito ella la carta.

—Tenías que haber vuelto —dijo Alma.

—No podía.

—En marzo sí podías. En marzo llevabas tres meses en esta casa comiendo todos los días y andando hasta Ruicanto con las manos mejor que yo.

Julia dejó el tazón.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si vuelvo en marzo, esto no lo hace nadie.

Y eso fue lo más cerca que estuvo aquella tarde de explicarse, y se paró ahí, y a Alma le pareció que se paraba porque sabía perfectamente lo que sonaba y no porque le faltaran las palabras.

Fuera, el viento había cambiado y se oía el mar más cerca que al llegar.

—Tengo que subir.

—Sí.

Julia fue con ella hasta la puerta y se paró en el vano, y allí, con la luz de fuera de frente, se le vio la cara entera por primera vez desde que había entrado.

—Mañana no bajes —dijo—. Mañana no hay marea a esa hora y te vas a quedar del otro lado.

—Ya lo sé.

—No lo sabías. Te lo acabo de decir yo. —Se apoyó en la jamba—. Y otra cosa. No has preguntado por Clara.

—Clara está arriba.

—Ya sé que está arriba. Digo que no has preguntado.

—Está aquí desde el miércoles —dijo Alma—. Duerme en la habitación de arriba del cuerpo sur, no baja a comer y lleva cinco días con el abrigo puesto.

—¿Y ha hablado con ella?

—Dos veces. Me ha corregido las dos.

Julia se rio por la nariz, una vez y muy corto, y fue el único ruido parecido a una risa que se oyó en aquella casa aquella tarde.

—Sí. Eso lo hace.

Alma echó a andar por el camino de tierra sin contestar, y a los treinta pasos se volvió una vez.

Julia seguía en el vano de la puerta, con la luz de frente, y detrás de ella, en la ventana de la casa, el único cristal entero de todo aquel llano devolvía el cielo de la una de la tarde.

No había nadie más en él.