El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 23 · La casa del guardés
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Capítulo 23 · La casa del guardés

La casa del guardés

El camino de tierra subía desde la punta entre aliagas y llegaba a un llano pequeño donde había un pozo cegado, un cobertizo sin techo y una casa de dos cuerpos con el tejado de teja partida.

Alma llegó a las doce y cuarenta y cinco y se paró a veinte pasos.

Lo primero que miró fue la chimenea, porque era lo que se ve desde lejos, y por la chimenea no salía nada.

Lo segundo fue el suelo. El camino que iba de la puerta al cobertizo estaba pelado en el centro, con la tierra apisonada y sin hierba, del ancho de un pie, y la hierba de los lados estaba vencida hacia dentro.

Eso lo hace alguien que pasa por el mismo sitio todos los días.

La puerta no tenía cerradura. Tenía un picaporte de madera y una cuerda, y la cuerda estaba nueva.

Alma empujó.

Dentro había una sola habitación grande con el suelo de tierra, una chimenea baja en el testero y una escalera de mano que subía a un altillo. Olía a humo frío, a lana y a algo agrio que tardó un segundo en reconocer y que era pan.

Miró como miraba ella, sin tocar y por orden.

En la chimenea, ceniza. La removió con la punta del zapato. Debajo, rescoldo, apagado hacía horas y no hacía semanas, porque la ceniza de arriba estaba gris y la de abajo, negra y en terrones.

En el vasar, un tazón boca abajo sobre un paño, secándose, y el paño mojado por el lado de abajo.

Colgada de un cordel tendido entre dos vigas, ropa. Dos camisas de mujer, unas medias, un delantal. Estaba seca y llevaba puesta el tiempo que lleva puesta la ropa cuando se olvida uno de recogerla.

Contra la pared del fondo, un jergón con dos mantas dobladas en los pies, hechas.

Y en la mesa, debajo de la ventana, un candil, un tintero, cuatro plumas usadas y un montón de papel.

Alma se acercó a la mesa.

El papel estaba escrito por las dos caras, con letra apretada, en columnas. No eran cartas. Eran listas.

Letras, años, números. Y al lado de cada uno, dos o tres palabras.

C-1889-VII. Médico sin manos.

G-1905-114. Hombre mira ahogarse a otro.

L-1906-021. Manos cortan cinta de un paquete.

Alma se quedó de pie con la mano en el canto de la mesa.

—No las he copiado —dijo Julia desde la puerta—. Me las sé.

Alma no se volvió enseguida.

Se volvió despacio, porque llevaba catorce meses figurándose aquello de veinte maneras y en las veinte se volvía deprisa, y resultó que el cuerpo hacía otra cosa.

Julia estaba en el vano con una brazada de leña menuda y una toca de lana en la cabeza. Tenía la cara más delgada y el color de la gente que vive fuera. Llevaba botas de hombre.

Dejó la leña en el suelo, junto a la chimenea, y se enderezó.

—Has tardado tres días más de lo que había calculado.

Alma no dijo nada.

—¿Te ha visto alguien bajar?

—Un guardia civil y el fogonero.

—¿Y arriba?

—El juez me ha mandado él.

Julia asintió una vez, y en ese asentimiento hubo algo que Alma reconoció antes que la cara: la manera de recibir un dato y colocarlo.

—Entonces tienes hasta que suba el agua a esa piedra —dijo Julia—. Hora y cuarto.

No miró ningún reloj. En aquella casa no había ninguno.

Alma cruzó la habitación en tres pasos y la cogió por la muñeca.

La cogió por debajo, con la mano entera, el pulgar cruzado por encima, y tiró de ella hacia dentro un paso, y se quedó así, sujetándola, sin decir nada y sin saber para qué.

Julia no se soltó.

Tenía la muñeca más delgada de lo que Alma se había figurado y más dura, con el hueso muy marcado y la piel áspera de trabajar fuera, y estaba caliente, y aquello fue lo único de todo el día que Alma no supo aguantar: que estuviera caliente.

Le subió la manga con el pulgar sin pedir permiso, como se mira una pieza, y le vio el antebrazo entero: una quemadura vieja de plancha encima del codo, que se la hizo a los once años en la cocina de Santander y por la que su padre estuvo tres días sin hablarle, y nada más.

Ni marcas de cuerda, ni de correa, ni de anilla.

—Alma.

—Espera.

—Alma, que estoy aquí.

La soltó.

Se apartó dos pasos, se puso de espaldas y miró la pared de la chimenea hasta que pudo hablar, y tardó, y en todo ese rato Julia no se movió del sitio ni le puso una mano encima.

Y eso fue lo que la enderezó, al final: que no se acercara.

Porque una hermana que ha estado catorce meses sin escribir y que ve entrar a la suya por una puerta se levanta y la abraza, aunque no sepa qué decir, aunque le dé vergüenza, aunque haya hecho lo que sea.

Y aquella mujer se había quedado donde estaba, con las manos quietas, esperando a que se le pasara.

Como quien espera a que se enfríe una placa.

Alma se pasó el dorso de la mano por la cara una vez, se volvió, y a partir de ahí no le tembló nada en hora y cuarto.

—La carta la escribiste tú.

—Sí.

—«Lo demás, cuando nos veamos.»

—Sí.

—Sabía que era tuya el mismo día que llegó. —Alma se volvió—. Lo supe leyendo el remite falso y me pasé cinco semanas explicándome que no.

—Ya.

—¿Por qué así?

—Porque si te escribo yo, no vienes. Vas a la Guardia Civil de Santander y das mi nombre, y haces bien, y en dos meses estoy detenida y no sirvo para nada.

—Julia se quitó la toca y la dejó en el respaldo de la silla—.

Si vienes contratada, vienes con las manos limpias y con un oficio que aquí hacía falta. Nadie te ha traído. Te han contratado.

—Gabriel me contrató de verdad.

—Gabriel te contrató de verdad porque yo llevaba desde junio poniéndole delante que ese archivo se estaba perdiendo y que había que llamar a alguien.

Se lo puse delante sin que me viera. —Julia se agachó a echar dos palos en la ceniza y no los encendió—.

Tú eras la única restauradora de placas de la provincia que cobra por debajo de lo que vale y que no tiene taller propio. Lo demás se hizo solo.

Alma se sentó en el borde de la mesa porque las piernas le pidieron una cosa u otra.

—¿Y en diciembre?

—En diciembre me escapé por la galería a las tres de la mañana con lo puesto y llevaba cuatro meses sin dormir dos noches seguidas.

—Julia lo dijo con el mismo tono con el que había dicho lo de la piedra y el agua—.

Antes de eso estuve encerrada tres meses en el ala oeste, que tú has visto y por la que has pasado esta semana todos los días.

La cuarta puerta del corredor, la que da al norte.

—¿Quién te encerró?

—Álvaro. Con la firma de Baeza, que es como se hace.

Alma se quedó mirándola.

—Dilo.

—¿El qué?

—Lo que has venido a decirme. Llevas catorce meses montándolo. Dilo tú y no me hagas preguntarlo.

Julia se puso de pie.

—Maté a Álvaro Orive la madrugada del jueves. Le abrí la toma del mar a las cuatro y diez y la cerré a las cinco y veinte. La dejé a un metro y dos.

Alma alzó la vista.

Aquella mañana, cuatro horas antes, un guardia civil había sujetado una cinta de carpintero contra el gres de aquella sala y un secretario judicial había leído en voz alta la misma cifra tres veces, en tres puntos distintos de la pared.

—Lo había medido en junio con una regla y un cordel —dijo Julia—. Con eso basta y sobra, y por debajo de ahí no basta. Después le abrí el serpentín para que el suelo estuviera seco cuando entraran.

Lo dijo bajo y sin adornar una sola palabra.

—Y el viernes por la mañana se escaldó Ramón Baeza porque el jueves por la noche yo cerré la llave de la fría de la clínica en el corredor de detrás de los paneles. Eso es todo lo que hice con él. Una llave. Lo demás lo hizo él solo, y podría no haberlo hecho, y yo lo sabía cuando la cerré.

Alma tenía las manos encima de la mesa y notó el canto de la madera en la palma y se agarró a eso.

—¿Por qué?

Julia tardó un momento callada, y después no dijo lo que Alma esperaba que dijera.

—Se llamaba Leonor Valcárcel y entró en enero del seis porque su marido quería una herencia que era de ella.

Yo le prometí el veintiocho de agosto del año pasado que le iba a llevar a un abogado de Santander una declaración suya firmada y una copia de su ficha, y que iba a volver con una respuesta que ella pudiera leer con sus ojos.

—Recogió la toca del respaldo y la dobló—.

Me encerraron en septiembre. Se murió en octubre. Baeza escribió fallo cardíaco.

—Eso me lo dijo él.

Julia levantó la vista por primera vez en toda la conversación.

—¿Qué?

—El viernes por la mañana. Yo estaba de rodillas al lado de la cama con un cuaderno. Dijo el nombre entero, dijo octubre, dijo puse cardíaco y dijo lo puse yo . Delante estaba la señora y desde la puerta lo oyó Rosario.

Julia no se movió durante un tiempo que a Alma le pareció largo.

—¿Está escrito?

—Está escrito con la hora y con quién estaba delante.

—Bien. —Se guardó la toca en el bolsillo del delantal—. Eso lo hace más fácil.

Y aquello, que no era ni una lágrima ni una disculpa ni una explicación, fue lo peor que Alma oyó en toda la tarde, y no supo decir por qué hasta mucho después.

—Falta una placa.

Julia se volvió.

—¿Cómo?

—Del archivo. La erre del año cuatro, la doscientos sesenta y ocho. El martes estaba y esta mañana no. La he contado dos veces con el secretario del juzgado delante y no hay trescientas once: hay trescientas diez.

Julia se estuvo quieta.

—Repíteme el número.

—Erre, mil novecientos cuatro, doscientos sesenta y ocho.

—No la tengo yo.

—No te he preguntado.

—Me lo estabas preguntando. —Julia cruzó la habitación y se paró al otro lado de la mesa, y por primera vez en toda la tarde levantó la voz media pulgada—.

Desde que salí de esa casa no he vuelto a tocar una placa.

Ni una. Lo que tengo es lo que hay encima de esa mesa y es de mi letra y de mi memoria, y si me registras el altillo no vas a encontrar vidrio ninguno, y te invito a subir ahora mismo.

—No voy a registrarte nada.

—Sube.

—Julia.

—Sube tú, que eres la que sabe mirar.

Alma no subió, y las dos se quedaron a los dos lados de la mesa, y aquello duró lo bastante como para que Alma entendiera una cosa que no le gustó nada: que se lo creía.

—¿Y sabes qué había en esa placa? —dijo.