Capítulo 22 · La cala
La cala
—Déjeme bajar con ellos.
Requejo estaba en el rellano poniéndose los guantes y no se paró a pensarlo tanto como Alma esperaba.
—¿A qué?
—A la casa del guardés.
—Ahí no vive nadie desde el noventa y nueve.
—Ahí vivió alguien el año pasado. —Alma le sostuvo la mirada—.
La ayudante que estuvo en el cuarto oscuro de marzo a diciembre.
Se fue en invierno y en esta casa se dijo que se había llevado cosas.
Nadie ha comprobado nunca qué se llevó, porque nadie hizo entonces un recuento y porque hasta el martes pasado no había un recuento que comparar.
Ahora falta una placa. Yo iría a mirar dónde durmió esa mujer.
Requejo terminó de ponerse el guante izquierdo.
—¿Usted cree que esa placa está en una casa vacía a media legua de aquí?
—Creo que no me cuesta nada ir a mirar y que a usted no le cuesta nada mandarme.
—A mí me cuesta un hombre.
—No, señor. Va a mandar usted a dos a la boca de la galería con la marea baja, y la escala hay que montarla igual y desmontarla igual. Yo bajo detrás de ellos y subo delante.
Requejo se quedó con el segundo guante en la mano.
—Cué, que conste que autorizo a la señorita Vega a reconocer la casa del guardés en busca de documentación o de material fotográfico perteneciente a la antigua empleada, y que va sola porque no tengo gente. Que el guardia anote la hora de bajada y la de subida.
—¿Y si encuentra algo? —dijo Cué.
—Que no lo toque y que suba a decirlo.
—Sí, señor —dijo Alma.
Y aquella fue la primera mentira que le dijo a un juez, y se la dijo con dos palabras y sin que le temblara la voz, y tardó tres días en poder pensar en ello sin ponerse de pie.
Alma subió a su cuarto a cambiarse de calzado y se sentó al pie de la cama con las botas en la mano.
Llevaba todo el día trabajando bien. Había visto una llave cerrada en un corredor y la había señalado en voz alta, había dicho delante de un juez que un hombre había tenido dos maneras de salir y que ninguna estaba cerrada, y había conseguido que eso constara.
Nada de lo que había hecho aquella mañana le daba vergüenza.
Y acababa de decirle a ese mismo juez que iba a bajar a una casa vacía a buscar unos papeles.
Se ató las botas.
No se dijo a sí misma que iba a encontrar a nadie.
Esa era la parte que llevaba cuatro meses sin decirse, desde la tarde en que abrió una carta firmada por una mujer que no existía y leyó en la última línea una frase que se decían dos niñas en un pasillo de Santander cuando una tenía que irse antes que la otra.
Cogió el cuaderno y se lo metió por dentro del corpiño.
El tramo de escala pesaba lo que había dicho Elpidio.
Lo subieron entre él y el guardia desde la carbonera por la escalera de servicio, de canto, con una cuerda pasada por dos travesaños, parando dos veces, y cuando llegaron a la terraza los dos tenían la camisa pegada a la espalda.
La terraza era una plataforma de piedra en el borde norte de la casa, con antepecho bajo, y por la parte de fuera la roca caía a plomo hasta un rellano y del rellano se iba en repisas hasta la arena.
Lo que quedaba de la escala estaba empotrado en la roca por debajo del antepecho: dos largueros de madera vieja con las grapas de hierro comidas de orín, que bajaban doce metros y se acababan en el aire.
Elpidio y el guardia bajaron el tramo nuevo con la cuerda, lo encajaron por las mortajas y lo amarraron arriba con dos vueltas y un nudo que Elpidio hizo dos veces porque la primera no le gustó.
—Pruebe usted primero —dijo el guardia.
—Pruebo yo.
Elpidio bajó cuatro peldaños, se colgó con las dos manos y se dejó caer el peso entero. La madera crujió y no se movió.
Subió.
—Aguanta. Pero se baja de uno en uno y sin prisa, y no se baja llevando nada en la mano.
Cué anotó la hora del montaje y los nombres.
Bajaron ellos dos primero.
Alma bajó la última, con la falda recogida y atada por delante con un imperdible que le dio Rosario, y con el cuaderno metido por dentro del corpiño porque no se podía bajar llevando nada en la mano.
La primera mitad era la parte nueva y era buena madera.
La segunda era la vieja, y la vieja tenía los peldaños gastados en el centro y las grapas flojas en tres sitios, y en dos de ellos hubo que pisar hacia fuera.
A mitad de bajada el viento cambió de lado y le dio de frente, y por debajo se oía el mar en las piedras.
No miró hacia abajo ni una vez y no fue por miedo, sino porque mirar hacia abajo en una escala no sirve para nada y se lo había dicho un hombre en Santander cuando tenía dieciocho años y le tocó fotografiar un tejado.
Lo que sí miró fue la roca, porque la tenía a un palmo de la cara durante doce metros y porque no tenía otra cosa que hacer con los ojos.
La roca de aquel acantilado estaba en capas inclinadas y entre capa y capa había juntas rellenas de tierra y de raíces.
A la altura del tramo viejo, en el tercio de abajo, las capas cambiaban de color: por encima eran grises y por debajo, de un pardo más oscuro, y el cambio no era un cambio de piedra sino de lo que la piedra tenía encima, porque el pardo llegaba justo hasta una línea y por encima de esa línea la piedra estaba limpia.
Era la línea de la pleamar.
Y estaba tres metros por debajo del final de la escala.
Alma siguió bajando, y en algún peldaño de aquellos, con las dos manos ocupadas y el viento de frente, se le ocurrió la cosa más inútil del mundo: que en aquella casa había dos habitaciones que se llenaban de agua hasta una raya y se vaciaban, y que una era una sala con una puerta de bronce y la otra era la isla entera.
Llegó al rellano y de allí bajó por las repisas.
Las repisas eran cuatro escalones de roca de la altura de un asiento, con la cara de arriba inclinada hacia fuera, y estaban resbaladizas del alga seca. Bajó sentándose en cada una y dejándose caer, que es lo que se hace y lo que hacen las mujeres con falda desde que hay faldas y rocas.
Se levantó en la arena y se sacudió las manos.
La cala del Rosel era una media luna corta, cerrada por dos puntas de roca, con arena gruesa y oscura en el centro y canchales a los dos lados.
Con la marea así, la arena estaba entera y se veía hasta dónde llegaba el agua cuando llegaba, porque el borde lo marcaba una línea de fuco negro y espuma seca que iba de punta a punta.
Todo estaba salado. La roca, cuando Alma se apoyó, le dejó la palma áspera y blanca. Los charcos de las oquedades tenían el fondo cubierto de una costra que crujía al pisarla. Hasta la madera podrida de un cajón varado en el rincón del este estaba tiesa y blanca por el lado que daba al sol.
Elpidio y el guardia se fueron hacia el oeste, hacia el pie del acantilado que quedaba debajo de la casa.
Alma los siguió veinte pasos.
La boca de la galería estaba allí, al pie de la roca, por encima de la línea del fuco y por debajo de donde llega una pleamar grande: un arco de sillería de la altura de un hombre agachado, medio tapado por un desprendimiento antiguo que había dejado un paso de un metro escaso por el lado de la izquierda.
No tenía puerta.
No tenía reja.
Elpidio se agachó y metió el farol, y el farol alumbró un pasillo que seguía hacia dentro con el suelo en pendiente y las paredes de sillería mojada.
—Más grande de lo que yo me pensaba —dijo el guardia.
Había venido figurándose un desagüe, que es lo que se figura cualquiera cuando le mandan a mirar un desagüe, y lo que tenía delante era un portal por el que se pasaba de lado sin agacharse del todo.
—¿Se puede medir?
Elpidio extendió los dos brazos y no llegó a los dos lados del hueco.
El guardia lo apuntó así: más de una braza de ancho y la altura de un hombre agachado. Sin puerta. Sin reja. Sin candado.
—¿Y por dentro?
—Por dentro se va a la sala de abajo por una parte, y por otra sube y se mete en el corredor de los paneles.
—¿Y esto lo sabe todo el mundo?
—Esto lo sabe todo el que ha trabajado aquí.
Alma se quedó un poco atrás, mirando aquel arco.
Llevaba cinco días oyendo que aquella casa era una isla y que una isla es una casa cerrada, y llevaba cinco días creyéndoselo como se lo creía todo el mundo, porque la calzada era enorme y visible y se tapaba dos veces al día delante de las narices de cualquiera.
Y la otra puerta era un agujero de un metro en una playa a la que solo se podía llegar bajando por una escalera desmontada.
—Súbalo usted a decir —dijo Elpidio.
—Ahora mismo no, que acabamos de bajar. —El guardia sacó un lápiz y se puso a dibujar el arco en su libreta, mal—. Se lo digo cuando subamos.
Alma se acercó.
—¿Se puede andar por dentro?
—Se puede si se sabe. —Elpidio apagó el farol para no gastarlo—. Hay dos tramos malos y uno se moja hasta la rodilla. Y hay que mirar la hora, porque con la marea arriba eso se llena.
—¿Cuánto?
—Lo que usted ya sabe. Con eso se va y se vuelve.
—¿Y hoy cuándo es la baja?
Elpidio miró el mar, la línea del fuco y el trozo de arena que quedaba descubierto por el lado del oeste, y no miró ningún reloj porque no llevaba.
—Ahora.
—¿Ahora?
—Ahora mismo o hace nada. —Se colgó el farol del cinto—. Y cada día que pase baja un poco más, que el ciclo va a más hasta el martes. Mañana habrá más arena que hoy.
Alma miró hacia el este, hacia la punta, por donde la arena se estrechaba y seguía como un borde por debajo de la roca hasta doblar y perderse.
—¿Por ahí se va a la casa del guardés?
—Por ahí. Doblando la punta hay un camino de tierra que sube.
—¿Y cuánto se tarda?
—Un cuarto de hora bueno. Y otro cuarto para volver.
—Elpidio se volvió a mirar el mar—. Y usted tiene que estar otra vez en esta arena antes de que el agua le llegue a esa piedra de allí, la que tiene la mancha blanca en lo alto.
Cuando el agua toca esa piedra, el borde de la punta ya no se pasa y hay que esperar seis horas.
Alma miró la piedra.
Estaba a unos treinta pasos, seca hasta arriba, con una costra de sal en la parte alta que se veía desde donde estaban.
—¿Cuánto tengo?
—Hora y media. —Elpidio estuvo callado un momento—. Hora y cuarto si quiere usted subir esa escala con luz y sin que le tiemblen las piernas.
Echó a andar hacia el este.
El borde de arena por debajo de la roca era estrecho y estaba sembrado de lo que deja el mar cuando se retira de un sitio al que vuelve dos veces al día: alga suelta en montones, un zapato, cuerda, trozos de red, madera blanca, y cada tres o cuatro pasos un charco en una oquedad con un cangrejo dentro y el fondo cubierto de aquella costra que crujía.
En dos sitios el borde se estrechaba hasta un palmo y hubo que pegarse a la roca y pasar de lado, con la espalda contra la piedra y las manos abiertas detrás, y en esos dos sitios Alma se dio cuenta de una cosa: que con el agua un palmo más alta aquello no se pasaba.
Por allí no se pasaba siempre. Se pasaba a una hora.
Al doblar la punta el paisaje cambió de golpe. El acantilado se acababa, la costa se abría en un tendido de hierba y aliagas, y por encima, a media ladera, se veía el camino de tierra que subía hacia la loma. Al fondo, muy lejos, los tejados de Ruicanto.
Y desde allí, por primera vez desde el lunes, Alma vio la isla entera desde fuera.
Se paró a mirarla.
La casa estaba en lo alto, con el ala oeste en escorzo y la fila de huecos del piso alto puesta en hilera.
La galería acristalada del cuerpo sur devolvía el sol de mediodía en una sola lámina y no se veía nada dentro.
Por detrás, la loma pelada. Por delante, el cerrado de mampostería, el portón y la calzada, que a aquella hora estaba descubierta de punta a punta y tenía encima, pequeño, un carro parado que no se movía.
Desde tierra, aquello era una casa en una peña con un camino de piedra.
Todo lo demás estaba por debajo.
Siguió andando y el camino de tierra empezó a subir.
A mitad de la cuesta se cruzó con las huellas.
Estaban en un tramo en que el camino se había embarrado con la lluvia del lunes y había vuelto a secarse, y allí, marcadas en el barro duro, había pisadas de bota en los dos sentidos, unas encima de otras, hechas en días distintos y todas del mismo pie.
Alma se agachó.
Eran pequeñas para ser de hombre y anchas para ser de mujer, y tenían la suela con tachuelas en el borde y sin tachuelas en el centro, que es como se gasta una bota que anda mucho por piedra.
Se enderezó sin tocarlas.
Aquello lo había visto tres veces en su vida, todas en el trabajo, todas en un sitio en el que alguien decía que no entraba nadie.
Y lo que se hace en esos casos, cuando uno trabaja para otro y le pagan por levantar acta de lo que hay, es sacar el cuaderno, poner la fecha, describir la huella y medirla con lo que se tenga a mano, aunque sea con la mano.
Alma siguió de pie en mitad de la cuesta con el cuaderno metido por dentro del corpiño y no lo sacó.
Siguió subiendo.