El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 21 · La fría
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Capítulo 21 · La fría

La fría

Bedia subió a buscarla a las doce menos cuarto.

—Que baje usted a la clínica.

—¿Ahora?

—Ahora.

Estaban los cinco en el cuarto de la ducha: Requejo, Cué con la cartera, Elpidio, Bedia y Rosario, que no había querido entrar y estaba en el umbral con las manos en el delantal.

A Rosario la habían hecho bajar la primera y la habían tenido veinte minutos contando otra vez lo del viernes, y cuando Alma llegó estaba terminando.

—¿Por dónde venía usted?

—Por el pasillo, de la última puerta hacia la escalera, con el cubo de la ceniza.

—¿Y lo oyó desde ahí?

—Lo oí desde ahí.

—¿Una vez?

—Una.

—¿Y desde que lo oyó hasta que abrió la puerta?

—Lo que se tarda en dejar un cubo en el suelo y andar diez pasos.

—¿Dejó el cubo?

Rosario lo pensó un momento.

—Lo dejé. Está ahí puesto todavía, si nadie lo ha movido.

Estaba puesto. Un cubo de zinc con ceniza, arrimado al zócalo del corredor, a diez pasos de la puerta del cuarterón de zinc, donde llevaba treinta horas porque nadie se había acordado de recogerlo.

Cué salió a mirarlo y volvió y lo apuntó, y aquello fue lo único de toda la mañana que hizo a Alma pensar que en aquella instrucción había alguien que sabía lo que estaba haciendo.

El cuarto estaba como el viernes por la mañana. El cilindro abierto con la hoja curva contra la pared del fondo. La ropa de Baeza seguía doblada en el banco de las perchas, con los zapatos debajo y el calzador encima. Alguien había quitado la toalla.

—Esta habitación no se precintó —dijo Requejo—. ¿Lo sabía usted?

—Lo sé desde el viernes.

—¿Y por qué no lo dijo?

—Porque el viernes había un hombre muriéndose en la habitación de enfrente y a mí me habían mandado salir de aquí.

Requejo lo dejó pasar.

—Entonces, de lo que hay en este cuarto, todo vale lo que vale una cosa que ha estado treinta horas a disposición de quien quisiera. Cué, que conste.

—¿Todo? —dijo Alma.

—¿Todo no?

—El viernes por la mañana, a las siete menos veinte, el alguacil Bedia me hizo salir de aquí y me preguntó si había tocado algo. Yo estaba mirando el volante de dentro y el borde de la anilla. Si él apuntó entonces cómo estaban, eso vale.

Bedia ya estaba abriendo la carpeta.

—Lo apunté.

Buscó y leyó en voz alta lo que había escrito el viernes con la casa en pie y un hombre agonizando a veinte pasos: que el volante interior estaba girado hacia el lado de la fría y no cerrado del todo, que el pico de pintura del canto quedaba abajo a la derecha, y que en el borde inferior del alojamiento de la anilla había rayas cortas y brillantes en el níquel.

—Hay algo más —dijo Bedia—. Al lado del volante, por debajo, hay una marca de pintura en la chapa de cuando la señorita lo movió el martes con el difunto delante. Eso me lo dijo ella el viernes sin que yo se lo preguntara.

—¿Y usted cómo sabe cuál es de cuándo?

—No lo sé. Por eso lo apunté.

Requejo cerró los ojos un momento, y cuando los abrió tenía otra cara.

—Bien. Vamos a lo de esta mañana.

Elpidio había subido del corredor técnico con las manos negras.

—La he abierto.

—¿Estaba dura?

—Estaba dura de estar quieta, pero no forzada. La habían cerrado a mano y hasta el tope, sin apretar de más.

—¿Y ahora hay fría en esta habitación?

—Ahora hay fría en toda la clínica.

Requejo se acercó al lavabo de la pared y abrió el grifo. Salió agua.

—Ciérrela otra vez.

Elpidio bajó y volvió a los cuatro minutos, y Requejo abrió el grifo del lavabo y no salió nada más que un chorro corto y un gorgoteo.

—Otra vez, Cué. Que consta que con esa llave cerrada no hay agua fría en ninguna toma de este pasillo.

Después se giró hacia el cilindro.

—Señorita. Explíquemelo con esto delante y sin tocar nada.

Alma se puso al lado de la plataforma, a un paso del escalón, y señaló con la mano abierta.

—El agua entra ya mezclada desde fuera. Se carga con ese volante grande de la pared y hasta que no se abre el de dentro no cae una gota, y eso se lo puedo enseñar.

Lo que hace el volante de dentro es dos cosas con el mismo mando: da paso y da punto.

Si se gira hacia un lado, entra más caliente.

Si se gira hacia el otro, entra más fría, y si se sigue girando hacia ese lado, acaba cerrando.

—¿El mismo mando abre, enfría y cierra.

—El mismo.

—Siga.

—Con la llave de fría cerrada, ese mando sigue girando igual de bien y sigue haciendo ruido igual y sigue notándose en la mano igual. Lo único que ya no hace es enfriar, porque por ese lado no le llega nada. Se gira, y no pasa nada.

Requejo se puso a mirar el cilindro.

—Demuéstremelo.

—Yo no.

—¿Perdón?

—Yo no voy a tocar ese aparato. Que lo haga él y que lo mire usted.

Elpidio subió el escalón, abrió el mando de la pared media vuelta, metió el brazo por la abertura de la hoja curva y abrió el de dentro un poco.

Cayó agua de las cuatro hileras a la vez. Salió vapor por arriba enseguida.

—Ahora dele a la fría —dijo Requejo.

Elpidio giró hacia el otro lado. Una vuelta. Dos.

El vapor no bajó.

Tres.

El vapor seguía igual.

—Corte —dijo Requejo.

Elpidio siguió girando hacia el mismo lado, y a la sexta o séptima vuelta el agua se acabó de golpe, con un ruido de rosca que hizo tope.

Salió con el brazo rojo hasta el codo y se lo sacudió.

—Esa es toda la diferencia —dijo Alma—. Un hombre que se mete ahí todos los días a la misma hora, el primer día que le sale demasiado caliente hace lo que ha hecho diez mil veces, que es dar hacia la fría. Y por ese lado también se cierra. Lo que pasa es que hay que llegar hasta el final.

—¿Cuántas vueltas ha dado él?

—Seis o siete —dijo Cué, que las había contado.

—Con el brazo fuera y sin agua encima —dijo Alma.

Se hizo un silencio.

—Entonces estaba condenado —dijo Bedia.

—No.

Lo dijo tan seco que se volvieron los cinco.

—No, señor. Eso no lo diga usted ni lo escriba nadie.

—Alma señaló la anilla, que seguía fuera de su alojamiento y echada—.

Aquí había dos maneras de salir y las dos funcionaban.

Una era acabar de cerrar, que son unas cuantas vueltas más de las que le apetecen a nadie con agua caliente encima.

Y la otra era esto: levantar el aro con los dedos, darle un cuarto de vuelta y tirar.

Eso se hace en un segundo y él lo hacía dormido, y me lo enseñó a mí el martes por la mañana y lo hice yo con estas manos.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Lo hizo. —Alma se agachó a la altura del alojamiento sin acercar la mano—.

Ahí están las rayas. Ese aro está embutido y hay que sacarlo con la punta de los dedos, y para eso hacen falta unas yemas que agarren.

Él lo intentó y se le fue, y lo intentó otra vez, y ahí está lo que dejó cada vez que se le fue.

Rosario, desde el umbral, se puso a llorar sin hacer ruido y se salió al pasillo.

Alma salió detrás de ella y la encontró apoyada en la pared del corredor, con el delantal hecho un puño.

—No es por él —dijo Rosario.

—Ya.

—Es que yo estuve ahí de pie, llamándolo por su nombre, con el agua cayendo, y no hice nada.

—Fue usted a buscar al que sabía.

—Podía haber abierto yo.

—No. —Alma se puso a su lado contra la pared, que era lo único que se podía hacer en aquel pasillo—.

Usted no sabía dónde estaba el mando de fuera, y si lo llega a saber y lo abre al revés, le cae a él el doble.

El que lo sabía estaba en la caldera y usted fue a por él, y tardó cuatro minutos en bajar y subir, y esos cuatro minutos son lo mejor que ha hecho nadie en esta casa esta semana.

Rosario se secó la cara con el delantal.

—¿Usted sí sabía dónde estaba?

Alma calló.

—Sí.

—¿Y?

—Y llegué cuando ya lo estaba abriendo él.

Rosario asintió despacio y no dijo lo que las dos estaban pensando, que era que aquello se medía en segundos, y se fue por el pasillo hacia la cocina.

—Que conste también —dijo Requejo, después de un rato— que la declarante manifiesta que el difunto disponía de dos maneras de interrumpir el agua y que ambas eran practicables.

—Sí, señor.

—¿Y por qué le importa tanto que conste?

Alma se enderezó.

—Porque el que cerró esa llave contaba con que fallara y no podía saber si iba a fallar.

Si esto hubiera salido bien, ese hombre habría cerrado a la tercera vuelta, habría salido escaldado y de mal humor y habría bajado al corredor a preguntar quién le había tocado el agua.

—Se limpió las manos en la falda aunque no había tocado nada—.

Eso no lo digo yo para quedar bien. Lo digo porque cambia de qué estamos hablando.

Requejo la miró largo y no le preguntó de qué estaban hablando, porque lo sabía y porque no iba a ser él quien pusiera la palabra delante de cinco personas.

Lo que sí hizo fue otra cosa.

—Señorita. ¿Por qué le importa a usted tanto que conste que ese hombre podía haber salido?

Alma tardó.

—Porque si consta lo contrario, la persona que cerró esa llave sale de aquí convertida en otra cosa.

—Explíquese.

—Si esto fue una trampa que no fallaba, quien la puso sabía que iba a matar.

Si esto fue una llave cerrada a doscientos pasos de aquí, una noche, sin saber si el hombre iba a acertar o no, entonces quien la cerró hizo una apuesta.

—Alma se miró las manos y las bajó—. Las dos cosas son horribles y las dos acaban igual, con ese hombre en una cama de hierro pidiendo aire.

Pero no son lo mismo, y yo no soy quien tiene que decidir cuál de las dos fue.

—No, no lo es.

—Por eso quiero que conste lo que se ve y no lo que se deduce.

Requejo no abrió la boca.

—Esto que acaba de decir usted —dijo al fin— lo dicen los abogados defensores, y lo dicen tarde y por dinero.

—Yo lo he dicho pronto y gratis.

—Ya lo he notado.

Se puso el sombrero.

—Cué, que conste también la pregunta que le he hecho yo y lo que ha contestado ella. Las dos cosas.

Cué levantó la vista.

—¿Ahora sí?

—Ahora sí.

—El pasador.

—Colgado —dijo Elpidio—. Como siempre.

—¿Se ha usado?

—No. Y si se usa, se ve, porque el hierro raspa el alojamiento por fuera y ahí no hay nada.

—Cué, que conste. Que el dispositivo de bloqueo exterior estaba en su clavo y sin señales de uso.

Cué lo puso.

Y entonces Requejo hizo la pregunta que Alma llevaba media hora esperando y no había querido plantear ella.

—Elpidio. Esa llave de la fría. ¿Desde dónde se llega a ella?

—Desde el corredor de detrás de los paneles.

—¿Y al corredor?

—Por la portezuela de ahí fuera. Y por abajo, por la galería del desagüe, si uno se sabe el camino.

—¿Y al cuarto de los husillos?

—Igual. Es el mismo corredor. Los husillos están al final y la llave de la fría está a media altura.

Requejo se metió los pulgares en el chaleco y miró el suelo en pendiente de aquel cuarto.

—O sea que las dos cosas se hacen desde el mismo pasillo.

—Del mismo pasillo, señor.

—Con dos noches de diferencia.

—Sí, señor.

Nadie dijo nada durante un rato. Cué había dejado de escribir y esperaba, con la pluma levantada, a que alguien dijera algo que se pudiera poner en un acta.

—Bedia —dijo Requejo—. A partir de ahora, de noche quiero a un hombre en el corredor del ala oeste, sentado, delante de esa portezuela.

—¿Toda la noche?

—Toda la noche. Y otro en el rellano de la escalera de abajo.

—Solo tengo dos, señor.

—Pues dos.

—Entonces el portón se queda sin nadie de noche.

—El portón de noche lo cierra la calzada. —Requejo se paró—. Y si mañana resulta que tampoco, me lo dice usted antes de que se me ocurra a mí.

Bedia se cuadró un poco y no dijo nada, y Alma pensó que aquel hombre llevaba dos días recibiendo delante de gente todo lo que la casa no le había contado a tiempo, y que lo estaba llevando mejor de lo que lo habría llevado ella.

Requejo se volvió hacia la puerta y se paró antes de salir.

—Y mande usted a alguien esta tarde a mirar la boca de esa galería por la parte de la cala, con la marea baja. Quiero saber si por ahí se pasa.

—Señor juez —dijo Elpidio.

—Diga.

—Por ahí se pasa.

Requejo se volvió despacio.

—¿Cómo dice?

—Que por ahí se pasa, señor. Eso no hay que ir a mirarlo.

—Elpidio se limpió las manos en el trapo del cinto y lo hizo despacio, porque sabía lo que estaba diciendo—.

La galería del desagüe sale a la cala del Rosel y no tiene puerta.

Nunca la ha tenido. Se entra agachado y se va por dentro hasta abajo, y por otra parte se sube al corredor de los paneles.

—¿Y usted por qué no me ha dicho esto esta mañana?

—Porque esta mañana me ha preguntado usted por los husillos.

Nadie se rio.

—¿Y cuándo se pasa?

—Hora y media antes de la baja y hora y media después. Lo demás del tiempo está llena.

Requejo siguió con la mano en el marco de la puerta.

—Usted me ha dicho hace un rato que a la llave de la fría se llega desde el corredor de los paneles.

—Sí, señor.

—Y ahora me dice que al corredor de los paneles se llega desde una playa.

—Sí, señor.

—A la que solo se baja por una escala que está desmontada en una carbonera desde el noventa y nueve.

—O por la cala, desde tierra, doblando la punta con la marea baja. Se llega a pie desde el camino de Ruicanto en tres cuartos de hora.

Requejo se quedó mirando el suelo en pendiente de aquel cuarto durante un rato muy largo.

—O sea que esta isla no está cerrada.

—Esta isla está cerrada para los carros —dijo Elpidio—. Para una persona sola y con las horas en la cabeza, esta isla no ha estado cerrada nunca.