Capítulo 20 · Trescientas diez
Trescientas diez
Teresa entregó la llave del archivo a las nueve y media, en el recibidor, delante de tres personas, y lo hizo sin discutir y sin preguntar cuándo se la iban a devolver.
—Es esta. Hay dos.
—¿Dónde está la otra? —dijo Requejo.
—La otra la tenía mi marido.
—¿Y dónde está?
—En el llavero que se llevaron ustedes ayer con su ropa.
Cué apuntó las dos llaves, el titular de cada una y quién las entregaba, y le dio a firmar a Teresa, y Teresa firmó Teresa Cobián con una letra pequeña y rápida, y Alma lo vio de reojo y no le dio ninguna importancia, porque una mujer casada que firma con su apellido de soltera en una casa que administra no es ninguna novedad.
—Señorita. Con Cué, y Cué no sale de esa habitación mientras usted esté dentro.
Empezaron a las diez menos veinte.
Cué se sentó al otro lado de la mesa larga con la cartera abierta, tres plumas y un secante, y en la primera hoja escribió el encabezamiento de un acta de inventario, y le pidió a Alma que le dictara el sistema antes de empezar a contar nada.
—El sistema no es mío. Yo lo encontré hecho.
—Pues dígame el que encontró.
Alma se lo dictó despacio, y Cué escribió que las piezas eran placas de vidrio de nueve por doce con su papel de seda, cada una dentro de un sobre de papel, y cada sobre con una ficha impresa dentro; que los sobres estaban colocados de pie y separados por lengüetas de cartón en cajas planas de cartón forrado; que cada sobre llevaba escrito a mano en el faldón una letra, un año y un número; que la numeración iba corrida de uno en adelante para todo el fondo; y que las letras estaban agrupadas en bloques, cada letra seguida, y correspondían a la inicial del nombre de pila que constaba en la ficha.
—¿Eso último lo sabe usted o lo supone?
—Lo comprobé anoche abriendo cuatro seguidos de la ele.
—Dígame los cuatro nombres.
—Luisa, Lucía, Leocadia y Luisa.
Cué lo escribió, con los cuatro nombres.
Después empezaron.
Fue un trabajo de dos horas hecho en cincuenta minutos, y lo fue porque Alma ya lo había hecho entero el martes y sabía dónde estaba cada caja.
Ella sacaba, contaba en voz alta y devolvía; Cué anotaba el bloque, el primer número, el último y el total, y cada cierto tiempo levantaba la cabeza y pedía que le enseñara un sobre cualquiera para comprobar que lo que le estaban diciendo era lo que había.
Los grises los contó él mismo, uno por uno, porque eran cuarenta y dos y le pareció que valía la pena.
—¿Estos son los antiguos?
—Marzo del ochenta y nueve a marzo del noventa.
—¿Y por qué se sabe?
Alma cogió uno y lo inclinó hacia la ventana alta del norte, y la filigrana de la campana con las dos rayas apareció en el papel antes que la tinta del faldón.
Cué se levantó, cogió el sobre él mismo, lo inclinó igual, la vio, y volvió a sentarse.
—Póngame eso en el acta con sus palabras.
Dentro del bloque de la ce, en su sitio, estaba un sobre gris con el número en romanos y una ficha con un nombre que Alma leyó y volvió a guardar sin decir nada, porque el nombre era Clara Orive Bustillo y porque la mujer de ese nombre llevaba tres días en aquella casa comiendo en aquella mesa.
Cué lo escribió como apuntaba todo lo demás.
—Ce, mil ochocientos ochenta y nueve, siete romano. Sobre de trapo. ¿Estado?
—Bueno. Emulsión sana, vidrio sin mella, sobre íntegro.
—Bueno.
Alma tuvo el sobre en la mano un momento más de lo que hacía falta y después lo puso de canto en su hueco, con el faldón hacia arriba, y colocó la lengüeta de cartón detrás.
No sacó la placa.
Podía haberla sacado. Llevaba toda la mañana sacando placas y mirándolas al sesgo contra la ventana del norte y devolviéndolas, y aquella era una más y estaba dentro de un inventario judicial y el secretario del juzgado la habría visto sacarla sin pestañear.
No la sacó, y no supo decirse por qué, y siguió contando.
En el bloque de la te, dos cajas más allá, había una ficha con una fecha de ingreso de abril de mil ochocientos noventa y un nombre de mujer.
Alma se paró medio segundo, porque el nombre de pila era Teresa, y siguió, porque Teresa hay muchas y aquella casa estaba llena de nombres repetidos como todas las casas de la provincia.
Cué lo apuntó.
A las diez y veinte llegaron a la erre.
La erre ocupaba dos cajas. Alma sacó la primera, la puso en la mesa, quitó la tapa y empezó.
—Doscientos cuarenta y uno. Doscientos cuarenta y dos. Doscientos cuarenta y tres.
Iba deprisa, porque los sobres estaban de pie y de canto y el número se leía en el faldón sin sacarlos, y no hacía falta abrir ninguno para contar.
—Doscientos sesenta y cinco. Doscientos sesenta y seis. Doscientos sesenta y siete.
Se paró.
—Doscientos sesenta y nueve.
Cué levantó la pluma.
Alma volvió atrás tres sobres y los pasó otra vez, uno a uno, con el dedo, separando cada uno del siguiente hasta ver el faldón entero.
—Doscientos sesenta y siete. Doscientos sesenta y nueve.
—¿No está?
—No está.
—Mire en la otra caja.
Lo miraron en la otra caja, y después en las dos cajas de la ese, y después en la de la ce, por si alguien lo había dejado mal, y después Alma se levantó y fue pasando las cajas del estante entero mirando solo los bordes de los bloques, que es donde se meten las cosas cuando se meten mal.
No estaba.
—Puede estar en cualquier sitio de esta habitación —dijo Cué.
—Puede. También puede no estar en esta habitación.
Buscaron media hora, y Cué lo hizo con un método que a Alma le pareció mejor que el suyo: en lugar de mirar donde debía estar, fue mirando todos los sitios donde no debía.
Salió un dedal y un papel de seda arrugado, del mismo que va en todos los sobres y sin manera de saber de cuál.
Cué lo guardó en un pliego y lo escribió igual.
—Hay otra cosa que le va a preguntar el señor juez y se la pregunto yo antes —dijo, mientras escribía—. ¿Es posible que usted contara mal el martes?
—Es posible.
Cué levantó la cabeza.
—¿Lo dice en serio?
—Contar trescientas once cosas seguidas durante cinco horas es exactamente la clase de trabajo en la que se equivoca cualquiera. Por eso no se cuenta una vez.
—¿Y usted contó dos?
—Conté una vez el total y después conté los bloques por separado, letra por letra, y los bloques me sumaron el total. Y la erre la abrí entera, uno por uno, mirando cada placa. Si me hubiera saltado un sobre en el total, al sumar los bloques me habría salido otra cosa.
—Ponga usted eso con sus palabras y lo copio.
Se sentaron.
—¿Cuántas ha contado usted hoy?
Alma repasó su propia columna, la sumó otra vez con el lápiz por si acaso, y la sumó una tercera vez, porque una cifra que no se espera se suma tres veces.
—Trescientas diez.
Cué dejó la pluma.
—El martes conté trescientas once —dijo Alma—.
El martes por la mañana, con doña Teresa sentada en esa silla, desde las siete hasta las once y media.
Y la erre estaba entera del doscientos cuarenta y uno al doscientos ochenta y nueve, y lo abrí todo, uno por uno, porque quería ver el estado de cada placa. No faltaba ninguna.
—¿Lo tiene usted escrito?
—Lo tengo escrito.
—Enséñemelo.
Alma le dio el cuaderno abierto por la página del recuento, con las cuatro columnas y las trescientas once líneas y la anotación del final: erre, entera, sin hueco.
Cué lo leyó entero, despacio, pasando las páginas con el dorso del dedo para no manchar.
Después fue a buscar a Requejo.
Volvieron los dos a los diez minutos, y Requejo no se sentó al lado de la mesa y leyó la misma página, y cuando terminó se la devolvió y no dijo nada durante un rato.
—A ver si nos entendemos —dijo por fin—. El martes había trescientas once. Hoy hay trescientas diez.
—Sí.
—¿Y cómo sé yo que el martes había trescientas once?
Alma no contestó.
—Porque lo pone aquí —dijo Requejo, y dio con el nudillo en la tapa del cuaderno—. Y esto lo ha escrito usted.
—Doña Teresa estuvo delante las cinco horas.
—Doña Teresa estuvo sentada en una silla al lado de la puerta mientras usted contaba. Eso no es lo mismo que contar. Si yo le pregunto hoy a esa señora cuántas placas había el martes, ¿qué me va a decir?
—Que trescientas once.
—Porque se lo dijo usted.
Alma se quedó con el cuaderno en las manos.
—Se lo dije yo, sí. Y me lo repitió. —Alma apretó el cuaderno—. Eso es lo que quiero que apunte usted: cómo me lo repitió. Sin preguntar, sin mirar el papel y sin pararse a acordarse, mirando por la ventana, como se dice una cosa que uno lleva sabiendo mucho tiempo.
Cué levantó la vista de la hoja.
—¿Eso lo apunto?
—Apúntelo —dijo Requejo—. Y ponga que lo declara ella y que no hay más testigo.
—Una cosa más —dijo Alma—. Y esta la digo yo y no me la ha preguntado nadie.
—Dígala.
—Si alguien se lleva una placa de aquí y quiere que no se note, lo que tiene que hacer no es llevársela.
Lo que tiene que hacer es llevársela y dejar el sobre vacío en su sitio, porque los sobres están de canto y se cuentan por los faldones, y un sobre vacío se cuenta igual que uno lleno. Yo hoy he contado sobres, no placas.
Cué se quedó con la pluma en el aire.
—¿Y hoy hay algún sobre vacío?
—No. Los he pesado con la mano según los pasaba, uno por uno, porque un sobre con vidrio dentro y uno sin vidrio no pesan lo mismo ni de lejos. —Alma señaló las cajas de la erre—. Aquí no falta una placa dentro de su sobre. Aquí falta un sobre entero con su placa y con su ficha.
—¿Y eso qué cambia?
—Cambia lo que hay que buscar. —Se sentó—. Y cambia otra cosa. El que se lo llevó no quiso disimular el hueco. Sabía que se iba a ver.
Requejo la miró.
—O no sabía que alguien había contado el martes.
Alma tardó en contestar.
—Eso también —dijo.
Cerraron el acta a las once menos veinte.
Antes de cerrar, Cué hizo una última pregunta.
—Señorita. El sobre que falta. ¿Cómo era?
—Como todos los de ese bloque. Manila, cifra arábiga, escrito a mano en el faldón. Erre, mil novecientos cuatro, doscientos sesenta y ocho.
—¿Y si aparece?
—Si aparece, tráigamelo antes de abrirlo.
—¿Por qué?
—Porque lo primero que voy a mirar no es lo que hay dentro. —Alma cerró la caja—. Va a ser el papel.
Cué tardó un momento con la pluma quieta y luego escribió también eso, aunque no se lo había pedido nadie, que era lo que hacía siempre.
Después selló el archivo él mismo, con dos tiras de cinta por el canto de la puerta y su lacre encima, y se guardó la llave en la cartera y la cartera no la soltó.
Después bajó a poner el mismo sello en la portezuela del corredor técnico y en la puerta del recinto de los husillos, y volvió a bajar a la sala a reponer el de la puerta de bronce, que se había levantado esa mañana.
Bedia recibió la orden de revisar los cuatro precintos todos los días a las ocho y media y de anotar en un pliego el estado de cada uno, con su firma.
Y al mediodía subió a la terraza un guardia con orden de estar allí de sol a sol, porque desde la terraza se veía el arranque de la escala y todo lo que subía o bajaba por la parte del norte.
Alma salió al corredor y se encontró a doña Clara al fondo, de pie, con el abrigo puesto, mirando la puerta que Cué acababa de sellar.
—¿Han contado?
—Hemos contado.
—¿Cuántas?
Alma dudó medio segundo y decidió que no era ella quien tenía que decidir aquello.
—Eso tendrá que preguntárselo al señor juez.
—Ya —dijo Clara—. O sea que falta alguna.
Alma no dijo nada.
Clara se ajustó el abrigo por los hombros y siguió mirando la cinta cruzada y el lacre, y habló sin volverse.
—Yo tenía diecinueve años.
—Señora...
—No le estoy contando nada. Le estoy diciendo un número. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el cuerpo sur—. Que no le quiten a usted el cuaderno.
Alma se quedó en el corredor del ala oeste con el cuaderno en la mano y sin habitación en la que entrar.
Había llegado el lunes a una casa con trescientas once fotografías y cinco días después había en aquella casa trescientas diez, dos hombres muertos, un juez que le acababa de quitar la llave de todas las puertas, y un papel escrito de su puño y letra que era lo único en el mundo que decía cuántas había habido antes.
Subió al cuarto del sur, se sentó al pie de la cama y abrió el cuaderno.
Fue a la página del recuento y la leyó entera, línea por línea, buscando un error suyo, porque era lo único honrado que podía hacer con una tarde en la que no la dejaban entrar en ninguna parte.
No lo encontró.
Después pasó las hojas hacia el final, hasta la que no pertenecía a ninguna lista, y allí seguía, sola en mitad del papel, la signatura que había copiado la noche anterior sin que se lo pidiera nadie.
La miró un rato.
Aquella mañana, en aquella misma habitación, delante de un secretario judicial, había tenido en la mano el sobre gris de una mujer que estaba comiendo en aquella casa y lo había vuelto a dejar sin abrirlo.
Y en aquella misma página de aquel mismo cuaderno tenía escrito el número de otra.
Cerró el cuaderno y lo metió en el fondo del baúl, debajo de la ropa, y se quedó sentada en el borde de la cama con las manos en las rodillas hasta que Rosario llamó a la puerta para decirle que había café.