El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 19 · Dos husillos
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Capítulo 19 · Dos husillos

Dos husillos

Al cuarto de las válvulas se entraba por una portezuela del corredor del ala oeste que Alma había pasado por delante catorce veces sin verla.

Estaba entre la puerta de la botica y la del cuarto oscuro, forrada con el mismo panel de madera que el resto del zócalo y con la misma moldura, y solo se distinguía porque en el panel de arriba, a la altura de la cintura, había un tirador embutido del tamaño de una moneda.

Elpidio metió dos dedos y tiró.

—Cuidado con la cabeza.

Detrás había un corredor de servicio de metro y pico de ancho, sin enlucir, con el techo tan bajo que Requejo tuvo que bajar la barbilla, y a lo largo de la pared de la izquierda, a media altura, un haz de tuberías que iban todas en la misma dirección, unas forradas de amianto y otras no, sujetas con abrazaderas de hierro cada dos metros.

El corredor bajaba. No mucho; lo que baja un pasillo que va por dentro de un muro hasta el otro lado de una casa.

Al final se ensanchaba en un recinto cuadrado con el suelo de ladrillo y una lumbrera enrejada en lo alto por la que entraba la luz de la mañana.

Y en el recinto, en la pared del fondo, había dos husillos.

Eran dos volantes de hierro de radios, del tamaño de un plato, montados a metro y medio de altura sobre dos vástagos verticales que se metían en el suelo.

Uno a la izquierda y otro a la derecha, separados dos pasos.

Debajo de cada uno, una placa de latón con una letra fundida: en el de la izquierda una E, en el de la derecha una S.

—Entrada y salida —dijo Elpidio.

Cué tomó nota de eso primero.

—Explíquemelos —dijo Requejo.

—La E abre la toma del mar. Hay un conducto que va desde ahí abajo hasta la boca del norte de la sala, con su reja y su clapeta. Si yo abro esto, entra mar. Si lo cierro, deja de entrar.

—¿Y hasta dónde entra?

—Hasta donde esté el mar.

—Eso no me dice nada.

—Eso lo dice todo, señor juez. —Elpidio se apoyó en la pared—.

Aquí no hay depósito, ni aljibe, ni bomba, ni nada que guarde agua.

Esto es un tubo con una llave. Lo que hay al otro lado del tubo es la mar entera.

Si se abre y se deja abierto, la sala se pone al nivel que tenga la mar y ahí se queda hasta que la mar baje.

Requejo se giró hacia Alma.

—¿Usted ya sabía esto?

—Me lo explicó él el martes por la tarde, ahí abajo, con un farol, delante de la boca del norte. Puede usted preguntárselo.

—Se lo expliqué —dijo Elpidio.

—¿Y si la mar sube después de haberla abierto?

—Pues sube dentro.

—¿Y si baja?

—Pues baja dentro, si está abierto. Eso es un vaso comunicado y hace lo que hace el agua.

Requejo calló.

—O sea que esa habitación, con esta llave abierta, hace exactamente lo mismo que el mar.

—Exactamente.

—¿Y la ese?

—La ese es la salida. Va por debajo. Y esa solo funciona si el mar está más bajo que el suelo de la sala. Si el mar está más alto, se abre y no se va nada; al revés, le entra.

—¿Y cuándo estuvo el mar más bajo que ese suelo la mañana del jueves?

—Desde las nueve y pico hasta la una y algo.

—¿Eso lo sabe usted de memoria?

—Eso lo sabe de memoria cualquiera que viva aquí. —Elpidio se encogió de hombros—. Es la misma hora que la calzada, poco más o menos, y la calzada la miramos todos los días.

Requejo se puso a mirar los dos volantes.

—Abra usted el de la entrada.

—¿Aquí, ahora?

—Media vuelta y lo cierra.

Elpidio cogió el volante de la E con las dos manos y empujó. Costó arrancarlo. Después giró, y giró suave, y siguió girando.

—¿Cuántas vueltas para abrirlo del todo?

—No lo sé. Muchas. Esto es de rosca fina de las de antes.

—Cuéntelas.

Elpidio empezó a contar en voz alta y llegó a doce sin que el husillo hiciera tope, y a las doce Requejo levantó la mano.

—Basta. Ciérrelo.

Elpidio lo cerró y tardó lo mismo.

Alma se había puesto delante de la placa de latón de la S y estaba mirando el suelo alrededor del vástago.

—Señor juez.

—Diga.

—Mire el polvo.

El suelo de ladrillo de aquel recinto tenía el polvo de un sitio en el que no entra nadie: una capa fina, pareja, sin pisadas, salvo las que estaban haciendo ellos cuatro en ese momento.

Salvo alrededor de los dos husillos.

Alrededor de los dos husillos el ladrillo estaba limpio en dos rodales del tamaño de una bandeja, con el borde irregular, del modo en que se limpia un suelo cuando alguien se está quieto encima de él moviendo los brazos.

—Elpidio. ¿Cuándo estuvo usted aquí por última vez antes de hoy?

—En julio.

—¿Seguro?

—En julio, a purgar. Y lo tengo apuntado.

Requejo miró los dos rodales limpios, y miró a Cué, y Cué ya estaba escribiendo.

—Señorita.

Alma se apartó del husillo y se puso donde él pudiera verla entera.

—Dígamelo.

Y Alma se lo dijo.

Se lo dijo de pie en medio de aquel recinto, moviéndose, señalando cada cosa cuando le tocaba, y le salió entero y ordenado y sin una vacilación, porque llevaba desde el jueves por la noche montándolo por dentro sin saber que lo estaba montando.

Que aquella sala no tenía manera de recibir agua que no fuera esa llave, y que esa llave no estaba dentro de la sala sino allí, a dos pisos y tres puertas de distancia.

Que el mar de aquella madrugada había subido mucho por encima de la línea del paño, y que por lo tanto la sala no se había llenado sola hasta donde quiso: se había parado donde la pararon.

Y que el resto, la línea, el suelo tibio y el carbón que faltaba, ya lo tenía él por escrito desde el día anterior.

—Con la puerta echada por dentro —terminó—. Todo esto se hace sin entrar ahí. No hizo falta que nadie pasara por esa puerta. Hizo falta que alguien estuviera aquí de pie tres o cuatro horas dándole a dos volantes y mirando el reloj.

Se hizo un silencio en el que solo se oyó la plumilla de Cué.

—Una pregunta —dijo Requejo—. Si yo abro esa entrada y me voy a dormir, ¿qué pasa?

—Que por la mañana la sala está al nivel del mar y no se ha parado en ninguna línea.

—¿Y si la abro y la cierro cuando me parece?

—Entonces se para donde usted diga.

—¿Y cómo sabe el que está aquí hasta dónde ha subido ahí abajo? No se ve.

Alma tardó un segundo, porque era la pregunta buena y no se la esperaba de él.

—No lo sabe por dentro. Lo sabe por fuera.

—Señaló la lumbrera enrejada de lo alto—.

Lo que hay ahí dentro es lo mismo que hay ahí fuera, hasta el dedo.

El que estuvo aquí no tenía que mirar la sala: tenía que mirar el mar.

Y el mar se mira desde cualquier ventana de esta casa, y si es de noche, se mira en la piedra de la calzada, que es lo primero que aprende aquí todo el mundo el primer día.

Cué escribió eso más despacio que el resto.

—Y hay otra manera todavía más fácil —dijo Alma— y es no mirar nada. Es saberse la hora a la que la mar llega a donde uno quiere, y esperar sentado.

—¿Y eso lo sabe mucha gente?

—Eso lo sabe todo el que vive aquí —dijo Elpidio desde la pared, y lo dijo hacia el juez y no hacia ella.

—Hay una cosa que no ha dicho usted —dijo Elpidio—. Lo del serpentín. Ese lo abro yo desde aquí, sí, pero la llave está detrás, en el otro lado, y hay que saber cuál es, porque hay tres iguales.

—Son cuatro —dijo Alma.

Elpidio se calló.

—Son cuatro llaves iguales y la del serpentín es la segunda por la derecha, y lo sé porque me lo enseñó usted el martes desde abajo, aunque aquí no hubiéramos entrado.

—Sí, señorita. Cuatro.

Y Alma oyó su propia voz en aquel recinto de ladrillo diciendo son cuatro , corrigiendo delante de un juez al único hombre de aquella casa que le había dado la mitad de lo que acababa de explicar, y por si le quedaba alguna duda de lo que había hecho, la cara de Elpidio se la quitó.

No se enfadó. Fue peor: se puso derecho, se metió el trapo en el cinto y dejó de hablar.

Requejo lo notó, porque a Requejo se le notaba que notaba las cosas media hora después de que pasaran.

—Elpidio.

—Señor.

—Usted ha dicho antes que en julio purgó aquí y que lo tiene apuntado. ¿Dónde?

—En el mismo cuaderno del carbón, al final, en las hojas de atrás.

—Tráigamelo.

—Está colgado de un clavo al lado del hogar.

—Ya lo sé. Lo ha dicho ella. —Requejo se volvió un poco—. Tráigamelo usted, que es suyo.

Elpidio subió a por él y volvió a los cinco minutos, y se lo dio abierto por las hojas de atrás, y allí estaba, con la misma letra y el mismo lápiz: 11 de julio. Purga de las dos llaves. Todo bien.

Requejo lo leyó y se lo devolvió con las dos manos.

—Esto es lo mejor que tengo de esta casa —dijo—. Un hombre que apunta lo que hace el día que lo hace y sin que se lo mande nadie. Guárdelo bien.

Elpidio no abrió la boca, pero se lo guardó en el pecho por dentro de la chaqueta en vez de volver a colgarlo, y desde ese momento se puso al lado del juez y no del otro lado.

Requejo esperó a que Cué terminara el renglón.

—Cué, cierre el acta de la mañana.

—Sí, señor.

—Y ahora escuche usted una cosa, señorita, y esta sí la apunta.

Alma se puso derecha.

—Lo que ha explicado usted aquí lo voy a comprobar y creo que va a resultar cierto. Cuando resulte cierto, usted habrá demostrado que a ese hombre lo mataron sin entrar en la habitación donde estaba. Eso es mucho y no se lo voy a quitar.

—Gracias.

—No me dé las gracias todavía. —Requejo se guardó las manos en el abrigo—.

Porque lo que ha demostrado usted esta mañana es cómo se hizo.

Y saber cómo se hizo no distingue a quien lo entiende de quien lo hizo.

En esta casa, a día de hoy, la única persona que ha sabido explicarme ese mecanismo de principio a fin es usted.

Cué puso eso también, palabra por palabra, porque se lo habían mandado.

—No le estoy acusando —dijo Requejo—. Le estoy diciendo dónde queda usted colocada. Y le estoy diciendo otra cosa: a partir de ahora, lo que haya que mirar, lo miramos juntos. Aquí no vuelve usted a entrar sin mí. En la sala tampoco. Y en el archivo entra hoy con Cué y con nadie más.

—El archivo es mi trabajo.

—El archivo es una habitación llena de objetos en una casa donde han muerto dos hombres en cuarenta y ocho horas.

Alma esperó a que acabara.

—Señor juez —dijo—. El archivo es mi trabajo y llevo cinco días sin poder trabajar dos días seguidos. Si hoy no cuento esas placas, mañana tampoco, y dentro de una semana seguiremos igual.

—Hoy las cuenta.

—Con Cué.

—Con Cué. Y le voy a decir una cosa que le va a molestar más que lo anterior.

—Requejo se puso el sombrero dentro, porque allí abajo hacía frío—.

Esta mañana, si usted hubiera aparecido en esa sala con una raya que sólo veía usted, yo no habría escrito nada.

Lo que hemos hecho ahí es que la haya visto yo primero, la haya medido Cué y la haya sostenido un guardia.

Y eso no lo he hecho por desconfiar de usted; lo he hecho porque dentro de seis meses, en una sala de Santander, un abogado le va a preguntar a usted cuántas manos tocaron esa pared antes de que se midiera.

—Ya lo sé.

—Pues entonces no ponga esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Está usted poniendo la cara de alguien a quien le acaban de quitar una cosa suya. —Requejo echó a andar—. Y le acaban de quitar una cosa suya. Lo que pasa es que se la han quitado para que sirva.

Salieron en fila por el corredor bajo, con Elpidio delante y el farol apagado porque ya no hacía falta.

A la mitad, Alma se paró.

En la pared de la izquierda, entre las tuberías forradas, había un tramo donde el haz se separaba en cuatro ramales más finos, sin forrar, y cada uno tenía su llave de paso pequeña con volante de mariposa y su plaquita.

Tres estaban abiertas.

La cuarta estaba cerrada, y alrededor del vástago, en la abrazadera y en el tubo, el polvo tenía una rozadura reciente de dedos, igual de limpia que los rodales del suelo de allá dentro.

—Elpidio. ¿Qué es esta?

Elpidio volvió sobre sus pasos, se agachó y le acercó la cara.

—Esta es la fría de la clínica.

—¿La fría de qué de la clínica?

—La fría de todo. Del lavabo, de las pilas y de la ducha. —Se enderezó despacio—. Esta tiene que estar abierta.

Nadie dijo nada durante un segundo largo.

—¿Desde cuándo está así? —dijo Requejo.

—Yo no la he cerrado.

—No le he preguntado eso.

—No lo sé, señor. —Elpidio tenía la cara pegada al tubo—. Lo que sí le digo es que si esa llave está cerrada, ahí arriba, en la clínica, no hay agua fría en ninguna parte. Ni en las pilas, ni en los lavabos, ni en la ducha.

—¿Y eso se nota?

—Eso se nota abriendo un grifo.

—¿Y si uno no abre un grifo, sino que abre otra cosa que mezcla las dos?

Elpidio se enderezó despacio.

—Cué —dijo Requejo, y no levantó la voz—. Abra otra vez el acta.