Capítulo 18 · Uno cero dos
Uno cero dos
Bedia levantó el sello a las ocho y media con seis personas mirándole las manos.
Antes de cortar la cinta la miró por los dos lados, y después la levantó con la uña por un extremo y la despegó despacio del bronce hasta dejar a la vista lo que había escrito debajo a lápiz.
—Mi raya y mi inicial —dijo—. Intactas.
—Apunte eso —dijo Requejo.
Cué lo escribió.
Bajaron con dos faroles y con la puerta de tablero del rellano abierta de par en par, y la escalera de piedra, que el martes había bajado Alma detrás de un farol y de un hombre, la bajó ahora la sexta de seis y sabiendo que al final la iban a dejar fuera.
En el tercer peldaño se cruzaron con Nieves, que subía con un cubo vacío y que se pegó a la pared para dejarlos pasar a todos, y a Alma le dio tiempo de ver que aquel cubo estaba seco y que Nieves lo llevaba por llevar algo en las manos mientras miraba quién bajaba.
A mitad de escalera, Requejo se paró.
—Elpidio.
—Señor.
—Esta escalera, ¿se oye desde arriba?
—No, señor.
—¿Y desde la cocina?
—Menos.
—¿Y si alguien baja de noche?
—De noche no baja nadie más que el señor. —Elpidio se corrigió sin que se lo pidieran—. Bajaba.
Requejo siguió bajando.
En el descansillo, Requejo se volvió.
—Usted aquí.
—Sí, señor.
—Y hablando desde ahí.
La hoja de bronce se abrió con el mismo chupón de siempre.
Dentro no olía como el jueves. Olía a cerrado y a piedra, y eso fue lo primero que Alma notó desde el umbral: el calor se había ido del todo. El aire de aquella sala estaba a la temperatura de una bodega.
Lo segundo fue el gres.
Donde había estado el cuerpo no quedaba ya una mancha con forma de hombre. Quedaba un cerco pálido, de contorno roto, más claro que la baldosa de alrededor, de los que deja el agua salada al secarse sobre un gres poroso, y dentro de ese cerco el color era el mismo que fuera.
Lo tercero fue que la petaca y el reloj seguían donde estaban, cada uno con un número de tiza al lado que Bedia había puesto el jueves por la noche, antes de cerrar y poner la cinta.
—No pise el centro —dijo Requejo a Elpidio—. Por la pared.
Fueron por la pared.
Requejo entró y se quedó en el centro con las manos en la espalda, y Cué detrás con la cartera, y Elpidio con el farol, y un guardia con una cinta métrica de carpintero enrollada.
—Bien. ¿Dónde hay que mirar?
Alma se agarró al canto de la jamba, que fue lo más cerca que pudo ponerse.
—La pared de la izquierda, la que tiene el banco de las plantas delante.
—La estoy mirando.
—¿Ve usted el paño de enlucido liso, el que va del suelo hasta la altura del pecho?
—Lo veo.
—Hay que apartar el banco.
Requejo miró a Elpidio.
—Cué, antes anote dónde está.
Cué puso la posición del banco con las medidas a las dos jambas, y Elpidio y el guardia lo levantaron entre los dos por los travesaños y lo dejaron en el centro de la sala, y en el suelo, donde habían estado las cuatro patas, quedaron cuatro cercos.
—Ya está.
—Ahora no mire de frente —dijo Alma—. Póngase de lado y que el farol le venga desde el otro extremo.
—¿Por qué?
—Porque de frente no va a ver nada. Eso es un esmalte mate y de frente todo el paño devuelve igual.
Requejo hizo lo que le decía. Elpidio se llevó el farol hacia el testero del norte y lo levantó a la altura del hombro.
Se hizo un silencio de los que se oyen.
—Hay una raya —dijo Requejo.
—¿Continua?
—De un lado al otro.
—¿Por encima de las patas del banco o por detrás?
—Por detrás. Pasa por detrás de donde estaban las patas.
—Pase usted el dedo y mírese el dedo.
Requejo se agachó, pasó el índice a lo largo de la línea y se lo miró a la luz del farol.
—Blanco.
—¿Se deshace?
—Se deshace.
—Ahora páseselo por encima de la raya, a un palmo. Y luego por debajo, a un palmo.
Lo hizo.
—Arriba, nada. Abajo, un poco y más suelto.
—¿El borde de arriba está limpio o difuminado?
Requejo tardó.
—Limpio.
Alma cerró los ojos un segundo en el umbral y volvió a abrirlos.
—Señor juez. ¿Puedo entrar?
—Todavía no. Cué, venga usted aquí y escriba lo que estamos diciendo, con las palabras que estamos usando.
Estuvieron veinte minutos así.
—¿La raya llega hasta la jamba del norte?
—Llega.
—¿Y hasta la del sur?
—Hasta la del sur no. Se acaba antes.
—¿Cuánto antes?
—Un palmo. Palmo y medio.
—¿Y ahí hay algo? ¿Una junta, un resalte, un remiendo del enlucido?
Requejo se agachó.
—Aquí el enlucido cambia. Hay un cuarterón que está peor dado.
—Entonces no se acaba la raya. Se acaba el paño liso. Póngalo así, señor Cué.
—¿Y por qué es distinto? —dijo Requejo.
—Porque en lo liso se queda y en lo rugoso se mete. Un esmalte bien dado no tiene por dónde agarrar, y por eso lo que se le pone encima se le pone en una línea. En una pared con poro, lo mismo se le va hacia abajo por los caminos que tiene.
Alma preguntó desde la puerta y Requejo miró, y todo lo que Requejo veía lo iba diciendo en voz alta y Cué lo iba escribiendo, y en aquellos veinte minutos Alma no tocó nada y aprendió una cosa que no se le olvidó nunca, que es que una pregunta bien hecha vale lo mismo desde un metro que desde diez y que lo que no vale desde diez es la mano.
Porque llegó el momento de la mano.
—Hay un bicho —dijo Requejo.
—¿Dónde?
—En el extremo de allá, junto a la jamba del rincón. Pegado a la pared.
—¿A qué altura?
—En la raya.
—¿Encima de la raya, debajo, o en la raya?
—En la raya misma.
—¿Y está pegado o está posado?
—Y yo qué sé.
—Por eso le pido entrar.
Requejo estuvo un momento con la vista en el rincón.
—Pase. Y las manos donde yo las vea.
Alma entró.
Cruzó la sala por el centro, sin acercarse al sitio donde el jueves había estado el cuerpo, y llegó al rincón del norte y se puso de rodillas en el gres.
El insecto era pequeño, de los que se meten en las casas en septiembre y se mueren donde pueden.
Estaba en la pared, con las patas hacia dentro, y no estaba encima de la línea ni debajo: estaba metido en ella.
Debajo del cuerpo se le veía un resto de tela de araña vieja, de las que se quedan pegadas al enlucido y no se van con nada, y por encima y alrededor, cogiéndolo a la pared, el mismo depósito blanco de toda la raya.
Alma se quedó de rodillas con las dos manos en las rodillas y la cara a un palmo de la pared.
—¿Tiene usted una lupa?
—No.
—¿Y una lente cualquiera? ¿Unos lentes?
Cué se sacó del bolsillo interior unos quevedos y se los pasó sin decir nada.
Alma sostuvo un cristal a la distancia a la que hacía algo y miró por encima de él, y estuvo así medio minuto.
—¿Qué ve? —dijo Requejo.
—No voy a decirle qué bicho es, porque no lo sé y porque me da igual. Le voy a decir cómo está puesto.
—Pues dígalo.
Alma no lo tocó.
—Señor juez, esto no se ha posado aquí y se ha quedado pegado por su cuenta. Esto estaba ahí, muerto y enganchado en una telaraña vieja, y lo que hay encima se le ha puesto después.
—¿Y eso qué significa?
—Que lo que dejó la raya pasó por encima de él.
—¿Y lo que dejó la raya es qué?
—Sal.
Se levantó, se apartó dos pasos y señaló la pared entera con la mano abierta, sin tocarla.
—Esto lo deja el agua salada cuando se queda quieta a una altura y se va.
Se lleva por debajo lo que había y deja por arriba, en el borde exacto, lo que traía.
Por eso el canto de arriba está limpio y el de abajo no.
Eso no lo hace una salpicadura, ni una fregona, ni una gotera, ni una pared que sude. Eso lo hace una lámina quieta.
—Un momento —dijo Requejo—. Aquí entró el mar el jueves.
—Sí.
—¿Y cómo es que el suelo estaba seco a mediodía y el cuerpo no?
—Eso es la segunda mitad y le pido que no me la haga contestar todavía, porque la segunda mitad no está en esta habitación.
—Está usted muy segura de lo que hay en las habitaciones a las que no la dejan entrar.
—Estoy segura de lo que hay en esta.
Requejo se quedó mirándola un momento más de la cuenta.
—Mida —dijo.
El guardia sostuvo la cinta en el suelo y Cué leyó.
—Un metro y dos centímetros, del gres al borde de arriba.
—Otra vez. En el otro extremo.
Lo hicieron en el otro extremo y en el medio.
Las tres veces: uno cero dos.
Cué lo escribió tres veces y puso al lado en qué punto había medido cada una.
—Traiga las placas —dijo Requejo.
Cué desató la cinta del paquete, rompió su propio lacre, sacó las dos fundas y se las dio a Alma sin soltarlas del todo.
Alma las llevó hasta el quicio de la entrada y se puso donde había puesto el trípode el jueves, a la izquierda, y levantó la primera contra la luz que entraba por las ventanas altas, que a aquella hora de la mañana era gris y venía de arriba.
—Póngase aquí, señor juez.
Requejo se puso.
—Mire el tercio de abajo. A lo largo de la pared de la izquierda, por detrás de las patas del banco.
—Lo que está claro en un negativo está oscuro, señor juez. La pared le va a salir negra y la raya le va a salir como una línea clara. No la busque blanca.
—¿Y por qué se ve ahí y no se veía en la pared?
—Porque en la pared usted tiene los dos grises juntos y el ojo se los come. Ahí los tiene separados y quietos y sin más cosas alrededor, y un vidrio no se cansa de mirar.
Requejo estuvo callado un buen rato con el negativo delante de la cara.
—Está.
—El jueves a las cuatro de la tarde, con el banco donde estaba, con el cuerpo donde estaba y sin que nadie hubiera entrado en esta habitación desde que se forzó la puerta delante del notario. Esa placa la revelé yo esa noche y desde ayer al mediodía la tiene usted lacrada.
Cué lo apuntó.
Requejo bajó el negativo y se lo devolvió.
—Otra cosa. Ese banco.
—Dígame.
—¿Desde dónde se ve la raya con el banco puesto?
Alma miró el banco, que seguía en el centro de la sala donde lo habían dejado, y volvió a mirar la pared.
—Póngalo otra vez donde estaba y lo vemos.
Lo volvieron a poner, con Cué comprobando las medidas para que quedara en el mismo sitio.
Alma fue hasta donde había estado el cuerpo, se puso de pie al lado del cerco pálido, y miró la pared de poniente desde allí.
No se veía.
El banco era de bastidor abierto, con travesaños y sin cajones, y por debajo se veía la pared perfectamente, pero lo que se veía de pie y a esa distancia eran trozos: la moldura de las patas cortaba la línea en cuatro tramos y el ojo se la comía, exactamente igual que se la había comido a ella el martes por la tarde con la mano encima del enlucido.
—Desde aquí no se ve —dijo—. Y este es el sitio en el que estuvimos siete personas el jueves a mediodía.
—¿Y desde dónde se ve?
—Desde el quicio, de lado, con luz rasante. Que es donde estaba mi trípode y con la luz que había a las cuatro de la tarde.
Requejo fue hasta el quicio, se puso de lado y miró.
—Se ve.
—Yo no la vi —dijo Alma—. Se lo digo para que conste.
Yo el jueves no vi ninguna raya. La vi el jueves por la noche en un vidrio de nueve por doce, encima de un banco de trabajo, a la luz de un quinqué rojo, porque un negativo no tiene otra cosa que hacer más que estarse quieto mientras uno lo mira.
—Póngalo, Cué.
—¿Todo?
—Todo. Que la declarante manifiesta que no advirtió la línea in situ.
—¿Y qué me quiere decir con todo esto?
—Todavía nada —dijo Alma—. Le quiero decir que esa línea la puso agua de mar que estuvo quieta en esta habitación a esa altura. Lo demás es de arriba y necesito que me deje subir.
Requejo se giró hacia Cué.
—Recoja usted una muestra de eso.
Cué sacó un pliego de papel doblado, raspó con el canto de una plumilla un trozo de la línea a media pared, dejó caer el polvo en el pliego, lo dobló en cuatro, escribió encima de dónde lo había sacado y a qué altura, y lo lacró con el sello contra la tapa dura de su cartera.
—Señor juez, una cosa más y me callo.
—Diga.
—Que se coja también de la pared de enfrente, a la misma altura, donde no hay raya. Y del rincón del sur, que es lo peor dado. Tres muestras y no una.
—¿Para qué quiere tres?
—Porque con una, dentro de seis meses, alguien va a decir que en un sótano junto al mar todas las paredes tienen sal. Y es verdad que la tienen. Lo que no tienen todas es una línea.
Requejo miró a Cué.
—Tres —dijo.
Cué hizo tres pliegos, los rotuló y los lacró los tres, y en cada uno escribió de dónde venía y a qué altura y quién lo había pedido.
Mientras lo hacía, Alma siguió de pie delante del paño de poniente, con las manos colgando, mirándolo.
Después, sin pensarlo, puso la palma abierta contra la pared.
Se le quedó justo a la altura a la que se apoya una mano cuando uno se para delante de algo, con el brazo flojo y el codo un poco doblado. Ni alta ni baja. La altura del canto de una mesa de comedor. La altura por la que pasa la mano cuando uno recorre un pasillo rozando la pared sin darse cuenta.
Apartó la mano y se la miró.
La tenía blanca.