El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 17 · La queja del fogonero
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Capítulo 17 · La queja del fogonero

La queja del fogonero

En la cocina había siete hombres cenando de pie.

Nieves había puesto la mesa larga del office y no cabían, y los guardias comían apoyados en el vasar con el plato en la mano.

Rosario había frito lo que había: huevos, chorizo y patatas, y no había suficiente pan porque no se había amasado, porque nadie había amasado nada en aquella casa desde el miércoles.

—Mañana el doble —dijo Nieves, y lo dijo a la pared—. Y pasado, más.

Alma bajó a las diez a que le dieran algo y se sentó en el poyo de la ventana con el plato en las rodillas, porque era el único sitio.

Llevaba sin comer desde el desayuno y no se había dado cuenta hasta que tuvo el plato delante, y entonces se lo comió entero y deprisa y le supo a gloria, y le dio vergüenza que le supiera a gloria, y se lo comió igual.

En la cocina se hablaba de lo que se habla cuando hay gente de fuera en la casa: de dónde iban a dormir, de cuántos días, de si había sábanas. Rosario dijo que había sábanas para dos noches y no para tres. Nieves dijo que a la tercera se lavaba.

—¿Y con qué agua? —dijo Rosario—. La de la colada la subía Elpidio cuando tenía tiempo.

—Pues que la suba cuando lo tenga.

Nadie habló de los dos muertos. En tres horas de cocina, aquella noche, no se nombró ni una vez a don Álvaro ni a don Ramón. No por respeto: porque no se sabía qué decir de ellos y de las sábanas sí.

Doña Clara bajó a las diez y cuarto, se sirvió ella misma un vaso de leche del puchero, se lo bebió de pie en la puerta del office y volvió a subir sin haberse sentado.

Alma la vio irse y pensó que aquella mujer llevaba tres días en una casa en la que se había criado y no había entrado en ninguna habitación que no fuera la suya.

Elpidio entró a las diez y media, se sirvió, siguió de pie y estuvo un rato de mal humor callado. Después soltó lo que traía.

—Aquí ha bajado alguien a la carbonera.

—¿Qué dices? —dijo Nieves.

—Que ha bajado alguien y ha echado carbón.

—Habrá sido Rosario.

—Rosario no baja a la carbonera. —Dejó el plato encima del vasar sin haber terminado—.

Yo lleno el cajón por la mañana y lo lleno con seis cestas, y con seis cestas la caldera tira todo el día y me sobra para el día siguiente si no hay nada raro.

El martes llené. El miércoles llené. El jueves, cuando bajé, me faltaban cuatro cestas del montón.

—Con lo que ha pasado esta semana, a lo mejor no llevas bien la cuenta.

—Yo la cuenta la llevo escrita.

Lo dijo con una sequedad que no le había oído nadie en siete años, y a Nieves se le acabó la conversación.

Alma dejó el plato en el poyo.

—Elpidio.

—Señorita.

—¿Cuatro cestas es mucho?

—Cuatro cestas es medio día de caldera.

—¿Y eso cuánto calienta?

—Depende de lo que se abra. —Se limpió las manos en el trapo del cinto y las dejó quietas—. Si se abre solo lo de la casa, cuatro cestas es una barbaridad y no se gastan ni queriendo. Si se abre lo otro, se van en nada.

—¿Lo otro es el circuito de la sala.

—Lo otro es el circuito de la sala. —La miró—. Y el circuito de la sala lo abro yo y no lo he abierto.

Nieves se fue con una bandeja. Rosario estaba fregando. Los guardias hablaban en la puerta del office de un asunto de un caballo.

Alma se levantó.

—Enséñeme el cuaderno.

Bajaron con un farol.

La carbonera olía como el martes y estaba igual que el martes salvo por una cosa: el montón del fondo, que el martes llegaba a la marca negra que el carbón deja en el encalado cuando se apoya, estaba ahora más abajo que esa marca, y entre la marca y el carbón había una franja de pared limpia de dos palmos.

Elpidio descolgó el cuaderno de hule del clavo y lo abrió en la página de la semana.

Estaba escrito como el martes: la fecha, la hora, una raya por cada cesta y, al final del renglón, la letra.

Lunes 28. 5.00. IIIIII. C.

Martes 29. 5.00. IIIIII. C.

Miércoles 30. 5.00. IIIIII. C.

Jueves 1. 5.00. IIIIII. C.

Viernes 2. 5.00. IIIIII. C.

Cinco días, seis cestas cada uno, y la misma letra sola en los cinco renglones.

—¿Y lo que falta no está apuntado.

—Lo que falta no lo he echado yo. —Elpidio pasó el pulgar por el canto de la hoja—. Yo apunto lo que echo. Si alguien baja de noche y coge del montón, a mí no me queda de eso más que el agujero.

Alma cogió el farol y se acercó al montón.

La marca del encalado era una línea negra irregular, de las que deja el carbón apoyado durante años contra una pared, y estaba a la altura del pecho de un hombre. Por debajo de ella, el encalado seguía negro. Por encima, blanco.

Y entre la línea y el carbón de ahora había dos palmos de pared negra al aire, sin carbón delante.

Aquello no era una raya ni un borde: era un vacío. Lo que decía no era dónde había llegado el carbón, sino hasta dónde había llegado y ya no llegaba.

Alma se quedó mirándolo más tiempo del que hacía falta, porque llevaba desde el jueves por la noche con una raya en la cabeza y porque su cabeza, que era la que era, acababa de ponerle las dos cosas una al lado de la otra sin pedirle permiso: una marca en una pared que dice dónde estuvo algo que ya no está.

Se apartó y volvió al cuaderno.

—¿Cuándo vio el montón por última vez antes del jueves?

—El miércoles por la mañana, cuando llené.

—¿Y estaba en la marca?

—Estaba en la marca.

—¿Está usted seguro?

Elpidio se quedó mirándola un momento.

—Señorita, llevo siete años mirando ese montón todas las mañanas de mi vida para saber cuándo tengo que pedir. Si le digo que el miércoles estaba en la marca es que el miércoles estaba en la marca.

—Y el jueves ya no.

—El jueves ya no.

Alma sacó el cuaderno y anotó las dos frases tal cual, con la hora y con el nombre, y le pidió que se lo repitiera para comprobar que lo había escrito bien. Elpidio se lo repitió sin cambiar una palabra, que es lo que hace la gente que dice la verdad y no tiene interés en adornarla.

Después Alma se agachó junto a la caldera y puso la mano en el ramal forrado de amianto que se metía en la bóveda, el segundo, el que iba por debajo del suelo de la sala.

Estaba tibio.

—¿Esto está siempre así?

—Eso está a la temperatura que le llegue. Pasa al lado del otro y se le pega algo. —Elpidio se agachó también y lo tocó—. Y hasta que no se le abre la llave, no lleva nada.

—¿Dónde está esa llave?

—Arriba. En el cuarto de las válvulas.

Alma subió del sótano a las once menos cuarto y buscó a Requejo.

Estaba en el despacho con la lámpara encendida y con Cué al lado, y los dos con el abrigo puesto porque en aquella casa nadie había encendido una chimenea en dos días.

—Señor juez.

—Mañana, señorita.

—Mañana es tarde.

Requejo alzó la vista.

Alma no se sentó enfrente y no se sentó porque no se lo habían dicho.

—El jueves al mediodía, cuando forzaron esa puerta, el suelo de la sala estaba tibio. Lo notó Elpidio y lo dijo dos veces y no le hizo caso nadie. Lo comprobé yo con la mano en tres sitios separados y estaba igual en los tres.

—¿Y?

—Debajo de ese suelo pasa un circuito de la caldera.

Se enciende a primeros de noviembre y se apaga en marzo, y este año todavía no se ha encendido.

Lo dice el hombre que lo abre y lo dice el cuaderno donde apunta el carbón que gasta, que lleva siete años llevándolo y que está colgado de un clavo al lado del hogar.

Cué había empezado a escribir. Requejo lo paró con un dedo.

—Siga.

—Y falta carbón. Cuatro cestas del montón, entre el miércoles por la mañana y el jueves. No están apuntadas porque no las echó él. Está la marca en la pared y está el cuaderno.

—¿Me está diciendo que alguien encendió una calefacción para calentar a un muerto?

—Le estoy diciendo que ese suelo estaba tibio y que no tenía por qué estarlo.

—Eso me lo puede decir el fogonero.

—Eso se lo va a decir el fogonero y usted va a pensar que un fogonero que dice que le falta carbón es un fogonero que ha vendido carbón.

—Alma no bajó la voz—. Por eso se lo digo yo primero y por eso le digo dónde está la marca de la pared, que es lo que él no le va a saber enseñar porque para él lleva ahí toda la vida.

Requejo la miró.

—Siga.

—Y hay una tercera cosa, y esta no la sabe nadie más que yo, y se la digo ahora porque si se la digo mañana ya no me va a creer.

—Alma puso las dos manos en el respaldo de la silla que tenía delante—.

El martes por la tarde bajé a esa sala con Elpidio, que me la enseñó porque tenía orden de enseñármelo todo.

Toqué ese suelo con la palma de la mano porque estaba levantando un informe de humedades y eso es lo que se hace.

—¿Y?

—Estaba frío. Frío de sótano. Y dos días después, con un hombre muerto encima, estaba tibio.

Cué, que no tenía autorización para escribir, no escribió, y siguió con la pluma a dos dedos del papel durante toda aquella parte.

Requejo se echó atrás.

—Eso lo puede comprobar cualquiera de mis hombres mañana sin que usted esté delante.

—Sí.

—¿Y qué me pide?

—Que me deje entrar cuando lo abran.

—No.

—Señor juez...

—He dicho que no y le voy a decir por qué, para que no se lo tenga que imaginar.

—Requejo juntó las manos—. Usted es la última persona que estuvo en esa habitación antes de que se precintara.

Estuvo sola. Y lo que hizo allí me lo contó usted antes de que yo se lo preguntara.

Si mañana abro esa puerta y la meto a usted dentro, y usted encuentra algo, cualquier abogado de Torrelavega me va a decir que lo encontró quien lo puso.

Alma no dijo nada enseguida.

—Entonces que no lo encuentre yo —dijo.

—¿Cómo?

—Que entre usted primero y que lo mire usted. Yo le digo desde el descansillo dónde tiene que mirar y qué tiene que medir, y lo mide Cué, y lo apunta Cué, y la cinta la sujeta uno de sus guardias. Yo no toco nada, no entro hasta que usted me lo diga y, si me equivoco, se me ve de lejos.

Requejo la miró un buen rato.

—¿Y qué tengo que mirar?

—El zócalo de la pared de poniente, detrás del banco de las plantas. Y el suelo.

—¿Qué hay?

—Una línea.

—¿Qué línea?

—Eso es lo que quiero que mire usted.

Requejo se levantó, fue hasta la ventana y volvió, y se quedó de pie detrás de su silla con las manos en el respaldo.

—Cué. Mañana a las ocho y media, apertura del precinto de la sala baja.

Presentes: yo, usted, el maestro de la casa y la señorita Vega, que permanecerá en el descansillo hasta que yo diga.

Bedia que levante el sello y que anote el estado en que lo encuentra.

—Se volvió—. Y traiga usted el paquete de las dos placas.

—¿Sin abrir? —dijo Cué.

—Sin abrir. Lo abre ella delante de mí y lo vuelve a cerrar usted.

Alma asintió y se fue hacia la puerta.

—Señorita.

Se paró.

—Si mañana no hay línea —dijo Requejo—, tampoco va a pasar nada. Se lo digo para que duerma.

—No es eso lo que me quita el sueño.

—Ya lo sé —dijo Requejo—. Buenas noches.

En el pasillo estaba Gabriel, sentado en el primer escalón de la escalera, y Alma se dio cuenta de que aquel hombre llevaba tres días sentándose en escalones.

—¿Le ha hecho caso?

—Mañana abren la sala.

—¿Y qué va a encontrar?

—Si se lo digo y luego no está, le he mentido, y si se lo digo y está, mañana lo dice usted y no lo digo yo. —Alma se ajustó el chal—. Prefiero que se entere como todo el mundo.

Gabriel asintió.

—Le voy a pedir una cosa que no me va a conceder.

—Pídamela.

—Que no la crean a usted.

Alma se quedó parada.

—¿Cómo?

—Mientras ahí abajo haya un accidente, mi padre se ha caído, se ha mareado, ha bebido y se ha ahogado en un charco, y es una desgracia y se acabó. —Gabriel hablaba hacia el suelo—. En el momento en que eso deje de ser un accidente, en esta casa hay seis o siete personas y todas dormíamos solas.

—Eso ya es así desde el jueves.

—No. Desde el jueves es una cosa rara. Mañana va a ser otra cosa.

—Sí.

—Y yo llevo dos días pensando en que soy el que más gana con las dos.

Lo dijo bajo y sin mirarla, y Alma no supo qué contestar, porque era verdad y porque decirle que no lo era habría sido tratarlo como a un tonto.

—Suba usted a dormir —dijo.

—¿Y usted?

—Yo también.

Ninguno de los dos se movió durante un rato, y después subieron los dos, cada uno por su lado, porque la escalera de servicio y la principal no llevaban al mismo sitio.

En el cuarto del sur, Alma abrió la contraventana antes de acostarse.

Estaba subiendo. Se veía desde allí, aun de noche, porque la calzada era lo más claro que había en aquel paisaje y ya no se veía más que un trozo del arranque. El resto era agua negra con una raya de espuma en el sitio por donde va la piedra.

Contó hacia atrás con los dedos en el alféizar, día por día, tal como se lo habían enseñado el primer día en aquella cuesta: cada día un poco más tarde, lo que se tarda en fregar la loza del desayuno.

Del viernes al jueves. Del jueves al miércoles.

Y de la noche del miércoles a la madrugada del jueves.

La marea de aquella noche había sido de las grandes y todavía no era la mayor.

Lo sabía por la piedra y no por ninguna tabla, y eso, que el lunes le había parecido una manera pintoresca de vivir, aquella noche le pareció otra cosa: le pareció que en aquella isla cualquiera podía saber a qué hora iba a estar el mar donde le conviniera, sin preguntarle a nadie y sin dejar un papel escrito.

Cerró la contraventana.

Y decidió, antes de dormirse, lo que iba a hacer al día siguiente y sobre todo lo que no iba a hacer: no iba a decir la palabra.

No iba a decir asesinato, ni crimen, ni siquiera sospecha.

Iba a enseñar una raya, un carbón que faltaba y un suelo que había estado tibio, y que la palabra la pusiera el que cobra por ponerla.