El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 16 · La primera en declarar #2
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Capítulo 16 · La primera en declarar #2

A las doce y cuarto entró el carro del levantamiento y a las doce y media bajaron el cuerpo de don Álvaro por la escalera de piedra entre cuatro hombres, envuelto en una manta de la casa, y lo sacaron por el portón y el guardia lo anotó.

Alma estaba en el jardín cuando ocurrió lo otro.

Gabriel salió de la casa con una caja de madera de las de embalar, del tamaño de dos tomos grandes, cerrada con listones clavados y con una cuerda por fuera. La llevaba él solo y la llevaba con las dos manos por debajo.

Fue hasta el carro del levantamiento, que estaba esperando en el ensanche del portón, habló con el conductor, le dio la caja y le dio también algo del bolsillo que Alma no vio.

El conductor la metió debajo del pescante.

Gabriel se volvió y la vio.

No hizo ningún gesto de haberla visto y no se acercó, y subió la cuesta despacio, y al pasar por delante de ella dijo buenas tardes y siguió.

El carro salió a la una y cinco y el guardia del portón lo anotó, y en el renglón puso lo que veía: carro del levantamiento, un conductor, un cuerpo, un bulto.

A las cuatro Alma le pidió a Teresa que le abriera el archivo.

—¿Hoy?

—Hoy. Ese hombre me ha dicho que siga con mi trabajo y que no salga de la isla. Lo primero lo voy a hacer.

Teresa abrió y se sentó en su silla junto a la puerta, y a los veinte minutos vino Bedia a buscarla porque el juez quería declaración de ella, y Teresa se levantó y salió, y dejó la puerta abierta y al guardia al fondo del corredor.

Alma se quedó sola dentro por primera vez.

A Leonor Valcárcel no fue a buscarla enseguida. Antes comprobó una cosa que llevaba tres días suponiendo y no había verificado, porque no se verifica lo que no hace falta: que la letra del sobre no era del apellido.

Sacó la primera caja de la ele y abrió cuatro sobres seguidos. Luisa. Lucía. Leocadia. Luisa otra vez.

Era del nombre.

Después, por el hábito de comprobar los extremos de una serie antes de fiarse de ella, fue al bloque de la ge y sacó el último sobre del bloque.

Manila. Cifra arábiga. G, mil novecientos cinco, ciento catorce.

Dentro, la ficha impresa, con el membrete de la casa, los tres renglones y el rótulo de la sala.

En el renglón del nombre, escrito a mano con la misma letra de todas las demás, ponía Gabriel Orive Lastra.

Alma se quedó con la ficha en la mano.

Después, muy despacio, sacó la placa de su papel de seda y la levantó contra la ventana alta del norte.

Se veía una orilla, o el borde de algo con agua. En primer término, de espaldas y cortado por el encuadre, un hombre de pie, quieto, con los brazos colgando. Más allá, en el agua, a media distancia, otra figura de la que sólo salía la parte de arriba.

Ninguno de los dos tenía cara.

El de la orilla no se movía. No estaba entrando en el agua, ni quitándose la chaqueta, ni tendiendo el brazo. Estaba mirando.

Alma volvió a meter la placa en su papel y el papel en el sobre y el sobre en su sitio del bloque, y dejó la caja donde estaba, y se sentó en la silla de Teresa, que estaba vacía.

En el bolsillo tenía un cuaderno con un nombre de mujer escrito de rodillas aquella mañana.

Se quedó una hora sin abrirlo.

Teresa no volvió. A las siete vino Nieves a decirle que la señora estaba con el juez desde las cinco y que habían mandado que nadie molestara, y que si quería cenar. Alma dijo que no y pidió que le dejaran una lámpara.

El archivo a la luz de una lámpara es otra habitación. Los estantes de arriba se van y lo que queda es la mesa, un metro de pino barnizado a cada lado y el resto negro.

Volvió al bloque de la ele.

No le hizo falta abrir muchos, porque estaban por orden de número y el orden de número, dentro de la letra, seguía el de las fechas de una manera aproximada, y ella ya sabía el año.

Leonor Valcárcel Sainz. Ingreso: 12 de enero de 1906. Exposición: 20 de enero de 1906. Sala de observación. Indicación: negativa a regresar al domicilio.

Ele, mil novecientos seis, veintiuno.

Alma dejó la ficha en la mesa boca arriba y sacó la placa.

Unas manos cortaban una cinta.

Era lo único que había en el encuadre: dos manos, una tijera pequeña de las de escritorio y un paquete de papeles atado en cruz, encima de una mesa, con la cinta ya abierta por un lado y todavía sujeta por el otro.

De la persona no entraba nada más. Ni el brazo entero, ni el hombro, ni la barbilla. Sólo las manos y el trabajo empezado.

Estaban bien fotografiadas. El foco, en el nudo. Eran unas manos de mujer joven con las uñas cortas y con una mancha oscura en el canto del índice derecho, de las que deja el tinte del papel o el cuero.

Alma se sentó con la placa en las dos manos.

En algún momento se dio cuenta de que llevaba un rato sin mirarla y sin soltarla, sujetándola por los cantos encima de la mesa, del modo en que se sujeta una cosa que se está a punto de guardar.

La volvió a meter en su papel de seda y en su sobre y devolvió el sobre a su sitio del bloque, y pasó el dedo por el canto de la caja para dejar los lomos alineados, y cerró.

Después sacó el cuaderno.

No lo abrió por la página del recuento, que era la que tenía las cuatro columnas y las trescientas once líneas. Lo abrió por el final, por una hoja que estaba en blanco y que no pertenecía a ninguna lista, y escribió allí, arriba del todo, sin epígrafe y sin más:

L-1906-021.

Cerró el cuaderno, apagó la lámpara y salió al corredor, donde el guardia del fondo llevaba dos horas de pie mirando una pared.

Nadie le había pedido que apuntara eso.

Nadie iba a echarlo de menos, porque estaba en una página que no era de nadie, y aquella placa seguía en su caja, en su estante, en su sitio, exactamente igual que las otras trescientas diez.