El deseo tras el cristal: Cantabria, 1908 Capítulo 16 · La primera en declarar
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Capítulo 16 · La primera en declarar

La primera en declarar

Entraron por la calzada a las diez y cuarto: un coche cerrado y detrás un carro con dos guardias, y del coche bajaron tres hombres.

El que mandaba era el más bajo de los tres. Tendría cincuenta años, llevaba un abrigo sin nada que lo distinguiera y lo primero que hizo al bajar fue mirar el portón, la tapia y la calzada por la que acababa de venir, en ese orden, y no mirar a nadie.

—Requejo —dijo—. Juzgado de instrucción de Torrelavega. ¿Quién es la persona de la casa?

—Yo —dijo Teresa.

—Van a pasar dos cosas hoy, señora. La primera es que aquí no se mueve nada de donde está. La segunda es que voy a hablar con todo el mundo, uno por uno, y mientras hablo con uno, los demás esperan y no se cuentan lo que han dicho.

Uno de los guardias se quedó en el portón con un pliego y un tintero portátil montado sobre un cajón, y antes de que nadie subiera la cuesta escribió el primer renglón del día y se lo leyó a Bedia en voz alta para que lo confirmara: hora de llegada, personas, vehículos.

Esa fue la primera anotación que se hizo en aquella isla de quién entraba y quién salía.

Los otros dos hombres eran Malla, que era el forense y tenía las manos manchadas de tabaco, y Cué, que era el que escribía. Cué llevaba una cartera de tapa dura, un tintero de tornillo y un rollo de cinta, y en el bolsillo de fuera del abrigo, asomando, un cabo de lacre.

Requejo pidió una habitación con una mesa y le dieron el despacho.

A las once menos cuarto salió Bedia y dijo un apellido.

—Vega.

Alma entró.

El despacho estaba como lo había dejado don Álvaro, con la carpeta de piel con sus cintas en el mismo sitio y con el pliego de los tres puntos todavía encima del secante. Requejo se había sentado del lado de la ventana y Cué a su izquierda, de lado, con la cartera abierta.

—Siéntese. ¿Nombre completo?

Alma se sentó.

—Alma Roldán Vega.

Cué lo puso sin levantar la cabeza.

—En la casa la llaman Vega.

—Firmé el contrato como Alma Vega. Es mi segundo apellido y lo uso para trabajar.

—¿Por qué?

—Porque una restauradora joven que se llama como se llama mi padre no recibe encargos, y porque el apellido de mi madre suena a lo que soy.

Era verdad y no era toda la verdad, y Alma se dio cuenta al oírse de que la había preparado, y de que la había preparado hacía cinco semanas.

—Edad.

—Veintidós.

—Una cosa antes. —Requejo miró a Cué y esperó a que mojara la pluma—. Me han dicho que el jueves, cuando se supo que ese hombre estaba dentro y que la puerta no cedía, alguien de esta casa propuso esperar al notario.

Alma tardó en contestar.

—Sí, señor.

—¿Quién?

—Don Ramiro Gálvez.

—¿Con qué palabras?

—Que media hora más no lo arreglaba y sí arreglaba otras cosas.

—¿Y cuánto se esperó?

—Veinte minutos. —Alma no bajó la voz—. Y quiero que conste que en esos veinte minutos aquel hombre ya estaba muerto, y que eso lo sé ahora y no lo sabía entonces, y que nadie de los que estábamos allí lo sabía.

Requejo la miró un momento.

—Consta —dijo—. Siga usted. ¿Quién la contrató?

—Don Gabriel Orive, por carta, en junio.

—¿Conocía usted a alguien de esta casa antes de venir?

—No.

—¿Ha estado usted antes en esta isla?

—No.

Las preguntas siguieron así media hora larga, en línea recta, sin adornos y sin ninguna que Alma pudiera adivinar de dónde venía.

Qué días había entrado en el archivo. Quién le abría.

Dónde dormía. Qué había hecho la noche del miércoles al jueves.

A qué hora se había levantado el jueves. Quién la había visto.

—El martes por la mañana estuvo usted dentro del aparato de la ducha.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque don Ramón Baeza me lo estaba enseñando y yo quise ver cómo se abría por dentro.

—¿Y cómo se abre?

—Se levanta una anilla con los dedos, se le da un cuarto de vuelta y se tira.

—¿Lo hizo usted?

—Lo hice yo, con él delante.

Requejo estuvo callado un momento. Detrás, Cué escribía y el ruido de la plumilla llenaba el despacho entero.

—Ayer por la tarde bajó usted sola a la sala de abajo.

—Sí.

—¿A qué?

Alma había tenido dieciocho horas para pensar la respuesta y no había pensado ninguna, porque las dos que tenía eran mentir o decirlo, y no había una tercera.

—A fotografiarla.

Cué despegó los ojos del papel.

—Repita eso —dijo Requejo.

—Bajé con mi cámara y con el trípode y tomé dos placas de la habitación. Una a las cuatro y algo y la otra a continuación, desde el mismo sitio, con distinta exposición. Después subí, y anoche las revelé en el cuarto de trabajo que tengo abajo, y las tengo secas y en su funda.

—¿Se lo pidió alguien?

—No.

—¿Se lo autorizó alguien?

—No.

—¿Sabía usted que no debía?

—Sabía que no debía tocar nada y no toqué nada. Lo de la cámara no lo pensé.

—Ha dicho usted antes que había bajado a ver la habitación.

—Se lo dije a Bedia y fue mentira.

Requejo levantó la vista del papel, que era una cosa que no había hecho en media hora.

—Diga eso otra vez, para el acta.

—Anoche, al alguacil Bedia, le dije que había bajado a ver la habitación. Bajé a fotografiarla. No era verdad lo que le dije.

Cué lo escribió entero y no hizo ningún gesto, y a Alma le pareció que aquel hombre habría escrito lo mismo si le hubiera confesado un incendio o pedido un vaso de agua.

—¿Y por qué me lo dice hoy?

—Porque hoy me lo pregunta un juez.

—Me lo está diciendo antes de que se lo pregunte.

—Sí.

Requejo se echó atrás en la silla.

—Cué. Que suba alguien a por lo que haya en ese cuarto.

Alma se levantó.

No lo decidió. Se levantó.

—Las dos placas están reveladas y secas y se las entrego yo ahora mismo. Lo demás de ese cuarto es material mío.

—Siéntese.

—Hay treinta y cuatro vidrios vírgenes en una caja y una cámara. Si me los meten en un cajón y me los suben en un carro, el vidrio virgen se vela y la cámara pierde el fuelle, y el fuelle de esa cámara lo pagué yo.

—Siéntese, señorita.

—Y hay otra cosa. —No se sentó—. Esas dos placas no las va a mirar nadie.

Se las van a llevar ustedes a Torrelavega, las van a meter en un sobre y dentro de dos meses las va a sacar alguien que no sabe lo que está viendo, porque un negativo no se mira, se lee, y para leerlo hay que saber qué revelador se ha usado y cuánto tiempo y qué luz había.

Lo sé yo y no lo sabe nadie más en esta provincia.

Se hizo un silencio muy corto.

Cué había dejado de escribir.

—Siéntese —dijo Requejo, por tercera vez, y lo dijo igual que las dos anteriores.

Alma se sentó.

—Cué, escriba esto. Que la declarante manifiesta que el material fotográfico requiere condiciones de custodia y se ofrece a explicarlas. —Requejo se volvió hacia ella—. Ahora dígame usted esas condiciones, despacio, y las apunta él, y se cumplen.

—Seco y a oscuras. De canto y no apiladas. Cada una en su funda con su número escrito.

—¿Algo más?

—Que quien las abra lo haga con luz roja o no las abra.

—¿Algo más?

—No.

—Bien. —Requejo juntó las manos encima de la mesa—. Y ahora le digo yo a usted una cosa, y no la apunte, Cué.

Cué dejó la pluma.

—Sabe usted mucho de una habitación en la que ha muerto un hombre —dijo Requejo—.

Ha medido usted la ducha en la que se ha escaldado otro.

Ha fotografiado usted un cadáver sin permiso y me lo cuenta antes de que se lo pregunte.

Y ahora me explica que en toda la provincia la única persona capaz de entender sus fotografías es usted.

Alma no contestó.

—No le estoy diciendo que sea usted culpable de nada. Le estoy diciendo que se oiga.

Salió del despacho a las doce menos veinte con las manos frías.

Cué bajó al cuarto oscuro con ella y con un guardia. Alma encendió el quinqué con la campana roja, porque no había otra manera de que aquello se hiciera bien, y el cuarto se llenó de esa luz en la que no se distinguen los colores y se distinguen las cosas.

Sacó la caja, sacó las dos fundas y las puso encima del banco.

Cué las abrió las dos y las miró de canto contra la luz, sin sacarlas del todo, con más cuidado del que Alma esperaba de un hombre que no era del oficio.

—¿Qué pongo?

—Placa de nueve por doce, gelatina de bromuro, tomada el jueves uno de octubre por la tarde en la sala baja de esta casa por Alma Roldán Vega, revelada por ella misma la noche del mismo día. Dos ejemplares de la misma vista con distinta exposición.

Cué lo escribió palabra por palabra y le dio la vuelta a la hoja para que lo leyera.

—Firme.

Alma firmó.

Después Cué envolvió las dos fundas juntas en un pliego, ató el pliego con la cinta que traía, prendió un fósforo, dejó caer el lacre encima del nudo y apretó el sello. La gota salió gruesa y se corrió un poco por un lado antes de agarrar.

—¿Y la cámara?

—La cámara se queda usted con ella y no la usa —dijo Cué—. Eso me ha dicho el señor juez.

—¿Y los vidrios vírgenes?

—Los vidrios vírgenes son suyos.

Se llevaron el paquete lacrado y a Alma le quedó el cuarto igual que estaba, con las cubetas por lavar y la cuerda de las pinzas vacía.

Malla estuvo con los dos cuerpos hasta la una.

De Baeza no dijo nada delante de nadie. Bajó al ala, estuvo dentro cuarenta minutos con la puerta cerrada y salió preguntando dos cosas: a qué hora había entrado en el aparato y cuánto tiempo había estado dentro.

Le dieron las dos respuestas y le dieron la carpeta de Bedia, y las leyó en el corredor de pie.

—¿Y usted es la que le llevó el agua? —le dijo a Alma al pasar.

—Sí.

—¿Hablaba?

—Hablaba.

—¿Con qué voz?

—Con la suya al principio. Más baja y con menos aire.

—¿Y cuando dejó de hablar, cómo dejó de hablar?

—Poco a poco.

Malla asintió, se guardó la carpeta debajo del brazo y calló más, y a Alma le pareció que aquel hombre era el primero de la casa que le preguntaba algo sin querer averiguar de paso otra cosa.

De don Álvaro dijo, en el recibidor y en voz alta porque se lo preguntó Ramiro, que tenía lo que tenía y que él no iba a decir de qué había muerto un hombre hasta que se lo abriera, y que el que quisiera saberlo antes que se lo inventara por su cuenta.